SAN JACINTO DE POLONIA Presbítero dominico
 Cracovia, 15‑agosto

 

San jacinto de Polonia es en la historia de la Orden de Predicadores el prototipo de fraile misionero, evangelizador por la Europa oriental, en el siglo XIII, al modo como lo será en los siglos XIV‑XV San Vicente Ferrer (1350‑1419) ( 5 de abril) en la Europa occidental. Un buen bagaje intelectual, audacia en las empresas apostólicas, espíritu de sacrificio, celo ardiente de las almas, palabra de fuego y hollar de caninos que les llevaban a los descarriados o a quienes todavía no conocían a Cristo, fueron sus armas en la lucha por el Reino de Dios, lucha que ha sido desvirtuada no pocas veces por fantasías de leyenda.

 

JACINTO EN EL HOGAR DE LOS ODROWAZ Y EN LA ESCUELA

El nombre de pila de nuestro biografiado no fue Jacinto sino ,Jacobo, due, utilizado familiarmente en gracioso diminutivo, se redujo a Jacko. Sin que nos conste el motivo, en el siglo XIV comenzó a llamársele Jacinto, y este nombre ha prevalecido en la historia posterior.

Jacko o jacinto fue hijo de noble familia polaca, la de los Odrowaz, con larga tradición de servicio a la iglesia en la época feudal. Vino al mundo en el hogar de sus padres, Eustaquio Odrowaz y Beatriz, a finales del siglo XII, por el año 1185.

La tradición religiosa y militar de la familia nos hace suponer que su primera educación fue austera, en aura militar, y piadosa, en aura religiosa. Quizá para ambos aspectos contó muy pronto con la tutela espiritual y amigable de un tío canónigo de nombre Ivo o Ivón que aparece repetidas veces en la historia de su vida. Este sacerdote y canónigo, Ivo, pudo ser quien apreció en el niño, o en el joven Jacko, cualidades que le hacían apto para orientarse hacia la vida ministerial en la Iglesia, y quien le animó a seguirla. No hay indicios de que antes de optar por la formación en perspectiva eclesiástica, hiciera el joven otro ensayo de formación cultural, por ejemplo, en medicina o derecho civil.

No se dispone de documentación que acredite el itinerario de estudios seguido por Jacinto. Se toma como más probable que, adquiridos los conocimientos básicos y elementales de la época, accedería a los cursos de la escuela catedralicia en la que trabajaba su tío Ivo, y que luego se dirigiría a Praga o acaso a Bolonia (para estudiar derecho canónico), y que concluyó en los cursos de teología en París (según unos) o en Roma (según otros). En cualquiera de los casos, puede considerarse su carrera académica (de teología y derecho) afortunada, pues no estaba al alcance de muchos jóvenes de su tiempo.

JACINTO, SACERDOTE DE CRISTO. SU ENCUENTRO CON DOMINGO DE GUZMÁN

La ordenación sacerdotal de jacinto debió acontecer después de concluidos los estudios de teología en París o Roma, y, en su caso, tras perfeccionarse en leyes en Bolonia. Cuando se ordenó contaba con 26 ó 28 años de edad; y en este inicio de su vida sacerdotal, corriendo el año 1217, es cuando lo vemos acompañado por su hermano o pariente Ceslao, también sacerdote. Habrían hecho juntos, tal vez, la carrera eclesiástica en las escuelas. Si así fue, el prestigio de jacinto alcanzó cotas más altas, pues, en 1218 formaba ya parte del cabildo catedralicio de Cracovia, donde a la sazón era obispo electo don Ivo.

Estamos en los años 1219/1220. Por esta fecha, don Ivo, obispo, y sus sobrinos jacinto y Ceslao (además de sus compañeros Enrique de Moravia y Hermán el Teutónico) marcharon a Roma. El hecho es innegable; pero no resulta tan claro si acudían a la ciudad eterna por asuntos eclesiásticos o más bien por razón de estudios complementarios de jacinto y Ceslao. ¿Dónde se instalaron en Roma? Si damos crédito a una tradición, bien intencionada más que documentada, el obispo Ivo y sus familiares fueron recibidos en su residencia por el cardenal Hugolino (amigo de Santo Domingo ‑ 8 de agosto), porque entre don Ivo y don Hugolino se había establecido amistad en París durante los cursos de teología.

