| AL FINAL, TODO ACABA BIEN Hace poco, una conocida cantante de fama internacional, en pleno apogeo artístico, manifestaba a la prensa que tenía mucho miedo a la muerte. Pocos días después, un programa de radio tuvo que ser interrumpido porque causaba pánico a los oyentes la descripción que hacía un científico acerca de la futura evolución del sol: más o menos, venía a decir que, dentro de millones de años, la estrella de nuestro sistema solar terminará por engullir a la tierra. Los cristianos que luchamos, con la gracia de Dios, por ser fieles a Jesucristo somos muy afortunados: no tenemos miedo a nada ni a nadie; ni a la vida ni a la muerte. Estamos firmemente convencidos de que Cristo resucitado ha vencido a la muerte, y recordamos que nos aseguró: El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre (Jn. 11, 25-26). Nos prometió la vida eterna, y una vida plena: nuestro estado definitivo no será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida. Jesucristo resucitado destruirá definitivamente a la muerte. Y si le somos fieles, viviremos con Él. Sabemos, además, que Cristo es el Señor del cosmos y de la historia, y esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia (2 Pe. 3, 13). Tenemos la esperanza cierta de que, pase lo que pase, al final todo acabará bien. Los cristianos somos necesariamente optimistas. Estamos completamente seguros del triunfo definitivo de Dios y de su Cristo. Por otra parte, -dice S. Pablo- ¿quién nos podrá apartar del amor de Cristo? Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras..., ni cualquier otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios. Y si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom. 8, 35-39.31). |