El buen libro: un buen comunicador

Christian Viña

   

Hoy por hoy, la palabra comunicador –casi como sucede con amor-, en ciertos ambientes, prácticamente equivale a cualquier cosa.

 

Si un galancito de televisión apela a cualquier grosería para hacer rating, se dice que es un “comunicador frontal, que llega a todo el mundo”. Si se trata de un político cínico, al que sólo le importa robar y que los demás crean que lo hace para el pueblo, se afirma que es un comunicador nato. Hasta de una madre joven, que agota el repertorio de malas palabras y vulgaridades en la "educación" de sus hijos, se dice que es buena comunicadora  y “adaptada a los tiempos, porque así la entienden".

 

Fenómeno curiosísimo de esta hipermodernidad,  como suelen llamar algunos investigadores a estos primeros días del tercer milenio: estamos rodeados y saturados de medios de comunicación y, paradójicamente, cada vez más incomunicados.

 

Los chicos pueden pasarse horas y horas del día chateando y mandándose mensajitos de texto con sus celulares; pero casi entre ellos ni se hablan. Los nombres propios de varones y mujeres prácticamente han desaparecido de las conversaciones. Ahora parece que en las pilas de la irrespetuosidad, todos somos bautizados con una "b”   inicial... Y lo peor es que no pocos, jóvenes y adultos, lo justifican diciendo que "es la forma cariñosa de llamarnos. Lo hacemos sin maldad."

 

Que un  adolescente no maneje más que doscientas palabras no parece  inquietar a muchos ni le quita el sueño a casi nadie. ¡Claro! Así son rehenes fáciles de cualquier asesino de ilusiones. ¡Sí, de ilusiones! Porque sin lectura, sin buenos libros, sin una sana expresión -que sólo es fruto del esfuerzo y de las buenas páginas-,   ¿podemos hablar de convivencia social? Estoy convencido de que buena parte de la violencia desenfrenada que vivimos como sociedad, se nutre del descontrol en nuestro vocabulario. Si nuestras palabras son agresivas y prepotentes, ¿hay motivos para pretender que nuestros actos no lo sean?  Pero, claro, ¿quién se anima a denunciarlo y, mucho más, a corregirlo?

 

En mi niñez, padres, sacerdotes y maestros debían limitarnos las horas de juego. Hoy muchísimos niños y adolescentes ya no juegan ni hacen deportes, su único juego, casi ritual, parece ser formarse en rondas, con celular en mano, para jugar a matarse o a comerse monstruitos o entrar en páginas despreciables de internet.

 

“¡Pero internet, bien usada, es muy buena!”, me replicó una Mamá, en una Parroquia. “¡Me lo va a decir a mí -le retruqué- que me paso horas conectado para evangelizar con los correos electrónicos, contactarme con los más alejados de la Iglesia e, incluso, buscar valiosísimo material de estudio”. El tema es cómo se usa al medio: en el ciberespacio encuentro, al momento, las palabras del Papa en el  Ángelus,  o el último documento sobre bioética. Pero, ciertamente, la inmensa mayoría de los adolescentes y adultos no suelen bajar esos materiales.

 

“El problema fue que nosotros -me decía una cincuentona- tuvimos una educación memorística y hoy no nos acordamos de nada”. “Pudo haber errores -reconocí- Pero, ¿acaso usted no recuerda de memoria las oraciones que le enseñó su abuelita, o las poesías que aprendió en tercer grado; o aquellas fórmulas que, por haberlas repetido hasta el cansancio, le dieron pie para poder comprenderlas? ¿Tanto trauma  le produjeron los versículos que aprendió de memoria, de la Biblia? ¿Se puso a pensar cuantos  confesores de la fe y mártires de la Iglesia, a lo largo de estos veinte siglos, sobrevivieron a sus inmundas e inhumanas cárceles a fuerza de recordar, de memoria, oraciones y pasajes enteros de la Escritura y de buenos libros? ¿O usted no sabe que el propio Cardenal Van Thuan, fallecido en olor de santidad, en 2002, pudo sobrevivir a 13 años de cárcel comunista en Vietnam, porque sabía de memoria la Misa -que celebraba sobre su colchón, en posición fetal- y un montón de pasajes evangélicos y textos patrísticos y de grandes santos?”

 

Nuestra tradicional tendencia a pendular entre los extremos, hizo que prácticamente los buenos libros desapareciesen de la enseñanza formal. Con 32 años de periodista, y  la mitad de ellos también de docente y escritor, puedo asegurar que la fragmentaria cultura de las fotocopias, y más recientemente, el vídeo y el power point, han relegado prácticamente al museo a los buenos libros. ¡Muchos colegios hoy ya no tienen biblioteca y hasta llegan a poner como excusa razones presupuestarias!

 

Soy enemigo por naturaleza de encontrar adversarios donde no tiene por qué haberlos. O donde, si los hay, se presentan como irreconciliables. En otras palabras: hacer uso de los medios nuevos, no significa descartar totalmente los tradicionales, que durante siglos mostraron su salud y esplendor. Hoy no se trata de acercar a los chicos las nuevas tecnologías, ellas mismas los invadieron. Hoy, como ayer, hay que enseñarles a pensar  y a ser verdaderamente libres. Para ellos, el buen libro es irremplazable.

 

El buen libro es buen comunicador porque genera comunión. Y de ella todos tenemos necesidad; hasta los más renegados y apóstatas.

 

El buen libro es buen comunicador porque nos termina reconociendo como personas. Y porque nos habla de otra persona genial a la que le fue dado  talento para escribirlo.

 

El buen libro es buen comunicador, porque nos entrega totalmente a su autor y su obra; y, sobre todo, está ávido de nuestra respuesta inteligente y plena.

 

El buen libro es buen comunicador porque nunca juega a las escondidas. Lo escrito, escrito está y, por lo tanto, no se puede dar marcha atrás.

 

El buen libro es buen comunicador porque nos habla con lo que dice y, por supuesto, con lo que no dice.

 

El buen libro es buen comunicador porque nunca cierra puertas, siempre abre caminos.

 

El buen libro es buen comunicador porque habla del amor y el sufrimiento de su autor. Y nada hay más humano y comunicable que ellos.

 

El buen libro es buen comunicador porque ama a sus lectores y sufre con ellos. Es muy fácil reconocer en algunas páginas las lágrimas que las bañaron…

 

El buen libro es buen comunicador porque alimenta la sed de lo eterno. Y porque ante lo inevitablemente bello, seguimos aguardando la suma belleza.

 

El buen libro es buen comunicador porque lo bueno de todas las épocas lo recrea magistralmente. Y lo malo de todos los tiempos lo derrite, pacientemente, con impar pudor.

 

El buen libro es buen comunicador porque rompe las barreras generacionales y conmueve, indistintamente, a nietos y abuelos.

 

El buen libro es buen comunicador  porque jamás cae en la apología de lo inmundo; y porque, aun entre la basura, descubre tiernos brotes de Esperanza.

 

El buen libro es buen comunicador, en definitiva, porque sus buenos autores jamás buscaron el enriquecimiento fácil ni la fama mediática. Y porque, aun con sus bolsillos extenuados y sus propias almas hecha jirones, tuvieron la hidalguía de no vender su alma al diablo.

 

Bien se ha dicho que la mayor necesidad de este tiempo es de buenos poetas, escritores y filósofos.