La Asunción de la Virgen María
Santa María la Real
Nuestra Señora de Begoña
La Virgen de la Paloma

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

EL MISTERIO DE PASCUA DE LA MADRE DE DIOS

El relato de la Biblia sobre María, Madre del Señor, termina con las escenas de la Cruz (In 19, 25‑27) y de la Pascua de Pentecostés (Hch 1, 13‑14): ella ha culminado de esa forma su camino de creyente, de figura y principio de la Iglesia, como sabe la tradición cristiana. Pero sus devotos han pensado y han dicho que el misterio de María se expande y expresa del todo en su muerte y en su pascua, es decir, por su resurrección y Asunción al cielo, desde donde ella intercede por los hombres, hermanos de su Hijo jesucristo, como sabe el Vaticano II (Const. Sobre la Iglesia, 58‑59).

Lógicamente, los cristianos comenzaron a celebrar desde antiguo (siglo IV‑V) el tránsito y triunfo pascual de María, en la fiesta de Asunción. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que la Iglesia declarara el dogma de la Asunción, diciendo que María, «<terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono como Reina del universo» (Pío XII, año 1950). Pero los fieles habían esperado al dogma: ellos venían celebrando de manera pacífica y gozosa el misterio de la pascua de María, como muestran los textos apócrifos (es decir, no oficiales, pero muy importantes) sobre su Dormición y Asunción.

Alguno de esos textos, como el llamado Misteri de Elx (Misterio de Elche), se siguen representando y se celebran cada año, el 14 y 15 de agosto. Estrictamente hablando, lo que ellos evocan y cantan es la grandeza de Dios que ha integrado a María, Madre de Jesús, en el triunfo pascual (muerte y resurrección) de su Hijo. De esa manera, el dogma de Cristo se amplía y convierte en dogma de María: acabado el curso de su vida, ella muere, pero Dios la resucita y la eleva con su Hijo Jesús, en cuerpo y alma, a la gloria de los cielos. Más aún, el dogma se hace fiesta: signo de identidad y celebración para la Iglesia, como los fieles cristianos han sabido desde antiguo.

Las reflexiones que ahora siguen comentan y explican el misterio de la Asunción de María, siguiendo los motivos y temas populares, pero muy profundos, de los apócrifos marianos, celebrados desde hace seis siglos en la «fiesta» de Elche, en la región de Valencia, España. En mayo de 2001, la UNESCO ha declarado ese texto y fiesta de la Asunción de María en Elche como patrimonio de la humanidad. Así queremos presentarlo ahora, de forma sencilla, para meditación y gozo de los creyentes, devotos de María, traduciendo al castellano actual los textos antiguos, para que sean más comprensibles. Ellos se dividen en dos partes: está, por un lado, la fiesta de la muerte de María, que entrega su vida por amor de jesús, en una especie de Viernes Santo materno de gracia culminada; está, por otro lado, la fiesta de la pascua de María, que ha sido elevada por Dios a la altura del cielo, en gesto de Asunción y Coronación gloriosa.

VÍSPERA DE MUERTE, EL VIERNES SANTO DE MARÍA

La fiesta de la Asunción de María tiene una vigilia o misa vespertina de víspera que ahora evocamos siguiendo el Misterio de Elche. Recordemos que la primera lectura de la misa compara a María con el Arca de la Alianza (1Cro 15, 3‑4.15‑16; 16, 1‑2): ella ha sido portadora y sagrario de Dios, lugar y signo de la Alianza. Pero el Evangelio la presenta como mujer de fe. María es bienaventurada porque ha creído y cumplido la Palabra de Dios (Lc 11, 27‑28), de manera que en ella se expresa y culmina el camino creyente de la historia de la humanidad. Desde ese fondo recibe su sentido la segunda lectura, donde Pablo ha cantado con gozo la victoria de Dios sobre la muerte (1Co 15, 54‑57). Éstos son los motivos que ha desarrollado dramáticamente la primera parte del Misterio de Elcbe, tal como ahora los presentaremos.

El Misterio de la Asunción es un despliegue y un triunfo mariano de los elementos fundamentales de la Pascua (muerte y resurrección) de Jesús. Lógicamente, la primera parte de la fiesta tratará del tránsito o muerte de María, que se representa a lo largo de varias escenas que podemos condensar en las cinco que siguen; ellas expresan y evocan la forma en que los fieles han visto y llorado (celebrado) la muerte de María, en dolor y esperanza cristiana.

VIACRUCIS DE MARÍA

María ha sufrido con Jesús y por Jesús (por seguirle en cercanía) como empieza señalando con toda nitidez el texto de la fiesta: aparece como anciana, y pide a sus acompañantes, las amigas de su Hijo (María Salomé y María Magdalena) que le acompañen en la hora y trance de la muerte. Así la vemos al principio como Madre de Dolores, haciendo suyo el dolor de la humanidad entera.

Las santas mujeres habían acompañado a Jesús en el alto del Calvario: es lógico que ahora animen y acompañen a su Madre, que quiere morir como su Hijo, para estar así con él, porque la vida se le ha vuelto tristeza sin Jesús: ««¡Oh mundo cruel, tan desigual! ¡Triste de mí! ¡Yo qué haré! Mi caro Hijo ¿cuándo lo veré?» Se le ha vuelto dura la ausencia tan larga; ha cumplido su tiempo. Evidentemente quiere morir.

La muerte es en María un camino de pascua con su Hijo. No es muerte depuro cansancio, aunque en cierto aspecto se encuentra cansada; no es muerte de soledad, pues aunque vive lejos de la gloria de Jesús, se encuentra acompañada por las otras dos Marías; no es muerte de angustia, del horror que brota del pecado y que nos hace vivir siempre con miedo. ¿Qué es entonces? Es muerte de plenitud, para estar con Cristo, es tránsito que brota del amor hecho recuerdo y deseo de vivir con el amado, que es su Hijo Jesucristo.

El dolor y amor materno de María brota del recuerdo de su Hijo, que se expresa en los misterios dolorosos de su propio rosario o vía crucis, condensado en los tres momentos fundamentales de la entrega de Cristo. «,Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga...» (Mc 8, 34). Así había dicho Jesús. Así lo está haciendo su Madre, recorriendo las estaciones básicas de la entrega de su Hijo:

‑ Primera estación: ¡Getsemanf Oh Santo Vergel! María vuelve a situarse ante la angustia del Hijo estremecido que pide ayuda al Padre Dios mientras vienen a prenderle y le atenazan los poderes de la vieja tierra. Así participa con Jesús en el sufrimiento y abandono, en la tradición y cautiverio de todos los humanos, que siguen padeciendo de nuevo la angustia de Getsemaní.

‑ Segunda estación: ¡La Cruz: Oh Árbol Santo, digno de todo bonos! De esa forma evoca el Árbol que fue principio de pecado en otro tiempo (en el paraíso, Gn 2‑3) y que ahora viene a convertirse, por la sangre de Jesús, en fuente salvadora para todos los humanos. Ante la Cruz vuelve a sufrir la Madre del Mesías, lo mismo que en Jn 19, 25‑27; pero ahora es ella la que parece estar crucificada, participando con Jesús en el dolor de todos los humanos.

‑ Tercera estación: ¡Ob Santo Sepulcro virtuoso, en dignidad muy valeroso! El camino de pasión de la Madre culmina en un sepulcro que, siendo en sí mismo lugar de fracaso, ha venido a convertirse por jesús en fuente de poder (virtud) y audacia creadora (valor). Descubriremos de esa forma, sorprendidos, que el camino de la Cruz nos ha llevado, como en n y paralelos, a un Sepulcro Vacío que, en su intenso recuerc dolor, nos abre a la esperanza de la Resurrección.

El misterio de María nos sitúa de esa forma ante el evangelio de la muerte de Jesús. Las mujeres, amigas de Jesús y de María, habían recorrido el camino que lleva desde Getsemaní por el Calvario, hasta el Sepulcro; querían honrar a Jesús, descubren que no pueden ya ungirle, pues no yace inerte(no ha quedado allí por siempre) en el sepulcro; de esa forma, al terminar su vía crucis, descubren que Jesús está resucitado. Éste es el camino que ha venido recorriendo en sus últimos años y que ahora recrea por última vez la Madre de Jesús que sigue acompañada por las antiguas mujeres amigas.

DESEO DE MUERTE: ESTAR CON JESÚS. EL CANTO DE MARÍA

Los apóstoles faltan, están predicando el Evangelio.Han dejado a la Madre en buena compañía y así ella, con las  tres Marías, signo del amor que se mantiene firme hasta la muerte recorre otra vez el camino de Cristo. También ahora, como antaño (Mc 16, 5 y paralelos), debe aparecer el ángel de la Pascua con el anuncio glorioso de la resurrección de Jesús hecho experiencia vital, para la Madre y para sus acompañantes. Pero antes de que el ángel llegue y cante se escucha el Canto de deseo y añoranza de la Madre: la misma ausencia del Hijo(el querido) alimenta su anhelo. Ella recoge así las ansias de María Magdalena enamorada en el sepulcro (cf. Jn 20, 11‑18), pero ya no busca el cadáver de Jesús (como la otra María); quiere a su  Hijo y Amigo, necesita encontrarle viviente. Así canta su canción enamorada, como Madre amante de su Hijo querido:

Gran deseo me ha venido al corazón
de mi querido Hijo lleno de amor,
tan grande que no lo podría decir
y por remedio deseo morir.


