Antonio
Gramsci y la revolución sexual del Nuevo Orden Mundial y la Nueva Era
Lucrecia
Rego de Planas | Directora de Catholic.net
Es
una parte importantísima en el camino hacia la increencia y que forma
parte de la estrategia dictada por Gramsci: destruir a la familia para
erradicar de la vida del hombre sus creencias y tradiciones sagradas.
Esta
destrucción familiar para acabar con los criterios cristianos les
interesaba a muchas personas, no sólo a los comunistas. A ella se
sumaban intereses racistas, comerciales y económicos de muchas
personas, que incluían algunos grupos judíos y masones… entre muchos
otros. Por eso, el apoyo económico a la estrategia fue inmenso.
Si
tratamos de imaginarnos una familia verdaderamente destruida,
terriblemente destruida, completamente destruida, podríamos imaginar a
una familia en la que los esposos se lastiman, se engañan y se separan;
una familia en la que las madres abandonan a sus hijos, o… tal vez…
una en la que las mamás matan a sus hijos y los hijos matan a sus
padres enfermos.
Suena
algo terrorífico, pero… eso era lo que buscaba Gramsci.
Era
un reto grande:
¿Cómo
hacer para que familias latinas, sólidas, unidas, aferradas a sus
creencias, tradiciones y valores cristianos y familiares se
desintegraran?
No
podían sacar de repente anuncios que dijeran: "maridos, abandonen
a sus mujeres; mamás, maten a sus hijos; nietos, maten a sus
abuelos". Nadie les hubiera hecho ni medio caso.
Así
que se preguntaron: “¿qué es lo más sagrado en la familia, lo que más
aprecian estas familias conservadoras?”. Los hijos, fue la respuesta.
Arremetamos
contra ellos y convenzámoslas de que tener un hijo es lo peor que les
puede suceder. Después de eso, el resto será fácil.
Usaron
dos estrategias: una, disfrazada de ciencia, para llegar al ámbito económico
y de las empresas, que la desarrolló Malthus en su teoría demográfica
de la sobrepoblación y la carestía: “si la población sigue
creciendo, no habrá alimentos suficientes para todos”.
Aunque
era totalmente ridícula, porque la historia del mundo económico
demuestra lo contrario, la propagaron por todos los medios, con fotografías
desgarradoras y gráficas llamativas, de manera que pareciera la pura
verdad. Y el mundo… se lo creyó.
Ahora
vemos las consecuencias en las poblaciones envejecidas de Europa.
La
otra estrategia fue una campaña publicitaria, dirigida directamente a
cambiar la mente del pueblo, en el que ya existía un gran interés por
tener cosas materiales. La campaña consistía en un solo mensaje
aparentemente aceptable y poco dañino, que decía así: “La familia
pequeña vive mejor”.
Cualquiera
que analice la frase racionalmente, un solo segundo, se dará cuenta de
que es mentira, pues todos conocemos familias grandes y pequeñas que
viven bien y también conocemos familias grandes y pequeñas que viven
fatal. Así que… nada que ver con la verdad. Pero… nos la repitieron
tanto, tanto, tanto, tanto… durante tantos, tantos, tantos años (más
de veinte), que nos la llegamos a creer.
La
frase aparentemente nada dañina, traía dos fines muy bien planeados:
1)
Que la gente relacionara e igualara el “vivir mejor” con el “tener
más cosas”, de esa manera… el hombre olvidaría que “vivir
bien” significó algún día “portarse bien”, “ser bueno”.
2)
Que la gente empezara a ver a los hijos como los enemigos del bienestar.
Con
esto, el hijo dejó de ser un don maravilloso de Dios y pasó a
convertirse, en la mente de las personas, en el enemigo potencial del
bienestar familiar.
Como
la gente olvidó que el “vivir bien” tenía mucho que ver con el
“ser bueno”, las virtudes y valores familiares pasaron a un segundo
plano casi olvidado (exactamente lo que buscaba la estrategia de
Gramsci) y fueron sustituidas por el “si quiero vivir bien, debo tener
pocos hijos para poder tener más cosas”.
Por
supuesto, la industria de los anticonceptivos y todos los vendedores de
“cosas”, de cualquier cosa que pudieran comprar las familias,
apoyaron felices esta iniciativa. Significaba mucho, mucho, mucho dinero
para ellos. A un cristiano convencido de sus valores, difícilmente le
puedes vender algo que no necesite, pues sabe del recto uso de las
creaturas. Tal vez te lo compre por hacerte el favor, pero… nada más.
