SERVICIO CATÓLICO
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Audacia femenina

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Anne-Marie Pelletier no es solamente la primera mujer laica, madre y abuela, en comentar el Vía Crucis presidido por el Papa en el Coliseo, pero también desde hace años comprometida en una batalla cultural para hacer reconocer el lugar de las mujeres en la Iglesia. Una batalla que la ha llevado a redescubrir y reinterpretar su presencia en la Biblia, a recordar el rol que ellas han desarrollado en la historia de la Iglesia, a tratar de identificar los caminos de una participación femenina en los momentos decisivos que no sea solo colaboración, sino que se convierta en corresponsabilidad en el común sacerdocio bautismal, que une a sacerdotes y laicos.

Pelletier es una de esas mujer que están trabajando en una revolución cultural dentro de la tradición cristiana, no solo recordando cuánto y con qué respeto, afecto y atención Jesús se dirigió a las mujeres durante su predicación, sino también llevando su punto de vista diferente, de mujer laica, frente a los temas que la contemporaneidad impone afrontar a la Iglesia. Temas como la colaboración entre mujeres y hombres o la familia, como hizo en los últimos meses, cooperando activamente en la difusión y la interpretación en Francia de la exhortación apostólica Amoris laetitia.

De todo este recorrido se ven las marcas en esta intensa y fuerte meditación, en las sencillas palabras con las que recuerda suavemente que nosotros, en el recorrer la agonía de Jesús, estamos del lado de los pecadores: «Señor, nuestros ojos son oscuros. ¿Y cómo acompañarte tan lejos? Misericordia es tu nombre. Pero este nombre es una locura». Y también al final de la primera estación: «Nosotros nos proclamamos tus discípulos, pero tomamos caminos que se pierden lejos de tus pensamientos, lejos de tu justicia y de tu misericordia». Se detiene así en la traición de Pedro, en el infinito poder del perdón de Jesús, que precisamente sobre él fundará su Iglesia, y nos invita, junto a Él, a no declararnos inocentes de la sangre de este hombre, porque salvación será solo «declararse culpables, en la confianza de que un amor infinito envuelva a todos, hebreos y paganos, y que a todos Dios llama a convertirse en sus hijos».

Un Vía Crucis por tanto impresa en la humildad, sobre el reconocimiento de nuestros límites humanos, de nuestra costumbre a «disculparnos y acusar a los otros». Confiados en que Dios salvará a todos «también si no conocen todavía su nombre».

En las citaciones encuentran espacio dos grandes autores como el ortodoxo Yannaras y el protestante Bonhoeffer, pero es a las mujeres que deja la tarea más elevada, lo que la judía Etty Hillesum ha descrito: «Hay lágrimas para consolar en el rostro de Dios, cuando llora sobre la miseria de sus hijos», ofreciéndose enjugarlas, en una «audiencia tan femenina y tan divina» que abre la puerta a una relación nueva con Dios, muy cerca de lo que nos indicaba Jesús.

de Lucetta Scaraffia


 

 

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