Ateos
y creyentes en diálogo
Fernando Pascual Puede parecer difícil
conseguir un diálogo provechoso y cordial entre ateos y creyentes. Pero
es posible, porque tenemos una común humanidad y porque en muchos ateos
y en muchos creyentes hay un deseo sincero de ayudar a los otros. Esos son los presupuestos
fundamentales para construir puentes. Reconocer que algo nos une, que tenemos
un corazón humano y una mente que piensa, es un paso necesario para que
el diálogo se haga realidad. Lo contrario es la descalificación,
el insulto, el desprecio, el odio. Etiquetar al otro como un farsante, un
fanático, un anticuado, un ser carente de inteligencia, lleva a levantar
muros y daña mucho más al que desprecia que al despreciado. Hace falta superar esteriotipos
y caricaturas con las que algunos buscan reducir al contrincante a nulidad.
Sólo desde un respeto profundo, desde una actitud cordial de aprecio de
quien piensa de otro modo, podemos entrar en contacto y empezar el diálogo. Esa actitud positiva permite
no sólo avanzar en el conocimiento, sino crecer en humanidad. Porque la
ciencia progresa, a lo largo de los siglos, cuando los pensadores y los
científicos tienen una actitud abierta hacia los nuevos descubrimientos
y hacia las personas que ofrecen puntos de vista enriquecedores. Y porque
es muy humano descubrir que el otro, desde sus enormes riquezas interiores,
puede enseñarme algo; o puede, desde mi actitud benévola y sincera de
respeto y de amistad, dejar errores que lo atenazan para unirse a mí en
una verdad que no es ni suya ni mía, sino de todos. Ateos y creyentes podemos
entablar un diálogo necesario en un mundo donde el fanatismo ha llevado
al odio, a la violencia, a la aniquilación del “adversario”. Para el
espíritu abierto, el que tiene ideas distintas de las propias posee una
dignidad que nadie le puede arrebatar: siempre merece respeto. Cuando descubrimos esa
riqueza íntima de los corazones, empezamos el camino del diálogo. Luego
llega la hora, no fácil, de escuchar los argumentos y de sopesarlos con
seriedad y con calma, sin descalificaciones arbitrarias y con una mente
abierta. En un diálogo así, será
posible que más de un ateo reconozca la existencia de Dios desde los argumentos
ofrecidos por un creyente. También ocurrirá que algún ateo lleve al creyente
a pensar que Dios no existe. Llegar a una conclusión (Dios existe) o a otra (Dios no existe) sólo será victoria si la certeza alcanzada desde el diálogo coincide, simplemente, con la verdad. Porque la verdad, sólo la verdad, es una de las metas más profundas que anida en nuestros corazones inquietos y sedientos de luz y de certezas verdaderas
|