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2012-2013 un año para fomentar la 'curiosidad' por el
cristianismo
Un buen número de las indicaciones prácticas que ofrece el Papa
para este periodo van dirigidas al estudio y conocimiento de los
documentos del Concilio Vaticano II y del ‘Catecismo de la Iglesia
Católica’
Jesús David Muñoz, L.C.
01/02/2012
Meses
después, el 7 de enero de 2012, la Congregación para la Doctrina de
la Fe publicaba una nota con indicaciones pastorales muy concretas
para vivir y sacar fruto de este tiempo de bendición a nivel
parroquial, diocesano y de la Iglesia Universal (cf. VIS
07.01.12). Para
quien conoce a Benedicto XVI, sabe que no es casualidad ni mera
ocurrencia la convocatoria de este Año de la Fe, que viene a reforzar
otra serie de iniciativas que ha venido promoviendo en sus casi 7 años
de pontificado (cf. ForumLibertas
24.10.11). A
los participantes en la asamblea plenaria de la Congregación para la
Doctrina de la Fe hablaba en los siguientes términos: “la renovación
de la fe debe tener la prioridad en el esfuerzo de la Iglesia entera
en nuestros días” (Zenit
27.01.12). Esto no solo
a causa de que en vastas zonas de nuestro planeta la fe amenaza con
extinguirse, sino también a que los que llevan el nombre de
“cristianos” ya no reconocen la importancia que tiene el
cristianismo. Además, impera una creciente ignorancia de los
elementos esenciales que componen la fe; y prevalece la opinión de
que ya conocemos el cristianismo y que su lugar en la historia ya pasó,
por lo que muchos van a buscar otras experiencias. Ya
como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, el
cardenal Ratzinger vislumbraba perfectamente la solución a este fenómeno
que ha buscado colocar la fe, e incluso la misma religión, entre los
cachivaches arcaicos de la historia de la humanidad: “Me parece muy
importante promover una cierta curiosidad por el cristianismo,
fomentar el deseo de descubrir qué es exactamente. Pero para esto hay
que empezar por sacar a la luz del día lo más importante; es decir:
lo ya conocido desde hace mucho tiempo, y –a partir de ahí-
fomentar el interés por esa inmensa riqueza que el cristianismo
contiene, contemplar su enorme variedad, no como un pesado lastre de métodos
y de sistemas, sino como lo que realmente es: un tesoro par nuestra
vida que bien merece la pena conocer a fondo” (J. Ratzinger, La
sal de la tierra, Palabra, Madrid 1997, pp. 20-21). ¿Qué
encierra este promover cierta curiosidad por el cristianismo? Una
persona curiosa es aquella que está llena de preguntas, dudas,
elementos desconocidos que desea encontrar y comprender. Preguntarse
de nuevo por el cristianismo, por su novedad, por su fuerza, por su
fuente de vida: he aquí la “curiosidad” que se busca suscitar con
este Año de la fe entre nuestros contemporáneos. Quien pregunta
desea conocer y espera también encontrar una respuesta. Sin
embargo, los eternos buscadores de la Verdad encontrarán la respuesta
a su “curiosidad” solo si hay quien sepa “saciarla”. Así, la
curiosidad no es un objetivo simplemente de quien mira al cristianismo
de fuera, sino que se convierte en la primera labor de quien se dice
seguidor del Crucificado. Por
este motivo, un buen número de las indicaciones prácticas que se han
ofrecido para este periodo van dirigidas al estudio y conocimiento de
los documentos del Concilio Vaticano II y del “Catecismo de la
Iglesia Católica”, dos grandes eventos que han marcado el rostro de
la Iglesia en nuestros días. Entre estas iniciativas se destacan
simposios, congresos y reuniones de gran escala, así como
reimpresiones de los textos, transmisiones televisivas o radiofónicas,
películas y publicaciones, jornadas de estudio, reflexiones y cartas
pastorales (texto completo en el siguiente enlace). No
obstante, estos elementos podrían quedar vanos si quienes se llaman
“cristianos” no comprenden que no serán las ideas a suscitar la
conversión, el entusiasmo y la “curiosidad” por la fe entre
quienes ven a la Iglesia como un ente extraño y algunas veces hostil,
anticuado y retrógrado; serán más bien las vidas auténticas y
transfiguradas de quienes han encontrado ya las respuestas a su
“curiosidad” en Jesucristo, redentor del hombre, y en su Iglesia,
sacramento universal de salvación. Es
por ello que decía Benedicto XVI a los jóvenes durante la JMJ de
Madrid: “Al edificar sobre la roca firme, no solamente vuestra vida
será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de
Cristo sobre vuestros coetáneos […] Entonces seréis
bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás.
Se preguntarán por el secreto de vuestra vida y descubrirán que la
roca que sostiene todo el edificio y sobre la que se asienta toda
vuestra existencia es la persona misma de Cristo.” (Fiesta
de acogida de los jóvenes 18.07.11). Los
primeros cristianos lograron cambiar el mundo no por ideas sino
primariamente por el testimonio vivo y cristalino de su fe. Y es esto
lo que, incluso en nuestros días, hace que la Iglesia siga mostrando
su lozanía y su lugar en el mundo, siendo así aquello que señalaba
Chesterton: “la más antigua religión que sigue pareciendo joven”
(G.K. Chesterton, ¿Por qué soy católico?, El buey mudo,
Madrid 2010, p. 85).
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