1 DE MARZO

SAN ROSENDO,

obispo y monje (+977)

 

El siglo X —el siglo oscuro del Pontificado, la edad de hierro del cristianismo—cuenta entre sus glorias a San Rosendo, el patriarca de los monjes del noroeste de España. Rosendo era oriundo de Asturias, pero pasó en Galicia casi toda su vida. Su padre, Gutierre, era uno de los condes más poderosos que rodeaban a Alfonso el Magno. Su madre, la condesa Santa llduara, ya antes de darle a luz, había sentido la premonición de que su hijo sería "santo delante de Dios y grande delante de los hombres". A Rosendo, desde muy pronto, se le vio más inclinado al silencio y a la piedad que a la corte y a la espada. En los monasterios que su padre reconstruía y su madre dotaba, pasó su juventud estudiando y progresando en la virtud. Así se expresan sus biógrafos: Juventud con peso de anciano. Palabras dulces y eficaces y nada de infantilismos. Amigo de la soledad y de la oración. Aplicado en sus estudios, modesto y grave aunque sin desabrimientos. Alegre y feliz, pero sin ligerezas y rostro agradable.

Todos le admiraban por su sabiduría y su bondad. Estaba muy preparado en las letras y en las ciencias. Se había adentrado en el conocimiento de las Sagradas Escrituras y en los Santos Padres. Todavía muy joven, fue nombrado obispo de Dumio y luego de Mondoñedo. Trabajó mucho en la abolición de la esclavitud. Consiguió en este campo grandes frutos.

En sus correrías por las posesiones de su padre, había visitado muchos monasterios. Él sentía querencia por el claustro. Pero ¿dónde encontrar el sitio apropiado? En la provincia de Orense lo encontró. Allí levantó la abadía de San Salvador de Celanova. La dotó espléndidamente para que sus moradores, libres de necesidades materiales, pudiesen vacar completamente día y noche, y sin estorbos, a las divinas alabanzas.

A Rosendo le iba más el monasterio que la silla episcopal. Un día se presentó ante el abad Franquila, le pidió el hábito y se quedó en Celanova. Allí trabajaba y servia como el último de los monjes. Su emblema era una cruz, de cuyos brazos colgaba un compás y un espejo. La cruz, explicaba Rosendo, es el compás de nuestra vida y el espejo de nuestras almas.

Habia encontrado el "almo reposo", de que nos habla fray Luís de León, libre de los trajines de la corte. Pero el rey Ordoño III le rogó que aceptase el gobierno de la provincia que antes había regido su padre. Rosendo, siempre dispuesto a servir, aceptó. El monje gobernador actuó con prudencia y energía. Pacificada la provincia, volvió otra vez a su cenobio.

De nuevo le sacan de allí para ponerle al frente de la diócesis de Santiago, pues había sido depuesto, por sus desmanes, el obispo Sisnando. Entre otras actividades, asistió a un concilio en León con San Pedro Mezonzo. Sisnando logró volver, y Rosendo se retiró feliz a su monasterio. Allí pasó sus últimos años, creando una atmósfera de paz y dulzura entre todos.

Viendo que se acercaba la muerte, firmó su testamento, que es una ferviente oración, confesión de fe y efusión de amor. El testamento nos revela la suave fisonomía de su alma piadosa y llena de fe. Recuerda a sus monjes la fundación del monasterio y la organización de una comunidad tan numerosa. Les da normas concretas para no caer en la mediocridad.

Los monjes, a su lado, le piden que les siga protegiendo desde el cielo. Rosendo les pide que pongan en Dios toda su confianza, y que se mantengan unidos junto a su abad. Su testamento lo termina así: "Bajo la Providencia de Dios". Y la Providencia divina conservó su obra.

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