¿Anticonceptivos?
No, gracias
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
Nos
inquietan, justamente, los efectos que producen en el clima, en las
plantas, en los animales y en nosotros mismos, los miles de gases que
salen todos los días de nuestras fábricas. Nos preocupan las
consecuencias a corto y largo plazo de los humos que desprenden nuestros
coches, camiones o motocicletas.
Pero
a veces ponemos poca atención a otras sustancias que se venden y se
compran en el mercado, incluso en farmacias “para la salud”, y que
pueden implicar consecuencias dañinas para la vida de quienes las
consumen.
Curiosamente,
entre esas sustancias se han difundido y se siguen difundiendo todo tipo
de preparados químicos y hormonales que buscan, simple y sencillamente,
evitar que nazcan niños. El mecanismo es sencillo: las mujeres tienen
un ciclo hormonal que prepara el propio cuerpo para que, si hay
relaciones sexuales, pueda ser concebido un niño. Entonces, si queremos
que no nazca un niño, intervenimos sobre este ciclo y sobre partes del
cuerpo femenino, y así evitamos el “problema”, un embarazo no
deseado.
Al
hacer uso de estos instrumentos “médicos” no nos damos cuenta de
que vamos contra dos leyes elementales de la biología, que tienen una
clara importancia ecológica. La primera: el que haya un embarazo, el
que nazca un ser humano, no es algo “malo” a evitar a cualquier
precio, sino que es la ley esencial según la cual hemos nacido cada uno
de nosotros, y según la cual nacerán hombres y mujeres mientras
respetemos los mecanismos que nos han permitido vivir en la tierra
durante varios miles de años.
Por
lo mismo, frente a la mentalidad que lleva a algunos a ver el embarazo y
el nacimiento sucesivo de un ser humano como una especie de amenaza o
como un peligro, habría que volver a descubrir la verdad profunda de la
sexualidad: una apertura a la vida que merece, precisamente por lo que
vale cada niño, el que las relaciones sexuales se tengan sólo entre
quienes se aman hasta el punto de que están dispuestos a convertirse un
día en “papá” y “mamá”, es decir, entre los que viven casados
con un compromiso sincero y total.
Además,
al usar anticonceptivos atentamos a otra ley fundamental de la vida.
Muchos grupos ecologistas protestan con pasión cuando se dan cuenta de
que estamos comiendo maíz “genéticamente modificado”, es decir, maíz
al que le ha sido alterado lo más profundo de sus mecanismos biológicos:
su ADN, sus cromosomas. Protestan, además, cuando se dan cuenta de los
peligros que tienen para la atmósfera estos o aquellos gases. Protestan
cuando amenazamos la supervivencia de animales o plantas que nos gustaría
fuesen nuestros compañeros de camino en los siglos o milenios que vaya
a durar la vida humana en la tierra.
Pues
bien, los ecologistas deberían protestar cuando metemos en la mujer (o
en el hombre: quizá algún día lleguen a existir anticonceptivos químicos
y hormonales para hombres) sustancias que buscan solamente que las cosas
no funcionen bien, es decir, que el ciclo de las hormonas, que tiene un
ritmo natural de regulación, sea alterado de un modo brutal por medio
de píldoras o de otros productos farmacéuticos, para evitar el que
pueda producirse un embarazo.
Actuar
así implica hacer una violencia sobre el cuerpo femenino cuyas
consecuencias sólo podrán ser descubiertas a largo plazo, pero que ya
ahora nos permiten intuir que algo no va bien en el recurso a estos
sistemas de “prevención”.
La
verdad es que ya la naturaleza ha pensado, desde hace milenios, las
maneras y los modos de regular los nacimientos humanos. El ciclo de
fertilidad de la mujer está “organizado” de tal modo que cada mes
hay pocos días potencialmente fecundos, y no siempre coinciden las
relaciones sexuales entre los esposos con esos días de fecundidad.
Es
por eso que se dan casos de parejas sanas fisiológicamente que no
llegan a tener hijos por periodos largos de tiempo, incluso deseándolos,
porque no han descubierto a fondo el ciclo femenino. Es por eso que ha
habido parejas que han podido tener una abundante prole (casos de
esposos con 20 hijos...) porque las relaciones coincidieron precisamente
con esos días fecundos. Es por eso que otras parejas, a partir del
conocimiento de las señales de fecundidad de la esposa, logran
“programar”, en el máximo respeto de la mujer y de su sistema
natural e integridad psicológica y hormonal, los nacimientos en los
momentos mejores para todos (padres e hijos), cuando existen serios
motivos para actuar de esa manera.
La
defensa de los valores ecológicos no puede dejar de lado esta conquista
fundamental del valor del cuerpo femenino. La fertilidad no es ni puede
ser vista como una enfermedad. Iniciar el embarazo, acoger a un hijo, no
es lo mismo que tener un parásito que provoca la malaria.
Por
lo mismo, conviene superar una mentalidad, muchas veces contraria a la
misma dignidad de la mujer y del hombre, que ha promovido el uso de los
anticonceptivos, para sustituirla con otra que promueva una visión más
responsable de la sexualidad humana y un mayor respeto a la esposa y al
esposo en su integridad y riquezas biológicas, desde las cuales pueden
llegar a ser madre y padre de nuevos seres humanos.■
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