Actor de teatro, ¡bota la máscara!
De los Padres de la Iglesia a Benedicto XVI, la crítica cristiana a la
sociedad de espectáculo. Los nuevos riesgos de la era digital. Cómo
exaltar o destruir una persona a golpes de imagen
por Sandro Magister
ROMA, 20 de febrero del 2011 – El mensaje de Benedicto XVI para la
jornada mundial de las comunicaciones, publicada en la fiesta del
patrono de los periodistas, san Francisco de Sales, ha llamado la atención
sobre una cuestión muy actual, hecha más apelante todavía por
recientes acontecimientos nacionales e internacionales.
Es la cuestión del respeto de la "verdad" de los hechos y de
las personas, en la vorágine de las comunicaciones. Una verdad ya difícil
de aprehender en las relaciones directas cara a cara, entre los hombres
– donde lo auténtico frecuentemente es enmascarado por la
representación que cada uno tiende a dar de sí – pero que está
todavía más en peligro cuando es filtrada por los medios y más aún
por las redes digitales, donde la posibilidad para cualquiera de plasmar
a su propio gusto una o más identidades se amplía sin límite.
La rebelión popular que desde hace semanas invade las plazas de varios
países musulmanes del norte de África y del Medio Oriente se ha
encendido y se ha propagado en buena medida gracias a la red de
internet. Pero precisamente esto hace más difícil su comprensión y más
incierto su desbloqueo político. En el mundo virtual, el límite entre
realidad y artificio es más que elusivo.
En Italia se lucha desde hace meses un virulento enfrentamiento entre
poderes que también está marcado por esta ambigüedad. Con epicentro
en la libertina vida privada de un premier, Silvio Berlusconi, que es al
mismo tiempo un magnate de las televisiones. Y con instrumentos
contundentes que son a su vez parte de un "reality show" –
no televisivo sino jugado en la misma sociedad – en la cual verdad y
mentira, realidad y ficción, público y privado, personas reales y
"personae" en el significado latino de máscaras se mezclan en
un enredo muy intrincado y confuso.
El cardenal Ángelo Bagnasco, presidente de la conferencia episcopal
italiana, al comentar autorizadamente el pasado 24 de enero estos
hechos, ha dado voz a la "turbación" que se posesiona de
quien en un trance semejante "mira los actores de la escena pública".
La metáfora del teatro es más que nunca apropiada. Porque los peligros
de una "sociedad del espectáculo" no son sólo de hoy, mucho
menos pertenecen sólo al mundo virtual, sino que acompañan la entera
historia del hombre, cuya vida también es siempre teatro.
*
También el cristianismo antiguo, en efecto, consideraba el teatro como
un tema de fuerte reflexión crítica. Y muchos Padres de la Iglesia,
entre ellos Agustín, han escrito cosas notables sobre ello, que releyéndolas
hoy impresionan por su actualidad.
Un especialista de la literatura de los Padres, el profesor Leonardo
Lugaresi, docente en Bolonia y en París, ha publicado en
"L'Osservatore Romano" del 16 de febrero último una reseña
razonada de las críticas que el cristianismo antiguo dirigía a la
sociedad del espectáculo.
Sostiene Lugaresi que "la cuestión de fondo es siempre la misma:
la de la autenticidad de la experiencia humana, es decir la cuestión
sobre la identidad".
Benedicto XVI, en su mensaje para la jornada mundial de las
comunicaciones, insiste en el mismo concepto, cuando invita a acoger
"el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a
la ilusión de construir artificialmente el propio 'perfil' público".
Una invitación que vale también contra la tentación diabólica –
del diablo como "simulador" – de fabricar falsas imágenes
no sólo de sí mismo sino también de los otros, sea para exaltar como
para destruir.
Un caso lamentable de destrucción de una persona falseando su imagen
fue el que golpeó hace dos años a Dino Boffo, el entonces director del
diario de la conferencia episcopal italiana "Avvenire"
rehabilitado recién varios meses después con el nombramiento de
director de los programas de TV2000, el canal televisivo propiedad de la
misma CEI.
Tomaron parte de ese ataque varios actores y de diferentes campos: mediático,
político, eclesiástico. Hasta el Papa fue impropiamente subido al
escenario. El juego de los artífices fue tal que hasta hoy algunos
aspectos de aquella situación siguen siendo oscuros, mientras lo
sustancial de la misma fue recapitulada por www.chiesa en este servicio:
> Italia, Estados Unidos, Brasil. Desde el Vaticano a la conquista
del mundo (11.2.2010)
*
En los días pasados, en Italia pero también en otros lugares del
exterior, otra feria de engaños han sido las manifestaciones que se han
tenido en varias plazas "en defensa de la dignidad de la
mujer", contra la libertina vida privada del presidente Berlusconi.
