seguro el dominio de los príncipes,
el estudio que les advierte, les amotina...
Príncipes, temed al que no tiene otra cosa
que hacer, sino imaginar y escribir... »
Francisco de QUEVEDO (1580-1645)
La pasión por esconder, falsear o negar el
origen cristiano de tantas realidades valiosas crece
en el “Gran Mundo”. El ansia concomitante de
liquidar los símbolos de siglos enteros de fe
colectiva contribuye a alimentarla. Por la mañana se
escamotea la incontrovertible base cristiana de esa
poderosa construcción llamada Europa (y se hace nada
menos que en el preámbulo de lo que se quería que
fuese su Carta Magna). A mediodía se exige a voces
—y se logra— la retirada de los escasísimos
cristos o vírgenes que todavía quedaban en aulas e
instituciones públicas (generalmente en edificios
venerables por su antigüedad). Y por la tarde se arma
un escándalo para que desaparezca un Redentor de
enorme abrazo, que forma parte del skyline sentimental
de los murcianos, pero no tiene la suerte de estar en
Río de Janeiro. Por la noche aventuro que se soñará
con nuevas acciones, porque mi imaginación se ve
desbordada de continuo ante la creatividad iconoclasta
del laicismo moderno, supuestamente liberado de
atavismos y obsesiones religiosas. Pronto, seguro, le
llegará el turno a las universidades, a la
Universidad, esa creación genial y rebosante de
prestigio que la Cristiandad medieval erigió y cargó
de futuro. Si su ímpetu teológico y evangelizador
hace tiempo que fue pulverizado y los antiguos centros
fumigados y fortificados frente a cualquier tentación
de trascendencia o de superación del materialismo y
el utilitarismo ambientes, sus símbolos, sellos y añosas
decoraciones artísticas siguen hablando a los
sentidos de un pasado intensamente creyente y clamando
en silencio por su alma, robada más que perdida o
muerta.
Alma
mater studiorum...
La aventura arrancó formalmente en Bolonia,
entonces ciudad emergente y hoy capital de la
Emilia-Romagna, el año de Gracia de 1088, pero el
proceso de creación de una verdadera Universidad se
completó por primera vez en el París de principios
del siglo XIII. No obstante, la actual alma mater boloñesa
tiene a gala lucir en un lugar muy visible de su sello
ese año pionero y remoto de su feliz nacimiento. En
realidad, hasta el siglo pasado no tuvo emblema
oficial, mas entonces, cuando quisieron componerle un
Sigillum Magnum reuniendo los símbolos de los viejos
colegios y corporaciones (universitates) que la
integraron durante el Medievo, todo se llenó de Vírgenes
con Niño, efigies de San Lucas y de Santa Catalina,
escenas de la Anunciación... Y ahí siguen, al menos
hasta hoy. En lo tocante a referentes cristianos, el
sello de la ilustre e igualmente antigua Universidad
de París no es muy distinto: Santa María y su
augusto Hijo lo presiden desde la cúspide flanqueados
por una estrella y una luna en cuarto creciente, símbolos
marianos que suelo contemplar reproducidos cuando paso
junto al gran escudo de la extinta Universidad de
Orihuela, sujeto por recias cadenas también labradas
en la piedra del orgulloso monumento que un día la
albergó. Oxford, más que imágenes, proclama
palabras eternas: como motivo central de sus armas se
impone un libro abierto —qué, si no— conteniendo
únicamente parte del primer versículo del Salmo 27
(26): Dominus illuminatio mea, ‘El Señor es mi
luz’... Pero regresemos al París del siglo XIII,
cuyo proceso de consolidación universitaria me parece
paradigmático por verse repetido en varios o en
algunos de sus elementos en otras muchas sedes. Allí
hay, como en otros lugares, una próspera escuela
catedral que hará de cuna, Notre-Dame, y una
incipiente corporación de maestros y escolares cuya
inquietud empuja a rebasar los macizos muros
catedralicios esparciendo el conocimiento por casas
particulares, iglesias y conventos. Faltaba, con todo,
acallar o incluso vencer las “distintas
sensibilidades” que iban emergiendo, a veces con
violencia, lo mismo del seno de la sociedad civil que
de la eclesiástica frente al fenómeno de la naciente
Universidad. Faltaba, en efecto, la autonomía
universitaria.