 

Este gran desig (deseo grande) marca y define la existencia de María. Ella podría haber dicho como el alma de Juan de la Cruz: «<Buscando mis amores iré por esos montes y riberas...» Pero no lo dice, porque ha recorrido incansable todos los montes y riberas de este mundo en busca de su Hijo del amor inmenso. Está culminando su vida y sabe que el Amor le espera tras la muerte. Por eso quiere terminar su recorrido, muriendo de amor, no de vejez o cansancio, de fracaso o tristeza. Su muerte será expresión de gozo enamorado. Está enferma de amor y no tiene más remedio o curación que el gran abrazo con su amado, más allá de la puerta corrida y vacía del sepulcro. Así dice: «Y por remedio deseo morir».

Éste no es deseo de muerte enfermiza, signo de impotencia o depresión. No es ansiedad de muerte egoísta que se puede concretar en algún tipo de suicidio malo; no es tampoco una protesta contra otros, una forma de llamar su atención o provocarles. Es muerte de amor. No es algo que la Madre de Jesús pueda tomar en sus manos, como si bebiera por propia voluntad la copa de su vida. Por eso tiene que elevar su voz y pedirle a su Hijo que venga y se muestre. Llegando hasta la puerta del sepulcro de su Hijo resucitado, la madre amante espera, la madre amante pide. Ella ha hecho todo lo que está en su débil y amorosa mano. Es ahora el Hijo, el mismo Dios del cielo, quien debe decir su palabra.

EL ÁNGEL DE LA ANUNCIACIÓN. PROMESA DE MUERTE Y DE VIDA

María ha llamado a su Hijo y el cielo responde en gesto de nueva anunciación pascual. El ángel joven de la vida de Cristo esperaba a las mujeres en el hueco del primer sepulcro para decirles: ¡No está ahí! ¡Ha resucitado! (cf. me 16, 1‑8). Ahora desciende del cielo el ángel niño, la inocencia de la vida, el triunfo de Jesús para anunciar a la Madre su nuevo y más alto Nacimiento. Este ángel niño, que Dios mismo ha hecho principio de esperanza pascual, saluda y anuncia su gozo de vida a María:


 

‑ Dios os salve Virgen imperial, Madre del Rey celestial: yo os traigo saludos y salvación de vuestro Hijo Omnipotente. ‑ Vuestro Hijo, que tanto amáis, y con gran gozo deseáis, él os espera con gran amor para exaltaros con honor. ‑ Y dice que al tercer día, sin dudar, él consigo os quiere nombrar alto en el Reino Celestial como Reina Angelical.

Así habla el ángel, mensajero del Viernes Santo que se vuelve Pascua de la Madre de jesús, pues anuncia su Asunción y Coronación celeste. A las mujeres de Mc 16, 1‑8 les había encargado anunciar y predicar la vida de jesús a los apóstoles y al resto de los hombres y mujeres de la tierra; así lo han hecho y es claro que la misma Madre de jesús les ha estado guiando, acompañando. Ahora vuelve el ángel, en forma de niño celeste, para decirle a la Madre. ¡Se ha cumplido el tiempo de tus penas en la tierra y de tu espera! ¡María había sido la primera de los creyentes colaboradores de jesús, será la primera de los muertos y resucitados en el cielo!

Éste es el mismo ángel de la anunciación, pues repite en forma nueva el ¡salve! y los saludos de la primera Anunciación (en Lc 1, 26‑38). Pero ya no proclama el Nacimiento de jesús (como hizo antaño), sino el amor que jesús, nacido, y muerto como redentor, tiene hacia su Madre: ¡Él mismo espera a su Madre! Esto es lo que María deseaba: ¡el deseo y amor de su Hijo! Ella quería ser querida plenamente. Por eso se había colocado ante el sepulcro vacío de su Amor, pidiéndole su vuelta gloriosa, su presencia.

La Madre había mo4trado su deseo de encontrarse de nuevo con su Hijo. Pues bien, el ángel le responde asegurándole que el Hijo la desea aún más, en palabra que colma y plenifica su alegría anciana. Todo el Misterio se encuentra contenido en


 

esta afirmación. No podemos destacar aquí los rasgos y elementos del mensaje del ángel. Éstos son, a modo de resumen, sus momentos más salientes:

‑ La Madre morirá y la enterrarán, en gesto que aparece vinculado al camino de su Hijo. Como él murió y fue sepultado, también ella morirá en amor y será entregada en brazos de la tierra.

‑ Al tercer día será glorificada, siguiendo a jesús que en ese día, tiempo de gloria y plenitud, resucitó de entre los muertos. De esta forma se traza la identificación más honda entre la Madre y el Hijo.

‑ Será coronada como Reina Celestial: ha hecho travesía de Madre creyente y amante en la tierra; será Madre del Gran Rey y Reina sobre el cielo.

‑ Ella recibe como signo una palma, que es el árbol de la Vida. No pudieron comer de su fruto Adán y Eva en el Paraíso (cf Gn 2‑3), porque prefirieron el árbol de la muerte. Pero ahora, unida con jesús, ella recibe transformado el árbol de la muerte (Cruz), convertido para siempre en palma de victoria y vida.

Con hondo dramatismo, para no adelantar los acontecimientos, las palabras de anuncio del ángel han dejado en penumbra (no han fijado o resaltado) algunos rasgos que después irán apareciendo. El texto no expresa el modo de la muerte de María, ni la forma en que ella será glorificada (inmortalidad, resurrección, Asunción...). Pero la Madre no tiene dudas, no pregunta. Sabe que va a estar con jesús, que va a encontrarle por siempre en la Vida. Eso le basta. Recibe la palma del triunfo y la besa, poniéndose así en manos de Dios.

CONCILIO DE APÓSTOLES. CONSUELO DE MARÍA,

MADRE DE LA IGLESIA

Está en manos de Dios, pero hay algo que le falta antes de la muerte, como sabe toda la tradición de los apócrifos y puede advertir cualquier lector que ha penetrado en la trama del Misterio cristiano de María: ¡ella necesita a los apóstoles, amigos de Jesús, signo de la Iglesia que anuncia el Evangelio! Ellos tienen que venir para contarle a María lo que hacen, para ser testigos de la muerte y gloria de la Madre de Jesús, como ella misma se lo pide al ángel, presentándole su ruego:

(Que) conmigo, si posible fuese,
antes de mi fin yo viese,
los apóstoles aquí juntar
para mi cuerpo enterrar.

Pide que vengan los apóstoles para que ellos puedan enterrarla y haya así un buen funeral. Pero es evidente que en el fondo de ese ruego se contienen y expresan otros muchos elementos que se irán desarrollando a lo largo del misterio. La muerte y gloria de María no será un acontecimiento privado, un tipo de éxtasis de amor que la conduce al Padre de su Hijo, que la vincula para siempre a Cristo. La muerte de María es un acontecimiento eclesial. Ella muere como hermana mayor, como Madre de los hermanos del Hijo, primera de todos los creyentes. Su muerte será ejemplo de muerte y principio de esperanza para los fieles posteriores. Por eso vienen los apóstoles para acompañarla en una escena de consuelo y fe profunda.

‑ Consuelo de María. Así lo anuncia el ángel respondiendo: «El eterno Dios dice que le placerá que <los apóstoles) estén aquí sin dilación, para vuestra consolación». María podrá morir contenta, teniendo a su lado a los amigos de Jesús, escuchando su palabra y descubriendo así la forma en que ellos extienden el mensaje de Cristo por el mundo. Por eso, la Iglesia le ha llamado Reina de los apóstoles.

‑ Consuelo de los apóstoles. Aunque aparezcan al principio tristes por la muerte de la Madre, al fin quedarán animados y fortalecidos por su Pascua. No asistieron a la muerte de Jesús por cobardía; ahora en cambio pueden acompañar y acompañan a su Madre. Ella les da en su muerte motivo para juntarse: los convoca, los reúne, los anima en una misma fe de Pascua, celebrando con ellos una especie de concilio general de esperanza y de vida.

‑ Fe de la Iglesia. Saben los cristianos que la confesión de fe culmina allí donde se dice «creo en la vida eterna», no sólo para Jesús, sino para todos aquellos que le siguen y creen en su Pascua. Esa vida eterna de resurrección y elevación (Asunción) gloriosa con Cristo ha comenzado a realizarse ya en María. Al hacerse testigos de su Tránsito e identificarse de algún modo con ella, todos los apóstoles (como representantes de la Iglesia universal) han podido culminar su credo. Empezaron diciendo Yo creo en Dios Padre..., culminado el misterio en María pueden concluir: creo en la vida eterna.

