El
beso del sapo
Miguel
Aranguren | miguelaranguren.com
Walt
Disney es una compañía con fuerza para cambiar la tradición, que es
el cobijo de los cuentos que pasan a la historia de la cultura popular.
“Los tres cerditos” dejaron buena parte de su sabiduría por los
recortes que exigió el guión de aquel corto que se llevó un Oscar.
Nadie puede pensar hoy en los cochinillos anónimos sin las vestimentas
con las que les disfrazaron los mercachifles de los estudios
californianos. No fueron los únicos: “La sirenita” perdió buena
parte de la melancolía propia de las criaturas marinas al ponerse dos
caracolas a modo de bikini y enamorarse de un príncipe que parecía
anunciar dentífrico. Exigencias del guión, claro, como a exigencias
del guión se debe la pérdida de la inocencia de algunos de los
personajes del nuevo largo de la factoría, “Tiana y el sapo”.
Tenemos
a otro príncipe, asalta alcobas, que no esconde sus pulsiones por el
sexo opuesto, y a la protagonista, una niña negra de Nueva Orleáns,
que pega unos besos de aquí no te menees, “besos de amor y en la
boca”, como los catalogó mi hija en la sala de proyección, capaces
de dejar sin aire al más pintado.
Tengo claro que Disney no se escapa al sino de los tiempos. Factura sus
largometrajes con el propósito de gustar al mayor número de personas,
papás y mamás incluidos, aunque echo en falta un poco más de intuición
para llegar a quienes de verdad le importan, los niños, que son su público
objetivo, aquel que después solicita con frenesí todos los cachivaches
del merchandising que acompaña a cada película (y que me empuja a
odiarlas, por empacho).
Entretener,
divertir, hacer reír o provocar las lágrimas de un niño es mucho más
complicado de lo que pudiera parecer. Son un público pequeño pero
exigente. Quiero decir que tienen claro que los besos de los monigotes
de “Tiana y el sapo” les provocan una risa despectiva, como si sus héroes
de pronto cayesen en las debilidades de esos adultos a los que tantas
veces no comprenden
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