Esas relaciones de amistad, y la consiguiente acogida familiar, servirían como nexo para explicar que el propio cardenal Hugolino hiciera de mediador en el conocimiento inicial que se estableció entre Domingo y los visitantes polacos. Pero fuera ese el pretexto u otro cualquiera, lo cierto es que, como ha ocurrido muchas veces entre los santos y almas nobles, de un primer conocimiento ocasional que se dio entre Domingo, jacinto, Ceslao e Ivo, se fue pasando a encuentros repetidos y cada vez más intensos por los que tanto el obispo, como jacinto o Ceslao, pudieron informarse de los planes evangelizadores que diseñaba Domingo para sus seguidores.

En ese contexto es donde la leyenda se permitió introducir una anécdota con visos de profecía. Según ella, el obispo Ivo se sintió muy interesado por la obra de Domingo y se atrevió a pedirle que tuviera en cuenta ‑en su proyecto apostólico misionero‑ las necesidades de la Iglesia en Polonia y que le enviara algunos dominicos para su diócesis. Y Santo Domingo, que ya acariciaba la vocación religiosa de jacinto y Ceslao, le respondió: Déjame a estos sacerdotes, y te los devolveré apóstoles.

Con esas palabras nos previene la leyenda un hecho fundamental: que los sacerdotes jacinto, Ceslao, Hermán y Enrique, estaban dispuestos a secundar con sus vidas la obra fundacional de Santo Domingo, dejando, al menos de momento, sus compromisos con el obispo. Durante la estancia en Roma, en Bolonia o en otros lugares donde Santo Domingo y sus discípulos daban testimonio de una vida carismática nueva, todos esos jóvenes se familiarizaron con la vida religiosa, y pidieron el hábito dominicano. Lo recibieron el año 1220. Unas bellas pinturas recuerdan la escena de esa toma de hábito en la basílica de Santa Sabina, capilla de San jacinto.

JACINTO, CESLAO, ENRIQUE Y HERMÁN SIGUEN A DOMINGO

Sometidos a intensa vida espiritual y de estudio, bajo la dirección carismática de Santo Domingo de Guzmán y sus delegados, jacinto y sus compañeros asimilaron muy pronto el espíritu y estilo de la nueva forma de vida comunitaria con sus leyes y forma de gobierno. Tan bien los asimilaron que en 1221, cuando se organizó la orden en «Provincias», es decir, por regiones geográficas y unidades inferiores de gobierno y vida (España, Francia, Tolosa, Lombardía, Hungría, Teutonia, Romana, Inglaterra), a fray jacinto, fray Enrique de Moravia y fray Hermán los destinaron a propagar la orden en Polonia (y a fray Ceslao en Bohemia) para que abrieran allí nuevas comunidades y nuevos centros de predicación y enseñanza. De momento, todos quedaban inscritos en la provincia de Hungría, que abarcaba territorialmente la Europa oriental, de Hungría a Bohemia, de Polonia a Rusia.

Pacientemente fray jacinto, fray Enrique y fray Hermán emprendieron el camino como apóstoles, mendigando el pan de cada día y regalando su amor y su palabra; y, mientras ellos ofrecían a los hombres la luz de Cristo, Santo Domingo volaba al cielo, desde Bolonia, prometiendo a sus hijos que estaría más presente a su lado desde el cielo que lo estuvo mientras sus bijos lo tenían en vida.

En el camino hacia Cracovia, que era la meta del primer viaje misional, jacinto, Enrique y Hermán se detuvieron un tiempo en Freisach, y, con el favor del pueblo al que alimentaron espiritualmente, se pusieron los fundamentos de un convento o residencia. Después, prosiguieron el viaje hacia Cracovia, y en 1222/1223, con el apoyo del obispo don Ivo, lograban hacer fundación en la ciudad, sirviéndose de la iglesia de la Santísima Trinidad, centro de la vida dominicana en Polonia a través de los siglos.