No me detengo a señalar los diversos aspectos y momentos teológico‑dramáticos de esta larga y rica escena de reunión de los apóstoles, con el suspense de la llegada tardía pero auténtica de Tomás, quien sigue cumpliendo así el papel que le asignaba Jn 20, 24‑29. El motivo fundamental es la exigencia de un encuentro apostólico en torno a María. «Cierto, es este gran misterio: ser aquí todos juntados»; la Iglesia entera viene a reunirse de esa forma, en concilio de amor, con María. Ella, la Madre de Jesús, les ha llenado de fuerza y les ha hecho congregarse, venciendo así el peligro de una posible disgregación misionera.

Hay un momento de salida que lleva a los apóstoles al mundo, que les abre, les separa, dispersándoles en todas las posibles direcciones, conduciéndoles a todos los pueblos y culturas de la tierra. Pero la memoria y amor hacia la Madre de Jesús (que es ampliación de la memoria‑amor de Cristo) les mantiene vinculados y les llama, les congrega. Por eso, al saludarse y al juntarse en torno a ella, la aclaman «<Salve Reina, princesa..., abogada de pecadores, consuelo de afligidos», poniéndose todos a su disposición, esperando la palabra que ella quiera dirigirles:

El omnipotente Dios, Hijo vuestro,
para nuestra consolación
hace la tal congregación,
en vuestra Santa Presencia.


 

Éste es un Concilio General de todos los apóstoles, presididos por aquella que es «<muy pura» y defendida del pecado original. Ciertamente, están presentes las Marías, es decir, las amigas de Jesús. Ellas ofrecen el signo de la Iglesia entera, formada por mujeres (amigas) y varones (apóstoles) reunidos en torno a la Madre de Jesús, para descubrir juntos el «misterio amagat (oculto) que Dios quiere revelar a esta congregación o concilio, como dice solemne y ritual el gran apóstol Pedro.

MUERTE Y ENTIERRO. EL ALMA DE MARÍA

El texto encierra fuerte ironía. Pedro sigue siendo quien era: parece buscar misterios escondidos, como queriendo descubrir por medio de María algo distinto, algo que hasta entonces no sabían. Podemos soñar y suponer que está fijando grandes dogmas, normas nuevas para el conjunto de la Iglesia reunida, como si los problemas de los fieles se arreglaran con grandes decisiones de poder y majestad externa. Pero la Madre de Jesús responde diciendo que las cosas son mucho más sencillas: los apóstoles han venido para algo mayor, pero más íntimo, para acompañarle a morir con Jesús, para juntarse en amor en torno a la tumba. Ése es su dogma, es el misterio de la Iglesia:

Caros hijos mío,
pues sois venidos y el Señor ya os ha traído:
¡mi cuerpo os sea encomendado
y en Josafat enterrado!

Ésta es la función de los apóstoles: se han reunido para celebrar con Jesús la muerte de María. Ella se confía en sus manos y les pide que le ofrezcan amor y le entierren, como a todos los mortales, en el Valle de Josafat, que era lugar donde (según el nombre indica) se esperaba el juicio universal de Dios.

Poniéndose en manos de los apóstoles (de la Iglesia), muriendo con ellos (como cristiana), María confiesa su fe y se entrega en manos de Dios Padre, por medio de su Hijo. Quiere morir en brazos del amor y de la fe, entregar su vida al cuidado y amor de la Iglesia. Esto es lo que ha querido siempre la Madre de Jesús. Por eso entrega la vida llamando a su Hijo, como hemos indicado. Pero, al mismo tiempo, la entrega en manos de sus hermanos apóstoles, como miembro creyente de la Iglesia. A sus oraciones se encomienda, por ellos ruega: dando a Dios la vida se la entrega a los que aman a Cristo.

Culmina así la escena de la Muerte o Dormición de María, que se celebra en la vigilia de la gran fiesta de la Asunción. Ella ha muerto de amor y por amor, en medio de la Iglesia. Los apóstoles preparan su entierro en la tierra; los ángeles llevan su alma hasta el cielo, en gesto que aparece mil veces repetido en las representaciones medievales del arte cristiano:

Los apóstoles se preparan para realizar con la Madre de Jesús los ritos funerarios, aquellos que se deben aplicar a todos los cristianos, distinguiendo y separando los planos o elementos de la vida de María: quieren sepultar su cuerpo santo, entregándolo a la tierra del Valle de Josafat, hasta el día de la resurrección de todos los difuntos; y saben que su alma está subiendo hacia la altura de Dios, donde gozará de su presencia. No están preparados para una resurrección y glorificación inmediata (Asunción) del cuerpo y alma de María.

Por su parte, los ángeles vienen de nuevo del cielo para llevar consigo el alma de María: la toman en sus manos y la elevan (en figura de Virgen o Niña pequeña) hacia el alto de los cielos, mientras cantan la gloria de la Madre de Dios y piden a los apóstoles que entierren su cuerpo. Ésta es la primera parte del triunfo de María, que ratifica la ««separación»» del alma (elevada al cielo) y del cuerpo (sepultado en tierra).

Así termina la víspera (vespra) o primera parte del Misterio de Dios en María. Llena del deseo de jesús ha muerto, cumpliendo en su vida el vía crucis de su Hijo. Se ha entregado, al mismo tiempo, en manos de la iglesia, reuniendo a los apóstoles y fortaleciéndoles con su presencia, en unión con las mujeres. Conforme a la representación teológica normal, su muerte aparece como división del alma y cuerpo: el alma sube con los ángeles al cielo, para reinar allí con Cristo. El cuerpo queda sobre el mundo, para que los mismos apóstoles de Cristo lo sepulten en el Valle de Josafat.

Si todo hubiera terminado así, María sería una creyente más, a la espera de la resurrección final de los muertos, no habría fiesta de la Asunción. Pero la iglesia sabe que la Madre ha muerto con su Hijo Jesús y ha sido elevada a su gloria, en alma y cuerpo. Queda así pendiente la segunda parte de la fiesta, la resurrección corporal con la Asunción de María a los cielos.

EL GRAN MISTERIO: ASUNCIÓN Y CORONACIÓN DE MARÍA

Pasamos con esto a la fiesta verdadera, es decir, al Misterio de Dios, que se expresa en el triunfo glorioso de María, vinculada como Madre y primera cristiana al triunfo de su Hijo Jesucristo. Ésta es la fiesta de la Iglesia, que se descubre unida a María, subiendo con ella a los cielos, la victoria de la vida de Dios sobre la muerte, la expansión de la Pascua de Jesús hacia su Madre , hacia todos los creyentes. Las lecturas de la gran misa de la fiesta del 15 de agosto nos sitúan de forma ejemplar ante el tema. La primera está tomada de Ap 12 y nos sitúa ante la imagen de la Madre Celeste, que ha dado a luz al Salvador y que espera compartir su victoria. El evangelio nos sitúa de nuevo ante la escena de la Anunciación (Le 1, 26‑38), que pone de relieve la presencia de Dios en María y la respuesta creyente de la que será Madre de Dios. Finalmente, la segunda lectura (1Co 15, 20‑26) nos habla del triunfo de Dios sobre la muerte, por medio de Jesús. Pues bien, los devotos de María saben que ella ha triunfado ya, que por su Asunción está en cuerpo y alma en el cielo. Así lo ha evocado de forma dramática ejemplar el texto del Misterio de Elche.

Ha pasado la noche de la muerte, ha llegado el tercer día del anuncio pascual del ángel mensajero. En gozo de amor, la Iglesia católica celebra la memoria de la Asunción de María. En Elche esa memoria se vuelve fiesta y misterio ritual del pueblo cristiano, que se reúne con la Madre de Jesús, que ha muerto, para celebrar su entierro; pero interviene Dios y ese santo entierro se convierte en triunfo de la vida de Dios, que resucita a María en cuerpo y alma y la lleva a la gloria con su Hijo. Así lo van mostrando dramáticamente las escenas que siguen.

LA FIESTA DEL ENTIERRO

Sabemos ya que el alma de María, limpia y salvada, está en el cielo. Sólo falta que los fieles de la Iglesia (representados por las mujeres y apóstoles) entreguen su cuerpo a la tumba. Así empieza el gran rito del entierro inútil, como repetición del gesto de Mc 16, 1‑18.

La Fiesta del Entierro empieza con la unión de apóstoles y mujeres. Deben reunirse para despedir ton honra a la Madre. Va a comenzar el entierro: preside San Pedro; San Juan lleva la palma que simboliza la virginidad y gloria de María; siguen los apóstoles y mujeres entonando el canto de alabanza:

Flor de virginal belleza, templo de humildad, donde la Santa Trinidad fue encerrada y contenida. Os rogamos, muy sagrado cuerpo, que de nuestro parentesco os acordéis en todo tiempo cuando seáis subida al cielo.

Éste es un canto de fe de los cristianos que celebran la presencia de Dios y la esperanza de la resurrección ante el mismo cuerpo muerto de la Madre del redentor. Ésta es una fe encarnada. Los creyentes no se limitan a venerar la presencia de Dios en el alma del creyente, mientras muere del todo y se pierde el cuerpo en el sepulcro. El cuerpo de María ha sido templo de la Trinidad; por eso puede y debe ser venerado, como lo será el de todos los que aceptan el misterio de Jesús. De esa forma, la procesión del entierro se convierte en una especie de teofanía: es ya manifestación de Dios en la carne mortal de María, que de ahora en adelante será carne glorificada, que se une con Jesús en una Pascua de Resurrección eterna.

