CAPÍTULO II
Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia (Mt 26, 37).
Del Tabor a Getsemaní
1. Jesús se adentró en el huerto para dedicarse a la oración en compañía de sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. Así lo relatan expresamente san Mateo y san Marcos. Los otros ocho -de acuerdo con el consejo de Jesús se sentaron cerca de la puerta que permitía el acceso a la finca y vieron alejarse al pequeño grupo. Bien sabían los que se quedaban que no era la primera vez que el Maestro llamaba a aquellos tres discípulos y se apartaba con ellos: probablemente, en esas ocasiones, cobraría más fuerza en cada uno aquel primer «sígueme» que cambió su existencia. Cuando el Maestro se dirigía a los tres en esos términos, los demás comprobaban después que algo importante había sucedido o iba a ocurrir. Sólo con este detalle recurrente en las andanzas de Jesús tendrían que haber afinado las facultades de su corazón, porque saltaba a los ojos que algo grande se avecinaba; aparte de que las premisas del cenáculo encerraban, en este sentido, una elocuencia diáfana. En Getsemaní, estos ocho permanecen como a distancia, sentados a la entrada del huerto. Probablemente intentaron orar, conforme al consejo del Maestro (cfr. Lc 22, 39), pero finalmente también se durmieron (cfr. Lc 22, 45).
En los relatos de Mateo y Marcos las dramáticas idas y venidas de Jesús en el huerto -de los apóstoles a la oración y de la oración a los apóstoles- expresan casi siempre relación al pequeño grupo de Simón y los hijos de Zebedeo, que habían sido de manera tan excepcional testigos de las grandezas de Dios y ahora lo van a ser de su congoja y de su humillación. Los otros ocho quedan, en efecto, en el trasfondo. Orígenes pone en boca de Jesús estas palabras dirigidas a los tres apóstoles mientras se adentran entre los olivos: «A los otros discípulos, más débiles, les he mandado que se sienten allá; pero a vosotros, más fuertes, os he traído para que colaboréis conmigo en las vigilias y en las oraciones.» 1
La escena de Getsemaní parece narrada por san Mateo y san Marcos en intencionado paralelismo con la teofanía del Tabor. Allí, en el monte, los tres discípulos habían contemplado, como en éxtasis, la gloria de Jesús: resplandecía el rostro del Maestro mientras la voz del Padre señala al Hijo amadísimo -¡Escuchadle!- y Moisés y Elías le acompañan y conversan con Él. Qué bien estamos aquí... Hagamos tres tiendas... Acá, en el huerto, esos mismos discípulos apreciarán no la gloria sino la agonía de Jesús, no la compañía y el calor humano sino la soledad (en la que ellos mismos le dejaron), no la luz y el resplandor de su rostro sino el miedo en sus ojos y aquel sudor de sangre que bajaba de sus sienes. No oyeron la voz del Padre sino el gemido y el llanto del Hijo. Ante ellos y junto a ellos, Jesús, precisan los evangelistas, empezó a entristecerse, a afligirse y a sentir angustia. Él mismo les confiaba así la espantosa agonía de su alma. Un escritor sagrado apunta la razón teológica: «Llevó consigo solamente a los tres discípulos que habían contemplado su gloria en el monte Tabor, para qué quienes vieron su poder vean también su tristeza y descubran que era verdadero hombre en esa misma tristeza. Y porque había tomado toda la humanidad, tomó las propiedades del hombre: el temor, la angustia, la natural tristeza; pues es lógico que los hombres vayan a la muerte contra su voluntad. »2 En Getsemaní, Cristo vive anticipadamente todo el proceso de la Pasión y de la Cruz, con un sufrimiento indecible; pero el misterio de Getsemaní radica en que allí Cristo, ante sus discípulos, en la manera de anticipar ese dolor nos reveló su «debilidad» y, en ese paradójico sentido, la perfección de su humanidad. Con qué ternura deberían haber reaccionado los apóstoles, que habían sido testigos de las grandezas de Dios, ante aquellos dolores y angustias.
Pero todos -los tres, aquí; allá, más lejos, los ocho- declinaron las exigencias del amor y de la compasión y se desentendieron pronto de la invitación recibida, aunque el Cielo habría salido a su encuentro si hubiesen hecho un mínimo esfuerzo. El Señor, en su bondad infinita, respetuoso de la libertad, les ofreció suficientes pormenores significativos, para que advirtieran que se acercaba un momento irrepetible. Al mismo tiempo confirmó con su comportamiento que sembraba a manos llenas su gracia, con el deseo de que cada uno respondiera libérrimamente según sus posibilidades. Nunca pide más de lo que poseemos, de lo que estamos en condiciones de entregar, aunque -como buen amante- quiere ese poco, del todo.
