Benedicto XVI: Una mentalidad machista
ignora
Discurso al congreso internacional «Mujer y
varón, la totalidad del humanum»
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 10 febrero 2008
(ZENIT.org).- Publicamos el
discurso que dirigió Benedicto XVI este sábado a los participantes en el
congreso internacional «Mujer
y varón, la totalidad del humanum»,
celebrado en Roma del 7 al 9 de febrero para recordar los veinte años de la
publicación de la carta apostólica de Juan Pablo II «Mulieris dignitatem».
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Con mucho gusto os doy la bienvenida y os
saludo a todos vosotros, que participáis en el Congreso internacional sobre el
tema «Mujer
y varón, la totalidad del humanum»,
organizado en el XX aniversario de la publicación de la carta apostólica «Mulieris dignitatem».
Saludo al señor cardenal Stanislaw Rylko,
presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, y le doy las gracias por
haber manifestado los sentimientos comunes de los presentes. Saludo al
secretario el obispo Josef Clemens, a los miembros y colaboradores del
dicasterio. En particular, saludo a las mujeres, que son la gran mayoría de los
presentes, y que han enriquecido con su experiencia y competencia las sesiones
de trabajo del congreso.
El argumento sobre el que estáis reflexionando
es de gran actualidad: desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, el
movimiento de valorización de la mujer en las diferentes instancias de la vida
social ha suscitado innumerables reflexione y debates, y ha multiplicado muchas
iniciativas que
La relación hombre-mujer en su respectiva
especificidad, reciprocidad y complementariedad constituye, sin duda, un punto
central de la «cuestión antropológica», tan decisiva en la cultura
contemporánea. Numerosas intervenciones y documentos pontificios han tocado la
realidad emergente de la cuestión femenina. Me limito a recordar los publicados
por mi querido predecesor, Juan Pablo II, quien en junio de 1995 quiso escribir
una Carta a las mujeres, mientras que el 15 de agosto de 1988,
exactamente hace veinte años, publicó la carta apostólica «Mulieris dignitatem». Este texto sobre la vocación y la
dignidad de la mujer, de gran riqueza teológica, espiritual y cultural, inspiró
a su vez
En la «Mulieris dignitatem», Juan Pablo II quiso profundizar en
las verdades antropológicas fundamentales del hombre y de la mujer, en la
igualdad de dignidad y en la unidad de los dos, en la arraigada y profunda
diversidad entre lo masculino y lo femenino, y en su vocación a la reciprocidad
y a la complementariedad, a la colaboración y a la comunión (Cf. n. 6). Esta
unidad dual del hombre y de la mujer se basa en el fundamento de la dignidad de
toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios, quien «les creó varón y
mujer» (Génesis 1, 27), evitando tanto una uniformidad indistinta y una
igualdad estática y empobrecedora, como una diferencia abismal y conflictiva
(Cf. Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 8).
Esta unidad de los dos lleva en sí, inscrita
en los cuerpos y en las almas, la relación con el otro, el amor por el otro, la
comunión interpersonal que indica que «en la creación del hombre se da
también una cierta semejanza con la comunión divina» («Mulieris dignitatem», n. 7). Por tanto, cuando el hombre o
la mujer pretenden ser autónomos y totalmente autosuficientes, corren el riesgo
de encerrarse en una autorrealización que considera como una conquista de la
libertad la superación de todo vínculo natural, social o religioso, pero que en
realidad les reduce a una soledad opresora. Para favorecer y apoyar la
auténtica promoción de la mujer y del hombre no es posible descuidar esta
realidad.
Ciertamente se necesita una renovada
investigación antropológica que, basándose en la gran tradición cristiana,
incorpore los nuevos progresos de la ciencia y las actuales sensibilidades
culturales, contribuyendo de este modo a profundizar no sólo en la identidad
femenina, sino también en la masculina, que con frecuencia también es objeto de
reflexiones parciales e ideológicas.
Ante corrientes culturales y políticas que
tratan de eliminar, o al menos de ofuscar y confundir, las diferencias sexuales
inscritas en la naturaleza humana considerándolas como una construcción
cultural, es necesario recordar el designio de Dios que ha creado al ser humano
varón y mujer, con una unidad y al mismo tiempo una diferencia originaria y
complementaria. La naturaleza humana y la dimensión cultural se integran en un
proceso amplio y complejo que constituye la formación de la propia identidad,
en la que ambas dimensiones, la femenina y la masculina, se corresponden y
complementan.
Al inaugurar las sesiones de trabajo de
Ante fenómenos tan graves y persistentes
parece más urgente todavía el compromiso de los cristianos para que se
conviertan por doquier en promotores de una cultura que reconozca a la mujer la
dignidad que le compete, en el derecho y en la realidad concreta.
Dios encomienda al hombre y a la mujer, según
sus peculiaridades, una vocación específica y una misión en
Desde su concepción, los hijos tienen el
derecho de poder contar con un padre y una madre para que les cuiden y les
acompañen en su crecimiento. El Estado, por su parte, tiene que apoyar con
políticas sociales adecuadas todo lo que promueve la estabilidad y la unidad
del matrimonio, la dignidad y la responsabilidad de los cónyuges, su derecho y
tarea insustituible como educadores de lo hijos. Además, es necesario que se le
permita a la mujer colaborar en la construcción de la sociedad, valorando su
típico «genio femenino».
Queridos hermanos y hermanas: os doy las
gracias una vez más por vuestra visita y, deseando pleno éxito para vuestro
congreso, os aseguro un recuerdo en la oración, invocando la materna
intercesión de María para que ayude a las mujeres de nuestro tiempo a realizar
su vocación y su misión en la comunidad eclesial y civil. Con estos deseos, os
imparto a cuantos estáis aquí presentes y a vuestros seres queridos una
especial bendición apostólica.
[Traducción del original italiano realizada
por Jesús Colina