Es evidente que todos los creyentes que celebran la Fiesta solemne de la Asunción se identifican con aquellos que cantan estos versos. La sepultura de María (sepultura de todos los muertos) viene a presentarse como un acto de fe: aquí está Dios, aquí se hace presente en las formas de humildad y pequeñez de un cuerpo muerto. Lo que ha sucedido a la Madre sucederá a todos sus hijos, los hermanos de jesús. Por eso, el entierro de María es signo y anticipo de todos los entierros de los fieles a lo largo de la historia. Ante un cuerpo muerto podemos y debemos cantar la gloria de Dios, en esperanza de resurrección. De esa manera, el dolor por la vida que acaba puede y debe convertirse en gozo y esperanza por la vida que empieza.

DE LA PASCUA JUDÍA A LA PASCUA CRISTIANA: CUANDO ISRAEL SALÍA DE EGIPTO

Es un entierro familiar y por eso mujeres y apóstoles dicen a María que se acuerde de nuestro parentesco: que no les olvide, que no deje a un lado los lazos de amor y de vida que les habían unido a lo largo del tiempo de la Iglesia. Como hermana mayor y madre de todos los creyentes sepultan a María. Al poner su cuerpo en tierra expresan su fe más profunda, cantando el salmo 114: In exitu Israel de Egipto (Cuando Israel salía de Egipto).

Normalmente, en la liturgia latina de los funerales y entierros se ha cantado el salmo 50/51: Miserere mei Deus, es decir, Oh Dios, ten misericordia de mí... Al llegar el trance de la muerte, los cristianos se descubren pecadores y así lo confiesan ante Dios, en una tradición que proviene de los tiempos más antiguos. Nos presentamos ante el juez y le pedimos perdón:

confesamos nuestras culpas e imploramos humillados su gracia. Pues bien, en contra de esto, siguiendo una hermosa tradición de la liturgia mozárabe (hispánica), apóstoles y mujeres, que llevan a la Madre de Jesús para enterrarla, entonan un canto de liberación (el salmo 114), recordando el éxodo de Egipto.

Este salmo 114 es quizá la oración más importante de la fiesta antigua de María. Cuando la llevan en procesión y la van a enterrar en Liturgia de Misterio, apóstoles y mujeres (todo el pueblo) confiesan la fe en el Dios de Liberación y cantan su grandeza. Enterrando a María (o a cualquiera de los fieles), los cristianos cantan con los judíos antiguos y modernos al Dios que sacó a los hebreos de Egipto, al Dios que ha resucitado a Jesús y ha elevado a María en cuerpo y alma a los cielos. Éste es el canto de los hombres y mujeres que se admiran de la naturaleza transformada, renovada (que salta, que goza) porque viene el mismo Dios a visitar a sus fieles.

Estos creyentes admirados no recuerdan los pecados de los hombres (que son siempre algo secundario), como hacemos al cantar el salmo Miserere. Por el contrario, ellos confiesan la fuerza creadora de Dios, con palabra que nos lleva a la más honda belleza del Antiguo Testamento, al lugar donde el Éxodo de Egipto se convierte en garantía de plenitud. La resurrección y Asunción de María viene a presentarse, según eso, como plenitud de la historia de la salvación, como signo del Dios que hace saltar de gozo a las montañas y que abre los mares y los ríos con su fuerza de Israel. Ella, María, es la Hija  de Sión: ella es todo el pueblo de Israel que alcanza la plenitud de la vida con Cristo. Éstos son, en esquema, los pensamientos principales del salmo, aplicados a la muerte de María y, en el fondo, a la de todos los creyentes:

‑ EL entíerro es camino de libertad, un nuevo Éxodo. Cuando alguien muere y vamos a enterrarle entonamos el gran canto de Pascua. Estamos de nuevo en la misma situación antigua: «Cuando Israel salía de Egipto...>,. Exilio y esclavitud ha sido en gran parte la vida sobre el mundo. Camino de libertad es la muerte para los creyentes.

 

‑ Es transformación cósmica. Ante la liberación de los hebreos oprimidos, canta el cosmos en gesto de bella sinfonía: abren su cauce los ríos y los mares, exultan y brincan las montañas, como  si fueran gozosos corderos en día de primavera. Ante la muerte del creyente (aquí la muerte de María) se transfigura el mismo cosmos y aparece como espacio de gloria. Todo nos sitúa en un contexto de nueva creación.

‑ Es paso de Dios. Esto es lo importante. Llevan a hombros un cadáver, como testimonio del fracaso universal de la esperanza. Es como si Dios no existiera. Pues bien, precisamente aquí se pone de relieve la fe más honda en Dios, la certeza de su «paso», de su «pascua».

Quien pueda cantar y cante este salmo 114 (In exitu Israel...), quien lo viva y lo sienta por dentro, ha celebrado ya la fiesta de la Asunción de María. Este salmo no es recuerdo de la muerte, ni lamento por las culpas (como el 50/51), sino confesión de fe en el paso o presencia creadora de Dios. María ha muerto con Jesús; con él debe resucitar y subir al cielo, culminando de esa forma la experiencia israelita del Éxodo antiguo y de la victoria sobre las fuerzas de la muerte en el mar Rojo. Por eso, los creyentes que llevan su cadáver a hombros cantan el himno de la gran liberación. .

LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS

Al llegar aquí la escena se detiene y se introduce el motivo de la judiada, de gran valor histórico y teológico, que trata de la conversión de los judíos, es decir, del poder transformador del misterio de María, que convoca a todos a su gloria y de un modo especial al pueblo y familia de jesús. En un primer nivel, esta escena puede parecer antí‑semita: ella expresa un tipo de rechazo frente a los judíos. Pero si la miramos con mayor profundidad, ella expresa el amor de María y de los fieles por el pueblo de la primera alianza, como lo hace Pablo cuando dice que «al final todo Israel será salvado» (cf. Rm 11, 26). De esa forma, la Asunción de la Madre de Jesús vendrá a mostrarse como fiesta de reconciliación universal.

En el fondo de la escena está el motivo de Mt 27, 57‑66 y 28, 11‑15: los judíos antiguos se opusieron a la fe pascual; quisieron «sellar» el sepulcro de Jesús, dijeron que sus discípulos habían robado el cadáver; ellos afirmaban que Jesús no ha podido resucitar y que por eso no es Mesías; los cristianos, en cambio, edifican su fe sobre la certeza de que Jesús ha resucitado. También aquí vienen los judíos y quieren impedir eso que pudiéramos llamar el «culto funerario de la Virgen», entendido en forma pascual: no pueden aceptar que los cristianos veneren a María como Madre del Mesías; niegan que ella esté en la gloria de su Hijo. Por eso vienen y quieren impedir el «culto al Santo Entierro».

Los judíos quieren apoderarse del cuerpo de María, para ocultarlo y sellarlo en un sepulcro desconocido, de manera que nadie pueda venerarla. Por eso luchan contra los apóstoles y mujeres, les vencen y llegan hasta el cuerpo de María para tomarlo con sus manos y llevarlo. Pues bien, en el mismo momento en que van a hacerlo, sus manos quedan paralizadas. Quizá podamos comparar la escena con 2S 6, 6‑8, donde se dice que Uzá cayó a tierra muerto por querer agarrar el Arca de Yahvé sin ser sacerdote; actuaba con respeto, para impedir que el Arca se volcara, pero no siendo levita o sacerdote no debía hacerlo y, conforme al texto antiguo, queda muerto.

Pues bien, el Arca de Dios es ahora el cuerpo de María. Quien la toca sin reverencia queda paralizado. La Madre de Jesús viene a convertirse en «lugar de discordia y de encuentro». En torno a ella discuten judíos y cristianos. Pero luego, por milagro de Dios, los judíos acaban descubriendo por ella la gloria y presencia salvadora del Mesías. Por eso piden auxilio a Dios, rogando a San Pedro (es decir, a la Iglesia) que les perdone, que interceda por ellos.

Es evidente que estamos ante una escena de promesa escatológica: los devotos de María esperan que un día todos los humanos puedan celebrar la fiesta de la Madre de Jesús, como fiesta de unidad y concordia universal. San Pedro les ofrece un lugar y acogida en la iglesia, con tal de que ellos (todos los hu­manos) acepten el misterio de la Madre de Dios, el nacimiento salvador de Cristo:

Probombres judíos, si todos creéis
que la Madre del Hijo de Dios
fue Virgen todo tiempo, sin dudar,
antes y después de alumbrar...
Pura fue, sin pecado,
la Madre de Dios glorificado,
abogada de los pecadores:
creyendo esto todo seréis salvados.

