CAPÍTULO III

 

Entonces les dice: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo (Mt 26, 38).

 

Confidencias divinas

l. Continuamos orando en Getsemaní, metidos en la narración de los Sinópticos. Es san Mateo el que nos sirve de guía y al que seguimos versículo tras versículo. En esta tercera meditación pasamos del versículo 37 al 38, que acabamos de leer. Ambos, lo mismo que los paralelos de san Marcos (14, 33-34),constituyen una unidad, son una sola pieza, que es como el pórtico, el marco inmediato a lo que en sentido for­mal y propio sería la «oración de Jesús en el huerto». Situémonos de nuevo en la escena. Los otros ocho discípulos han quedado atrás y Jesús, que se ha traído consigo a Simón con Santiago y Juan, se adentra entre los olivos. Se alejaron como un tiro de piedra, precisa san Lucas, y allí -ante los tres discípulos y en conversación con ellos- se verificará la más impresionante revelación de su intimidad de hombre y de la verdad de la naturaleza asumida.

El Señor debía estar hablando con ellos. No es difícil pensar que continuaban con la conversación que los ocupaba en el camino, cuando Jesús les anunciaba: todos vosotros os es­candalizaréis esta noche por mi causa (Mt 26, 31) y Pedro aseguraba que él jamás se escandalizaría de Jesús (cfr. Mt 26, 33). ¿Conversaban sentados en tierra, junto a los olivos? ¿La escena transcurre de pie o paseando? No lo señalan los Evangelios. Lo que sí refieren es que fue allí, en medio de aquella intimidad sobrecogedora, cuando la humanidad de Jesús «se derrumbó»: de miedo, de dolor, de aflicción, de angustia, al tocar tan de cerca lo que se le echaba encima por la magnitud de nuestros pecados. Hasta entonces, en aquella noche memorable de la Eucaristía, había estado el Maestro -si es que podemos hablar así- conteniéndose, guardándose en el alma su dolor. Pero ahora, ante los tres grandes amigos -a los que ha llamado expresamente- y en aquel clima que Él creaba de intimidad y de confianza, deja que salga fuera lo que lleva en el alma: empezó a entristecerse y a sentir angustia. Lo vieron los discípulos con sus ojos -temblaba de dolor y de pena- y lo hemos considerado en la meditación anterior. Pero no sólo lo contemplaron, sino que el mismo Jesús les explicó qué es lo que sus ojos observaban: mi alma está triste hasta la muerte. Me muero de tristeza, traduce llanamente una versión española.

No cabe más humildad, sinceridad y confianza de Dios con nosotros. El Hijo eterno de Dios, el mismo Dios que el Padre, que se hace hombre por Amor, se presenta ante nuestros ojos «necesitando» el apoyo, el consuelo, la comprensión cíe aquellos tres pobres apóstoles que representaban a la hu­manidad. Y después de manifestar la profundidad de su do­lor, busca Jesús la «compasión» de aquellos amigos: cariño, apoyo, compañía: Quedaos aquí y velad conmigo. Debemos a san Mateo este detalle entrañable. San Marcos recoge sólo el velad. El Redentor, por san Mateo, nos puntualiza: velad conmigo. ¡Conmigo! ¡No me dejéis solo!, acompañadme con la vigilancia y la oración. Quiero teneros cerca. ¡Cómo consue­la en medio del dolor «tener cerca» a los que se ama! Y fue entonces cuando Jesús se adelantó un poco -micrón, dice el griego de los Evangelios- para hacer oración -la «oración del huerto»-, y cuando aquellos tres amigos, que eran los más «fuertes», según nos decía Orígenes, y que habían escuchado de Jesús aquella petición de compañía, se abandonarían al sueño...

Las escenas de la Pasión, que empieza en Getsemaní, forman como  un conjunto de confidencias de Jesucristo con los suyos con las criaturas que han vivido y vivirán a lo largo de los siglos. Cada una de estas confidencias del Redentor son de una riqueza inefable, como una joya de gran precio. El juicio y la condena, la Cruz sobre sus hombros -precedida por la flagelación y la coronación de espinas-, la agonía y la muerte quedan fuertemente iluminados por estas palabras de intimidad que salen de labios del Señor en Getsemaní. Jesús habla claramente con los apóstoles, les manifiesta el dolor de su alma y les sugiere que pueden ayudarle. Aquellos hombres, que amaban a Jesús pero que eran duros para adentrarse en los planes divinos, se quedaron, estupefactos y como insensibles, en esta hora dramática de la Redención, como nos sucede a nosotros ante tantos requerimientos diáfanos del Cielo para que nos comportemos cristianamente.