Autonomía
Cuando estudiaba Primero en la Facultad de
Derecho y la actual Constitución Española era todavía
niña, me chocó ver “constitucionalizada” la
autonomía universitaria:
Artículo 27... 10. «Se reconoce la autonomía
de las Universidades, en los términos que la ley
establezca».
¿Tan unida a la esencia universitaria —me
preguntaba— está la condición autónoma? Y tanto
—me digo ahora: hasta que los reyes y los papas, los
papas y los reyes, no liberaron a los estudios
generales que florecían por doquier de las tutelas
municipal y episcopal, concediéndoles privilegios,
exenciones, franquicias e inmunidades, por un lado, y
bulas de erección, reconocimiento o confirmación,
por otro, las universidades apenas lograron
convertirse en centros realmente ecuménicos de
formación e investigación. Fue sólo entonces cuando
pudieron conferir grados y otorgar licencias
reconocidas en el conjunto de la Cristiandad (licentia
ubique docendi). Significó un gran paso para la
cultura europea y occidental esta percepción profética
del Papado y de los reyes y emperadores cristianos,
que proyectaron hacia lo universal el futuro de los
studia generalia, frente a la visión lógicamente
estrecha y localista de concejos, burgos, gremios,
nobles, cabildos y curias episcopales. En París, la
acción combinada del rey Felipe Augusto y de los pontífices
Inocencio III —antiguo alumno de la Casa— y
Gregorio IX ayudó a elevar sobre toda la cultura
medieval a un instituto de enseñanza superior que ya
contaba con el audaz método dialéctico de Pedro
Abelardo y que recibió los geniales aportes de todo
un Alberto Magno y un Tomás de Aquino. Su evolución
posterior no estuvo libre de dificultades, luchas,
contradicciones y decadencias, pero la Universidad de
París —posteriormente llamada Sorbona, por el
colegio para estudiantes pobres y clérigos seculares
que fundara el canónigo Sorbon para contrarrestar la
pujanza académica de las órdenes mendicantes— se
convirtió en el gran faro y en el referente riguroso
y absoluto de la Teología dogmática para toda la
Cristiandad. Allí se formaron nuestros Íñigo de
Loyola y Francisco de Vitoria; allí sentó cátedra médica
Miguel Servet; allí...
Y en sede de autonomía no puedo pasar sin mencionar,
a modo de estrambote bufo, a los universitarios más
“autónomos” y libertinos que conoció la Edad
Media: los goliardos. Aquellos clérigos
“cerbatana” ayunos de vocación, seminaristas
rebotados, estudiantes que de eso apenas tenían el
nombre, tuna prefigurada cuyas aulas eran las tabernas
y cuyos universales la poesía, el latín, el amor de
las muchachas y la música, constituyen también un
patrimonio netamente universitario, refinadamente
cultural y, en cierto modo —si juzgamos por la fe
sincera que se desprende de algunas composiciones de
escolares saltimbanquis como el inmortal François
Villon—, esencialmente cristiano. Si, en efecto, la
Universidad y las instancias eclesiásticas quisieron
represar su acción disolvente por medio de decretos,
sanciones o edictos (los juristas sabemos que la
sucesión de disposiciones restrictivas y punitivas
con un mismo objeto apenas disimula la vitalidad y
frescura del fenómeno que en vano se intenta
reprimir), acabaron, sin embargo, asimilando y
apreciando sus fragantes frutos líricos (por poner un
ejemplo famoso, los Carmina Burana fueron recogidos en
el bello códice miniado que hoy se conserva en Múnich
merced, seguramente, al interés de un abad o incluso
de un obispo). Sirva como alegre testigo musical del
maravilloso injerto al que me estoy refiriendo, el
hecho sorprendente de que el himno aceptado desde
antiguo para toda la Universidad —lugar por
antonomasia en el que la disciplina, el esfuerzo y el
rigor intelectual constituyen ley insoslayable— sea
una invitación desenfadada al carpe diem, tal y como
se entiende hoy esta horaciana expresión: el
Gaudeamus igitur, un poema goliardesco.
