BEATA Mª GABRIELA Y COMPAÑERAS
Mártires Salesas de Madrid
18 y 23‑noviembre-1936
Siete mujeres, monjas contemplativas, salesas, del primer monasterio de la Orden de la Visitación en Madrid, que fueron asesinadas por el odio a la fe católica en aquel ominoso noviembre de 1936. Seis murieron el día 18. La séptima el día 23. Todas unidas en comunidad, perseguida, martirial, ejemplarmente mantenida.
Era superiora del grupo la madre M. Gabriela de Hinojosa. Lo componían M. Teresa Cavestany, M. Josefa Barrera, M. Cecilia Cendoya, M. Ángela Olaizola, M. Engracia Lecuona y M. Inés Zudaire. Hoy están las siete en el catálogo bienaventurado del martirologio de la Iglesia en la España del siglo XX.
Dos eran andaluzas, una gallega, otra navarra, y tres vascas. Procedían todas de familias numerosas, hondamente cristianas. Algunas de ambiente urbano y otras del sector agrícola‑ganadero. Pluralidad geográfica, familiar y socioeconómica que se reducía a ejemplar unidad de espíritu en la orden contemplativa de la Visitación.
Ya en 1931, cuando se produjo la oleada, no impedida, de los incendios de iglesias en Madrid, la comunidad de las salesas de la calle de Santa Engracia tuvo que marchar a la seguridad acogedora de Oronoz, en Navarra, donde permanecieron hasta marzo de 1932. Regresaron a Madrid. Y de nuevo, en julio de 1936, tras el trágico primer semestre, que preludiaba la posterior guerra civil, tuvieron que volver a Oronoz, quedando como retén de vigilancia en Madrid el grupo de las siete, que se verían coronadas con la aureola del martirio.
El convento fue asaltado, saqueado y ocupado por las milicias anarquistas el 18 de julio. Las siete salesas se habían refugiado días antes en el semisótano de una casa cercana, que habían alquilado en la calle González Longoria. Allí fundaron una especie de reducido monasterio transitorio, que había de convertirse para ellas durante tres meses en antesala de la gloria.
Fueron visitadas y sufrieron registros en cuatro ocasiones. Dos sirvientas, que vivían en sendos pisos del edificio, las habían denunciado. La primera inspección la hizo la policía y fue correcta y previsora. Pero luego sobrevinieron los registros de los milicianos, quienes las robaron, maltrataron y amenazaron.
Vieron venir la muerte y, sin embargo, permanecieron en su refugio. Los porteros de la casa, un matrimonio manchego, se portaron con las salesas de manera ejemplar, incluso heroica. Les aconsejaron que buscaran lugar para salvarse. Agradecieron el consejo, pero no lo aceptaron.
En cuatro ocasiones dispusieron de posibilidades para dispersarse y acogerse a domicilios más seguros. Se mantuvieron en su refugio conocido de los perseguidores y permanecieron unidas en comunidad. «Hemos prometido ante Jesús las siete reunidas de no separarnos» Palabras textuales.
En el mes de noviembre, el de las grandes matanzas colectivas en Madrid, supieron con certeza que había llegado para ellas la hora de las tinieblas y de la gloria. El odio había cerrado el círculo de la persecución. La noche del 17 al 18 la pasaron en oración. Horas de Getsemaní previo al Calvario. Pasaron el día esperando.
Y dejaron el documento verbal, confirmado por quienes lo oyeron, de su común disposición última. «Estamos muy tranquilas en manos de Dios, seguras de él. Hará de nosotras lo que más nos convenga».
A las siete de la tarde ‑era ya de noche‑ vinieron los milicianos, que preferían los asesinatos impunes por las calles de Madrid a los parapetos de la Casa de Campo y de la Ciudad Universitaria. A las 8 las víctimas, mujeres indefensas, sin delito ni causa, ni proceso, caían fusiladas a quemarropa en la confluencia ‑extremo Norte del Madrid de entonces‑ de la calle López de Hoyos esquina a Velázquez.
Murieron seis. Sobrevivió Cecilia, la cual huyó, fue detenida por dos policías y pudo acogerse al seguro de una familia, que los policías le ofrecieron. No lo aceptó. Se declaró una vez más monja salesa. Pasó dos días en uno de aquellos ergástulos improvisados por los milicianos del odio a lo divino, la sacaron los asesinos al tercer día de la cárcel de Porlier y fue asesinada el día 23 junto a las tapias del cementerio de Vallecas.