Tristeza de Cristo
2. Sintió miedo y congoja el que venció a los elementos de la naturaleza desatados con violencia, a los poderes de la tierra, a las enfermedades incurables, a la muerte. Se entristeció el Señor -explica san Jerónimo-, no por miedo al sufrimiento, pues para esto había venido a la tierra, sino por la suerte del infeliz Judas, por el escándalo de los apóstoles, por el rechazo del pueblo judío, por la futura destrucción de Jerusalén.3 Jesucristo estaba desoladamente triste, porque era muy grande la hondura y la intensidad del mal que la humanidad había cometido: una humanidad que ha recibido tantos bienes, empezando por la misma vida, pero prefirió apartarse de su bienhechor. Estaba apenado porque, habiéndonos concedido la capacidad de distinguir y de elegir, hemos optado por el mal: el descamino, el desprecio del amor. Como Hombre-Dios perfecto, entendía y abarcaba la magnitud inmensa del pecado, de la ofensa a Dios. Y Él, que es la sólida alegría infinita, sufrió una pena total: una tristeza de amor. Difícilmente los hombres pueden paliar la angustia del perfectus Homo, entre otras cosas, porque no necesita de las fuerzas de sus hermanos, aunque procuremos aportar el consuelo a nuestro alcance. Se quedó a solas con su aflicción. Deseaba encontrar una chispa de solidaridad, a pesar de que su amor superaba con creces la capacidad de nuestros corazones, y no halló respuesta; ni tan siquiera la palabra o el gesto de comunicarle: si yo pudiera, si nosotros pudiéramos... Hasta esa pequeñez le negaron los hombres.
También hoy tenemos que alzar sinceramente la voz al Cielo, para suplicar al Padre que nos cambie el corazón de piedra, como sugiere la Escritura, por un corazón de carne (efr. Ez 11, 19). Roguemos que sea de carne limpia porque, si no, Cristo no sabe qué hacer con un corazón mundanamente carnal. Tristeza de Jesucristo, porque el hombre no se detiene ni unos segundos en el Amor.
Razonando tan sólo a lo humano, se comprende el dolor de Jesús: movido por su compasión divina había lanzado un cabo de seguridad a los suyos, la misma red que hoy nos protege a cada uno, a todos, pero no nos mostramos capaces de considerar ese interés suyo. Apena muy de veras tanta negligencia de entonces y de ahora. ¡Qué humano es Jesús! Y es que el Hijo eterno de Dios se ha hecho verdaderamente hombre, Hombre perfecto.
Miedo y congoja
3. Empezó a entristecerse y angustiarse, a atemorizarse y acongojarse. Las palabras de los evangelistas comunican netamente el peso de la situación. Con su estilo parco, no dudan en transmitir -inspirados por el Paráclito- lo que sucedió en esos momentos. En términos escuetos describen el drama terrible de Jesucristo en el huerto. En cuanto Dios, es inmutable y no caben en su naturaleza divina esos cambios de ánimo, que hablan de una manifestación tremenda del dolor en Jesucristo Hombre.
Nunca pagaremos con la debida gratitud a la Trinidad Santísima el divino misterio de la Encarnación, y la totalidad con que nuestra condición humana es asumida por el Verbo. Cristo experimentó esos cambios por ser hombre y con la lógica de su perfección humana. Muy difícil es que nosotros, sus hermanos, nos percatemos de la zozobra del Redentor ante el cáliz que se le ofrecía.
Para lavar la terrible y despreciable inmundicia de los hombres, los planes divinos pasaron por el suplicio incomparable de la Cruz. No puede existir una criatura que no se estremezca ante semejante panorama de dolor y de expiación; y Jesucristo, precisamente por ser perfectus Homo y tener una exquisita sensibilidad espiritual y humana, acusó con mayor intensidad ese ataque tan agresivo, inicuo y desolador.4 Él sabía que iba a ser abandonado por todos, y esto entrañaba un peso durísimo: la amargura de la soledad y de la indiferencia; pero conocía que, además, iba a dejar de experimentar su indisoluble unión con el Padre, porque expiar los pecados más abyectos traía consigo ese sentimiento de lejanía para soportar y superar la separación radical del Cielo que la humanidad había provocado. Conviene al cristiano valorar en su meditación la tristeza de Jesús en aquellas horas nocturnas, sobre la roca de Getsemaní. Así podremos adquirir conciencia de que el Señor acude a la cita magna de la Pasión y de la Cruz, con el asentimiento voluntario, total, de su Alma y de su Cuerpo, y va a solas. Entendemos así, de modo bien patente, que la oración personal debe informar el obrar del cristiano. Horas más tarde, en el juicio embustero y amañado, en los salivazos, en las bofetadas y las burlas, en la flagelación y en la coronación de espinas, en los pasos vacilantes y llenos de esfuerzo con el madero a cuestas, asido luego por los clavos, desde lo alto de la Cruz, repetirá nueva y gozosamente con amor al Padre, en el Espíritu: non mea voluntas, sed tua fíat! (Lc 22, 42).