Pero la «oración del huerto» y la reacción de los apóstoles a la petición de Jesús las contemplaremos en otra meditación. Nosotros, ahora, queremos quedarnos prendidos en las palabras de Jesús que acabamos de leer. Porque el Señor se acerca también a cada uno, y nos revela como en confidencia: mi alma está triste hasta la muerte. Fijémonos que comparó su apenamiento al paso más duro de la naturaleza humana, la muerte. Y, aunque parezca forzar el texto, pode­mos interpretarlo como la manera de manifestarnos que esa honda tristeza no le soltaría hasta el momento de expirar, porque tocaba el desamparo en que le abandonamos los hombres.

Para esos tiempos en los que deberíamos ir a la Cruz con decisión e incluso alegría -compatible con sentir amargura y dolor-, roguemos al Espíritu Santo que nos cambie el corazón de piedra por un corazón de carne (cfr. Ez 11, 19), de modo que nos conduzcamos noblemente. Recordemos que Jesús no nos ha tratado como a huérfanos (cfr. Jn 14, 18) y, como buen padre, hermano y amigo, nos transmite estas confidencias para que no nos retiremos y le oigamos con deseos sinceros de corresponder.

 

Correspondencia de fraternidad

2. Ocurre no pocas veces en la vida que, ante la tristeza de i i una  persona y con ánimo sincero de ayudarla, no se logra este propósito porque no está dispuesta a decir lo que le sucede. Si comentara su angustia, quizá le podríamos atender.

El Maestro nos ha puesto, como a los apóstoles, en el ca­mino hacia la Vida, y nos abre enteramente su alma. Pero no habla en tono de queja, pues recorrió todas las exigencias de la Pasión con afán verdadero de cumplirlas hasta el final, sin ahorrarse esfuerzo.

A la hora de la prueba, de la tentación o del cansancio -Él pasó por esas circunstancias-, miremos a Cristo triste, a Cris­to en soledad, y no queramos aumentársela alejándonos más de Él. En la Epístola a los Hebreos, el Espíritu Santo, entre la riqueza inmensa que nos descubre sobre el sacrificio del Sumo y Eterno Sacerdote, precisa en breve frase: caritas fraternitatis maneat (Hb 13, 1), que arda siempre y se robustezca la caridad fraterna que ha venido a instaurar con plenitud el divino Redentor.

Jesucristo, nuestro Hermano primogénito, se avecinó a nosotros, nos expuso su ansia y nos anticipó que se proponía darnos su fraternidad, a la vez que nos pedía correspondencia. No resulta aventurado afirmar que, del mismo modo que echamos con confianza nuestras penas sobre Él, también el Maestro -por el vínculo profundo que le ata a toda persona humana- manifestó de modo abierto que anhelaba que su tristeza fuera nuestra, porque había decidido desde la eter­nidad compartir su Vida con la de los hombres, y así nuestra tristeza se convirtiese en alegría.

Con su cuerpo destrozado y su sangre vertida hasta la úl­tima  gota, nos sacó del mundo de las tinieblas, nos enriqueció con la nueva existencia cristiana, y en su sangre inmolada purificó la nuestra.

Nos ha mostrado a lo divino, pero con gestos completamente humanos, que quiere que nos adhiramos a su Pasión, a1 destino preparado para el Hijo de Dios, y que así seamos hijos del Padre en El. Se abre el alma a quien se quiere, al amigo íntimo, al hermano. Y se abre el alma para recibir; cuando menos, interés, comprensión, afecto. Así se allega el Maestro a los discípulos. Su faz desfigurada por el sufrimien­to debería haber constituido un aviso para los apóstoles. Es evidente que sus rasgos de angustia aparecían más pronunciados que cuando lloró ante la abulia y la frialdad de Jerusalén (cfr. Lc 19, 41). Pero no se limitó a acercarse con el paso vacilante y la cara demudada; se puso junto a los tres, les manifestó con precisión cómo era su tristeza y les pidió amparo y compañía. Los evangelistas nos escribirán -y no­sotros lo meditaremos después- que se vio desamparado. Estuvo solo en el huerto, como cada uno en el momento de la muerte, que el hombre vive solo ante Dios y no puede ser sustituido por nadie, aunque le amen muchos y mucho.

El buen Jesús, el amigo de todos, avanzó con la faz de­sencajada -¡tan grande era su pena!; se aproximó con la esperanza de que los suyos reaccionaran al mirar su rostro. Ansiaba ser acogido, que entendieran que estaba sufriendo, que le hablaran, que le preguntaran, que articularan algún intento por demostrarle que no les era ajeno. En aquella con­versación que estamos meditando, ¿hubo alguna palabra de consuelo por parte de los discípulos? Pedro había pronun­ciado una protesta de fidelidad cuando venían hacia el huerto y lo mismo decían también todos los discípulos (Mc 14, 31). Nada recogen los evangelistas. Lo que sabemos es que terminaron durmiéndose.