La había perseguido el mismo odio del día 18, día en que precisamente las monjas salesas comienzan un retiro de 3 días, preparatorio al día 21, en que renuevan por devoción sus votos solemnes. Ellas los renovaron sabiendo que su Esposo, el Señor, estaba ya a la puerta y las llamaba. Y acudieron a la última llamada. Quienes las martirizaron les proporcionaron el triunfo.
Sus asesinos han quedado soterrados en el anonimato ominoso que el odio merece. Ellas, en cambio, recibieron la gloria eterna, con las dos aureolas, la de la virginidad y la del martirio, aquella tarde avanzada del día 18 y aquella noche del 23 de noviembre de 1936. Y subieron años más tarde a la gloria de la Iglesia visible en el día de su beatificación en la plaza de San Pedro: 10 de mayo de 1998.
LAS SIETE MÁRTIRES
María Gabríela (Amparo) de Hinojosa Naveros, superiora de la comunidad en 1936. Había nacido el 24 de julio de 1872 en Alhama de Granada‑ Huérfana desde muy niña, se acogió a la Virgen como Madre y a sus pies, en la Gruta de Lourdes, escuchó la llamada a consagrarse a Dios, y entró en la Visitación a los 19 años. Hizo su profesión el 25 de marzo de 1894. Muy amante de la orden, llegó a ser una «regla viva», es decir, fue una «visitandina perfecta», según el deseo de los fundadores. Pasó por todos los empleos y en 1929 fue elegida superiora hasta 1935. De carácter jovial, se esmeraba en dar gusto en todo, tenía una enorme delicadeza y como madre acogía con amor a todas las hermanas. Supo mantener unidas a las hermanas que permanecían en Madrid hasta el martirio. En los momentos difíciles que atravesó, puso toda su confianza en Dios y manifestó en repetidas ocasiones que perdonaba a los enemigos. Toda su vida fue alabanza a Dios.
María Cecilia Cendoya Araquistain, vasca, a sus 26 años entregó con valentía su vida, tras ser‑un testigo de excepción del martirio de las seis hermanas. Había nacido en Azpeitia, el día 10 de enero de 1910, recibiendo el nombre de María Felicitas. Aunque tenía el genio muy vivo, había en ella algo distinto de las demás, era muy espiritual, amaba tiernamente a la Santísima Virgen y solía evitar «habladurías», declaraba una de sus hermanas. Supo dominar su temperamento para ser religiosa como deseaba. Entró en la Visitación de Madrid en octubre de 1930, e hizo su profesión el 27 de septiembre de 1932. Era sencilla, humilde, abnegada, «ángel de los pequeños servicios», como la calificaba una de sus superioras. Tímida, estaba penetrada de la presencia de Dios y solía entonar cantos a la Virgen durante sus trabajos. Se distinguió por su fidelidad, su espíritu de recogimiento y de mortificación, siempre consciente de vivir en la presencia de Dios. Tanto su genio vivo como su timidez fueron superados con la máxima prueba de amor dada en el martirio, confesando su condición de religiosa, después de haber huido, en un movimiento instintivo, ante la muerte de las hermanas.
María Inés Zudaire Galdeano. Navarra nacida en Echábarri, valle de Allín, el 28 de enero de 1900, había recibido el nombre de Inés, que encajaba bien con su natural sencillo y candoroso, lo cual no le impedía ni la alegría ni la seriedad para las cosas de Dios, a quien se consagró a sus 19 años, entrando en el primer monasterio de la Visitación de Madrid. Allí se mostró siempre activa, respetuosa y servicial, y buena con todas. Acostumbraba a ir a Dios en todo y a sobreponerse cuando algo la contrariaba. Era muy cumplidora de su deber, muy exacta en todo, muy religiosa, muy recta, de mucho espíritu, muy bondadosa. La hermana tímida, incluso miedosa, fue levantada violentamente del lecho donde estaba a causa de una fiebre alta, en el momento de la detención y salió con valentía camino del martirio, en compañía de sus hermanas. Apoyada por la comunidad dio un testimonio valiente de su amor al Señor.
María Engracia (Josefa Joaquina) Lecuona Aramburu, de Oyarzun (Guipúzcoa). Como primogénita de 14 hermanos, supo exhortar y mantener la vida cristiana de su familia. Sus contemporáneos dicen de ella que era inteligente, con mucho sentido de la responsabilidad, vivaracha y abnegada. Desde muy joven aprendió a conocer y a servir a Dios, a amarle con todo su corazón y hacer felices a cuantos la rodeaban. Tenía mucha paciencia, se mortificaba para imitar a Jesús. Entró como hermana externa del primer monasterio de la Visitación de Madrid el 7 de diciembre de 1924, e hizo su profesión perpetua en 1934. Su rostro afable, su gran bondad le ganaron todos los corazones. Se multiplicaba para atender a todas las necesidades.
