Aborto
y deseo
Max
Silva Abbott | msilva@ucsc.cl Como
siempre, el reflotamiento del aborto terapéutico en Chile ha abierto
una honda polémica. En
efecto, como es sabido, dos senadores, uno de oposición y otro de
gobierno, han presentado un proyecto en tal sentido, para “casos
acotados”, como por ejemplo, cuando el feto no sea viable, o cuando
por el uso de diversos fármacos o de intervenciones quirúrgicas
consideradas indispensables para salvar la vida de la madre, se produzca
la muerte del concebido. En ambos casos debe existir, además, una
certificación de tres especialistas. Ahora
bien, al margen de algunos aspectos terminológicos que pueden dar
origen a malos entendidos, en virtud de las denominadas “acciones de
doble efecto” (como por ejemplo, llamar “aborto” a la muerte del
feto provocada por acciones inevitables ejercidas sobre la madre que
como consecuencia –no como medio ni como fin buscado– también
inevitable, producen el deceso del no nacido), al menos hay que hacer
dos observaciones. La
primera –basta observar lo que ha ocurrido en tantos países–, es
que pese a todas las amarras y prevenciones que se prometen para
introducir la así llamada “interrupción del embarazo”, a la
postre, inevitablemente la noción de “salud” de la madre se va
haciendo cada vez más laxa, al punto que al final, prácticamente
cualquier aborto termina siendo considerado “terapéutico”. La
segunda es más grave: que en muchos casos, tal como pretende este
proyecto, la decisión de poner fin a la vida del concebido depende del
simple “deseo” de su madre, aunque se requieran ciertos requisitos
para poder justificar dicho “deseo”. Lo
anterior es grave, se insiste, porque en el fondo, equivale a hacer
depender el valor de la vida de alguien no de una cualidad propia o intrínseca
suya (su sola pertenencia a la especie humana), sino de los deseos o
sentimientos de otros. Es decir, se pasa desde un criterio objetivo
(algo tan evidente como la calidad de ser humano del no nacido), a una
consideración absolutamente subjetiva (el malestar o “violencia”
que puede sentir la madre del niño inviable), sin darnos cuenta de lo
peligroso e injusto que resulta un criterio semejante. En
efecto, este mismo criterio es el que subyace muchas veces en la
eutanasia (“¿para qué seguir con el tratamiento si va a morir
igual?”), con lo cual se introduce un poder de decisión ilegítimo de
unos sobre otros; ilegítimo, porque equivale a cosificar a esa persona,
que deja de valer por sí misma y pasa a depender de lo que sus
semejantes consideren a su respecto. No
otra cosa explica, por ejemplo, los aberrantes casos de eutanasia
infantil que ya se registran en Holanda, puesto que si la vida depende
de su “apreciación” por otros, ¿por qué limitar su disponibilidad
sólo a los no nacidos? Por
eso, ¿hemos pensado realmente a dónde podríamos llegar por este
camino?
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