En
cambio, a alguien que ha puesto el materialismo por encima de los
valores cristianos, le puedes vender… lo que quieras. Por eso recibió
tanto apoyo esta campaña. Pero todavía no lograban destruir a la
familia (sólo la habían hecho chiquita), así que completaron su
estrategia con una segunda campaña, que sonaba casi igual que la
anterior.
De
nuevo, una frase solamente, repetida millones de veces, por todos los
medios y durante mucho tiempo: “Pocos hijos para darles mucho”.
Esta
segunda campaña, que duró otros veinte años, además de reforzar las
ideas de la primera (el hijo como enemigo y el cambio de los valores por
el materialismo), trajo como consecuencia una generación de padres que
se sintieron obligados a “darles mucho” a sus hijos únicos (todo lo
que pidieran) para compensar la falta de hermanos.
Y
así crecieron estos niños, egoístas, demandantes y exigentes,
acostumbrados a dar nada y recibir mucho (todo lo que quisieran).
Ahora… estos niños ya son adultos y se están casando con niñas de
la misma generación, igual de egoístas, demandantes y exigentes, que
no saben dar y se sienten con derecho a recibir mucho (todo lo que se
les antoje).
El
resultado, ya lo estamos viendo: matrimonios que duran uno o dos años,
cuando mucho. Una verdadera epidemia de divorcios. Gramsci era muy
listo, sin duda.
Otra
consecuencia que trajo esta segunda campaña de los pocos hijos, fue una
generación de mamás que se quedaron sin nada qué hacer cuando sus
hijos únicos crecieron. Mujeres de cuarenta años que se encontraron un
día con que lo único que tenían que hacer, a falta de otros hijos a
quien entregarse, era pensar en ellas mismas, en su autorrealización.
No
sólo ésta es la causa, pero sí es una de las raíces del Feminismo
radical: mujeres cuarentonas que se sienten oprimidas (porque no tienen
a nadie más en quien pensar) y desean liberarse (de su soledad y falta
de actividad) para realizarse. En esta generación encuentran una tierra
fertilísima el físico culturismo, las cirugías estéticas, los cursos
de auto superación y todas las corrientes del New Age que
promueven, ante todo, el sentirse bien con uno mismo.
El
resultado… miles de mujeres que abandonan sus hogares para “estar
bien consigo mismas”. Otro triunfo de la estrategia de Gramsci.
Y…
bueno… ¿A quién se le antoja llegar a una casa en donde sólo vive
una mujer cuarentona, operada de pies a cabeza, que vive a base de apio
y agua, habla del ying y el yang y que sólo piensa en sí misma? A
nadie. Creo.
Esta
generación de esposos, hombres, significó un mercado hermoso para las
industrias de la pornografía y la prostitución. El adulterio… sí…
una medalla más para Gramsci.
Una
vez que la mente del pueblo aceptó la separación de la sexualidad y la
fecundidad, la aceptación de lo demás ya viene por sí sola: de la
anticoncepción vienen luego las relaciones sexuales antes y fuera del
matrimonio y ¿por qué no? la homosexualidad. Si una cosa se vale, la
otra también.
Y…
una vez que la mente del pueblo aceptó que el hijo es el enemigo del
bienestar, entenderá fácil que no sólo hay que evitarlos, sino que
también hay que matarlos cuando no los deseamos.
El
aborto: mamás que matan a sus hijos… corona de laureles para Gramsci.
Aún
hay más: si el niño por nacer significa un estorbo para el bienestar,
mucho más lo será un anciano, un enfermo o un niño deforme.
Eugenesia… selección de embriones… y eutanasia: mamás que matan a
algunos hijos y se quedan sólo con los sanos y nietos que matan a sus
abuelos enfermos… Gramsci, te mereces un aplauso, has destruido a la
familia cristiana.
Ahora
sí, con la “Revolución sexual”, la sociedad latina está lista
para la toma de la sociedad política, la fuerza coercitiva.
Leyes
que aprueben todo lo anterior: divorcio, anticoncepción (salud
reproductiva), homosexualidad (ideología de género), concubinato,
aborto, eugenesia y eutanasia.
Adelante
Gramsci, la mesa está puesta para ti, cuando se cumplen setenta años
de tu muerte
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