Era «fervorosísíma», fervor que vivió con alegría y buen sentido del humor que le hacía reírse de sí y hacer felices a los demás, Destacó por su amor a su vocación religiosa y su gran deseo de adelantamiento espiritual. Anim6 con su fervor y alegría servicial al pequeño grupo, anhelando con verdadera ilusión el martirio. Tenía 39 años cuando el Señor le concedió ese martirio tan deseado.
María Ángela Olaizola Garagarza, natural de Azpeitia, llamada María en el bautismo. Era una hermana externa modelo, predicaba con su sola presencia, callada, recogida, juiciosa, muy prudente. Asumía en su presencia silenciosa el ideal contemplativo dentro de su oficio exterior al servicio de la comunidad. Llena de Dios, irradiaba paz y fidelidad. Había entrado en agosto de 1918, e hizo su profesión perpetua en 1934. Era paciente, abnegada y caritativa, humilde, trabajadora, se hizo querer de todos, se reía de buen corazón ante sus equivocacíones al hablar en castellano, lengua que desconocía al llegar al monasterio. Abandonaba su vida totalmente al Corazón de Jesús, preocupada sólo por cumplir su voluntad.
Teresa María (Laura) Cavestany Anduaga. Su mirada llamaba la atención por su bondad tanto, que impresionó al mismo Beato Manuel González , un día que le dio la comunión. Era de una gran bondad, cariñosa con todos, con un deseo continuo de superación. Tenía gran facilidad de palabra y alma de poeta. El mundo la atraía y podría haber triunfado en él, mas la muerte inesperada de su mejor amiga dio un giro total a su vida. Intentó ser carmelita, pero al final se decidió por la Visitación. En el convento, olvidada de sí, se entregó a todos los empleos, destacando como ecónoma o provisora al servicio de la comunidad. Era buena tierra que produjo hermosos frutos. Se preparó al supremo sacrificio animada por grandes ideales, puesta a dura prueba por varios sufrimientos. De carácter fuerte, tuvo que luchar con él durante toda su vida, duros combates y consiguió muchas victorias hasta lograr convertirse en una «visitandina dulcemente enérgica y apostólicamente activa». Tenía las virtudes de los grandes santos. Había nacido en Puerto Real (Cádiz), el 30 de julio de 1888, y era la cuarta de 16 hermanos. Vivió en Madrid, donde entró en el primer monasterio de la Visitación el 18 de diciembre de 1914. Hizo su profesión religiosa el 1 de junio de 1916.
Josefa María. Nació en Ferrol (Coruña), el 23 de mayo de 1881, y, debido a la profesión de su padre, que era marino, vivió en Cádiz y Málaga hasta su entrada en el monasterio de la Visitación el 15 de octubre de 1918, donde pronunció sus votos el 20 de abril de 1919. Alma humilde, no se creía capaz de grandes cosas y llegó a decir que «no tenía madera de mártir», juicio que desmintió el Señor, concediéndole la palma a sus 55 años, el 18 de noviembre de 1936. Tenía una piedad profunda, en la que destacaba su gran atracción por Jesús en la Eucaristía, devoción que desarrolló junto al Beato Manuel González, como María de los Sagrarios. Había pospuesto su entrada al monasterio, deseo que abrigaba desde su infancia, hasta el fallecimiento de sus padres, a quienes quiso cuidar como hija única entre varios varones. Su carácter dulce y alegre la hacían el encanto de todos. Tenía una gran disponibilidad, llegó incluso a ofrecerse para ir a fundar en un país de misión cuando un obispo lo pidió al primer monasterio, fundación que no se llevó a cabo, no obstante. Era abnegada, cariñosa, pero firme. Fue durante muchos años enfermera de la comunidad, cargo que desempeñó admirablemente por sus cualidades y porque tenía un gran corazón. Aunque le costó permanecer en Madrid, cuando la comunidad marchó a Navarra, aceptó la voluntad de Dios que la destinaba a dar el supremo testimonio de su amor.
José L. Gutiérrez García
Bibliografla
J. L. GUTíERREZ GARCÍA: Unidas basta la muerte. 303 págs., Edibesa, Madrid, 1998.
ORACIóN.‑ Oh Dios, que a las Beatas María Gabriela y compañeras mártires les otorgaste la gracia de padecer por el nombre de tu Hijo, concédenos propicio, por su ejemplo, que nos incorporemos fielmente a Cristo para que mostremos con las obras la fe que profesamos.