La
perversa combinación de condiciones económicas y procederes
ilegales permitió que se extendieran por la ciudad talleres
clandestinos donde seres humanos pueden llegar a trabajar dieciséis
o más horas diarias a cambio de un dólar.
Cuando
una invasión de prendas asiáticas que se vendían a precios
irrisorios amenazaban a la producción local. Algunos
empresarios del ramo descubrieron que para convivir con tanta
bagatela importada debían orientar su oferta hacia un público
ávido de diseño y glamour, y -sobre todo- reducir sus costos.
Para ello, tercerizaron la producción; es decir, la derivaron a
sórdidos talleres que, amparados en la clandestinidad, transforman
la normativa laboral en puro cuento y someten a sus
empleados a indignas condiciones de trabajo y de vida.

“Vivíamos
y trabajábamos en una pieza de tres por cuatro donde había
tres máquinas de coser: dos rectas y una de doble aguja. Con mi
mujer, dormíamos en el suelo pues la única cama la compartían
nuestros dos niños. Era un lugar inseguro e insano porque las
conexiones eléctricas de las máquinas estaban sueltas y el
polvillo del aire nos afectaba los pulmones”; así recuerda
el costurero AHR –cuya identidad se reserva - al tugurio en el
que vivió con su familia durante casi un año, mientras
confeccionaba polares Montagne, bermudas Rusty y buzos Lacar.
Él
y su esposa comenzaban a coser a las 7 de la mañana y
terminaban a la 1 del día siguiente.
Eran 18 horas de labor que sólo interrumpían para comer. A las
9 -cuenta- nos daban una taza de café y un pan. Al mediodía,
una porción de arroz con una papa y un pedazo de carne o un
huevo. A eso de la seis de la tarde nos servían un té con otro
pan y a la noche una sopa de arroz. En esas ocasiones, cada
miembro de la pareja recibía una mínima ración que ellos
achicaban para compartirla con sus hijos. Para colmo, el
matrimonio debió esperar seis meses para cobrar su primer
salario.
AHR
no trabajaba en algún lugar recóndito del país, sino en un
taller situado en la calle Eugenio Garzón 3853 del barrio de
Floresta, donde -se supone- debería llegar el imperio de la ley
12.713 que resguarda los derechos de quienes, como él, son
trabajadores a domicilio.
La
moda viene en negro
Para
la actual temporada otoño-invierno, la reconocida marca Ona
Saez propone su Colección Negra. Si se considera que sus
propietarios están denunciados por producir de modo ilegal,
podría presumirse que el nombre de la serie sea -tal vez- un
reconocimiento a quienes la confeccionaron trabajando,
precisamente, en negro; es decir, al margen de los convenios
laborales, sin percibir aguinaldo, salario familiar,
vacaciones ni indemnización en caso de despido, sin contar con
seguro de trabajo y sin que los empleadores realicen aportes
previsionales ni de obra social.
Pero
el trabajo en negro es sólo un aspecto de los talleres
clandestinos. En setiembre de 2005, el vecino Gustavo Vera aportó
pruebas a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires
sobre la existencia de una gran cantidad de talleres
clandestinos donde los dueños se llevan fortunas mientras
cientos de trabajadores son salvajemente explotados como si
fueran esclavos. Vera aclaró que se trataba de talleres
medianos y grandes con diez empleados como mínimo y maquinaria
de última generación
que a diario producen considerables volúmenes de prendas para
los fabricantes. En estos establecimientos -agregó- los
costureros cobran menos de la mitad del salario de convenio por
jornadas laborales que duplican la normal.
Desde
hacía un tiempo, la Defensoría venía pesquisando la actividad
de algunos talleres de confección; pero la denuncia de Vera
agregó precisiones que demostraban la existencia de una estructurada
modalidad de explotación.
Manos
de Bolivia
Obligar
a que alguien trabaje dieciséis horas diarias por un magro
salario es una conducta que la ley 12.713 reprime con multa y cárcel.
Por eso, semejante régimen laboral sólo es posible desde una
clandestinidad preservada por fachadas de casas familiares que
oculten a los talleres, por la complicidad de ciertos
funcionarios y, sobre todo, por el silencio de quienes lo
padecen.
Difícil
es encontrar a argentinos dispuestos a trabajar en tales
condiciones y más lo es asegurarse que no las denuncien al
sindicato, a la autoridad laboral o a la justicia. Por eso, los
talleristas clandestinos reclutan a sus costureros entre
miembros de la comunidad boliviana.