 

Amante celoso: «….los amó hasta el extremo»

3. Con esa apertura del alma de Jesús a sus tres discípulos en Getsemaní se revela de modo eminente la ternura del amor de Cristo por nosotros y, a la vez, el deseo de verse corres­pondido. La amabilísima figura del Redentor descubre cons­tantemente, a lo largo de todo el Evangelio, esa doble faceta de su amor perfecto. Con la humanidad, con la Iglesia, con cada criatura, es el Amante celoso; y, a su vez, es el Amado en quien resulta muy asequible poner todas las complacencias (cfr Mt 3, 17; 17, 5).

Acudió a Getsernaní en nombre de todos. Decidió que su generosa entrega no excluyera a nadie, y en esa relación con cada criatura, como Amante santamente celoso, se identificó con nuestras necesidades y aspiraciones, para que en cualquier circunstancia estemos en condiciones de dirigirnos a El como al único asidero seguro.

Amante celoso, no permitió que le fuera ajena ninguna coyuntura por la que atravesemos los hombres. No trazó ninguna distinción ni marginó a nadie. Dedicó sus esfuerzos al alma de cada persona. Aparte de que nada escapa a su men­te, dispuso que contempláramos toda la carga de su dolorosa oración para que nos convenciéramos de que en su plegaria le valor infinito había y hay siempre cabida para nuestra mi­seria personal, aunque ésta sea abundante y fétida.

Amante celoso, para querer más, estuvo y está enteramen­te e dispuesto a perdonar nuestros descaminos -purificán­donos-, de modo que seamos morada para que Él venga y habite en nosotros. Si la criatura asiente a ese interés reden­tor, nada hay de su existencia ni de su conducta que Él observe como algo ajeno. También en Getsemní, para saturarnos de su paz y de su seguridad, repitió con sus gestos el meus es tu! (Is 43, 1); insistió en que no nos desalentemos, pues Él ha allanado las más diversas dificultades y enfermedades humanas.

Amante celoso, no quiso que emprendiéramos ninguna otra senda que nos apartara de Él. Le apenó, en su holocausto que nos alejásemos de su amistad y reaccionásemos ante su búsqueda con la indiferencia, con el egoísmo o con la tozudez de preferir el mal. No manifestó ningún inconveniente en igualarse a cada uno de nosotros, también a los más desvalidos, hasta el punto de señalarnos que el servicio prestado a esos indigentes es atención que le rendimos a Él (cfr. Mt 25, 41). Además, por su condición de amante celoso, ofreció a cada criatura un amor pleno, que colma el alma.

Nada le detuvo en el seguimiento de los hombres. De sobra conocía la ingratitud del corazón humano. Ya Adán y Eva anticiparon el comportamiento ilógico de los seres en quienes se había complacido el mismo Creador.  Pero causa es estupor la increíble reincidencia de los hombres en sus equivocaciones. Se explica, ante la conducta del pueblo elegido, aquel grito de impaciencia de Yahvé que expresa su arrepentimiento de habernos dado el ser (cfr. Éx 32, 9-12).

Procedamos con sinceridad: ¿qué hombre o qué mujer, poseedor de las mayores riquezas, que las ofreciera a sus se­mejantes o a sus súbditos, y recibiera una respuesta negativa no se desentendería de aquellos ingratos? Le invadiría una tristeza lógica que le pesaría quizá enormemente; pero nadie se extrañaría de que ese benefactor se encerrase en sus propios tesoros, en su amor familiar, ignorando para siempre a los demás. No ignoremos que, desde que el Señor nos ha creado y, luego, desde que nos ha redimido, nos hemos negado en multitud de ocasiones a su constante ofrecimiento de amor por todos y por cada uno. Con la agravante de que nuestra actitud puede incitar a otros a asumir nuestro mismo desa­mor y contribuir así a que la indiferencia ante el mal o el abandono del vivir cristiano se extienda progresivamente.

 

Amor infinitamente apasionado

4.   En Getsemaní se alzará de modo patente y con toda su carga dolorosa (prendimiento de Jesús), no sólo esa rebelión de la criatura que arrastrará a su Redentor a la Cruz, sino la tibieza de los suyos, la floja correspondencia de los que le seguían. Y Jesús no cejó en intentar remover la pereza de esos hombres, ni en importunar al Padre para que se cumpliera su Voluntad de Redención, aunque el precio que se le reclamó era tan fuertemente oneroso.