IRRADIACIÓN MISIONERA DESDE CRACOVIA, DANTZIG, KIEV

Tan bien fueron dándose las cosas espiritualmente en Cracovia, a pesar de las dificultades siempre presentes en la obra apostólica, que dos años más tarde, en 1225, parece que el territorio de Polonia (abierto a Rusia) comienza a constituirse religiosamente como provincia dominicana, y que toma como superior provincial a fray Gerardo de Breslavia.

Este superior, actuando al modo de Domingo en su dispersión de los frailes en 1217 por París, Bolonia, Roma, España, decidió enviar a los frailes residentes en Cracovia en cuatro direcciones distintas de servicio evangelizador. Una de ellas tendría como meta llegar e introducirse apostólicamente en Dantzig (Gdansk). Y para hacer esa ruta evangelizadora, arriesgada y penosa, fue destinado fray jacinto con otros compañeros. Cabía esperar que con su buena mano ganara almas para Dios, recurriendo incluso a la fuerza del milagro, y que levantara conventos para recibir y formar futuros predicadores.

Colmado de buen espíritu y de fervor mariano, emprendió fray jacinto el camino, consciente de las dificultades fisicas, políticas, sociales y morales que les asaltarían. Haciendo este itinerario hacia Dantzig, fue cuando se vio sorprendido ‑según es tradición, acaso novelada‑ por el desbordamiento del río Vístula, en el entorno de la ciudad de Wyszogrod, donde predicaba por unas semanas. Ni siquiera para necesidades asistenciales había medios de transporte que permitieran vadear el río. Él, movido por el Espíritu, trabajó heroicamente prestando servicios de amor asistencial; y la leyenda transmitió ese heroísmo por medio de un símbolo: fray Jacinto bizo la señal de la cruz, tendió la capa sobre las aguas, y se dirigió a prestar su servicio de amor asistencial. Aunque el detalle resulte novelado, de ese caudal de agua y gracia parece que surgieron probablemente las comunidades religiosas de Plock y de Thorn.

La llegada a Dantzig fue afortunada. Gobernaba la ciudad el duque de Swientopolck, amigo de Lech el Blanco, que había apoyado la presencia de los dominicos en Breslavia. Enterado de las pretensiones de fray jacinto y los suyos, les dio libertad para que eligieran un lugar adecuado e hicieran la fundación de comunidad dominicana. Fray jacinto eligió un islote aparentemente sin valor, que no gustó a los demás, pero luego se descubrió el interés auténtico que aquel lugar podría tener, y el éxito apostólico posterior fue grande, por los años 1226‑1227.

En Dantzig se encontraba fray jacinto en 1228, cuando le notificaron que había sido elegido por los frailes de la provincia de Polonia para que se fuera a París y participara en el capítulo general de la orden bajo la presidencia del maestro Jordán de Sajonia (,~ 13 de febrero). Allí comunicó sus experiencias y contribuyó a la formación de tres nuevas provincias para la evangelización: Dacia, para el Norte de Europa; Tierra Santa y Grecia para el Sur y Oriente. Así toda Europa quedaba salpicada de presencias dominicanas.

Concluida la estancia en París, fray jacinto regresó lentamente a Dantzig, y allí acarició la idea de acercarse en misión evangelizadora nada menos que a la ciudad santa de los rusos: Kiev o Kiyev, en Ucrania. El Espíritu no le permitía reposo, y él estaba presto para emprender nuevas aventuras. Tuvo por compañero a fray Floriano e inició un viaje casi interminable, con propinas de sufrimientos y agotamiento. No importaba; un apóstol tiene que fijarse metas altas y perseguirlas con perseverancia. Cota alta era lograr que una mañana apareciera ante sus ojos la ciudad madre de la fe rusa, coronada por unas cuatrocientas iglesias, mirándose en el espejo del río Nieper.

