San Fernando nació a finales del XII en el campamento real entre Zamora y Salamanca. Entonces la Corte se movía con facilidad. Fueron sus padres Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla, que dio al príncipe con la leche materna, una cristiana educación. "Ésta muy noble reina crió a su fijo en buenas costumbres, e con tetas de virtudes le dio su leche, enseñándole acuciosamente lo que placía a Dios". Inocencio III declaró nulo aquel matrimonio, pues Doña Berenguela era sobrina de Don Alfonso, pero luego el niño fue legitimado por el mismo Papa Inocencio III.
Peligró la vida del niño a los diez años. No podia dormir ni comer. Doña Berenguela cogió al niño en sus brazos, llega al monasterio de Oña, reza, llora durante una noche entera ante la imagen de la Virgen "y el menino empieza a dormir, et depois que foi esparto, luego de comer pedía".
Le acompañará siempre la fortuna. Una teja que hiere a su tío, Enrique I, mientras jugaba, le hace rey de Castilla. Le pertenecía a su madre, pero ésta con clarividencia pasa la corona a su hijo. Poco después, en las Huelgas de Burgos, el obispo Don Mauricio le ciñe la espada de Fernán González y le arma caballero. Caballero de Cristo, según sus deseos. Tuvo dificultades con su padre, pero al morir éste, Don Fernando heredó también el reino de León. Todos le aman y bendicen. Tenía obsesión por la justicia, pero estaba moderada por la piedad. Le gustaba la vida cortesana y participar en torneos, pero también sabía cantar bellas trovas en loor de Santa María y en su honor rezaba el oficio parvo mariano.
Pero su idea fija era la total reconquista de España, el retorno de Andalucía a la civilización cristiana. Conquista Baeza, Córdoba, Jaén, Murcia, Sevilla... Mientras las naves de Ramón Bonifaz entraban por el Guadalquivir, tuvo lugar la entrada triunfal en Sevilla, y cerrando la marcha, la Virgen de los Reyes, sobre un carro ricamente adornado. E1 sólo se considera "caballero de Cristo, siervo de Santa María y alférez de Santiago, cuya enseña traemos e que nos ayudó siempre a vencer".
No descuida San Fernando otras obligaciones. Creó la Universidad de Salamanca, mandó traducir el Fuero Juzgo, promovió la construcción de nuestras catedrales góticas, protegió a los artistas. Tenía buenos consejeros, como el arzobispo Don Rodrigo Jiménez de Rada, tuvo más venturas que su primo San Luis IX de Francia. En todo veía la mano protectora de Dios.
Recibía con singular agrado a los pobres, los sentaba a su mesa, les servía y les lavaba los pies. "Más temo, solía decir, la maldición de una pobre vieja que todos los ejércitos juntos de los moros".
Aún preparó una poderosa flota para extender la cristiandad por el suelo africano. Pero le sorprendió la muerte. Su hijo Alfonso X el Sabio, en su Historia General de España, narra con detalles conmovedores el fervor con que su padre recibió el Viático hiriéndose el pecho, besando la cruz y echándose una soga al cuello, y los últimos consejos que le dio.
Luego pidió la candela "que todo cristiano debe tener en mano al su finamiento", adoró el cirio, símbolo del Espíritu Santo, y mientras los clérigos cantaban el Tedeum, "muy simplemente dio el espíritu a Dios".
Todos le lloraron. Hasta los moros, por su lealtad y generosidad en las conquistas. Todos sabían que un rey como aquel "rey de todos los fechos granados", aparece pocas veces en la tierra. Era el 30 de mayo de 1252. Sus restos, con elogioso epitafio, se veneran en la catedral de Sevilla.
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