Cada
hombre, ¿es persona?
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
En debates sobre el aborto, la eutanasia, la
medicina, la bioética, los “derechos de los animales”, algunos
defienden que existe una diferencia entre dos conceptos: “hombre” y
“persona”.
En
otras palabras, según algunos autores, no todo ser humano, no todo
miembro de nuestra especie, es persona. A la vez, podría ser que
existan “personas” que no sean seres humanos (por ejemplo, algunas
especies de orangutanes, o extraterrestres dotados de inteligencia).
Vamos a
concretar esto con el ejemplo de dos profesores que enseñan bioética.
El primero se llama Hugo Tristram Engelhardt, profesor de filosofía en
la Rice University de Houston (Texas). Según Engelhardt, es posible
establecer una escala para clasificar a los seres humanos según sean más
o menos personas. ¿Cómo? Distinguiendo cinco niveles de
“personeidad” (o de lejanía de la condición personal) entre los
hombres.
Estos
cinco niveles son los siguientes:
-Persona
1: cualquier agente moral, es decir, un individuo (humano o no humano)
capaz de entender y de tomar decisiones morales, de establecer acuerdos
o contratos, etc.
-Persona
2: atribución que reciben algunos (niños pequeños, por ejemplo) de
cierta condición personal, de ciertos derechos, según un acuerdo
establecido por las personas tipo 1, pero sin llegar a la plenitud
propia del grupo anterior.
-Persona
3: individuos que reciben un cierto reconocimiento como “personas”
porque lo fueron en el pasado, pero ya no lo son. Un ejemplo sería
un familiar que ha sido persona 1 y que ahora sufre diversas formas de
demencia.
-Persona
4: aquel que recibe un reconocimiento social sin que nunca haya sido
persona 1 y sin poder desarrollarse jamás como persona 1. Este es el
caso de niños y adultos que han nacido con formas graves de incapacidad
mental y sin posibilidad de curación.
-Persona
5: individuos que reciben un cierto reconocimiento o respeto, pero que
se encuentran totalmente imposibilitados a dar muestras de relación con
quienes se encuentran a su lado. Un enfermo en estado vegetativo
persistente sería “persona 5”.
Está
claro que en esta clasificación son plenamente personas sólo los
individuos del primer grupo (“persona 1). Los demás, en cambio, serán
más o menos apreciados, más o menos reconocidos como personas, según
las opciones y la mentalidad de quienes viven a su lado, o de la
sociedad con sus leyes y principios.
¿Qué
ocurre cuando un grupo social no ve necesario proteger la vida de
quienes son “personas 2-5"? En tal caso, según Engelhardt, sería
probable que se llegue a opciones como las del aborto, el infanticidio o
la eutanasia no voluntaria (no pedida por el enfermo, sino por sus
familiares). El Estado, sigue Engelhardt, no debería intervenir a favor
de la vida de estos seres humanos (que son “personas” en un sentido
muy frágil, pues dependen en todo del reconocimiento de los demás).
Igualmente, si una “persona 1" pide, por ejemplo, un “suicidio
asistido” (da permiso para que le eliminen), se encuentra plenamente
en su derecho de recibir tal “asistencia”, pues puede disponer
libremente de su vida y de su muerte. Lo único que debería prohibirse
siempre en la vida social es cometer cualquier forma de violencia física
contra la voluntad expresa de las “personas 1".
De un
modo semejante a Engelhardt, pero desde un planteamiento muy diferente,
encontramos las propuestas de Peter Singer. Este autor, nacido en
Australia, es actualmente profesor de bioética en la Princeton
University (New Jersey, Estados Unidos).
En una
de sus obras más famosas, Repensar la vida y la muerte, Singer
defiende que es necesario abolir la distinción “discriminatoria”
entre hombres y animales. Tal abolición sería posible a partir de un
criterio “objetivo”: el nivel de conciencia y de relacionalidad que
descubrimos en alguien (animal o ser humano) que se presente delante de
nosotros.
Para
Singer ser persona significa poseer ciertas características, por
ejemplo, racionalidad y autoconciencia, o manifestar deseos de seguir
viviendo y de realizar proyectos en el futuro. Tales características se
dan en algunos animales no humanos (como ciertos orangutanes), y no se
dan en algunos seres humanos (un embrión, un niño recién nacido, un
enfermo en estado de coma cerebral).
El
comportamiento humano debería asumir esta distinción, de forma que
pueda ser más grave eliminar a ciertos orangutanes (que serían más
“personas”) que no a algunos enfermos humanos que se encuentran en
unidades de reanimación y que no son mínimamente “personas”...
Engelhardt
y Singer son dos modelos de una mentalidad que, si bien no llega a los
extremos de estos autores, se va difundiendo poco a poco en diversos países
del mundo, especialmente entre los países de cultura occidental. La
admisión del aborto (primero tolerado, luego legalizado) ha significado
el primer paso, pues el aborto implica reconocer que algunos seres
humanos (los no nacidos) merecen menos respeto y protección que otros
seres humanos (los sí nacidos, y con un cierto nivel de salud y
autosuficiencia). La eutanasia, presente ya en Bélgica, Holanda y
Oregon (Estados Unidos), es el siguiente paso: los médicos pueden
acabar con la vida de algunos seres humanos que han perdido (por pedirlo
ellos, por pedirlo otros) la condición de seres dignos de un respeto
inviolable de la propia vida.
Estos
errores sobre el valor personal de cada vida humana son el resultado de
algunos modos de actuar que violan la dignidad humana. Superarlos será
posible desde ideas y comportamientos que recuperen el valor (personal)
de cada existencia humana.
Ya
otras veces, en el pasado, fue posible destruir mentalidades
discriminatorias que provocaron infinidad de dolor y de crímenes
inhumanos. Cuando se reconoció que todo esclavo, por ser hombre, era
también persona (alguien digno de respeto), se dio un paso fundamental
para eliminar la esclavitud en el mundo.
Ahora
estamos llamados a redescubrir, desde la biología y la filosofía, que
todo ser humano, desde el inicio de su concepción hasta su muerte
natural, goza de la misma dignidad, es persona por pertenecer a nuestra
familia humana. Podemos llegar a esta convicción desde la ciencia y
desde la vida cotidiana, cuando defendemos la vida de los no nacidos o
de los enfermos terminales, y cuando les damos, a ellos y a quienes están
a su lado, aquella asistencia y aquel amor que merecen simplemente por
ser lo que son: personas siempre dignas de respeto
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