¿Cómo puedes, Señor, mantener esa solicitud de amante celoso cuando no se te atiende o cuando a la manifestación de tu amor se te responde con una nueva insistencia en el mal?2

De tu Omnipotencia creadora había salido este mundo, y cada uno de nosotros. Ese acto de amor no te gastó nada, y acudiste al Huerto de los Olivos y consumaste luego la Pasión con esa idéntica perfección generosa para recrearnos a una nueva Vida. Te interesabas todo Tú por nuestras pobres vidas: con una repetición estupenda, ¡divina!, reiterabas que subiste Tú a la Cruz con tu Ser perfecto para salvarnos y llevarnos a la santidad.

Al meditar sobre esta oración tuya, con tu padecimiento de Señor, de Amigo, de Hermano, resulta clara, tras la oscuri­dad santa del misterio, tu promesa de ser alimento para sos­tenernos. ¿Por qué nos amas tanto, Redentor nuestro? Aun­que hubiese bastado un pequeño gesto tuyo para obrar la Redención, salta a los ojos la evidencia de que no sobra nada de lo que llevaste a cabo en Getsemaní, en el Pretorio, en el Calvario, y derramar así sobre las criaturas la omnipotencia de tu amor.

Nada es más cierto que la afirmación de que no podías afanarte más por nosotros, pues te has inmolado totalmente; si no podías hacer más, significa que has puesto a nuestra disposición toda esa plenitud, el Amor que puebla la misma eternidad. No existen palabras en el lenguaje humano capaces de describir lo que recibimos cada hora: porque la oración en el huerto y la Pasión son actuales, como cuando te llegaste al Monte de los Olivos y cargaste con la Cruz Santa hasta la cima del Gólgota.

Tu Amor, Dios nuestro, Padre, Hijo y Espíritu Santo, coincide con tu Ser, con tu Existir; y, al disponer que esa infinitud perfecta esté unida personalmente a la humanidad de Jesucristo, vas actuando con ese Amor en cada golpe de su Vida: en el cansancio, en la tristeza, en el temor, en la congoja, porque elegiste esas maneras de expresión para que nos quedara patente cómo te interesamos.

Oh Jesús, Amante celoso, resulta fácil descubrir constantemente que nuestra miseria personal fue causa de tu tristeza, porque nos amaste ardientemente y buscaste el modo de que, acogiendo la gracia, no permaneciera en nosotros ni sombra de pecado. Una vez más, porque nos has querido, re­novaste aquel aliento de tu Espíritu, deseando que vivamos de Amor (cfr. Gn 2, 7; Jn 20, 22).

¡Con qué apasionado y desinteresado amor, oh Jesús nuestro, nos colocaste como tema central de tu oración y de tu vida! Apasionado, porque no dejaste de purificar aquella acción u omisión nuestra menos desentonada: te empeñaste en restaurar en nosotros la verdadera imagen y semejanza de Dios que nos otorgaste, con el Padre y el Espíritu, desde «el principio» -desde la creación de nuestros primeros padres-, y para lograrlo te hiciste Primogénito entre muchos hermanos (Rm 8, 29) y nos incorporaste a tu Vida; y así, en­cendidos con la fuerza soberana de la actuación del Parácli­to, nos volviste agradables al Amor perfecto de Dios Padre. No te conformaste con purificarnos: pediste perdón por nuestras ofensas y nos ofreciste contigo el Cielo. Jesús santo, Jesús bueno, te rogamos que nos adentres por el camino de la expiación que Tú anduviste: empújanos a que, contemplando en Getsemaní tu llamamiento a la oración, nos convenzamos de que la necesitamos personalmente. Y así, de tu mano, estimaremos la expiación activa y pasiva, con el deseo de que fecunde diariamente nuestra vida.

 

Amor desinteresado y respetuoso de la libertad

5.    Por otra parte, el Amor que Jesús nos demostró en el huerto fue y es santamente desinteresado, y no condiciona nues­tra libertad. Llama en efecto la atención cómo las palabras y acciones del Señor en Getsemaní son sumamente respetuosas de la libertad de los discípulos: presentan el carácter de invitación, de ruego. Él se entregaba con una generosidad que no exigió a los demás, y deseaba a cambio que la adhesión de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad brotase espontánea, desde una libre decisión. Su ejemplo, sin qui­tarnos ni un ápice del albedrío, constituyó una lección de divina envergadura que respetaba nuestra capacidad de opción.

Amor desinteresado porque, si bien es cierto que el único fin último para la criatura es Dios -no existe ni puede existir otro-, Él nos propuso alcanzarlo tan sólo con la santa coacción de invitarnos. En el Huerto de los Olivos no hubo otra «coacción» que la que brotaba de la ternura del Reden­tor y de su invitación a acompañarle. Además, para que no nos superase la lucha, Cristo consiguió y puso a nuestra disposición el don gratuito de la gracia, al que también debíamos corresponder en el ejercicio de nuestra libertad.