 

Si nos situamos en los años 1229‑1230, el gobierno de Kiev estaba amenazado por las apetencias de los hijos del príncipe Vladimiro Ruvikovitch. Pero, al parecer, él y el clero cismático, cuando tuvieron noticia de su llegada, recibieron al predicador fray jacinto con cortesía. No era poco. Pero ¿cómo establecer comunidad dominicana apostólica, vinculada a Roma, en aquel contexto cismático? La tradición novelada pone en juego tres fuerzas concurrentes: la curación de la hija del príncipe, una niña ciega, la buena disposición del príncipe y la audacia de fray Jacinto. Fray jacinto, con licencia, recorrió la ciudad buscando lugar adecuado para fundar, y se fijó en una llanura arbolada, a los pies de la ciudad, cerca del Nieper; pertenecía a la barriada Padol, y era muy frecuentada, al parecer, por grupos de sectas que celebraban ritos «diabólicos». Su oposición a fundar allí un monasterio fue muy fuerte, y cuenta la leyenda que un día fray jacinto se revistió del valor de Elías el profeta, convocó a sus adversarios y repitió la escena de Elías en el monte Carmelo contra los falsos profetas de Baal. Es una forma fantástica de decir que no todo eran caminos de rosas en la evangelización.

Luchando con inusitado valor, la presencia de la comunidad, animada por el carismático San jacinto, tuvo gran éxito en Kiev. Quizá no tanto como para hablar de que grupos de sacerdotes cismáticos y muchos creyentes que se reincorporaron a la fidelidad a Roma; pero lo cierto es que llegó a crearse alarma socio‑religiosa en la ciudad. El metropolitano de Kiev dio un primer toque de atención, por peligro de altercados, y después el príncipe Vladimiro ‑tras cuatro años de actividad apostólica de los dominicos‑ invitó a fray jacinto a que dejara la ciudad.

Fray jacinto, por mantener el bien de la paz, aceptó salir a evangelizar otros pueblos, pero dejó al frente de la comunidad a fray Godín y otros religiosos para que concluyeran la construcción del convento en Padol y abrieran la casa de formación de predicadores. Él, simbólicamente, pasó el Nieper, y desapareció a los ojos inquietos de responsables políticos y religiosos. Y desde allí, por el año 1233, emprendió un nuevo viaje que le condujo probablemente a predicar en Tchernigov, Smolensko y Moscú. El Espíritu seguía animando sus jornadas de itinerante, sus predicaciones y sus acciones taumatúrgicas y humanita­rias.

Tras ese recorrido, y en el transcurso probable de los años 1234‑1236, bien por motivos de descanso, bien para intentar al­canzar la paz entre responsables políticos y religiosos, San ja­cinto volvió a Dantzig, donde fray Benedicto ya había cons­truido el convento de San Nicolás, en el islote que será poste­riormente el puerto de Dantzig. Alcanzada una paz bien desea­da entre los contendientes de la ciudad, fray jacinto, como era de esperar, no se tomó muchas jornadas de descanso. Le dolía el alma en reposo, y de nuevo se comprometió en el aposto­lado del entorno de Dantzig, colaborando con sus compañeros.

Una especie de psicosis por tratar a fray jacinto como a per­sonaje excepcional pudo desfigurar su rostro auténtico, atribu­yéndole obras que pudieron ser creaciones o actuaciones de sus discípulos, o meras invenciones, pues la leyenda lo lleva a Noruega, Suecia, Escocia, Islandia e, incluso, a Groenlandia.

Limitemos, pues, en lo posible, el alcance de sus obras magníficas y anulemos fantasías. Dejémosle varios años en Dantzig, vestido con el hermoso traje de sus campañas ya rea­lizadas, y constituido en un gran maestro que, por bagaje inte­lectual, por práctica pastoral y por experiencia interior de vida en Cristo y con María, es capaz de orientar a muchas con­ciencias descarriadas o titubeantes, y también a otras enamora­das de Cristo. Este magisterio final suyo puede ser tan impor­tante como sus correrías misionales de juventud.