A
los que aquí viven, los suelen convocar a través de Bolivia,
el Corazón de América, un programa que Hugo Arnez Zambrana
conduce la emisora preferida de la audiencia boliviana en Buenos
Aires. Zambrana -quien se jacta de ser un hombre solidario-
también cuenta con la página web donde los talleristas
publican clasificados pidiendo overloquistas, collaretistas,
rectistas y otros trabajadores duchos en el oficio de la
costura. Los interesados deben contactarse a través de números
telefónicos que se consignan en los avisos y que
mayoritariamente pertenecen a abonados del sudoeste porteño,
zona donde -según las denuncias-pululan los talleres
clandestinos.
Otros
costureros, en cambio, son traídos directamente desde Bolivia.
Tal el caso de MFM, ex costurera de un taller de Donato Álvarez
y Juan B. Justo. Según dijo, en 2004 escuchó por la paceña
Radio Splendid que una señora de nombre Gloria necesitaba
trabajadores costureros para la Argentina. Junto a su marido
ubicó a la tal Gloria y le pidió trabajo para ambos. Nos dijo
que sólo podía traerme a mí, pero prometió volver al mes
siguiente a buscar a mi esposo. Fue así que la mujer emprendió
viaje con la tal Gloria y con ocho costureros más. Un bus de
Expreso Tarija los llevó hasta la frontera con Argentina, donde
no tuvimos ningún problema porque la señora Gloria demostró
tener buenas relaciones. Allí -prosiguió-, nos esperaban dos
remises que nos llevaron a un hotel. Mientras, dos personas que
iban en los remises se encargaron de los trámites y, cuando
debimos cruzar, ya teníamos todos los papeles hechos. Sin duda,
las "buenas relaciones"de Gloria y los servicios de
los influyentes de los remises facilitaron el cruce fronterizo
de un contingente que no tenía todo en regla.
En
su país, MFM convino que Gloria le pagaría 70 centavos
por prenda confeccionada. Según sus cuentas, habiendo cosido 50
camisas diarias durante el primer mes en Buenos Aires, le debían
pagar más de 800 pesos; pero -al momento de cobrar- sólo
recibió 85. La patrona le explicó que, además de la
comida y el alojamiento, le había descontado 65 dólares por el
pasaje desde La Paz. Cuando la costurera volvió a hacer cálculos,
comprobó que -en realidad- había trabajado extenuantes
jornadas de dieciséis horas por apenas 3,50 pesos diarios. Como
si fuera poco, Gloria había incumplido la promesa de traer a
Buenos Aires a su marido.
El
testimonio de MFM podría ser el de cualquiera de sus
connacionales que aceptan venir a trabajar en los talleres
clandestinos porteños e ingresan al país en condiciones de
dudosa legalidad, con promesas salariales que jamás se cumplirán
y para vivir en condiciones infrahumanas.
Vivir
con miedo
“Ellos
(los bolivianos) viven así. Las condiciones las fijaban ellos,
no yo. La mentalidad de ellos es así, vienen al país, juntan
plata dos años y ponen un taller. Por eso quieren vivir en el
mismo lugar donde trabajan, así no gastan”. Con estas
palabras se excusó Juan Correa ante el juez Alberto Baños
a cargo de la causa por el incendio del taller clandestino que
funcionaba en Luis Viale 1269 y que el 30 de marzo de 2006
ocasionó la muerte de seis bolivianos -cinco de ellos niños-
que vivían en el lugar.
Correa
era uno de los encargados del taller siniestrado y, con el viejo
truco de culpar a la víctima, pretendía ocultar los recursos a
los que apelan los talleristas para retener a sus empleados. El
más habitual consiste en aprovecharse del temor que siempre
acompaña a quien no puede acreditar su identidad. Por
eso, los patrones contratan a indocumentados o retienen los
documentos de los pocos que los poseen. A partir de allí, la
simple amenaza de echarlos a la calle y dejarlos a merced de
cualquier prepotencia policial resulta un argumento más que
convincente para que el empleado permanezca en el taller.
Cuando
esto no basta, el descontento de los trabajadores se apacigua
por otros medios. Juan Carlos Salazar Nina, dueño de dos
talleres clandestinos de Parque Avellaneda, solía aliviarlo con
fiestas que organizaba de sábado en sábado. Había en ellas
mucha cumbia y mucho alcohol y Nina instigaba a los costureros a
beber hasta que la borrachera los alcanzaba y descargaban sus
broncas acumuladas peleándose entre ellos.