No creo que nada de esto haya sucedido en otras
culturas y sólo lo estimo posible allá donde la
libertad sea un valor fundante; como lo ha sido, con
sus altibajos, en la civilización cristiana.
Y nosotros
...apud Salamanticam civitatem uberrimam et
locum in regno Legionensi salubritate aeris et
quibuslibet opportunitatibus praeelectum. (Alfonso X
al Papa)
Universidad de Salamanca
Esta vez tuvimos suerte. Los hitos universitarios del
pasado de España merecerían, en algunos casos, ser
inscritos con letras de oro en los anales de la
cultura. 1208, año en que Alfonso VIII el de las
Navas y el obispo Téllez pusieron en marcha el
Estudio General de Palencia, nos sitúa ya en primera
línea del aludido movimiento del que emergen las
actuales universidades. Aunque efímera, la
madrugadora alma mater palentina y su espíritu de
majestuoso vuelo prepararon el camino para que diez años
después Alfonso IX de León erija la que habrá de
ser la perla más resplandeciente y diáfana del
abigarrado collar —en sus más idealistas momentos,
rosario— de la enseñanza superior española:
Salamanca. Dotada por el rey San Fernando de
privilegios y exenciones (cédula de 6 de abril de
1242, primer documento universitario de nuestra
historia) y por Alfonso X el Sabio de un estatuto
detallado que incluye provisión de cátedras y que
por primera vez contiene la palabra “Universidad”
(1254), verá reconocida su personalidad y su autonomía
jurídicas mediante bula promulgada en 1255 por el
papa Alejandro IV. Éste será el pontífice que
expresamente la pondere como “una de las cuatro
lumbreras del mundo”. Salamanca colmaba en la mente
del Rey Sabio las expectativas que, según él, habría
que considerar muy seriamente a la hora de elegir el
sitio idóneo en que fundar un Estudio General,
condiciones que él mismo había hecho publicar en Las
Partidas:
«En que logar debe ser establescido el Estudio, e
como deven ser seguros los Maestros, e los Escolares.-
De buen ayre, e de fermosas salidas, debe ser la
Villa, do quisieren establescer el Estudio, porque los
Maestros que muestran los saberes, e los Escolares que
los aprenden, vivan sanos en el, e puedan folgar, e
recibir plazer en la tarde, quando se levantaren
cansados del estudio. Otrosi debe ser abondada de pan,
e de vino, e de buenas posadas, en que puedan morar, e
pasar su tiempo sin gran costa...» (Alfonso X el
Sabio (1221-1284), Las Partidas 2.31.2).
Muchas más, e igual de acertadas, son las previsiones
de temática universitaria que contiene esta fantástica
enciclopedia jurídica, lo que da fe de la sincera
preocupación que inquietaba al soberano por dotar al
reino de un sistema de enseñanza superior
parangonable a la experiencia de París:
«Que cosa es estudio e cuantas maneras son del, e por
cuyo mandato debe ser fecho.- Estudio es ayuntamiento
de Maestros, e de Escolares, que es fecho en algun
lugar con voluntad, e entendimiento de aprender los
saberes. E son dos maneras del. La una es, la que
dicen Estudio general, en que ay Maestros de las
Artes, assi como de Gramatica, e de la Logica, e de
Retorica, e de Arismetica, e de Geometria, e de
Astrologia; e otrosi en que ay Maestros de Decretos, e
Señores de Leyes... Si para todas las sciencias non
pudiessen auer Maestro, abonda que aya de Gramatica, e
de Logica, e de Retorica, e de Leyes, e Decretos»
(Partidas 2.31.1 y 3).
«En que manera deven los Maestros mostrar a los
Escolares los saberes.- Bien e lealmente deven los
Maestros mostrar sus saberes a los Escolares, leyendo
los libros, e faziendolgelo entender lo mejor que
ellos pudieren. E de que començaren a leer, deven
continuar el estudio todavía, fasta que ayan acabado
los libros, que començaran. E en quanto fueren sanos,
non deven mandar a otros, que lean en logar dellos;
fueras ende, si alguno dellos mandasse a otro leer
alguna vez, para le honrrar, e non por rrazon de se
escusar el del trabajo del leer... » (Partidas
2.31.4).
