Benedicto XVI:
Orientaciones éticas y operativas
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 25 febrero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el
discurso que dirigió Benedicto XVI este lunes al recibir en audiencia a los
participantes en el congreso sobre el tema «Junto al enfermo incurable y al
moribundo: orientaciones éticas y operativas», convocado por
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Con alegría os saludo a todos los que
participáis en el congreso convocado por
La simple consideración de los títulos de las
intervenciones en el congreso permite percibir el amplio panorama de vuestra
reflexión y el interés que reviste para estos momentos, en particular en el
mundo secularizado de hoy. Tratáis de responder a los numerosos problemas
planteados cada día por el incesante progreso de las ciencias médicas, cuya
actividad recibe cada vez más el apoyo de instrumentos tecnológicos de elevado
nivel. Ante todo esto, emerge con urgencia el desafío para todos, en especial
para
Cuando se apaga una vida, ya sea en edad
avanzada, en la aurora de la existencia terrena, o en pleno florecimiento por
causas imprevistas, no hay que ver en esto un simple hecho biológico que se
agota, o una biografía que se cierra, sino más bien un nuevo nacimiento y una
existencia renovada, ofrecida por el Resucitado a quien no se ha opuesto
voluntariamente a su Amor.
Con la muerte se concluye la experiencia
terrena, pero a través de la muerte se abre también para cada uno de nosotros,
más allá del tiempo, la vida plena y definitiva. El Señor de la vida está
presente junto al enfermo como quien vive y da la vida, pues ha dicho: «Yo he
venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10,10). «Yo
soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Juan 11,
25) y «Yo le resucitaré el último día» (Juan 6, 54). En ese momento
solemne y sacro, todos los esfuerzos realizados en la esperanza cristiana para
mejorarnos a nosotros mismos y al mundo que se nos ha encomendado, purificados
por
Para la comunidad de los creyentes, este
encuentro del moribundo con
Pero la comunidad cristiana, con sus vínculos
particulares de comunión sobrenatural, no es la única que está comprometida en
acompañar y celebrar en sus miembros el misterio del dolor y de la muerte y la
aurora de la nueva vida. En realidad, toda la sociedad a través de sus
instituciones sanitarias y civiles está llamada a respetar la vida y la
dignidad del enfermo grave y del moribundo.
Aun siendo conscientes de que «no es la
ciencia la que redime al hombre» (Benedicto XVI, Spe salvi, 26), toda la sociedad y en particular los
sectores relacionados con la ciencia médica deben expresar la solidaridad del
amor, la salvaguardia y el respeto de la vida humana en todos los momentos de
su desarrollo terreno, sobre todo cuando padece una enfermedad o se encuentra
en su fase terminal.
Más en concreto, se trata de asegurar a toda
persona que lo necesite el apoyo necesario por medio de terapias e
intervenciones médicas adecuadas, administradas según los criterios de la
proporcionalidad médica, siempre teniendo en cuenta el deber moral de
suministrar (por parte del médico) y de acoger (por parte del paciente)
aquellos medios de preservación de la vida que, en la situación concreta,
resulten «ordinarios».
Por el contrario, en lo que se refiere a las
terapias consideradas arriesgadas o que puedan juzgarse prudentemente como
«extraordinarias», recurrir a ellas es moralmente lícito, aunque facultativo.
Además, es necesario asegurar siempre a cada persona los cuidados necesarios y
debidos, además del apoyo a las familias más probadas por la enfermedad de uno
de sus miembros, sobre todo si es grave o se prolonga.
Así como en el derecho laboral normalmente se
reconocen los derechos específicos de los familiares en el momento de un
nacimiento, del mismo modo y especialmente en ciertas circunstancias deberían
reconocerse unos derechos parecidos a los familiares próximos en el momento de
la enfermedad terminal de su allegado. Una sociedad solidaria y humanitaria no
puede dejar de tener en cuenta las difíciles condiciones de las familias que,
en ocasiones durante largos períodos, tienen que cargar con el peso de la
asistencia a domicilio de enfermos graves no autosuficientes. Un mayor respeto
de la vida humana individual pasa inevitablemente por la solidaridad concreta
de todos y cada uno, constituyendo uno de los desafíos más urgentes de nuestro
tiempo.
Como he recordado en la encíclica Spe salvi, «la grandeza de la humanidad está
determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que
sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una
sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir
mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado
también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (n. 38).
En una sociedad compleja, fuertemente
influenciada por las dinámicas de la productividad y por las exigencias de la
economía, las personas frágiles y las familias más pobres corren el riesgo, en
los momentos dificultad económica y/o de enfermedad, de quedar atropelladas. En
las grandes ciudades hay cada vez más personas ancianas y solas, incluso en los
momentos de enfermedad grave y de cercanía a la muerte. En estas situaciones,
se hacen agudas las presiones de la eutanasia, sobre todo cuando se insinúa una
visión utilitarista en relación con la persona. Aprovecho esta oportunidad para
recordar, una vez más, la firme y constante condena ética de toda forma de
eutanasia directa, según la enseñanza tradicional de
El esfuerzo, uniendo sinergias, de la sociedad
civil y de la comunidad de los creyentes debe orientarse a que todos puedan no
sólo vivir con dignidad y responsablemente, sino también atravesar el momento
de la prueba y de la muerte en la mejor condición de fraternidad y solidaridad,
incluso cuando la muerte se da en una familia pobre o en el lecho de un
hospital.
La sociedad, por su parte, debe asegurar el
debido apoyo a las familias que quieren atender en casa, durante largos
períodos, a enfermos afligidos por patologías degenerativas (tumorales o
neurodegenerativas, etc.) o necesitados de una asistencia particularmente
comprometedora. De manera especial, se necesita el compromiso de todas las
fuerzas vivas y responsables de la sociedad con esas instituciones de asistencia
específica que necesitan un personal numeroso y especializado así como equipos
particularmente caros. Las sinergias entre
Deseando que en este congreso internacional,
celebrado en concomitancia con el Jubileo de las apariciones de Lourdes, se
puedan encontrar nuevas propuestas para aliviar la situación de quienes tiene
que afrontar formas terminales de enfermedad, os exhorto a continuar con
vuestro benemérito compromiso al servicio de la vida en cada una de sus fases.
Con estos sentimientos, os aseguro mi oración en apoyo a vuestro trabajo y os
acompaño con una bendición apostólica especial.
[Traducción del original italiano realizada
por Jesús Colina