Sin
embargo, el tiempo desgasta a estos mecanismos disciplinarios.
Según Vera, cada cuatro o cada seis meses los empleados se
hartan de la superexplotación y se vuelven
"quejosos"; entonces, los patrones los echan a la
calle sin dinero y sin documentos, y después parten a Bolivia
en busca de una nueva camada de costureros que los reemplace.
Para colmo -agrega- los talleristas abusan de la absoluta
precariedad de sus ex empleados y se quedan con el dinero del último
período trabajado.
Los
costureros que quedan en la calle resisten hasta que pueden;
pero, en general, terminan empleándose en otro taller donde
volverán a vivir la pesadilla que pretendían dejar atrás.
Complicidades
necesarias
El
funcionamiento de talleres clandestinos sería imposible sin los
indocumentados. Según estimaciones oficiales, residen en el país
unos 750 mil extranjeros en esas condiciones gracias a que la
Dirección Nacional de Migraciones fue durante mucho tiempo una
fábrica de irregulares. Esta imputación no es fruto de una
evaluación intransigente, sino de una autocrítica que el
propio organismo ha hecho de su trayectoria y en la que admite
que la falta de documentos identificatorios genera la
marginalidad y la desigualdad exponiendo al ser humano a todas
las formas de degradación.
Pero
los indocumentados no sólo llenan con su trabajo los bolsillos
de quienes los explotan.
La seccional 40º de la Policía Federal está ubicada en la
calle Remedios 3748; esto es, prácticamente en los fondos del
taller en el que padeció AHR. Según ex costureros y vecinos
del lugar, efectivos de esa dependencia pasaban periódicamente
por el establecimiento clandestino y cobraban entre 500 y 1.000
pesos, precio al que cotizaban su tarea de hacer la vista gorda
ante las irregularidades que en él ocurrían. Si se tiene en
cuenta que en su jurisdicción fueron detectados unos 40
talleres clandestinos, una simple cuenta arroja como resultado
una suculenta masa de dinero que cada mes ingresaría
ilegalmente a la seccional.

El
día en que se incendió el taller de la calle Luis Viale, los
medios de comunicación hablaron del pago de coimas.
Inmediatamente, el Ministerio del Interior ordenó al comisario
general Néstor Vallecas, titular de la Policía Federal, que
solicitase una investigación penal. A algo más de un año de
aquella orden, no ha habido novedades sobre el caso. Mientras
tanto, los talleres clandestinos siguen funcionando y las
grandes marcas, haciendo sus negocios de cada temporada.
Defensoría:
"Ni esclavos ni mendigos"
La
Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires denunció
penalmente en 2005, que inmigrantes bolivianos eran sometimiento
a condiciones infrahumanas de trabajo en talleres ilegales
dedicados a la confección de indumentaria. En esa ocasión, la
defensora Alicia Pierini sostuvo que los trabajadores y sus
familias habrían quedado atrapados en un círculo opresivo del
que no podían salir. Porque la presunta práctica de retener la
documentación para evitar que se fueran del lugar, unidas al
encierro en los talleres y la exhibición jactanciosa de una
relación de complicidad con funcionarios policiales son
mecanismos que atentan contra la libertad de esas personas.
Para
Pierini, la condición de indocumentados y el temor que les
infunden los talleristas al amenazarlos con una repatriación
forzosa impide a las víctimas hacer denuncias demasiado
visibles; por ello, reclamó proteger a los más desvalidos en
el marco de las convenciones internacionales sobre la trata de
personas y el trabajo esclavo.
La
difusión de la denuncia, sumada a la conmoción que produjo el
incendio del taller de la calle Luis Viale y su secuela de víctimas,
movió al gobierno nacional a acelerar los trámites de radicación
que realizan ciudadanos bolivianos y de otras naciones del
MERCOSUR. Por su parte, el gobierno de la Ciudad ordenó una
serie de inspecciones que derivaron en la clausura de centenares
de talleres clandestinos.
Pese
a ello, los extranjeros que regularizaron su situación son
relativamente pocos, mientras que aún son muchos los talleres
clandestinos que siguen en actividad.
La
defensora del Pueblo reclamó la asistencia jurídica, médica y
social que los damnificados requieren para eludir el riesgo de
quedarse sin techo y sin trabajo cuando se desarticule el
sistema del que son víctimas. Sin una política integral
-puntualizó Pierini, los miembros estas familias podrían pasar
de esclavos a mendigos.
Autor: Solidaridad.net-
Fecha: 2010-02-19