Este mismo monarca, más clarividente en el ámbito
educativo, artístico o científico que afortunado en
lo político, puso, sin embargo, un celo especial en
el cultivo y promoción de la ciencia del Derecho, así
como en la formación jurídica de los futuros
funcionarios y cuadros, lo que orientó el currículo
salmantino y revirtió en un diluvio de honores y
dispensas a los “maestros de leyes”. De ello queda
constancia en párrafos inolvidables de Las Partidas:
«Que honrras señaladas deven aver los Maestros de
las Leyes.- La ciencia de las Leyes es como fuente de
justicia, e aprovechasse della el mundo, mas que de
otra ciencia. E porende los Emperadores que fizieron
las leyes, otorgaron privillegios a los Maestros de
las Escuelas, en quatro maneras. La una, ca luego que
son Maestros, han nome de Maestros, e de Caballeros, e
llamaronlos Señores de Leyes. La segunda es, que cada
vegada que el Maestro de Derecho venga delante de
algun Juez, que este judgando, devese levantar a el, e
saludarle, e recebirle, que sea consigo; e si el
Judgador contra esto fiziere, pone la ley por pena,
que le peche tres libras de oro. La tercera, que los
Porteros de los Emperadores, e de los Reyes, e de los
Principes, non les deven tener puerta, nin embargarles
que non entren ante ellos, quando menester les fuere.
Fueras ende a las sazones que estoviessen en grandes
poridades; e aun entonce devengelo decir, como estan
tales Maestros a la puerta, e preguntar si les mandan
entrar, o non. La quarta es, que sean sotiles e
entendidos, e que sepan mostrar este saber, e sean
bien razonados, e de buenas maneras; e después que
ayan veinte años tenido Escuelas de las Leyes deven
aver honrra de Condes. E pues que las leyes, e los
Emperadores, tanto los quisieron honrrar, quisado es,
que los Reyes los deven mantener en aquella misma
honrra. E porende tenemos por bien, que los Maestros
sobredichos ayan en todo nuestro Señorio, las honrras
que de suso diximos, assi como la ley antigua lo
manda. Otrosi dezimos, que los Maestros sobredichos, e
los otros, que muestran los saberes en los Estudios,
en las tierras del nuestro Señorio, que deven ser
quitos de pecho; e non son tenidos de yr en hueste,
nin en cavalgada, nin de tomar otro oficio, sin su
plazer» (Partidas 2.31.8).
Tras la muerte de Alfonso X, sus sucesores no mostrarán
un empeño tan firme y sostenido en proteger el
Estudio salmantino, con lo que serán los Papas
quienes se conviertan en sus mayores valedores. Sería
prolijo pasar revista a todos los logros con que la
Universidad de Salamanca contribuyó al avance del
conocimiento, y a la miríada de figuras excelsas que
poblaron sus aulas. Mi admiración personal va unida
en este momento al recuerdo del singular magisterio
ejercido por la “Escuela de Salamanca” y nacido al
calor de las “relecciones” de Francisco de
Vitoria. Aquel forjador visionario del moderno Derecho
Internacional lo fue también realmente de lo que hoy
denominamos doctrina de los Derechos Humanos,
horizonte inaplazable de liberación para toda la
familia humana...
«La colonización española en tierras oceánicas
fue todavía más benigna, si cabe, que en los
territorios de América. Es que, debidamente
informados ya por las experiencias americanas y
aleccionados por las enseñanzas humanitarias del
Padre Vitoria, los españoles que colonizaban las
Filipinas ensayaron y practicaron un sistema colonial
enteramente cristiano y español.
La colonización filipina, caso único en la historia,
es ejemplo magnífico, cristalización grandiosa de la
teología vitoriana, triunfante ya a la sazón en las
mentes de los teólogos españoles y en las
universidades hispánicas» (Hermann BAUMHAUER y
otros, Historia Universal (‘Orell Füssli, Welt
Geschichte’), Editorial Labor, Barcelona, 1956).