María se convierte así en compendio de la fe cristiana: es el signo de la encarnación de Dios. Por eso, creer en ella (en su maternidad virginal, es decir, realizada desde Dios, superando todos los poderes de la tierra) viene a convertirse en signo dis­tintivo de la fe cristiana. Recordemos el encuadre general de la escena. Estamos en ámbito de muerte, celebrando el tránsito de la Madre de jesús. Este contexto nos remite a la encarnación del Hijo de Dios y a María, que es la mediadora concreta de esa en­carnación. Se han unido así los dos misterios:

‑ El principal es la Pascua, es decir, la resurrección de Jesús que aquí se celebra a través de la Resurrección‑Asunción de María. Todo nos va conduciendo en esa línea: todo nos lleva a la glorificación de la Madre del Salvador.

‑ Pero la Pascua es imposible sin Encarnación. Sólo allí donde la Madre «sin pecado» ha dado a luz a Cristo, Hijo de Dios, puede hablarse de salvación, puede llegarse después a la Pascua. Los judíos han quedado paralizados ante la «carne» de María, ante el signo fundante de la Encarnación.

Los enemigos de la Madre de Jesús (es decir, aquellos que no reconocen su misterio) han quedado paralizados. Sólo podrán moverse y vivir (retornar al gozo mesiánico, a la espe­ranza de la vida eterna) si creen en Dios a través de María, es decir, aceptando al Mesías salvador. Estamos en contexto muy cercano al del bautismo, donde se ruega a los catecúmenos que confiesen su fe, que reciten su credo. Esto es lo que Pedro, en nombre de la Iglesia, ha pedido a los judíos: que acepten a Jesús, aceptando y venerando a su Madre, que viene a mostrarse de esa forma como plenitud y compendio de la fe evangélica. A1 situarse ante la Asunción, la fe cristiana se vuelve «mariana»>, se vincula a la figura y signo de la Madre de Jesús. Pues bien, los judíos responden con un acto de fe en la encarnación:

Todos nosotros creemos (que ella,María)
es la Madre del Hijo de Dios.
Bautizadnos en breve a todos
que en tal fe queremos vivir.

Pedro acepta la fe de los judíos y les bautiza simbólicamente con la palma de la virginidad maternal y de la vida de María. La Madre de jesús viene a presentarse como el signo privilegiado de la fe, es el camino que lleva a los judíos hacia Cristo, es principio de redención completa, comienzo del cielo. Es evidente que este signo de la «<conversión de los judíos» (que Pablo espera para el fin de los tiempos en Rm 11), no se ha cumplido todavía. Al inicio del tercer milenio estamos como al final de la Edad Media, cuando se escribió este Misterio de María en Elche. Por eso queremos seguir pidiendo por los judíos, ofreciéndoles una «casa» en nuestra Iglesia, para que puedan aceptar con gozo y libertad el misterio de Cristo, su hermano, hijo de María.

CONTEMPLACIÓN MARIANA. EL CULTO DE LA IGLESIA

Lógicamente, los nuevos bautizados (convertidos y curados) se unen al cortejo fúnebre, al entierro convertido en principio de reconciliación. Éste es el entierro del fin de los tiempos, es el cortejo final de la historia, que espera la culminación de los tiempos, la presencia salvadora de Dios, que ha redimido a los humanos por su Hijo Jesucristo. Pues bien, en ese camino final, precisamente cuando llevan al sepulcro el cuerpo de María, los antiguos y nuevos creyentes van descubriendo su intercesión, su gracia sanadora:

A ella debemos servir
todo el tiempo de nuestra vida,
 pues su bondad infinita
 nos quiso curar así.

No es que Cristo quede en un segundo plano, no es que Dios quede olvidado. Pero ella, la Madre de Jesús (del Hijo de Dios), viene a presentarse ahora como «<espejo»» de la salvación. Quizá pudiéramos decir que es la misma salvación de Dios hecha madre, hecha mujer y ternura. Por eso, los apóstoles antiguos, las mujeres que un día creyeron en Jesús, y los nuevos judíos convertidos se disponen a «<adorar> a Dios por medio del cuerpo de María. Éste es el canto que la humanidad doliente y peregrina eleva a la humanidad santa de María, unida a la de Cristo, muerto a favor de los humanos. Sobre el pecado y dolor de la historia se eleva así el gesto y signo de la gracia, por María:

Contemplando tal figura
con contrición y dolor
de la Virgen santa y pura
en
servicio del Creador.
Respetando tal figura,
ser de tanta majestad,
de la Virgen santa y pura,
adorémosle de buen grado.

La Virgen es figura del creador, fuente de salvación. En su maternidad virginal (en su amor engendrador) se descubre el misterio de Dios. Ciertamente, bien sabemos que Dios está en el monte y el mar, en todo lo que vive y se mueve sobre el mundo, como dijo Pablo en Atenas (cf. Hch 17, 27‑28). Sabemos, sobre todo, que está presente en los humanos y allí le descubrimos: en el amor del amigo, en la presencia de la madre, en la fragilidad del niño, en la ternura del enamorado. Está Dios en todos los seres. Pues bien, los cristianos (que han visto a Dios en la Cruz de Jesús y en su Pascua) le descubren ahora en el más hondo misterio de la Madre muerta.

Ésta es la paradoja. Apóstoles y mujeres, con los judíos convertidos, llevan sobre sus hombros un cadáver, el cuerpo de María. Precisamente allí confiesan su fe, diciendo que este <cuerpo»» al que van a poner en un sepulcro (para que allí se pudra, esperando la resurrección) es signo máximo de Dios. He dicho paradoja y quizá debo indicar que es un misterio. Dejan el cuerpo en el sepulcro, lo entregan a la tierra..., mientras cantan dando gracias al Dios de la gloria y confesando que Dios se revela precisamente a través de ese cuerpo muerto.

Ella es «vida fecunda» y sigue siendo presencia de Dios en medio de la muerte. Con esta fe la ponen en la tumba y dejan que Dios responda.

RESPUESTA DE DIOS. ASUNCIÓN DE MARÍA

Es evidente que Dios responderá «el día final,, en la resurrección de los muertos, como sabe toda la tradición judía, como esperan los cristianos. Pues bien, el Misterio de esta fiesta de la Asunción de la Madre de Jesús consiste en confesar que ese día final se ha adelantado ya para María. Así lo celebramos.

Ésta es una Palabra de Dios, que ninguno de los hombres y mujeres de la tierra puede pronunciar, pues ninguno de ellos tiene las llaves de la muerte y de la vida. Ésta es Palabra y Amor del Dios de Jesús: precisamente en el momento en que la acaban de poner en el sepulcro se abre el cielo y descienden los ángeles de Dios. Cuando acaba la acción creyente del hombre empieza la obra de Dios. Bajan los ángeles cantando y traen en sus manos el «alma» glorificada de María, para unirla de nuevo con su cuerpo, es decir, para resucitar por obra de Dios el cuerpo y alma, la vida entera de María. Así cantan los ángeles de Dios, mientras bajan:

‑ Levantaos, Reina excelente,
Madre de Dios Omnipotente.
Venid, seréis coronada
en la celestial morada.
‑ Alegraos, que boy veréis
de quien sois Esposa y Madre
y también veréis al Padre
del caro Hijo y eterno Dios.
‑ Allí estaréis sin tristeza
donde rogaréis por el pecador
y reinaréis eternamente
contemplando a Dios Omnipotente.

Éstas son las palabras de la última Anunciación, la llamada final de Dios. Ha resucitado Jesús, con él resucita su Madre, anticipando por ella y en ella el día de la gloria de todos los humanos.

¡Levantaos! Anuncio de resurrección. Yacía en el sepulcro, estaba dormida con el polvo de la tierra. Dios le dice que «<se alce», para que así pueda compartir la vida de Jesús resucitado. Han pasado los tres días de la muerte de María, es decir, el «tiempo» de su fragilidad. En María ha comenzado (con Jesús y por Jesús) el nuevo tiempo de la pascua que esperamos todos los cristianos, de manera que un día podamos unirnos con ella, de forma que su Asunción (¡levantaos!) se haga nuestra y podamos gozar todos su triunfo.

¡Seréis coronada! Asunción y gloria de la Madre de Cristo.

Estas palabras expresan su plenitud, la victoria conseguida tras dura competición, al reinado que Dios mismo ofrece con jesús y por jesús a la Madre de su Hijo. La liturgia ha presentado a María como «Reina de todo lo creado»: recibe la corona del mismo Dios; participa de su gloria y su poder por siempre, como Señora de los ángeles. En ella y con ella, todos los cristianos esperamos poseer un día el mismo gozo de Dios, su grandeza suprema.

¡Hoy veréis! Contemplación celeste. La gloria de María consiste en «mirar», descubrir a Dios, participar de su amor, en la gran «familia» del misterio. Ella es Madre y Esposa de Dios, es amiga... Descubrir por dentro la verdad, participar de la luz de un Dios que se vuelve inmensamente cercano (esposo e hijo)..., esto es el cielo de María.