FRAY JACINTO, ENTRE KIEV Y CRACOVIA

Es probable que, a petición de la comunidad de Kiev, des­de Dantzig se trasladara fray jacinto a esa ciudad, por los años 1237/1238, y que allí ejerciera el cargo de prior de la comuni­dad y un brillante ministerio pastoral. En ese supuesto, será desde Kiev desde donde, cumplido su mandato al frente de la comunidad, se retirará finalmente a Cracovía para dedicarse más en los últimos años de su vida a la contemplación, a la pastoral sacramental, al ejercicio de la caridad y a la dirección espiritual.

En el itinerario de Kiev a Cracovia hemos de detenernos un momento, pues, al parecer de algunos autores, a lo largo de ese arduo camino habría acontecido la anécdota que ha dado lugar a que en la iconografía se represente a San jacinto de Polonia como un fraile itinerante que lleva en su brazo izquierdo una imagen de la Virgen, y en la mano derecba un copón con la Eucaristía.

La explicación sería más o menos ésta. Por los años 12381242, tuvo lugar la terrible invasión de los tártaros, a las órdenes de Batú, sobrino de Gengis‑Khan. En su afán de dominio, los tártaros avanzaron por Rusia, Polonia y Hungría, y uno de los puntos afectados por la conquista fue la región de Kiev. Fray jacinto, que ya había abandonado la ciudad, en camino hacia Cracovia, hallándose tal vez por Sandomir (una de las plazas que posteriormente fue arrasada, y donde fray Sadoc y más de cuarenta compañeros sufrieron el martirio, ‑ Santoral, 2 de junio), tuvo noticia de ello y regresó a Kiev para estar con sus religiosos en los momentos de peligro.

Allí, según la leyenda, un día, mientras la comunidad de frailes celebraba misa en el templo, entró en la iglesia un joven aterrorizado y gritando: ¡Huyamos, si no queremos morir! Era la voz de toda la ciudad alarmada. Y ante la amenaza cruel, hasta los príncipes Miguel y Daniel huyeron antes del asedio. En el asalto, que sobrevino muy pronto, murieron dos religiosos, Alberto y Domingo. Otros se dispersaron.

jacinto, que habitualmente actuaba con espíritu audaz, pensó que sería inútil cualquier intento de defensa u ofrecerse como víctima, y que lo más prudente era dirigirse a otra parte en plan de misión. Organizó, pues, la salida, y se acercó al sagrario. Tomó en sus manos el copón con las sagradas formas, lo ocultó bajo su capa dominicana y se dirigió hacia el portal de la iglesia. Pero en su interior ‑dice la leyenda piadosa‑ creyó oír una voz procedente de la imagen de la Virgen: jacinto, hijo  mío, llévame contigo!Jacinto le contestó: ¿Cómo podré hacerlo con mis débiles fuerzas? Y la voz agregó: ¡Pruébalo! Y él, emocionado, retuvo en la mano derecha el copón y cargó sobre el costado y brazo izquierdo la imagen de María, que le resultó levísima de peso; y con ambas joyas pasó a pie sobre las heladas aguas del Nieper, en busca de nueva casa para Dios y para la Virgen.

Cracovia, última morada terrena de fray jacinto, fue también atacada por otros ejércitos tártaros, pero les opusieron tal resistencia que los invasores prefirieron dejarla en pie y dirigirse hacia el Norte.

,jacinto, según las crónicas, vivió dedicado a la oración y a la predicación, entregado a la dirección de almas que acudían a él en gran número, ocupado insistentemente en asistir a los enfermos y sumamente confiado en el amor a Cristo y a la Santísima Virgen.

Murió santamente en el convento de Cracovia el día 15 de agosto de 1257. Fue beatificado por Clemente VII en 1527, y canonizado por Clemente VIII el 17 de abril de 1594. La cristianización de Polonia fue obra, en gran manera, de la predicación de jacinto, Ceslao y Sadoc. Dos naciones latinas cobraron gran devoción a San jacinto: Francia y España.

Cándido Aniz Iriarte, O.P.