Y puesto que no podemos resumir en tan breve espacio
toda la peripecia histórica de la enseñanza superior
en España y la muchedumbre de sus universidades, permítasenos
al menos dejar breve constancia de dos fenómenos
sobresalientes: en primer lugar, la labor inmensa de
la Universidad de Alcalá de Henares y de su fundador
y protector, el Cardenal Cisneros (imposible pasar por
alto el que en ella se compuso la primera y más
admirable Biblia Políglota); y en segundo lugar, lo
que me atrevo a llamar el milagro universitario de la
América española, al que sí que quisiera dedicar el
siguiente epígrafe.
Universitates
Indiarum
«El record español de unos veintitrés
colegios superiores y universidades en América, con
sus 150.000 graduados (incluyendo al pobre, al mestizo
y a algunos negros), hace que la conducta de los
holandeses más tarde en las Indias Orientales, y por
tanto, en tiempos considerados más avanzados y
propicios, aparezca, sin duda, con signos de franco
oscurantismo. Los portugueses no establecieron una
sola universidad en el Brasil colonial, ni tampoco en
ninguna otra posesión de ultramar. El total de las
universidades establecidas por Bélgica, Inglaterra,
Alemania, Francia e Italia durante períodos más
recientes de colonialismo afroasiático, desmerece sin
duda alguna, al confrontarlo imparcialmente con el récord
anterior de España» (Philip P. POWELL, Árbol de
odio (‘Tree of hate’), Ediciones José Porrúa
Turanzas, Madrid, 1972 (págs. 35 s.).
«Es un hecho pasmoso que, en época tan lejana como
el año 1579, se hizo en público una autopsia del cadáver
de un indio en la Universidad de Méjico, para indagar
la naturaleza de una epidemia que entonces causaba
estragos en Nueva España. Es dudoso que en aquella época
hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad de
Londres» (Charles. F. LUMMIS, Los exploradores españoles
del siglo XVI (‘The Spanish Pioneers’), Ediciones
Palabra, Madrid, 1989 [primera edición, hacia 1907]).
Creo que estas citas —tomadas de dos estudiosos
norteamericanos distantes en el tiempo, pero próximos
en su incondicional aprecio al legado hispánico en el
Nuevo Mundo— explican algo del por qué, a mi
entender, la proyección universitaria de España en
América, hecha a escala del claro modelo del alma
mater salmantina, puede considerarse un milagro
educativo y cultural. Prodigio callado que no
desmienten un puñado de datos cronológicos
aparentemente fríos y escuetos:
Año 1535
•Instalación de la primera imprenta en México (43
años después del Descubrimiento).
1538
•Fundación de la Universidad de Santo Tomás de
Aquino, primada de América, en La Española.
1550
•Comienza la andadura, también en Santo Domingo, de
la Universidad de Santiago de la Paz.
12 de mayo de 1551
•Real Cédula de Carlos V que erige la Universidad
de San Marcos en Lima, la más antigua aún
subsistente del continente americano.
21 de septiembre de 1551
•Cédula erigiendo la Real y Pontificia Universidad
de México.
1573
•Como adscritos a la Universidad de México, se
crean el Colegio Mayor de Todos los Santos y el Real
Colegio Seminario de San Ildefonso.
Quito, tres universidades: San Fernando, San Fulgencio
(1586) y San Gregorio Magno (1620). Universidades
de Córdoba del Tucumán (1613), Santiago de Chile
(1617), La Plata (1624), Guatemala (1676), Cuzco
(1692)...