En estas las palabras han alcanzado niveles exasperados de mistificación.
Al punto que las palabras sinceras y sabias que algunas personas y
partes del mismo mundo católico han creído necesario decir en la plaza
y a la plaza han sido de inmediato orientadas en falsas direcciones.
"La vida diaria como actuación", así tituló Erving Goffman
un célebre libro suyo.
Benedicto XVI, con su mensaje para la jornada mundial de las
comunicaciones, llama a todos a que la "actuación" pública
de uno mismo y de los otros, real o virtual, sea fiel a la verdad.
A continuación el iluminado artículo publicado por el profesor
Lugaresi en "L'Osservatore Romano" del 16 de febrero del 2011.
__________
LOS PADRES DE LA IGLESIA ENTRE TEATRO E INTERNET
por Leonardo Lugaresi
El mensaje de Benedicto XVI para la jornada mundial de las
comunicaciones sociales hecho público el 24 de enero llama nuestra
atención sobre los problemas planteados por "algunos límites típicos
de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a
comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de
construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la
autocomplacencia". [...]
Es interesante observar que el reclamo del Papa, aunque se refiere a un
fenómeno completamente nuevo, presenta significativas analogías con
una cuestión antigua, sobre cuya reflexión crítica de los Padres de
la Iglesia se ejercitó en modo magistral, y de la cual puede pues ser
útil retomar algún punto de reflexión, para una más profunda
comprensión de esta enseñanza de Benedicto XVI.
Los Padres obviamente no conocieron la internet, pero el "mundo
virtual" con el que han debido ajustarse lo constituía para ellos
– en una "sociedad del espectáculo como en gran medida era la
greco-romana de edad imperial – de la dimensión del
"ludus", es decir de la representación escénica, y más
ampliamente de la teatralidad que invadía tantos aspectos de la vida
civil tardo antigua, también fuera de los muros de teatros, anfiteatros
y circos y de la no obstante festividad del calendario.
La condena de los espectáculos, decidida así y sin detalles en la
Iglesia antigua, no está motivada, en última instancia, por sus
contenidos idolátricos o inmorales, como frecuentemente se sigue
repitiendo, sino por una profunda preocupación por la amenaza a la que
Tertuliano, en su "De spectaculis", llama la "ratio
veritatis", el criterio de la verdad.
La de los espectáculos se presentaba a los ojos de los Padres como una
realidad profundamente ambivalente, en la que lo verdadero y lo falso se
confundían, hasta poner en crisis la misma validez de tal oposición.
Baste pensar al hecho de que el autor, en el acto de interpretar un
personaje, está "verdaderamente" y auténticamente en su ser
"falso", en cuanto que es, y al mismo tiempo no es, el
personaje que representa.
Su capacidad de transformarse, superando todos los límites
"normales" puestos por las distinciones de edad, de género,
de "status", por lo que el mismo individuo puede ser
dependiendo de los momentos hombre o mujer, joven y viejo, rey y
esclavo, se presenta, pues, como una peligrosa amenaza a la identidad
natural del hombre: como si la sombra multiforme de Proteo se alzase
para oscurecer el rostro de Adán.
El tema de la crítica a la ambivalencia de la representación es de
matriz platónica, pero conoce en el cristianismo una decisiva
profundización. La identidad que es amenazada es sentida como identidad
de creatura, en cuanto que en la naturaleza de cada ser humano se
refleja la imagen originaria que Dios ha impuesto en la misma.
El pensamiento patrístico reconoce por lo tanto, en este vuelco extremo
de la realidad natural obrado por la "fictio" espectacular y
en la construcción de pseudo-realidad tan capaces de suscitar pasiones
y emociones en los espectadores en cuanto que carecen de consistencia
ontológica, la mano del diablo, es decir de aquel que es por definición
el "malvado imitador" de Dios, el "simio de Dios"
que, incapaz de crear, puede sólo adulterar la naturaleza creada por
Dios. Tertuliano habla, a propósito, explícitamente del diablo como
"aemulator" y "interpolator" de la obra divina.
Cuando el Papa levanta con franqueza la cuestión de la autenticidad de
la amistad en el mundo virtual se advierte, en sus palabras, el eco de
una profunda reflexión patrística.