No ganabas nada, Maestro bueno, con el esfuerzo de las criaturas para lograr una santidad que Tú ya poseías en grado sumo; con o sin esa correspondencia nuestra, los hombres no añadimos ni quitamos nada de la preciosa e inigualable felicidad de tu Ser. Por eso, jamás cabe equiparar a tu generosidad el acto más grande de altruismo entre las criaturas; pues, aun en el mayor desprendimiento de un hombre hacia su prójimo, jamás tocará la frontera del don que nos otorgaste.

Tú, Señor nuestro, operaste de forma muy distinta a la nuestra; nos has creado y luego nos has rescatado, conce­diéndonos simultáneamente la capacidad de recibir y aprovechar la participación en tu misma Vida. Nos has llamado a poseer, no ya la felicidad, sino tu misma felicidad, eterna e infinita y siempre nueva y renovadamente gozosa, participada en nosotros.

Como tu Amor no se muda, y sólo el hombre posee la triste facultad de rechazarlo, has acudido perseverantemente a nuestro encuentro, admitiéndonos en estrecha comunión contigo; y, cuando te respondemos con fidelidad, aumentas en nosotros la capacidad de amar con tu Amor, de ver con tu mirada, de servir con tu humildad, de interesarnos por las al­mas con tu celo santo, de superar nuestras dificultades y las de los demás con tu asistencia.

Nos has amado con plena magnanimidad y por eso te has hecho camino para cada uno; te has acomodado a nuestra marcha personal porque no has sido el extraño, sino el Amigo fiel, que cura y pone todos los medios para nuestra recuperación. La vida del cristiano, recorrida contigo, es -ya aquí en la tierra- un trasunto del Cielo; también cuando has permitido que el sufrimiento atravesase nuestro cuerpo o nuestra alma, porque transformaste este yugo en carga suave y ligera (cfr. Mt 11, 30), y hasta nos concediste la posibilidad de caminar dichosamente felices en los padecimientos.

No nos has exigido a cambio más que acompañarte y velar contigo: es decir, la lealtad, la fidelidad, la coherencia: virtudes  que requieren esfuerzo,  pero que enriquecen la personalidad. Tu fidelidad, Dios mío, al pacto de nuestra salvación, adquiere un tono conmovedor en estas palabras de la Escritura Santa que entran a fondo en la mente y en el alma de cualquier criatura: ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas, al que ha traído al mundo con su dolor? Tú añades más: pues aunque ésas llegasen a olvidar, Yo no te olvido (Is 49, 15).

¡Dios del Amor infinitamente misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo!, el acto de la creación no te supuso dolor ni esfuerzo y nos hiciste entrar en comunión contigo; posteriormente, cuando nos apartamos de Ti, dispusiste -como suprema manifestación de que nunca nos olvidas- que la reconciliación estuviese transida por el dolor del Hijo, que se hace hombre por nosotros, como estamos contemplando, estupefactos, en esta escena del Huerto de Getsemaní.

¡Qué grandeza de entrega! Oh, Jesús nuestro, abatido por nuestros pecados, te rogamos que cambiemos de rumbo y sepamos incorporar a nuestra respuesta ese dolor tuyo, que se ha convertido en raíz de nuestra filiación divina. Si no sa­bemos reaccionar así, y además enseñarlo a otros, significa que nos falta agradecimiento, que carecemos de entrañas sobrenaturales y humanas, que no hemos sabido asimilar la certeza de que Tú nos amas por nosotros mismos sin aban­donarnos a un destino ciego ni desampararnos jamás.

 

Sufrimiento de Jesús: dolor de amor

6.    «El Hijo de Dios, que asumió el sufrimiento humano, es por tanto un modelo divino para todos los que sufren, y espe­cialmente para los cristianos que conocen y aceptan por la fe el significado y el valor de la Cruz. El Verbo Encarnado su­frió según el designio del Padre también para que nosotros pudiésemos "seguir sus huellas", como recomienda san Pe­dro (1 Pe 2, 21). Ha sufrido y nos ha enseñado a sufrir.»3

Con estas horas de oración en el huerto, que tuvieron su culmen en  la Santa Cruz el Maestro transmitió con máxima claridad la enseñanza evangélica del sufrimiento. Por la desobediencia de nuestros primeros padres -es san Pablo quien nos lo explica- entró el pecado en el mundo, y con el pecado, el dolor, el sufrimiento y la muerte (cfr. Rm 5, 12). Sólo la obediencia perfecta del Dios-Hombre podía desagraviar en forma plenamente adecuada a Dios de nuestras desobediencias y obtener el perdón de los pecados. El amor de Dios dispuso que eso se hiciera realidad en Jesucristo, que por obediencia al Padre cargó sobre Sí con nuestras culpas -todo el dolor y el sufrimiento hasta la propia muerte: padeció de forma indescriptible- y nos alcanzó la libertad y poder ser «nueva criatura» en Él siguiendo sus pisadas. Siendo esto así, a poco objetivos que seamos, comprenderemos la necesidad de la purificación personal.