¡Rogaréis por el pecadora Madre intercesora. El triunfo de María en la Asunción no es triunfo de inactividad, sino de amor solidario y de preocupación por los demás. La Asunción es el cielo de la ternura maternal, la cercaría amistosa... Por un lado, María ha culminado: contempla a Dios cara a cara, vive al interior de la familia divina, Asunta en el cielo del Padre, con su Hijo jesucristo, coronada por el Espíritu Santo... Pero, por otro lado, María está comenzando una'iunción nueva: ella empieza su tarea de ayuda maternal a favor de todos los hombres, especialmente de los pecadores.

CONCLUSIÓN. MISTERIO DE DIOS, GLORIA DE MARÍA

Éste es el momento del Misterio propiamente dicho. Todo lo anterior ha sido introducción, como un encuadre. Ahora vemos lo que estaba en el fondo, ahora participamos en la fiesta. Todos los detalles son fundamentales, por eso queremos presentarlos en forma esquemática, para que puedan descubrirse a la vez, para que así tengamos una visión de conjunto de la escena:

María. Escena de la Asunción: María va subiendo, acompañada de los ángeles. Ella es la Humanidad que ya ha triunfado y es la vida que vence a la muerte. Su Asunción es como una ampliación de la gran Ascensión de jesús: con la Madre del Mesías salvador empezamos todos a subir hacia la gloria. La vida se vuelve camino de esperanza gozosa; con María hemos entrado de algún modo en el cielo de Dios, en el futuro de la resurrección completa.

Los últimos testigos: llega Tomás, la Iglesia entera. Es evidente que su venida al final, cuando ya casi todo ha terminado, es un reflejo de aquello que dice Jn 20, 24‑29. Pero en este Tomás que anda a su aire, siempre retrasado, están simbolizados todos los que nos integramos en el misterio un poco «<a destiempo». La Asunción no es sólo la fiesta de los que están con Jesús desde el principio. En ella hay un sitio siempre vacío y abierto: hay un lugar para que podamos ocuparlo cualquiera de nosotros que en los últimos momentos venimos a unirnos a la celebración.

La Trinidad desciende y corona a María como Reina de todo lo creado. La Asunción no es sólo un misterio de elevación de la Madre de Dios. Es también un misterio de <«abajamiento». El mismo Dios viene, en su grandeza total, como Padre, Hijo y Espíritu Santo, para aparecer así como corona de gloria» de María: por eso, ella puede «reinar eternamente». Sigue siendo humanidad, pero es humanidad llena de Dios, integrada en el misterio trinitario. Por medio de ella, Dios mismo se ha hecho corona de vida y felicidad para los humanos.

Esta fiesta no es catarsis o purificación en el sentido griego: no se purifica el hombre compartiendo el sufrimiento y fatalidad del héroe trágico. Ésta es una fiesta de divinización o theiosis, si es que vale la palabra. Los que asumen por dentro el ritmo del misterio, los que reviven su final se descubren transformados por la fuerza de Dios. Ellos pueden ser (son de alguna forma) actores del gran drama. Pero, al mismo tiempo, todos ellos son María: se identifican con ella, hacen su camino y de algún modo se saben ya triunfantes sobre el cielo.

Por eso, mientras la Virgen, coronada por la Santísima Trinidad, va subiendo y llega a la cúpula del templo (que es signo del cielo), todos los participantes en la fiesta del Misterio de Elche dejan que les inunde la emoción. Siguen viviendo sobre el mundo, pero, en algún sentido, forman parte del reino de los cielos. Han subido con María, con ella participan del misterio de la Vida que Dios mismo ha querido darnos por Cristo. Lógicamente, el misterio culmina con la doxología trinitaria.

Gloria al Padre y al Hijo

y al Espíritu Santo.

Como era en un principio y ahora y siempre

y por los siglos de los siglos. Amén.


 

Cuando se ha cantado eso ya no se puede decir más. Len­tamente, los participantes van dejando el templo, para volver a la vida del gozoso agosto en Elche y en el mundo. Sería normal que el día siguiente, cuando vuelvan ál templo, los fieles des­cubran a la madre Gloriosa, en el gran retablo del altar.

XABIER PIKAZA

 

SANTA MARÍA LA REAL Patrona de Navarra

La imagen de Nuestra Señora Santa María la Real es una talla de madera, del siglo XII, perfectamente románica, sentada sobre un sólido trono, trono también toda ella de la imagen del Niño Jesús que descansa sobre sus rodillas, recubierto el conjunto con chapa de plata, perfectamente adherida a las formas de la madera como una segunda piel, que deja ver únicamente la expresión original del rostro y de las manos de la Señora, un rostro hondo y amable, unas manos delicadas y recogidas como una oración extasiada.

Esta preciosa imagen es testigo privilegiado de la historia entera de Navarra. Ante ella eran promovidos los reyes del viejo reino, ante ella se celebraron mil veces las cortes, ante ella ha vivido y alabado a Dios el cabildo catedralicio, ante ella han celebrado la Eucaristía y han invocado a Dios todos los obispos y arzóbispos, todas las generaciones del pueblo cristiano de Navarra.

Es una imagen histórica, como otras muchas, con la historia de un pueblo cristiano colgada de su mirada maternal, enriquecida con relatos verídicos y fantasiosos, como el que atribuye a San Pedro la llegada de esta imagen a tierras navarras. Su verdadera historia es la historia de las generaciones y familias de cristianos navarros que, a lo largo de los siglos, han invocado la gracia de Dios, poniendo por intercesora a Santa María, gracias al poder evocador de esta imagen misteriosa y cercana.

La piedad y el cariño con que los católicos navarros rodean a esta imagen los podemos ver significados en la fidelidad con la que la «Cofradía de los Esclavos de María», desde hace tres siglos, rezan diariamente el santo rosario en la catedral de Pamplona, con sus estandartes y faroles, en torno a la imagen de sus amores. Ellos cada día la invocan con las letrillas de «<Salve Virgen Reina, Reina Virgen Salve», «Madre celestial, libra a tus esclavos de pena mortal». Estemos o no estemos presentes, ésta es la oración diaria a la Santa Madre de Dios de todos los buenos católicos navarros.

El largo y complicado itinerario de la historia de esta imagen ha dado lugar a que fuera conocida e invocada con tres títulos diferentes: Santa María de Pamplona, Virgen del Sagrario y Santa María la ReaL Con la familiaridad propia de la tierra y de la devoción filial, en el lenguaje familiar, es también designada como La Blanca» y la rcVirgen del Medioagosto, aludiendo a la fecha de la fiesta, que es el 15 de agosto, fiesta de la titular de la catedral, dedicada a la Virgen María en el miste­rio de su Asunción a los cielos, como casi todas las catedrales españolas.

Ateniéndonos a los datos históricos más serios y comprobados, parece que el título le vino por la costumbre de guardar la imagen dentro de un ,<sagrario»» de plata que sólo se abría en las grandes solemnidades marianas, tal como se hacía con al­gunas imágenes de especial veneración en otras catedrales, como en la primada de Toledo.

Santa María la Real es el título más estable de esta imagen venerable. Se ha impuesto como exclusivo a partir de 1946, fecha en que la santa imagen fue coronada por el cardenal Arce como legado pontificio. La denominación de «Real» responde a la especial relación de esta imagen de María Santísima con los reyes de Navarra. La corte real de Navarra era itinerante, no re­sidía precisamente en Pamplona. Pero los reyes «<tenían que ser alzados (proclamados) en Santa María la Real de Pamplona, después de haber jurado los Fueros ante la imagen de Santa María, según el precepto del viejo Fuero. Una vez jurados los Fueros, el nuevo rey era alzado sobre un pavés y aclamado por los nobles, los clérigos y el pueblo en general.

En esta breve reseña no puede faltar una mención a la re­lación de Santa María la Real con el Camino de Santiago. La ca­tedral románica del obispo Pedro de Roda surge en la época de las grandes peregrinaciones compostelanas. La catedral de Pamplona es una de las etapas importantes en las fatigas de los peregrinos. Santa María es la estrella viva que guía los anhelos de los peregrinos hacia el Cristo real y verdadero.

Esta imagen de Santa María la Real representa y resume la realeza de amor y protección que la Virgen María ha ejercido sobre el pueblo navarro a lo largo de su historia. Cada pueblo, cada villa, cada ciudad tiene su ermita, su santuario, su imagen de María, conservada, honrada y querida como expresión de fe cristiana y referencia elocuente hacia la Madre de Cristo, Madre de Dios y Madre nuestra, a la vez modelo, amparo, consuelo y protectora del pueblo cristiano en sus necesidades, tribulaciones y deseos.

Santa María la Real, desde el presbiterio de la catedral, llumina, guía y conforta la fe y la vida de los católicos navarros, de formas diferentes en cada época, pero siempre con una inmensa fuerza silenciosa que atrae los corazones y nos mantiene a todos en el camino verdadero de la fe, camino de amor y de esperanza, camino de vida que va hasta el finés terrae de la salvación eterna.