En una página famosa de las "Confesiones" (3,2), Agustín,
recordando su experiencia juvenil de apasionado frecuentador del teatro,
nota agudamente cómo a los espectadores les gusta sufrir contemplando
en escena situaciones dolorosas y trágicas que deberían suscitar
misericordia si se las encontrasen en la vida real, y se pregunta
"cual es, en definitiva, la misericordia que se experimenta
respecto a las ficciones del teatro. En efecto, al espectador no se le
pide socorrer, sino que sólo se le invita a dolerse, y se aprecia más
al actor de aquellas escenas cuanto más se sufre por ellas.
Este paso ameritaría una profunda exégesis, pero el punto esencial es
muy claro: para Agustín, una relación verdaderamente humana se realiza
sólo allí donde hay responsabilidad. El otro, en el momento en el que
lo encuentro, me hace de alguna manera responsable, en el sentido
aclarado en modo perfecto por la parábola del buen samaritano, con la
cual Jesús responde a la misma pregunta que Benedicto XVI, no por
casualidad, nos vuelve a proponer en relación al mundo virtual: "¿Quién
es mi prójimo?".
La relación de proximidad, que es la única verdaderamente humana,
implica siempre el elemento de la responsabilidad, en el sentido de que
el otro con su misma existencia me interpela, constituye para mí un
desafío al cual debo responder.
Agustín precisamente niega que esto pueda ocurrir en la pseudo-relación
entre el espectador y el actor, y cierto que no nos queda sino darle la
razón, si aplicamos su análisis a la televisión, el medio que por
excelencia nos pone en una posición de "falsa cercanía" con
la realidad, donde vemos todo, pero como espectadores completamente
pasivos y privados de responsabilidad.
Internet, se dice, es otra cosa; y más aún, la interacción capilar y
difusa, con la posibilidad para todo tipo de usuario de ser sujeto
activo en la red comunicativa en la cual se inserta, parece ser su
característica más innovadora y seductora.
Pero hay una condición imprescindible para que ello ocurra, y es el
compromiso por la verdad y con la verdad. "La verdad que es Cristo
– nos recuerda el Papa – es en definitiva la respuesta plena y auténtica
a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se
manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes
sociales".
Pero el compromiso con la verdad exige continuidad de atención,
concreción, concentración en lo que es esencial. Aquí entra en juego
otro factor de ambivalencia típico del mundo virtual.
La enorme multiplicidad de los puntos de interés, de las ocasiones, de
las atracciones y la extraordinaria facilidad de nexos que se pueden
establecer con los campos más variados de la experiencia humana – en
una dimensión que parece anular los obstáculos puestos por el tiempo y
por el espacio en el mundo real – son efectivamente una gran riqueza,
pero también un potentísimo estímulo para la distracción, más aún,
para la dispersión del yo desde "dentro" y por
"fuera" de uno mismo (según una dinámica psicológica que es
bien conocida a todo navegador de la red, cuando se da cuenta de haber
perdido horas preciosas pasando de un link a otro, pero que jamás ha
sido tan lúcidamente analizado como por Agustín).
Es la enfermedad del espíritu que el pensamiento antiguo había
diagnosticado como "polypragmosyne", "curiositas", y
sobre la cual – en el ámbito de la polémica contra los espectadores
– los Padres han dicho también cosas memorables. Basta recordar la fórmula
cargada con la que Tertuliano, en el "De praescriptione
haereticorum" (7, 12) señala la novedad de la posición cristiana:
"Nobis curiositate opus non est post Christum Iesum nec
inquisitione post evangelium". Después del encuentro con la buena
nueva que es Cristo Jesús no hay más espacio para la
"curiositas", ya no tenemos más necesidad de Google para
saber quien somos.
La antigua condena cristiana del teatro ciertamente no se puede proponer
nuevamente hoy, ni tampoco la Iglesia quiere tomar distancia de
internet, a la que por el contrario mira con sincera simpatía.
Pero algunas de las razones con la que los Padres, con gran fuerza de
pensamiento, sostuvieron el juicio ameritan ser también hoy objeto de
nuestra reflexión, para ayudarnos a encarnar el "estilo cristiano
de presencia también en el mundo digital" que el Papa auspicia.
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El texto completo del mensaje de Benedicto XVI para la jornada mundial
de las comunicaciones, del 5 de junio 20011:
> Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital
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A propósito de las manifestaciones del 13 de enero en Italia, las
opiniones discrepantes de la editorialista del diario de la CEI
"Avvenire", Marina Corradi, y del director del mismo diario,
Marco Tarquinio, una junto a la otra, en la primera página de la edición
de la víspera:
>
Corradi: Io non ci andrò, e rifletto
>
Tarquinio: Io ci andrei, per poter dire
Y la respuesta de Tarquinio a los lectores una vez ocurrida la
manifestación:
>
Ascoltare, capire, esser chiari
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Traducción en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú.
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20.2.2011
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