Nos empujó Jesús poderosamente a compadecer el dolor de los otros. Fijemos nuestros ojos en Cristo paciente en Getsemaní. Llama la atención de forma muy viva su capacidad de compartir las penas. Es el mejor Amigo, el Amigo de las tareas difíciles. No fue la suya tan sólo una aflicción de acompañamiento: sufrió con nosotros y por nosotros, asumiendo nuestro dolor personal.

No cerró el espacio a la libertad de elección para que nos identificásemos o no con Él; pero llegó, para ayudarnos, has­ta la misma raíz de los dolores físicos y espirituales, y deseó que los superásemos y emprendiéramos el camino de la con­versión, pues no existe otra senda válida. Muy grave es la mole de nuestras dolencias cuando produjeron esa reacción de agotamiento en Jesús, que no tenía necesidad alguna de sufrir para amar.

En ese tiempo de vigilia manifestó claramente cómo nos quiere. Al considerar la historia de los santos, remueve su de­terminación de no quejarse si los trataban como a Él; y por esas vejaciones, que aceptaron generosa y gustosamente, cantan al mundo de todos los tiempos su enamoramiento real de Dios. Infinitamente más que esto operó el Maestro: no sopor­tó algunos aspectos de nuestro dolor, lo acogió entero, con plenitud.

Arrepintámonos diariamente de las ofensas y culpas que tuvieron tan amable Redentor 4 y aceptemos con alegría y sentido sobrenatural los sufrimientos físicos o morales que El nos confíe, aunque nos resulten arduas. Si rectificamos nuestras ofensas personales y desagraviamos también por las de toda la humanidad, nos estamos uniendo a este canto sublime del dolor evangélico de Jesucristo: estamos acompañándole en su vigilia del Huerto de los Olivos y respondiendo a aquel impresionante velad conmigo.

Cuando nos toque la bendición del sufrimiento, además de transformarlo en oración profunda y constante, hagámonos cargo de que estamos renovando, con Cristo, el diálogo que Él mantuvo con la humanidad en Getsemaní y en la Cruz. Ale­grémonos de esa cercanía con que nos trata, y saboreemos el designio divino de nuestra colaboración a la Pasión de Cristo.

La perfecta Sabiduría divina se acomodó a nuestra mente: con el gran misterio de la Cruz, la paz entró nuevamente en el mundo desde la debilidad del Hombre-Dios que sufre. Como afirma Juan Pablo II a propósito del dolor, «el Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana».5

En toda la Pasión de Cristo, desde Getsemaní hasta el Calvario, se revela el misterio trinitario en la unión del Hijo con el Padre y en la efusión del Espíritu en la Cruz. Por tanto, agradezcamos las ocasiones en las que podemos, con nuestro dolor, incorporarnos a Él, y con Él al Padre y al Espíritu. Penetraremos así en la hondura y anchura del misterio de amor que es la Santa Cruz. Cabe explicar ese agradecimiento al comprobar que, cuando media el verdadero amor humano, no deseamos distanciarnos del dolor ajeno, manifestando así la intensidad de nuestro querer. Entonces, bendecir el dolor, amar el dolor, santificar el dolor, como aconsejaba san Josemaría Escrivá a los enfermos, se transformará en un programa atractivo porque nos hallaremos bebiendo de los manantiales divinos y saciando la sed con esa bendita agua.

A través del sufrimiento, desde nuestra poquedad, nos convertimos en grandes protagonistas de la obra redentora de Jesús: por eso es bueno que amemos y bendigamos el pro­pio dolor, sin victimismos.

 

Abrir el alma a los demás

7. Al comenzar esta meditación considerábamos que Getsemaní y toda la Pasión del Señor constituyen una increíble confidencia de Jesús con los hombres de todos los tiempos. La escena que venimos contemplando revela, en efecto, de una manera conmovedora, cómo Él abrió su alma y comunicó su intimidad a aquellos tres discípulos. Porque en los planes de Dios, la confidencia amigable, la comunicación confiada y sincera de Jesús se torna camino para la revelación y anuncio de su propio misterio. Desde este aspecto, la conversación de Jesús con Pedro, Santiago y Juan contiene una enseñanza importante acerca de la transmisión del Evangelio a las gentes: abrió el Maestro la intimidad de sus sentimientos para desvelar así su misterio. En aquellas horas tan tremendas, el Señor, con su manera de «tratar» a los apóstoles, nos enseñó a hacer apostolado, nos mostró la necesidad de adentrarnos con el respeto debido en el alma de las gentes que tratamos.