 FERNANDO SEBASTIÁN AGÜILAR
Arzobispo de Pamplona, obispo de Tudela
 

NUESTRA SEÑORA DE BEGOÑA

Patrona de Vizcaya

Llevaba poco más de un año al frente de la diócesis de Bilbao cuando al llegar el 15 de agosto quise comprobar por mis propios ojos cuanto venía oyendo acerca de la devoción popular a la Virgen de Begoña. A las cuatro y media de la mañana, el amplísimo templo estaba rebosante de jóvenes, sobre todo, muchos de los cuales habían hecho un recorrido de varios kilómetros a pie para llegarse a los pies de la Amatxo» como popularmente se llama a la Virgen. La seriedad y el fervor con el que aquella masa participaba en una Eucaristía tan mañanera me impactaron fuertemente y ya las misas se sucedieron sin interrupción, con el público hasta fuera de las puertas... Más de veinte mil fieles, de los que bastante más de la mitad recibieron la comunión, eran un fenómeno digno de reflexión, en una sociedad tan fuertemente secularizada como la Vizcaya actual. Begoña era mucho Begoña.

El templo, una hermosa iglesia del gótico tardío vasco del XVI, alberga una talla bella y delicada, de transición románicogótica, con no pocos acentos flamencos, datada hacia el 1300, fecha precisamente de la fundación de Bilbao. Aparece el nombre de Begoña como entidad de la que se apartan los terrenos asignados a la nueva villa ycomo parroquia cuyo cabildo regirá también los destinos de la iglesia jacobea de Santiago.

DEVOCIÓN DE LOS MARINEROS Y DE GENTES DE TIERRA ADENTRO

La devoción a la Virgen de Begoña, asentada sobre la colina de Artagan (encinar, en vasco) es intensísima. Los marineros esforzados que se lanzaban a la aventura en sus frágiles embarcaciones, al llegar al último recodo del río desde donde todavía se divisaba el Santuario, se encomendaban a la protección de la Señora rezando una Salve. Y cuando a la vuelta de su viaje volvían sanos y salvos, en aquel mismo punto veían con alegría otra vez la iglesita de la Virgen, repetían agradecidos la Salve. He ahí por qué, ese recodo urbano de la Villa se denomina 4a Salve» y sus breves jardinillos muestran un monumento con ese motivo mariano‑marinero. El pequeño santuario y el templo posterior estuvieron cuajados de exvotos, sobre todo maquetas de barcos colgados de las Bóvedas hasta que gustos de sobriedad más exigente los relegaron fuera del lugar sagrado.

Y no sólo la Vizcaya marinera, también la de tierra adentro y la de las villas, sobre todo las cercanas a Bilbao, depositaban a los pies de la Virgen sus afanes y necesidades apremiantes.

El mejor historiador del santuario de Begoña, el sacerdote don Andrés Eliseo de Mañaricúa, sitúa la imagen entre la saga de Andra Mari (nombre popular en vasco para designar a la Virgen), la representación de la maternidad divina, cuyas expresiones más rudas se pierden en el siglo XI. Dice al efecto:

«Pero entre todas, la de Begoña destaca por su valor artístico. Extraña a primera vista, que tal imagen se hallara desde los albores del siglo XIV en la pequeña iglesia rural que era, a la sazón, la de Begoña. Una explicación puede sugerir el hecho de que era el señor de Vizcaya el patrono de la misma... Por ello se preocupa de que, a consecuencia de la erección de la villa de Bilbao, "el monasterio de Begoña no pierda nada de sus terrenos", y como patrono divide por mitades los diezmos entre Santa María de Begoña y Santiago de Bilbao. ¿Fue quizás, don Diego, o alguno de sus predecesores quien donó la preciosa imagen a Begoña?

»La altura de la imagen (1,17 m) es mediana entre las estiladas en nuestras Vírgenes. Sentada sobre un sencillo taburete, sin respaldo, asienta al Niño en su regazo».

 

LA MADRE DE JESÚS, LA MADRE DEL SEÑOR

El rostro es hermoso y sereno. Los grandes ojos abiertos y la sonrisa apenas iniciada le dan expresión amable y plácida. Viste la Virgen túnica y manto. Una fibula cierra el recatado escote angular de la túnica y un ceñidor le ajusta la cintura, dando esbeltez al torso y permitiendo translucir discretamente el relieve pectoral. Sobre la túnica, el manto recoge en sí casi todo el cuerpo, se derrama en múltiples pliegues sobre las rodillas, desciende hasta el pie derecho y se alza oblicuamente sobre la rodilla izquierda para descansar en ella sus fimbrias. Los dos pies calzados apuntan bajo la túnica, que entre ellos traza su último pliegue.

De frente, sentado hacia la pierna izquierda, pero casi en el centro del regazo de la Madre, descansa el Niño. También él viste túnica y manto. La mano izquierda de la Virgen, finamente trabajada, se posa en su hombro. Su rostro es simpáticamente expresivo. Un ligero movimiento de piernas da gracia a su figura. Bendice con la diestra y su izquierda sostiene un libro abierto. Perdida la rigidez de los iconos bizantinos y románicos, hecho más niño, sigue siendo el Maestro que enseña su Evangelio, la fuente de la verdad, y en su día, el juez de vivos y muertos.

...Es la Madre del Señor. Nuestros mayores gustaron de representarla, no anciana, pero sí de edad madura. Es la madre que sabe de la vida y puede comprender la nuestra.

Nuestra vida..., la de aquellos rudos vizcaínos de los siglos medios, de aquellos banderizos atroces, nunca hartos de asechanzas, siempre prestos a la venganza cruel, robadores de la paz de sus paisanos. Cuando se llegaban a la humilde iglesia de Begoña, rendidos de pelear, con la espada chorreando sangre y el alma manando odio, o recomidos quizá por el remordimiento se arrodillaban ante Andra Mari, su Virgen, la que ellos habían entronizado en las alturas del Artagan, dominando sus torres y sus vidas turbulentas, sin patetismos barrocos, sonriente y amable en su serenidad llena de gracia, presentándoles a su Hijo, les bablaba de paz.

Andra Mari de Begoña es la Virgen de la Paz.

UNA CORONACIÓN APOTEÓSICA

El 19 de marzo de 1900, la iniciativa del historiador don Arístides de Artiñano, apoyada por el párroco don Juan Cruz de Unceta, tomaba cuerpo en forma de petición formal al Cabildo Vaticano, solicitando la gracia de la coronación canónica. Su santidad León XIII no sólo aprobaba y bendecía la idea, sino que deseaba sumarse espiritualmente a la ceremonia y nombraba delegado pontificio para el caso al obispo de Vitoria, don Ramón Fernández de Piérola, prometiendo además un primoroso regalo para la Virgen.

Diez obispos acompañaron al delegado pontificio el gran día y predicaron a lo largo del novenario. Los mejores oradores sagrados en euskera y en castellano enfervorizaron a los millares de peregrinos.

La corona fue costeada por doña María de Aguirre, que entregó todas sus joyas para su elaboración. Las del Niño y el cetro fueron costeadas por suscripción popular. Por la riqueza de los materiales y la calidad de la obra de orfebrería resultan piezas verdaderamente espléndidas, dignas de la Amatxo y expresivas de la devoción unánime de los vizcaínos.

Se calcula en no menos de doscientos mil el número de devotos de la Virgen que tomaron parte en las celebraciones del novenario y del gran día de la coronación. (Piénsese que en esa fecha, Bilbao rondaría apenas los 80.000 habitantes).

Cada arciprestazgo rivalizó en el número de sus romeros, en la belleza de sus estandartes y en la brillantez de sus orfeones.

Llegó el día de la coronación. Transcribimos el relato que de ese momento emocionante hace el historiador de la Virgen de Begoña, don Andrés Eliseo de Mañaricúa: <«Los repiques de las campanas de la Villa la pregonan y los balcones y venta­nas engalanados, las banderas y los arcos de triunfo acusan la alegría del homenaje. A las nueve de la mañana, el obispo de Vitoria y delegado apostólico para la coronación, don Ramón Fernández de Piérola, ofició la misa de pontifical, hallándose presentes las autoridades civiles. Bendijéronse las coronas, y el cetro.

»Terminada la misa, se trasladó la imagen al tablado dis­puesto ante la puerta principal. Y allí, rodeado por los prelados y las dignidades eclesiásticas, ante las autoridades civiles y en presencia de un gentío inmenso, delirante de entusiasmo y amor que pugnaba por estallar de sus pechos, el obispo de Vi­toria coronó la venerada imagen, mientras sobre el pueblo se extendía y fundiéndose en latidos de corazones subía al cielo la fórmula ritual:

"Así como por estas manos eres coronada en la tierra, así podamos merecer que por las tuyas seamos coronados en el cielo."

»Rompió la emoción todos los diques y estalló el entu­siasmo de aclamaciones sin fin, sólo interrumpido cuando el obispo de la diócesis dio la bendición en nombre de su santi­dad León XIII, que había prometido asistir espiritualmente a la ceremonia».

El 1 de mayo de 1947, el obispo de Vitoria, don Carmelo Ballester, en una bella alocución, convocaba a todos los vizcaínos a la celebración de las bodas de oro de la coronación.

Como prólogo, dice Mañaricúa, más de cien mil bilbaínos subieron a Begoña a aclamar a María en la grandiosa peregrinación del 30 de mayo de 1948.

