En algún portal que se dice dedicado a la información religiosa,
y en el que la información aún anda a la espera de que el griterío
opinador le haga un hueco para abrirse paso, se ha armado un buen
revuelo a costa de la Primera Comunión de los niños. Estos
opinadores de sus propios complejos parecen asustados, y ya han
ocupado posiciones de combate ante el “rumor de un aviso de
posible amenaza de hipotética toma de postura” de la Iglesia en
favor del adelanto de la Primera Comunión a la edad de los siete años,
tal y como aconsejó el Papa S. Pío X. ¡Ah! ¡Oh! ¡Eh! ¡Cuidado!
¡Que vuelven los carcas! ¡A sus puestos! ¡Peligro! ¡Involución!
Todo empieza con un
artículo de Mons. Cañizares, en el que estimaba oportuno
retomar los consejos de aquel Santo Pontífice y adelantar la edad
en que los niños reciben por vez primera a Jesús Sacramentado.
Posteriormente, Benedicto XVI, en la audiencia
pública del pasado miércoles, ha recordado a San Pío X (¡Oh,
casualidad!), y ha enunciado, entre sus aciertos, el del adelanto de
la edad de la Primera Comunión: “Por esto recomendó acercarse
a menudo a los Sacramentos(…) anticipando oportunamente la Primera
Comunión de los niños hacia los siete años de edad, ‘cuando el
niño comienza a razonar’ ”.
Está claro que tanto el Papa como Mons. Cañizares advierten un
peligro en la Iglesia, y ese peligro es el de la pretendida “fe
adulta”, que supone la negación de las palabras de Jesús, según
las cuales “el Reino de Dios es de los que son como niños”
(Mt 19, 14). Es esa “fe adulta” la que ha inculcado en
muchos bloggeros y bloggeras cristianos un “complejo de sabios”
que les lleva a levantar la manita y a decirle a la Santa Madre
Iglesia lo que es mejor para Ella. Aquí cualquiera que tenga una
“fe adulta” y un blog a mano o un espacio para escribir debajo
se siente con el derecho y la obligación de aconsejar a papas, a
obispos, a teólogos, a santos y a jerarcas, aunque toda su cultura
religiosa se reduzca a dos libros mal leídos y un atracón de
confidenciales pseudorreligiosos. ¡Así nos luce el pelo! Es lógico
que, con tanto “sabio” suelto, acaben algunos pidiendo que no se
imparta la Primera Comunión a los niños hasta que no hayan escrito
dos o tres comentarios en algún blog.
Yo, que no soy sabio, pero tengo un blog, como, además, soy párroco,
me limito a hacer lo que mi obispo me dice. Aquí, en Madrid, la
edad de la Primera Comunión es la de nueve años, y, mientras el
Card. Rouco no diga otra cosa, a esa edad harán los niños la
Primera Comunión en mi parroquia. Si mañana me dice que la hagan a
los siete, a los siete la harán, y si me pide que se la administre
con el biberón o después del primer afeitado, también lo haré,
que para eso está el Obispo y para eso estamos los párrocos. Pero
como, además, creo haber estudiado algo más de teología que la
media de bloggeros y comentaristas que circulan por la Red, me voy a
permitir explicar algún concepto, por si a alguien le pudiera
interesar:
La eficacia de un sacramento depende de dos factores, a los que
llamamos Opus Operatum y Opus Operantis. No son dos
factores iguales en peso e importancia. El Opus Operatum es
la fuerza que el Sacramento tiene de por sí, nada menos que la del
Espíritu Santo, el Paráclito, que hace su entrada en el alma y la
transforma por su propio Poder. Y el Opus Operantis es la
cooperación mínima que debe prestar quien recibe el sacramento
para que Dios pueda actuar en él. Permítanme explicarlo con un
ejemplo: si el Papa viene a bendecir mi casa, su presencia es todo
un acontecimiento que basta para atraer sobre mi hogar una copiosa
cantidad de gracias. Pero, si yo no le abro la puerta, de nada me
aprovechará la visita. Pues bien: el Papa que viene a mi casa, sería,
en el ejemplo, el Opus Operatum, y mi humilde puerta de
madera que rechina al abrirse sería el Opus Operantis. El
protagonismo del acontecimiento, lógicamente, es del Papa, no de mi
puerta ni de los pasos que yo doy para hacerla girar sobre sus
goznes. Del mismo modo, el protagonismo, en el Sacramento, es del
Espíritu Santo, no del pobre hombre que recibe a Dios en su alma. A
éste le basta la mínima disposición que le permita abrir la
puerta, lo cual, en el caso del sacramento, es saber lo que recibe y
a quién recibe. Y, descendiendo al terreno de la cuestión en
“litigio”, habrá que responder a la pregunta: “¿puede un niño
de siete años saber a Quién recibe en la Primera Comunión?”.
Desde luego, si me lo preguntan a mí, no tengo la más mínima
duda: en mi parroquia tengo a un buen puñado de niños que pueden.
No sólo pueden, sino que lo saben mejor que muchos adultos. No sólo
lo saben mejor que muchos adultos, sino que lo saben, incluso, mejor
que yo. No sólo lo saben, incluso, mejor que yo, sino que yo, de
buen grado, me arrodillaría ante ellos y le pediría al Señor la
fe que ellos tienen, todavía no contaminada por la soberbia, por la
sensualidad que oscurece el entendimiento, y por la codicia de
bienes terrenos que ensucia el espíritu. A cualquiera de esos niños,
si el Obispo me lo pidiera, le daría la Primera Comunión hoy
mismo.
Pero, como no me lo ha pedido, no se la doy. Porque lo que me
importa no es discutir lo que parece que podría anunciar que
dispondrá en un futuro no muy lejano la Santa Sede, sino obedecer a
mi pastor para santificarme yo y santificar a los míos, en lugar de
perder tiempo con mi “fe adulta” diciéndole a la Iglesia lo que
tiene que hacer. Al final, no me extrañaría nada que nos dijeran
que, para recibir la Primera Comunión, lo que es preciso es tener
“menos de siete años”… de infancia espiritual. “Sabios
abstenerse”.
José-Fernando Rey Ballesteros
jfernandorey@jfernandorey.es