Aborto,
eutanasia y religión
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
El
argumento se repite con frecuencia: oponerse al aborto, condenar la
eutanasia, es algo que depende de las convicciones personales, de las
creencias privadas de las personas, y nadie (sobre todo si es un
creyente) debería imponer su punto de vista a los demás.
Según
este argumento, los católicos o miembros de otras religiones que se
oponen al aborto y a la eutanasia creen que “su” verdad vale para
todos. Piensan, por lo tanto, desde una perspectiva que muchos no
condividen, y quieren imponer su moral religiosa a tantas personas que
no tienen la misma fe.
Para
contrarrestar la imposición de los creyentes en la vida social, los
defensores de la “laicidad” y de la democracia afirman con firmeza
que ante argumentos como el aborto y la eutanasia nadie puede presumir
de poseer la verdad. Entonces, concluyen, en temas como estos el estado
debería permitir que cada uno decida según sus principios personales,
sin que ninguna religión imponga a los demás su punto de vista.
En
este argumento se esconde un grave error y una contradicción
ineliminable.
El
error consiste en creer que el aborto y la eutanasia son temas
opinables, son asuntos que dependen de las creencias de la gente y que
deberían quedar relegados al ámbito de lo privado. ¿Por qué es
error? Porque cuando hablamos de aborto y de eutanasia estamos hablando
del deseo que tienen unos seres humanos de acabar con la existencia de
otros seres humanos, lo cual destruye la justicia social y va contra el
derecho a la vida. Por lo mismo, no puede ser visto simplemente como un
tema opinable, como algo que se refiere a lo que cada uno hace en el
ejercicio de la propia libertad sin dañar los derechos de otros.
En
el aborto esto es evidente: en cada aborto algunos adultos deciden
destruir la existencia de un hijo indefenso. Consideran, de este modo,
que el derecho a la vida depende de las decisiones que los fuertes, los
que ya gozan de un cierto reconocimiento social, pueden imponer sobre
los más débiles, los embriones y los fetos. Lo cual, en el fondo, es
permitir una injusticia sumamente grave, propia de un estado
totalitario, aunque vivamos con un parlamento votado por la gente y
aunque existan gobernantes que se autodeclaran democráticos.
Respecto
de la eutanasia, algunos objetan que no se violaría ningún derecho
humano si es el mismo enfermo quien la solicita. En ese caso, dicen, una
persona decide terminar con su existencia y pide ayuda para alcanzar su
meta (los suicidas no piden ayuda: basta con la fuerza y la inteligencia
que ya poseen para llevar a la práctica el gesto trágico con el que
buscan autodestruirse).
En
realidad, cuando se legaliza la eutanasia, un ser humano adquiere el
“derecho” de obligar a otros seres humanos para que acaben con su
vida. Lo cual lleva a dos alternativas, como bien observaba hace unos años
Carrasco de Paula. En la primera, la simple petición de eutanasia crearía
deberes en el personal sanitario o en otras personas que se convierten,
por lo mismo, en simples mercenarios ante las peticiones de otros. De
este modo, unos seres humanos estarían obligados a actuar contra la
deontología médica y contra el respeto a la vida ajena al recibir la
orden de terminar con la existencia de quien solicite la propia muerte.
En
la segunda alternativa, no bastaría con pedir la eutanasia para
adquirir automáticamente el “derecho” a ser eliminado, sino que la
propia petición estaría sometida al arbitrio de otros (políticos,
jueces, comité médico, etc.). Tal petición de eutanasia se convertiría
en una especie de documento por el cual esos “otros” adquieren el
poder de decidir sobre la vida o la muerte de seres humanos, siempre según
requisitos “legales” y “técnicos” que indican cuándo y cómo
se puede acabar con una vida humana. Desde ese momento, quien ha
solicitado la eutanasia se convertiría en un ciudadano de segunda clase
porque su vida no vale por sí misma, sino según lo que otros
dictaminen de acuerdo a la ley.
En
las dos alternativas ante la eutanasia, aceptaríamos vivir en un estado
absurdo, donde el respeto a la vida quedaría en manos de decisiones
subjetivas y arbitrarias, con lo que esto implica de desorden social al
permitir la imposición de unos seres humanos sobre otros seres humanos.
Queda
por ver la contradicción de quienes dicen que los grupos religiosos no
pueden imponer su punto de vista a los demás. Porque quienes afirman lo
anterior buscan también imponer su punto de vista a todos, quieren
hacernos ver que sólo “su” verdad vale para la vida social, y que
los que piensan lo contrario son grupos fundamentalistas que no saben
convivir en la vida social. En realidad, son los grupos pro aborto y pro
eutanasia los que caen en una actitud violenta al defender, como si se
tratase de un “derecho”, el que unos puedan acabar con la vida de
otros.
Oponerse
al aborto y a la eutanasia no es, por tanto, algo que dependa
simplemente de las ideas religiosas, ni algo que puede quedar relegado
al mundo de las opiniones subjetivas. Más bien, oponerse al aborto y a
la eutanasia es la consecuencia lógica de quienes defienden el respeto
de los derechos humanos de todos, lo cual es un requisito básico para
garantizar la convivencia en la sociedad.
Una
verdad tan importante para la vida democrática no puede ser nunca
prerrogativa de algunos grupos particulares. La defensa del derecho a la
vida, como bien decía un laico como Norberto Bobbio, no es monopolio de
los creyentes. También los hombres y las mujeres de todas las creencias
y de todas las opiniones están llamados a defenderlo, para lograr así
un mundo verdaderamente incluyente y democrático por saber tutelar la
vida y la dignidad de todos
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