Pero ya entonces, durante las horas de Getsemaní, «en su Alma siente ya, anticipadamente los padecimientos de la Pasión: los insultos, los salivazos, los azotes, las espinas, los Clavos.... y aquella lanzada que desgarrará su corazón exánime. Sufre también porque su divina omnipotencia queda como atada y sujeta -hasta eso llega el amor de Dios- a nuestra miseria humana, y se ve zarandeada a empellones y escarnecida por las bofetadas».5
Ante los desmanes de la humanidad
4. Muchas veces, en el trato con los demás, somos testigos de la tristeza y angustia de personas que sufren ante situaciones difíciles de su familia. Es tan común que se han acuñado frases, en todos los idiomas, para expresar o resumir esas reacciones: «Vi su cara de tristeza y no se me olvidará nunca.» «Se leía la tristeza en los ojos, en el hablar, en el hacer.» «Desde que le sucedió, el pobre no levanta cabeza... » Ese trauma, que compartimos en aras de la solidaridad o de la caridad, está relacionado con el amor sincero a los seres queridos.
Desde la perspectiva del desgarro por nuestra profunda enfermedad espiritual nos explicamos mejor el comportamiento de Jesucristo ante nuestra caída. Eligieron nuestros primeros padres el mal, aunque se encontraban felices, rodeados del amor de Dios y gozando de sus dones -sobrenaturales y preternaturales-, poseyendo pacíficamente los bienes de este mundo. El hombre ha llegado a esa depauperación porque la ha querido libremente -lamentablemente, sería expresión más atinada-, con un uso torcido de la libertad. Nuestros primeros padres tocaban la felicidad con sus manos y la malbarataron y la arrojaron muy lejos, colocándose a una distancia de Dios incolmable ya para la criatura.
No nos movemos las mujeres y los hombres de hoy con mayor cordura. Por desgracia, seguimos asumiendo esa postura tantas veces con un mimetismo sin razón. A pesar de nuestros descalabros, Jesucristo nos ha recuperado a la Vida, nos concede su gracia para que la hagamos fructificar, e inexplicablemente continuamos reaccionando con inconsciencia: escogemos el descamino, los desvaríos; con una actitud de desprecio hacia el bien, hacia el mismo Dios. Resulta muy comprensible la tristeza y la angustia de Jesucristo ante nuestra insensatez y falta de lógica. Se podría decir que este irracional comportamiento ofrece, por contraste, un motivo de credibilidad en la infinitud del Amor y en la Misericordia de Dios Padre, porque -comprobada nuestra tozuda aversión al bien- debería concluir con la más lineal de las deducciones: si los que han sido creados para ser míos, participando del amor que me une a mi Hijo muy amado, se empeñan en apartarse de mí, los abandono a su triste destino. Pero no quiso ni quiere proceder así.
La tristeza y el agobio de Cristo muestran hasta la saturación en qué grado se interesa por todos los detalles de nuestra vida personal. Se explica también esa gran congoja del Redentor en Getsemaní por la fina percepción de la realidad a la que llegaba con su nobilísimo entendimiento humano: no existe justificación en el embrutecimiento voluntario de sus hermanos y, aunque Él todo lo suplió, su Corazón dilatado de Amor padecía más y más por nuestra patológica elección del mal, como si fuéramos alérgicos a la manifestación de la Bondad. Contempló cómo dilapidábamos los incomparables tesoros del Cielo, y nada más razonable que le doliera hondamente tanta inconsciencia.
Apliquemos la inteligencia sinceramente para intentar hacernos cargo del desconsuelo del Señor en aquellas horas. Cuando hemos sido testigos del destrozo de vidas físicas, de bienes terrenos o de obras de arte, hemos tratado de evitar esos atropellos, si estaba a nuestro alcance, con una cierta indignación y pena. Si no lo hemos logrado, hemos lamentado estupefactos ese pobre espectáculo. Sin rencor, con el perdón cristiano por adelantado, basta volver los ojos a las destrucciones que han asolado el planeta durante el siglo xx. Aunque se trate de sucesos pasados, nos produce gran congoja la maldad de que somos protagonistas los hombres. En no pocas ocasiones, esos desmanes nos dejan hasta un poso de agobio permanente.
Con todo su relieve se presentaron ante Jesús las atrocidades brutales de la humanidad, que resultaban inconcebibles a su naturaleza perfecta: se entristeció por el dolor que le esperaba, pero no es atrevido sostener que -en su inteligencia y en su delicadeza- nuestras ingratitudes, activas y pasivas, le pesaron más que el sufrimiento físico, siendo este, como fue, un tormento aterrador. Si todo lo hizo bien (cfr. Mc 7, 37), ¡qué expresivos y elocuentes debieron de ser, para aquellos discípulos, su tristeza y su desasosiego externos e internos! Lo sintetiza muy precisamente la imagen del profeta, recogida en el canto de adoración a la Cruz el Viernes Santo: pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he contristado?6 Te he dado todo mi ser -repite sin cesar a cada uno- ¡y cómo me has tratado!, ¡cómo me tratas!