Todos los cristianos debemos ser apóstoles, servidores de los demás. Y para activar esa aspiración se hace muy nece­sario comunicar adecuadamente al prójimo las peleas de nuestra alma en busca de la fidelidad personal. No se trata evidentemente de detenernos en una pormenorización de culpas, sino de que comprueben los demás que también no­sotros luchamos, porque sufrimos las pruebas del hombre viejo que clama por sus fueros perdidos.7

¡Qué grandes horizontes de amor de Dios, de siembra del bien, descubriremos a las personas que nos rodean! Empezarán a entender con nuestras confidencias que el Señor las llama también para a que le acompañen personalmente en el propio caminar terreno. Descubrirán así el gran papel del cristiano, que cuenta siempre con el estupendo aliciente de convertir su jornada en tarea de atención a las almas. Y quizá avancen luego en su lucha más que nosotros.

Jesucristo demostró gráficamente que la caridad consiste también en dejarse querer y ayudar. Poseía Él la omnipotencia de la divinidad; podía afrontar la prueba, como de hecho la asumió, con la respuesta suya; pero prefirió abrir su alma a los que estaban a su alrededor. Nunca nos debería humillar la necesidad de ayuda, como no le humilló al Maestro, sino que lo ensalzó aún más, pues confirmó que todo lo suyo nos concernía; y recurrió a esa confidencia, aunque continuaba siendo, como Dios de Israel, defensor de la criatura. Nos acompañó como el verdadero amigo al amigo. Se dirigió a los hombres, porque nos amaba, y se conformaba con la pe­queña colaboración que le podían ofrecer los apóstoles: buscaba, por encima de todo, la lealtad.

Simultáneamente, su confidencia era otro aviso de caridad: anunciaba que el cristiano no puede observar la realidad de los demás como algo ajeno; no es mero espectador; ha de interesarse por ellos, velar activamente para compartir el sufrimiento o para colaborar en las tareas del prójimo. Con el ejemplo de Jesucristo toma cuerpo la gran sensibilidad, recia y abnegada, de ponernos a la disposición del otro, como si se tratara de uno mismo.

Notemos que el Señor asumió nuestra deuda de modo total: ningún otro estaba en condiciones de asumir ese cometi­do, por grande que fuera su generosidad. No se limitó tampoco a suplir lo que no alcanzáramos a saldar. Apuntó a esa vigilancia y acompañamiento para que palpemos y descubramos la bendita responsabilidad de movernos, tras la sal­vación que Él nos consiguió, como hijos de Dios en su mis­ma Vida, sirviendo a los demás.

El paso del cristiano por la tierra es tiempo de espera en la venida del Señor, tiempo para aprovechar la gracia y la li­bertad que nos obtuvo con su Muerte y Resurrección, y para que del Maestro escuchemos esa sugerencia: quedaos ahí, pero vigilad; quedaos ahí, con la certeza de que Yo intercedo por vosotros, y anunciadlo a los demás.

Con Jesucristo entendemos que el tiempo de cada uno es siempre momento para amar. A través del don que la Trini­dad nos otorga para que nos movamos en comunión de amor con las tres divinas Personas, se nos facilita también la posi­bilidad de conferir un vigor muy notable, empapado de divinidad, a la caridad con las criaturas. Para el cristiano no hay tiempos vacíos si se afana en responder a la asistencia de Dios. En el trabajo, en el descanso, en la alegría y en el dolor, en la jornada corriente, aparece la certeza de que podemos mandar -a los cuatro puntos cardinales- el apoyo de nuestra oración con Cristo y en Cristo.

Es una responsabilidad muy grande, pues somos miembros de ese Cuerpo, la Iglesia, que tiene a Jesucristo como Cabeza; pero nos consuela al máximo la convicción de que en nuestra existencia ha penetrado una fuerza de eternidad, que comienza ya con nuestra respuesta, quedándonos donde y como Dios dispone.

 

Velad, orad conmigo

8.    Quedaos aquí y velad conmigo. Así rogó a los tres íntimos después de hablarles en confidencia sobre la tristeza que le embargaba. Con esta sugerencia se acentuaba la intensidad del dolor de Cristo, que no escondió a los discípulos más próximos. Los invitó además a algo que en principio no parece muy difícil: que velasen, que se unieran a sus intencio­nes, a su oración.

