Aleluya
Miguel
Aranguren | miguelaranguren.com
Escucho
de fondo “Hallelujah”, de Leonard Cohen, la canción religiosa de un
hombre atosigado por las dudas, interpretada por el coro de la Fundación
PRODEAN (por favor, no dejen de buscarlo en internet y disfrutarlo),
unas voces casi celestiales que saben exprimirle toda la belleza a los
versos davídicos del judío canadiense, hasta convertirlos en un himno
al hermanamiento de los hombres.
Lo
escucho y lo vuelvo a escuchar, pretendiendo que sea la banda sonora de
estos días en los que en Puerto Príncipe, la capital de un país del
que lo desconocía casi todo, se corta el silencio de la muerte y saltan
las chispas de las sierras que desgajan hierro, piedra y madera con la
intención de rescatar a alguien de entre los cascotes o evitar que el
aire se corrompa con la podredumbre de los gusanos.
“Aleluya”,
proclama Cohen y mejoran esas voces angelicales para recordarnos que el
dolor, qué extraño, consigue lo mejor del ser humano, entre otras
cosas que olvidemos las rencillas para unirnos en una operación mundial
de salvamento que no sólo es necesaria para quienes lo han perdido
todo, sino para quienes lo tenemos todo y, sin embargo, gastamos los días
buscando nuevas formas de agraviarnos, de separarnos, de diferenciarnos,
de juzgarnos y condenarnos a la mezquindad de las penas terrenas.
En
Haití se ha renovado el grito de los esclavos abandonados a su suerte
en un mojón sobre el mar. Son los negros que llegaron a América, una
mezcolanza de pueblos africanos que cantan su propio “Aleluya”
mientras cortan la caña de azúcar a pesar de las mordeduras de las
serpientes, de la fragilidad de su futuro, de la avaricia de quienes
dominan el negocio más dulce.
Los
vemos desde casa. La televisión nos los muestra por las cunetas como si
fueran un macabro adorno de sus caminos sin asfaltar, ocultos por sábanas
sucias. Se han convertido en un nuevo entretenimiento, en un
reallity-show lacerante, en un Gran Hermano auténtico en el que
revienta la poquedad del ser humano. Que no deje de sonar la música.
Que el hermanamiento no se acabe. “Aleluya”.
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