La soledad de Jesús
5. Es impresionante esta situación anímica de Nuestro Señor Jesucristo en esos momentos sublimes en que se adentra en su Pasión y Muerte, que Él mismo llamaría «tristeza»: me muero de tristeza, confiará a los discípulos un poco después. Oigamos cómo santo Tomás de Aquino lo comenta, hablando de por qué fue «máximo» el dolor de Cristo en la Pasión, tanto el «dolor sensible», que provenía de la extrema crueldad de su martirio hasta la muerte en la Cruz, como el «dolor interior», que se llama tristeza, y que proviene ex apprehensione alicuius nocivi, es decir, de la captación por el alma del mal o de los males que se le infieren. ¿Cuáles fueron las causas de ese extremado «dolor interior», de esa desolación y amargura que hizo que la tristeza de Cristo y su agonía fueran máximas? Precisa el Santo Doctor: ante todo, «el cúmulo de los pecados del género humano, por los que se entregaba al sufrimiento»; en segundo lugar, el caso especial de las personas que de modo directo pecarían con su intervención directa en la Pasión y Muerte -el traidor, los jefes de los sacerdotes, Pilatos, etc.- y entre éstos, principalmente -agrega santo Tomás-, los discípulos, «que se escandalizarían de Él en la Pasión »; solo en tercer lugar - pero con toda su fuerza- señala Tomás como causa de la tristeza el saber que iba a perder la vida corporal en aquella jornada, lo cual –agrega- « naturaliter est horribilis humanæ naturæ ».7
A este horror natural de la muerte se agregó, en efecto, la tristeza del Amigo traicionado por el amigo y del Maestro abandonado por sus discípulos, junto a la profunda contrición de Jesús por los pecados, los odios y crímenes de esta humanidad de la que había sido constituido representante y cabeza. Dolor inmenso con una causa bien precisa: Jesús sufre por los pecados de todos y cada uno de los hombres, como expresó en su propia vivencia el apóstol san Pablo: dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Ga 2, 20): me amó y se entregó por mí. Todo el decurso de su Pasión y Muerte, en cuanto motivadas por el pecado del mundo, fue el «malum interius apprehensum, sive per rationem sive per imaginationem».8.Ése fue el mal, el horror que tanto la razón como la imaginación presentaban a Jesús en la oración del huerto y que le llevó a aquella inmensa tristeza.
Se puede apreciar, como afirmaba san Josemaría Escrivá, que, al contemplarle en medio de esa angustia dolorosa, de esa congoja sin consuelo humano, se le ve más Dios, se nos hace más fácil adentrarnos -con agradecimiento- en el misterio de la unión hipostática, porque sólo un Hombre que es Dios puede soportar tamaña carga. Sus reacciones ante los diversos estímulos, siendo humanas, fueron divinas; en su raíz no se diferenciaban de las que brotan de los hombres y mujeres de todos los tiempos, aunque fueran de calidad tan distinta.
El Maestro sufría ante la obstinación contumaz de sus criaturas. Le conturbaba esa especie de suicidio colectivo e individual de la humanidad. Un irracional empecinamiento lleva a preferir el salto en el vacío de un goce o conquista que no perdura a la posibilidad del triunfo para siempre, para siempre, para siempre,9 que trae consigo el pregustar aquí abajo, como anticipo, un júbilo que lo mundano no proporciona.
Jesucristo se acongojaba porque se antoja a los hombres dejarse morir, de modo semejante a algunos enfermos, que no se esfuerzan en luchar contra su dolencia o contra el agotamiento. Se hallan como en un túnel en el que no ven la luz ni el término. Rechazan la medicación y los cuidados que les instan a no despreciar la curación.
Duro debió de ser para la inteligencia perfecta del Redentor el desatino de sus hermanos. Se entristecía por la afrenta a Dios que cometemos y por la ceguera de mente y de corazón que nos embarga. Podía haber ido directamente a la Cruz, para consumar el Sacrificio supremo de nuestra salvación. Pero no quiso ahorrarse las horas que preceden al suplicio, para mostrar también así que el camino santo de la expiación y de la penitencia no se concreta sólo en actos grandiosos.
Si se anhela llegar a la inmolación grata a Dios del propio yo es preciso tejer la propia vida con los hilos de una abnegación diaria que, por quedarse entre el Señor y el alma, se convierte en malla robusta y prepara a la criatura para afrontar grandes pruebas. No debería el cristiano quejarse de la soledad de la tribulación o de la Cruz, porque Él nos ha enseñado -con su actitud- que es necesario vivir cara a Dios; y que no se justifican las quejas, pues Jesús, en Getsemaní y en el Calvario, está al lado del hombre, ofreciéndole la posibilidad de amar más, entregando alma y cuerpo, ilusiones y deseos, todo el ser. El único que permaneció solo con su dolor -con su dolor santo- fue el Redentor.
A la hora de la aflicción, los apóstoles -sus íntimos- no toman parte, ni siquiera como comparsas, de esa memorable escena. Jesucristo no tuvo, ni físicamente, hacia dónde volver la cabeza: sólo su Madre y aquel grupo de mujeres, con un adolescente, le comprendieron; por lo demás se quedó acompañado de su santa soledad. Con qué evidencia manifestó que no hemos de buscar agradecimientos en la tierra. La criatura debe apoyarse sólo en Dios, sin olvidar que la caridad -como Él espera de los suyos- se concreta en ayudar a los otros a cargar con su Cruz, y en dejar que le echen una mano para llevar la propia. La tristeza y el agobio de Jesús eran oración y amor al Padre, y oración y amor por cada una de las criaturas. ¡Bendita angustia de Jesucristo que reveló cuánto ama a las almas el Dios uno y Tino!