Seguimos al historiador: «<En la tarde del 24 de abril de 1949, salía del santuario, no ya con su propia imagen, pero sí con su fiel reproducción, para recorrer 171 parroquias, amén de varias anejas, colegios, conventos, hospitales... Más de dos mil kilómetros caminó la imagen peregrina en su camión carroza, acompañada de su capellán para el caso, don Victorino de Larrucea.

>El año 1950 los actos culminaron en una magna procesión de bajada de la Virgen y su posterior regreso, con el primer obispo de Bilbao, don Casimiro Morcillo, que hacía su solemne entrada en su jovencísima diócesis, y alcanzó cotas de entusiasmo y de concurrencia ya nunca superable (más de cien mil asistentes en cada uno de los actos). Don Casimiro, en el acto de la catedral, había depositado la vida de la nueva diócesis, como una tierna criatura, en el regazo de la Virgen de Begoña»».

La piadosa leyenda acerca de la aparición de la imagen y la ubicación de su templo zanja toda posible duda cuando la imagen, al pisar su actual emplazamiento, pronunció las palabras <bego oña», que traducidas del vasco vienen a querer decir, «esté quieto el pie».

Nosotros, recogiendo la voz de la tradición, imploramos hoy a María para que su pie y su presencia no se aparte jamás de la colina de Artagan, desde donde protege a Bilbao y a Vizcaya entera.

 RICARDO BLAZQUEZ
 Obispo de Bilbao


 

LA VIRGEN DE LA PALOMA

El 15 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo. Es la consecuencia lógica de todas las prerrogativas recibidas por ser la Madre de Dios.

¿Será en alusión a este «vuelo» de Nuestra Señora por lo que la fiesta de la Virgen de la Paloma se celebra el día de su Asun­ción al cielo? No encontramos en ningún documento la causa de esa fecha en la celebración de la fiesta de la Virgen de la Pa­loma, siendo más de extrañar tratándose de la Virgen de la So­ledad. Lo que sí se puede afirmar es que en esta fecha se viene celebrando desde los comienzos.

La historia tiene su comienzo a principios del año 1787. Nos lo cuenta el entonces párroco de San Andrés, a cuya parroquia pertenecía entonces la calle de la Paloma, en un informe del año 1792 con motivo de la construcción de la primera capilla:

«En el portal de una casa de la calle de la Paloma, que es de su feligresía, se colocó estos años pasados una imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que Isabel Tintero, vecina de aquel barrio, recogió de dicha calle de unos muchachos que la arrastraban por el suelo. Esta circunstancia excitó la devoción de esa mujer y la estimuló a colocarla con alguna veneración (en el portal de su casa), encendiendo una lámpara en su culto, con la que excitó también a otros de aquella calle y las conti­guas para invocar y venerar a Nuestra Señora en esa imagen.

»Este culto se aumentó tanto en poco tiempo, que esa bue­na mujer determinó colocar la imagen con más decencia en un cuarto pequeño de su casa, abriendo puerta a la calle para que con más comodidad pudieran visitarla los fieles.

»Como esta disposición creció y se publicó mucho la fe y la confianza de los vecinos de aquel barrio y otros distantes y en toda clase de personas: el exponente, en cumplimiento de su ministerio, receloso de algunos abusos que suele mezclar en estos asuntos la fragilidad humana, se acercó a observar lo que ocurría en este culto y concurrencia. Lo observó repetidas ve­ces con la debida reserva y, lejos de notar abuso alguno, sólo halló motivo para admirar los medios que usa la divina Provi­dencia para estimularnos a la devoción de esta Señora y comu­nicarnos sus gracias: porque aquella calle, notada antes de li­bertad y de desahogo, es en el día de hoy calle de devoción y sosiego y los fieles que se presentan a invocar a la señora, o pri­vadamente o en compañía de otros, acreditan su fe y confianza con un respeto que no es tan general en las mismas iglesias.»

Por eso canta una copla popular:

Eres Virgen de Madrid,
que te reza y que te adora,
mas la calle en la que vives
te hace ser de la Paloma».

El lienzo de la Virgen de la Paloma no tiene firma alguna, pero parece ser una copia de fines del siglo XVII de la famosa escultura de Nuestra Señora de la Soledad, que realizó Gaspar Becerra, por encargo de la reina Isabel de Valois, esposa de Felipe II, en 1565.

Crecía tanto y tan deprisa el número de los madrileños que iba a rezar ante la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que se consideró necesario construir una capilla en toda regla. Se adquirió para ello el solar en la misma calle de la Paloma, n.° 21, donde los muchachos habían encontrado la imagen de la Virgen. La capilla fue inaugurada el año 1796. Isabel Tintero, que no sabía firmar, fue quien administró las cuantiosas limos­nas que los fieles fueron entregando para la construcción de la capilla y del culto a la Virgen hasta su muerte.

Por aquellos días, una cuñada de Isabel Tintero tuvo un hijo y se lo ofreció a la Virgen de la Paloma. De entonces data la costumbre de las madres que dan a luz de ofrecer su hijo a la Virgen de la Paloma, cualquier sábado laborable, a las 12.

Insuficiente también la capilla para acoger a los muchos fie­les que a ella acudían, se construyó el templo actual en el n.° 19 de la misma calle de la Paloma, gracias a los cuantiosos dona­tivos de los feligreses y devotos de la Virgen de la Paloma. Fue inaugurado el nuevo templo el 24 de marzo de 1912.

Isabel Tintero había solicitado en vida tener la fortuna de que su pobre cuerpo cadáver no se separase de los pies de la Virgen en el templo que anhelaba verla colocada». A los pies de la Virgen de la Paloma se encuentra hoy una lápida, trasladada del cementerio de San isidro, con la siguiente inscripción: «Aquí descansan los restos mortales de doña Isabel Tintero, fundadora de la capilla de la Soledad de la calle de la Paloma. Falleció el 30 de octubre de 1813, a los 66 años de edad». Debajo de esta inscripción se ha añadido la siguiente: «Fueron trasladados a este templo el día 30 de marzo de 1996.

En el solar de la antigua capilla y lugar donde se encontró el lienzo de la Virgen se pensó construir una escuela parroquial. No pudo llevarse a efecto entonces y en su lugar se ha levantado el actual Colegio de La Paloma, perteneciente a la Fundación Lara.

Durante la guerra, el lienzo se salvó escondido en el testero de la cama de unos feligreses. Terminada la guerra, el lienzo fue trasladado a primeros de abril de 1939 al despacho del señor obispo y el 15 de agosto, reconstruido el altar y el marco, fue trasladada con toda solemnidad a su iglesia la tan venerada Virgen de la Paloma.

El día 26 de mayo de 2000, Año jubilar, la Virgen de la Paloma fue coronada canónicamente por el cardenal arzobispo de Madrid, costeada la corona por los feligreses y devotos de la Virgen de la Paloma.

Hasta ahora este santuario de la Virgen se denominaba: ««Parroquia de San Pedro el Real e iglesia de la Virgen de la Paloma»; pero desde el 24 de julio del Año jubilar 2000, por decreto del cardenal Rouco Varela, arzobispo de Madrid, haciéndose eco del común sentir y del deseo de los feligreses y de los muchos devotos de la Virgen de la Paloma, cuya imagen preside el templo parroquial, se denomina: «Parroquia de la Virgen de la Paloma y de San Pedro el Real.

Posiblemente la devoción a la Virgen de la Paloma sea la más popular de Madrid. Aparte del continuo fluir de los devotos que visitan a la Virgen y de las madres que vienen a ofrecerle su hijo y darle gracias, es llamativamente conocida la cantidad de fieles que abarrota el templo hasta la saturación en todas las misas del día de su fiesta, precedida de su novena, y el gentío que acude a la procesión en la tarde por las calles del barrio, escoltada por el Cuerpo de Bomberos de Madrid, del cual es patrona. Signo de ello es también la cantidad de niñas que reciben en su bautismo el nombre de Paloma, no sólo de Madrid, sino de toda España y de fuera de España, particularmente de Hispanoamérica. Además del día de la fiesta tiene un relieve especial el ofrecimiento comunitario de los niños a la Virgen de la Paloma el día de las Candelas o fiesta de la Purificación de María. Y tienen también relieve especial las fiestas de la Purísima Concepción y de la Visitación de Nuestra Señora.

Que la Virgen de la Paloma prodiga sus gracias a quienes en ella confían son muchísimos los fieles que lo acreditan y vienen por eso a dar las gracias a la Virgen. Incluso se le atribuyen milagros, siendo los más sonados la curación repentina del conde de las Torres, que se rompió una pierna en una caída de caballo, y la curación también repentina de Fernando VII de una enfermedad que lo puso al borde de la muerte, siendo príncipe de Asturias.

De antes de 1907 data la Congregación de la Santísima Virgen de la Paloma. En 1997 se redactaron nuevos Estatutos adaptados a nuestro tiempo, en los que aparecen unificados la rama de las mujeres y la de hombres, siendo muchísimos los que pertenecen a la congregación. Como filial de esta congregación tienen también la suya los bomberos.

 JESÚS HIGUERAS
Párroco de La Paloma y San Pedro el Real