Así nacieron las universidades, invento que
dura mil años, que han importado todas las culturas y
que cada día goza de mayor prestigio. Tal fue su génesis,
originada en el corazón mismo de la Iglesia y en el
seno de una sociedad civil que proclamaba su fe común
en Cristo y el Evangelio. Si se intentase silenciar,
habría que borrar esta epopeya y abolir hasta los
sellos, repletos de invocaciones latinas, tiaras,
mitras y santos. El derrotero de las universidades
desde la Ilustración hasta hoy sabemos que ha sido
distinto. Pronto las hicieron recelar de su raíz
cristiana y fueron ambicionadas por un poder político
desconfiado e injusto con la Iglesia milenaria para
convertirlas en instrumento al servicio de su
mesianismo secular. En España, el mismo estéril
sectarismo en el poder que arruinó con
desamortizaciones el patrimonio histórico-artístico
y la vida monástica, amputó a Salamanca las dos
facultades que más triunfos le habían dado y por las
que esta Universidad era y es mundialmente conocida:
Teología y Derecho Canónico. Y el proceso se repitió
en otras partes. El resultado fue que, a pesar de los
epinicios oficiales que repiten con acompañamiento de
fanfarrias que la Universidad se liberó así de la
“férrea tutela eclesiástica”, lo cierto es que
nunca como en la Modernidad las universidades han sido
más siervas del mandamás de turno, sea un individuo,
sean grupos, sean modas, ideologías o intereses. Bajo
el nazismo, la Universidad alemana —la mejor de
entonces (aunque sólo hasta entonces)—, tras una
templada protesta inicial por las primeras purgas de
profesores hebreos y la correspondiente destemplada
bronca de Hitler, se plegó entera a los designios del
“Imperio de los 1.000 años” (como con amargura
constataba Einstein en declaraciones a la revista Time
publicadas el 23 de diciembre de 1940). El espectáculo
de un Martin Heidegger (carnet de afiliado al NSDAP nº
312.589 y al corriente de sus cuotas hasta 1945)
aceptando el cargo de rector de la misma Universidad
de Friburgo que entonces expulsaba a su maestro
Husserl por judío, resume dramáticamente esta
decadencia.
«El apartheid, por ejemplo, —escribe Paul
Johnson— fue elaborado en su forma moderna,
detallada, en el departamento de psicología social de
la Universidad de Stellenboch. Sistemas similares en
otros lugares de África (Ujamaa en Tanzania,
Conscientismo en Ghana, Négritude en Senegal,
Humanismo zambiano, etc.) fueron inventados en los
departamentos de ciencias políticas o de sociología
de las universidades locales».
Si a todo esto sumamos esperpentos como el de la
Sorbona confiriendo doctorados en marxismo a monstruos
“ortodoxos” como Pol Pot, o el de las átonas
universidades españolas post-modernas, hijas de
endogamia y de poltrón, militantes del embrionismo,
el multiculturalismo, el progresismo que invierte en
bolsa y cuanto exija la defensa cerrada del
“discurso dominante”, el panorama universitario
que resulta desmerece mucho de la vieja y fecunda
autonomía fundacional que glosamos párrafos atrás.
¿Y en qué situación quedan entonces las universidades
católicas, que parecen florecer tímidamente al menos
en España? Pues, a mi juicio, su papel y la clave de su
éxito —ahora que las públicas, ricas en recursos
como decían de Ulises, al contrario del héroe vegetan
absorbidas por la lógica centrífuga del estado del
bienestar— consisten en saber entroncar con una
tradición vigorosa y fértil que ha demostrado ser
productiva y que les pertenece a ellas más que a
ninguna otra (“universidad” y “católica” ha
sido siempre, como hemos visto, una redundancia), a
saber: la de la ciencia, la investigación, el estudio y
la docencia a la luz segura de la fe en Jesucristo y la
lealtad a su Iglesia. Todos tenemos ejemplos en la
cabeza de centros de enseñanza superior decididamente
católicos que hoy, contra viento y marea y frente a
todo pronóstico, han alcanzado el olimpo de la
excelencia y viven ya muchos años instalados en él.
Pues bien, por historia y por fe, pero también por pura
constatación de la realidad, las universidades católicas,
sobre todo las más jóvenes, deben creer que si
permanecen fieles a los ideales evangélicos y tienen
por su más alta misión el servicio denodado a la
promoción integral de los alumnos —lo que tanto repetía
Juan Pablo II—, como Jacob y José, bendecidos de Yahvé,
verán multiplicarse los frutos en sus manos y «prosperar
todas sus empresas».
Reflexión final