Adentrarse en la tristeza de Cristo
6. El corazón rebosa de agradecimiento cuando se detiene en esta generosidad del Dios hecho Hombre, que respondió con nuestras mismas reacciones -tristeza, agobio, temor, congoja- al divisar el mal físico que caerá sobre su cuerpo y la aflicción que golpeará su alma. «Para mí no hay otro pasaje -escribe san Ambrosio- en el que admire más su amor y majestad. Y es que su entrega a mí no habría sido tan grande si no hubiera tomado mis mismos sentimientos. Así pues, no hay duda de que sufrió por mí Aquel que nada propio tenía por lo que pudiera sufrir; y, dejando a un lado la felicidad de su eterna divinidad, se dejó dominar por el tedio de mi enfermedad. Él ha tomado sobre sí mi tristeza para comunicarme su alegría, y descendió sobre nuestros pasos hasta la angustia de la muerte, para llevarnos, sobre sus pasos, a la vida.»'° Con la certeza de que cada uno ha provocado ese abatimiento en Jesús -aunque nos pesa, porque querríamos sinceramente no haberlo provocado-, brotan de la conciencia la necesidad y el afán de reparar. Por nosotros mismos no logramos alcanzar esta meta: no contamos con las facultades apropiadas ni estamos en condiciones de desagraviar con una existencia enteramente santa; además, a pesar de esos buenos deseos, ¡nos vencen con tanta frecuencia las miserias! Quien no admitiera esta triste y frágil condición, daría ya pábulo a la soberbia, que constituye el mayor de los males que causaron la tristeza de Jesús, el peor de los pecados, que trae muchos otros consigo, como en una reata.
No podemos por nosotros mismos enjugar nuestra deuda, pero Dios sale a nuestro encuentro una vez más. Como llamó a los discípulos para que le siguieran hacia Getsemaní y se unieran a su dolor y a su oración, también ahora el Salvador, el Dios con nosotros, nos habré las puertas de su Sacratísimo Corazón, para que nos adentremos en su zozobra, y con El y con la gracia del Espíritu Santo se la ofrezcamos arrepentidos en reparación a Dios Padre. Pero es indispensable la decisión de que la tristeza de Jesús nos abrase y nos transforme, porque nos reconozcamos agentes del dolor del Maestro. Tratemos, pues, de allegarnos a Cristo con esta compunción -metiéndonos en su Corazón sacratísimo y haciendo nuestro ese dolor, aunque nos supere-, y saborearemos así la alegría de ver cómo Él nos purifica. Veremos cumplidas en nosotros, a la letra, sus palabras, riquísimas de contenido sobrenatural y humano: la mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque llegó su hora, pero una vez que ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo (Jn 16, 21).
Con qué fuerza hemos de bendecir y de amar ese tiempo le oración de Cristo en el huerto, asumido por Él con la lealtad de cumplir la Voluntad del Padre, a pesar de la pena física y espiritual que le asaltaba. Cuanto más profundicemos en esa tristeza de Jesús, con más determinación rechazaremos no sólo el pecado mortal, sino también el pecado venial deliberado, y apostaremos por no convivir con la imperfección o con la indiferencia ante las gracias que bajan desde el Cielo a la humanidad. Emociona mirar y remirar la oración en el huerto porque guarda valor actual: con ese diálogo empezó el tiempo cumbre de la Redención. Cristo, en su bondad suprema, quiso revelarnos hasta el fondo el misterio de la Encarnación -¡Dios que se hace hombre por Amor!- y dispuso que los hombres oyeran sus gemidos y observaran cómo necesitaba de su compañía. Junto a aquellos olivos, sin embargo, apenas le brindamos palabra alguna de consuelo... Los evangelistas repiten en diversas ocasiones, confesando con sencillez la tosquedad de los apóstoles, que ellos entonces «no lo entendieron». Lo entendieron después, cuando el Espíritu Santo les abrió la inteligencia y el corazón. Ahora podemos nosotros, a partir de ese mismo Espíritu, prestarle a Jesús esa contribución y consuelo que sigue esperando.
En su decreto eterno de redención de los hombres, en quienes ha puesto sus complacencias, la Trinidad vuelca su infinitud de Amor para que demos ese salto hacia la unión con Dios, del que nadie sería capaz por sí mismo. Sólo reclama a cada uno que ponga lo poco de que dispone, pues -recibido por Él- alcanza valor de ofrenda grata a Dios Padre. Esta generosidad divina, para elevar al orden sobrenatural nuestras acciones, nos asiste hasta en las más pequeñas tareas cotidianas; con Él trascienden este mundo y quedan enriquecidas por el tesoro preciosísimo de sus méritos. Y al comprobar que Dios avalora la respuesta humana, aun en cuestiones mínimas a los ojos de las criaturas, el alma -como Teresa de Jesús en el texto que citábamos al principio- comprende con más profundidad aquellos gemidos de Jesús por nuestras ofensas personales y el consuelo que le prestan nuestro amor y nuestra compañía.
