Allá por septiembre de 2004, en la 59 Asamblea
General de las Naciones Unidas, el
presidente del Gobierno de España, José Luis
Rodríguez Zapatero, alumbró la “genial”
idea de proponer, sobre todo en materia antiterrorista
y en el diálogo cultural, una alianza de
civilizaciones. Alianza entre, aunque él la odie
profundamente, la civilización occidental de raíz
netamente cristiana y el mundo árabe y musulmán.
Tres años más tarde, en 2007, la ONU adoptó como
propia la idea de Zapatero bajo la Secretaría General
de Ban Ki-moon.
Quien estudie la Historia de Europa,
y de los países que la configuran, con un mínimo de
rigor y objetividad hará un “gran
descubrimiento”: Europa es lo que es gracias al
cristianismo. En efecto. Europa, y la civilización
europea y occidental, no se entenderían sin el
cristianismo y su contribución en todos los órdenes
al nacimiento de la auténtica civilización.
Hace casi treinta años, en 1982, en su primera visita
a España, el Papa Juan Pablo II, en
el escenario incomparable de Compostela, lanzó al
mundo un llamamiento impresionante. Desde aquel lugar
santo, a donde los europeos de todas las naciones habían
peregrinado desde hacía más de mil años, las
palabras del Pontífice resonaron con especial
solemnidad: “Yo, sucesor de Pedro en la Sede de
Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y
que ama por su esfuerzo en la difusión del
Cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y
Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te
lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: ¡Vuelve
a encontrarte, sé tú misma, descubre tus orígenes,
aviva tus raíces...!”. Las palabras del Papa venían
a reorientar la mirada hacia la génesis de la Europa
cristiana o, si se prefiere, hacia la contribución
del cristianismo a la formación de Europa. Una
aportación que fue la argamasa que le dio solidez y
coherencia, el espíritu que animó su personalidad.
Cualquiera con un mínimo de cultura conoce las bases
del cristianismo (ciertamente en momentos de la
Historia distorsionadas y guardadas en el baúl de los
recuerdos). Conoce sus preceptos fundamentales,
nacidos en el Evangelio, y los
conceptos de ahí derivados tales como el respeto
sacrosanto a la vida humana, la igual dignidad del
hombre y de la mujer, la inviolabilidad de la
conciencia personal, la libertad nacida de la verdad,
etc. Son las bases del cristianismo que articularon y
dieron forma al ordenamiento civil, jurídico y social
de Europa.
Querer establecer una alianza de civilizaciones entre
civilizaciones que muy poco o nada tienen en común
(basta echar un vistazo al Evangelio, base de la
Europa cristiana, y al Corán, sostén
básico de las naciones árabes y musulmanas) me
parece un dislate. Como afirmó alguien con mucho
acierto es preferible establecer la alianza de los
civilizados (de Occidente y de Oriente) que la
imposible alianza de civilizaciones, en muchos puntos,
antagónicas.
Porque ¿qué alianza se puede establecer con una
cultura como la afgana, fundada en el Corán, que
permite la ejecución de una mujer acusada de
adulterio pegándole tres tiros y tras haberle
propinado 200 latigazos como sucedió el pasado 8 de
agosto? ¿O con aquellos que asesinan a sangre fría a
diez cooperantes de una ONG de
inspiración cristiana acusándolos de proselitismo?
¿O con aquellos otros que, también extrayendo
preceptos literales del Corán, apedrean a las mujeres
o las decapitan?
No, realmente no creo en la posibilidad de una alianza
de civilizaciones. El cristianismo ha servido para el
florecimiento de numerosos derechos de igualdad y
justicia para todos los seres humanos; sin embargo, el
Islam está anclado en el siglo X. Por ejemplo, en los
países árabes la Declaración de los
derechos humanos de la ONU, que ha cumplido
sesenta años, es papel mojado, tanto para mujeres, niños,
cristianos, judíos y tantos otros.
Y es que el islamismo es una ideología político-religiosa
que pretende re-islamizar los países de mayoría
musulmana a través de actividades sociales, pero
también islamizando el propio Estado. No conciben el
Estado no confesional. En último término los
islamistas también aspiran a islamizar todo el
planeta, pero de momento se han propuesto los países
donde el Islam ya es mayoritario. Cierto es que la
mayoría de esos grupos no admiten el empleo de la
violencia con fines religiosos, pero es de ellos de
donde surgen divisiones minoritarias que sí la
aceptan como instrumento con el que acelerar la
islamización de la sociedad. Se trata, así, de una
violencia que ejercen contra aquellos que violan públicamente
la ley religiosa, contra los que gobiernan sin aplicar
la ley islámica y contra los que consideran enemigos
del Islam: Occidente en general y, en particular, Estados
Unidos e Israel.
¿Cómo establecer una alianza de civilizaciones que
poco o nada tienen en común? Aliémonos los
civilizados en luchar contra la barbarie y en defender
los derechos básicos de la persona.