Inmolarse en soledad
7. Más se medita sobre esta tristeza de Jesucristo, y más se ahonda -dentro de los estrechos límites personales- en la grandeza de su locura de Amor por las mujeres y los hombres de todos los tiempos, en su amable deseo divino y humano de rescatarnos, protegernos, llevarnos adelante y hacernos gustar de la Vida suya. No se niega a entregarnos lo que posee: la riqueza inefable de estar con Él, Bondad infinita. Por eso, Él, nuestro hermano, como el mejor de los padres o la más abnegada de las madres, acude voluntariamente a la cita del amor más puro y del sacrificio más cruento -pero más gustosamente buscado y mejor aceptado- que se ha verificado en la historia de la humanidad. «Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey»,11 de nuestro Jesús. Y aquí penetran con toda su fuerza los componentes humanos del temor y de la tristeza; estas actitudes brotan espontáneas ante una prueba de dolor que exige una aceptación sin cortapisas, pues ese sufrimiento se adapta a la criatura humana, pero está en el límite más extremo de la tolerancia de su naturaleza. Corpus aptasti mihi (Hb 10, 5), le ha preparado la Trinidad un cuerpo -la humanidad del Hijo de Dios- que será la hostia santa que se inmole en sacrificio. Este tiempo, hechura finísima de Dios, perfecta imagen visible del Dios invisible, tenía que revelarnos, en su entrega al sacrificio, el desgraciado decaimiento -espiritual y físico- de la criatura alejada de su Creador, que no logra salir del atenazamiento del mal. Porque el hombre había sido creado por la mano de Dios para ser dichoso, y le rechazó de plano.
Los padecimientos humanos descargan sobre su Cuerpo santo, sobre su Alma limpia. Son de por sí una mole capaz de aterrorizar al ejército más dotado. Le desploma el rechazo de los que desprecian su intervención. ¿Qué combatiente, por muy aguerrido que fuera, no sentiría pavor ante esa burla? Porque viene para recrearnos a la nueva Vida, y los hijos suyos rechazamos ese don, por negligencia o por oposición expresa. Se trata de un misterio muy grande. No llegaremos a entender en este mundo cómo la Omnipotencia de Dios, que está plenamente en Jesús, puede conciliarse con la despiadada soledad en que le abandonaron los hombres, excepto María, las santas mujeres y Juan; esa inmolación la requieren los designios divinos para salvar la tremenda fisura que la criatura había excavado frente a su Creador. Jesucristo se disponía a subir a la Cruz, solo, ante la mirada de los presentes, que no se preocupaban de prestarle asistencia. Era imposible no sentir temor ante este panorama. La angustia brotaba de las raíces de su Alma porque había buscado la reconciliación de los hombres con el Cielo y nuestras respuestas pisoteaban esa Caridad divina.
Si no somos capaces de calibrar que no pretendió más que nuestro bien, es para estremecerse de temor, pues de esa falta de sensibilidad se pasa fácilmente a la crueldad de la rebelión o de la arrogancia salvaje, que se nutre en su propio mal y sigue alzándose para ofender a Dios. Además, la criatura no tenía posibilidad de esconderse a los ojos del Creador (cfr. Sal 138 [139], 8-10), y desde las más falsas coberturas continuaba rebelándose contra el bien, condenando a su Dios con una indiferencia monstruosa o con una maldad infrahumana, mas despreciable que los mas despreciables horrores que hemos contemplado en la historia, consecuencia del rechazo violento de Dios.
Tomo sobre si nuestros pecados
8. Nos ha concedido el Señor, por su Amor e insondable bondad, el don de la inteligencia, un chispazo de su Sabiduría infinita, para que sepamos sacar provecho de este mundo y de la propia vida que hemos de administrar. Nos ha concedido igualmente el don inmenso de la libertad, para que podamos escoger el bien autónomamente y gozarnos de los beneficios de esa elección. Contemplamos el gran alcance de la inteligencia al observar los progresos de la humanidad a lo largo de la historia. Comprobamos también que nos ha sido otorgada esa facultad para comunicar esos bienes a los demás; posibilidad grandiosa que debería llevarnos a una continua acción de gracias al Dios Creador y Redentor. Nos ha enriquecido el Señor con la poderosa potencia de la voluntad para amar el bien libremente.
No es difícil descubrir que el recto uso de la inteligencia ordena amar el bien. Fijémonos en esas personas con discapacidad que, aunque no lo entendamos, son también auténtica bendición del Señor para la humanidad y para las propias familias. Su inteligencia no es capaz de razonar ordenadamente, pero algo de luz hay en su mente, pues consiguen agarrarse con confianza y cariño a las manos que con amor los atienden en sus días. Y sus reacciones, aun acompañadas de gestos quizá bruscos, permiten notar cómo aman, cómo agradecen, cómo necesitan ser amados y amar. Esta maravilla de la inteligencia y de la voluntad queda gravemente perturbada con el pecado, hasta llegar a ser empleada para destruir las grandes posibilidades de crear riqueza para uno mismo, para la familia, para la convivencia con los demás. Hemos sido creados para amar la Fuente del Amor, que es Dios; y para amar, en Dios, a todos los hombres, nuestros iguales. ¡ Que felices somos, que dichosos nos sentimos, cuando - vencido el propio egoísmo- servimos a los demás, les proporcionamos alegrías o consuelos! Este modo de amar y de entender el amor -que era el propio de nuestros primeros padres- quedó desordenado, en ellos y en su descendencia, por la terrible rebelión al orden santo establecido por Dios.
No nos queda más remedio -y la situación actual del mando y de la cultura lo testifican- que volver a admitir la realidad del pecado y reconocer qué tremendas son sus secuelas. Destruyó la felicidad en la que se desenvolvía el hombre en el Paraíso. En la historia de la humanidad, el pecado deterioró lo más noble de la naturaleza de la criatura; debilitó la agudeza de la mente, la rectitud de la voluntad, el equilibrio psíquico, la estabilidad de ánimo, el ejercicio de la solidaridad; perturbó hasta la salud corporal. Jesucristo, perfecto Hombre, que ahora vemos entristecerse y angustiarse en el Huerto de los Olivos, se encarnó con su generosidad divina para enderezar nuestra desgracia y volver a abrirnos la posibilidad de amar y de gozar del Bien, asumiendo nuestro sufrimiento en el alma y en el cuerpo.
Grande es la misericordia de Dios con la humanidad, con cada mujer y cada hombre. La Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús aquellas palabras del Salmo que expresan esa compasión divina: He aquí que vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad (Hb 10, 7). La Voluntad salvífica pasó por el Redentor, que cargó con el desorden generado por nosotros. ¿Cómo no sollozar ante el aislamiento al que conduce el egoísmo humano? Él, que con el Espíritu Santo es uno con el Padre, tomó sobre sí esa podredumbre, tan ajena a la perfección de su naturaleza humana. Jesús iba hacia el patíbulo libremente, con alegría amorosa, compatible con la tristeza y el temor. No resulta difícil de entender; basta pensar en los riesgos a que se someten los padres por sus hijos: lo hacen gustosamente, pero no dejan de experimentar la fuerza del temor, que aceptan por el bien de los suyos.
Congoja, tristeza, temor del Señor en el Huerto de los Olivos: ¡cuánto nos ha amado Jesús! «Delante de este misterio podemos afirmar que sin el sufrimiento y la muerte de Cristo, el amor de Dios a los hombres no se habría manifestado en toda su profundidad y grandeza.»12 Superó la prueba física de aquellos cuarenta días de ayuno en el desierto; rechazó con soltura las tentaciones del diablo, sin conceder ningún avance; dominó las fuerzas de la naturaleza, transformándolas en bonanza; multiplicó unos pocos panes y unos pececillos en alimento sano y apetecible para una ingente multitud; redujo al silencio a los que usaban despóticamente su poder; sanó las enfermedades que la medicina no curaba; entró en el reino de la muerte, volviendo a implantar la vida; dejó entrever su magnífica gloria, que satisface con creces a los que le aman, aun sin mostrar toda la riqueza de su misterio... Estos destellos de su Omnipotencia y de su Amor muestran que era -¡y es!- el amable Dominador de cuanto existe. Nada había que le sujetara o que Él no pudiera gobernar con su beneplácito.
Pero no nos apartemos de aquellos olivos junto a los que Jesús abre su alma a los apóstoles. Con esa misma Omnipotencia y con ese mismo Amor, Jesucristo en aquella hora tremenda del huerto, ante sus tres discípulos más queridos, se inundó de tristeza y de congoja. Es fácil calibrar su perfección de afecto a los hombres y su incompatibilidad con el mal: de la correspondencia que merece su afecto se desprende generosamente, pues ha venido para servir; de la incompatibilidad con el mal no tiene que soltarse, pues el desorden jamás podrá tocarle, pero debe ofrecerse como Víctima por esa inmensa desgracia de sus hermanos, y lo cumple hasta el holocausto. La naturaleza humana, que el Hijo eterno de Dios quiso asumir al encarnarse, atravesará la muerte física que advino al hombre caído como pena por el pecado. La Muerte de Jesús irá acompañada de los más grandes suplicios. El profeta había anunciado que se le podrían contar todos los huesos y que no habría en Él parecer ni hermosura (cfr. Is 53, 2). Su Pasión y Muerte reflejan, en efecto, una situación espantosa. Ningún otro ser humano habría podido arrostrarla; fue el sufrimiento más descarnado que cabe imaginarse y, a la vez, la soledad mas aislada. El Padre, que le ama con intensidad infinita, permitió que sufriera ese desconsuelo y colocó a Jesús en una terrible coyuntura, que debía afrontar personalmente y que le empujará, en el momento culminante a expresar al Padre su soledad con el grito: ¿por qué me has desamparado? (Mt 27, 46).
Todo este panorama se agolpaba sobre Jesús en Getsemaní. Y tembló, y se acongojó. Temor y temblor de Jesucristo, Señor Nuestro, que son la señal evidente de cuánto nos amaba. Como a lo largo de su vida humana, desde la riqueza impresionante de la Encarnación, también en esas horas del huerto que preceden al juicio inicuo y a la Cruz, le vemos -física y anímicamente- del todo cercano a los hombres. Y, aunque no alcancemos a sopesar la eficacia infinita de estos momentos, al acompañarle ahora en su oración y en sus gemidos contemplamos asombrados el modo que Él eligió para acercarse permanentemente al corazón humano: a través de los siglos, en los ambientes más diversos, las mujeres y los hombres, ayudados por la gracia, se sienten tocados en lo más íntimo de su ser por la generosidad de un Dios que abrazó por nosotros las vicisitudes más dolorosas que puede atravesar una criatura.
Santo temor de Dios
9. Damos gracias a Jesucristo por haber sentido temor y por hacernos divisar que aquella situación no era pusilanimidad ni egoísmo. Entendemos bien que a Cristo, en cuanto hombre, le asaltase el miedo ante la gran epopeya de la Pasión, también porque esa carga -de tremenda brutalidad y violencia- era consecuencia del pecado del hombre, que nada tenía que ver con Él. Agradecemos a Jesucristo, Señor Nuestro, que su temor de Hombre fuese pleno. Vio la justicia y la misericordia de Dios Padre ante el pecado: exigió su reparación y Él mismo ofreció la carne limpia y el corazón de su Hijo muy amado para realizarla. Quiso que de este modo percibiéramos también, visiblemente, la potencia de la mano de Dios, en quien misericordia y justicia se identifican.
Con este santo temor queremos también ahora afligirnos por el riesgo de cometer un pecado, que nos aísla en el desamparo de la soledad y nos aparta de Dios, que .justamente sancionara esa separación que tristemente elegimos. Nos dice san Josemaría: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado. »13Temamos, pues, al pecado, como lo que es, y en consecuencia, sin caer en el desasosiego o en el pesimismo, temamos al propio egoísmo, que tan fácilmente nos traiciona. Ha de ser real y diaria la desconfianza hacia el yo, pues nos distancia de la imagen y semejanza de Dios, que poseemos por su Bondad: nos aleja de la auténtica personalidad que el Creador quiere que desarrollemos, para encenagarnos en una vida compuesta exclusivamente de bajos instintos carnales, o de enojosa soberbia.
Esa actitud positiva nos conduce -lo contemplamos, Señor, en la manifestación de tu dolor en Getsemaní- a agarrarnos sólidamente a la mano de nuestro Padre Dios, que no falla, ni puede fallar nunca, y que nos asiste sin tregua. Fiémonos exclusivamente del Señor, y así andaremos por los caminos que nos corresponden, sin estridencias ni deserciones. Jesucristo, que asumió la humanidad con su bagaje de limitaciones, experimentó un temor grande, porque penetró hasta qué punto llega la debilidad de la carne: vio el embrutecimiento de las criaturas y su dependencia del príncipe del mal. Nos limpió con su entrega como víctima agradable al Padre, y nos anticipó con los hechos lo que san Pablo explicará más tarde a los romanos: que no podemos convertirnos en deudores de la carne, de las pasiones, porque no lograremos desembarazarnos de esa maraña y, por el contrario, nos ahogaremos en el lastre de las miserias (cfr. Rm 8, 12). Con su temor santo ante el daño que había producido el pecado, nos exhortó a sentirnos deudores dichosos de la ley del Espíritu, que engrandece el alma, impulsa hacia la perfección de la imagen y semejanza de Dios, y nos confiere así la verdadera Vida (cfr. Rm 8, 1-2.13).
Agradezcamos, pues, al Redentor su generosidad al recorrer en Getsemaní esa aventura de zozobra humana que debe servirnos también para ahondar en la pena -especialmente la de la separación de Dios- que trae consigo la ofensa al Creador.
1. Orígenes, Tratado sobre el Evangelio de San Mateo, in loco.
2. Teofilacto, Enarración sobre el Evangelio de San Marcos, in loco.
3. Cfr. san Jerónimo, Comentario al Evangelio de San Mateo, in loco.
4. Cfr. santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 45, a. 6.
5. A. del Portillo, Notas de la predicación, 9-IV-1977.
6. Misal romano, Viernes Santo, Improperios.
7. Cfr. santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 111, q. 46, a. 6.
8. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 111, q. 46, a. 6.
9. Cfr. santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 1, 6.
10. San Ambrosio, Comentario al Evangelio de San Lucas, 56.
11. San Josemaría, Santo Rosario, III misterio doloroso.
12. Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general, 19-X-1988.
13. San Josemaría, Camino, n. 368.