Velad conmigo... Esto es lo que demanda a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros. El que quiera ser mi discí­pulo... Llenémonos de agradecimiento porque -unidos a Cristo- nuestra oración es valiosísima. Nos empujó el Señor a conferir ese norte a toda nuestra plegaria -mental, vocal-, confiriendo a nuestro trabajo y a las situaciones ordinarias un claro acento de diálogo con Él.

No calculemos los resultados por la medida de nuestra debilidad. Jesús incorporó para siempre a su oración todopoderosa lo poco de nuestro yo, haciéndolo así poderoso también. Cuenta muy de veras con que le ofrezcamos lo nuestro; no añadimos nada a lo que ya es infinito, pero ese «nuestro» adquiere un inesperado relieve al mejorar y aumentar nuestra correspondencia, pues permitimos que esa plenitud de Cristo entre de modo más profundo en nuestra debilidad.

Velemos, por tanto, con Cristo. El Señor se servirá de esta tensión santa para que muchas almas -que quizá no veamos- descubran y adquieran la dimensión sobrenatural de su caminar terreno, que deben elevar al Cielo. Y, seguros de la misericordia de Dios, incorporemos a nuestra oración, labrada en Cristo, la de aquellos que querrían orar y no saben; la de los que atraviesan un momento de desesperanza; la de los que no están convencidos de que la oración guarda una im­portancia real; la de los que desconocen el modo de orar por­que nadie les ha enseñado.

Ahondemos constantemente en la riqueza insondable de estas palabras: velad conmigo. No existe oración -no sería oración verdadera- si no pasa por Jesucristo, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Con estas sencillas palabras en Getsemaní nos reveló una vez más que había venido a hacerse una sola cosa con nosotros, y a expresarnos la medida inconmensurable de su amor, pues -fijémonos bien- elevó nuestra oración al rango de la suya. Detenerse en oración, para un cristiano, es, desde entonces, orar con Jesús.

Al animarnos de este modo, aclaró el valor de nuestra plegaria, pues adquiere una riqueza impensada al identificarse con la suya. Llenémonos de fe y de confianza, ya que Jesucristo dio gracias al Padre porque siempre le escuchó (cfr. Jn 11, 41-42): luego tampoco podrá dejar de atendernos si ponemos en práctica esta invitación a velar con Él.

Cuesta salir de las palabras de Jesús. Necesitamos caer bien en la cuenta de la precisión que poseen. No dijo: «velad como Yo, rezad como Yo», porque entonces encontraríamos motivos para amilanarnos ante la imposibilidad de alcanzar ese nivel. Propuso a los apóstoles sólo que velasen -que ve­lemos- «con Él».

No desaprovechemos esta oportunidad que Jesús nos brinda de continuo porque evidentemente nos admite en cualquier hora y circunstancia, también si atravesamos por la desgracia de haberle ofendido. Si a Él clamamos, decididos a alzar nuestra súplica bien unida a la suya, lograremos superar cualquier barrera, acercándonos a la misericordia y perdón que el Maestro otorga sin cesar.

¡Cómo se agranda el alma al participar en la oración sacerdotal del Redentor! Refugiémonos en Él con nuestra limitada dimensión y, en esa comunión de plegaria, percibiremos, ele una parte, una inmensa dicha, ya que nuestra poquedad es destinataria del Amor divino; y, de otra, se saborea el alcance enorme de nuestra correspondencia que, con Cristo, se extiende a todas las almas de los diversos tiempos.

 

Corredentores con Cristo

9.    Esta línea de revelación, que se contiene en el Velad conmigo de Jesús en Getsemaní, nos abre horizontes insospe­chados. Porque la llamada de Jesús a participar en su oración v su vigilia lleva consigo la llamada a la solidaridad y la cola­boración: junto a Cristo, participamos en el obrar del Redentor, que se ofrece al Padre y se inmola gustosamente; nuestra vida comienza ya a sentirse redimida y corredentora. Siendo tan poca cosa, el Señor nos trata como si valiéramos mu­cho, pues nos llama a la unidad de su oración. Ante el Maestro jamás quedamos en el olvido: nos movemos con Cristo y en Cristo, que fue, es y será siempre el mismo (cfr. Hb 13, 8), vivificando con su Espíritu las almas y santificando todas las circunstancias humanas. Esta «comunión» con el Salvador alcanzará otro momento culminante en la Eucaristía, que acababa de instituir unas horas antes en el cenáculo. Velad conmigo, sugiere ahora, y al meditar esas palabras compren­demos que todos los cristianos -unos con la actuación ministerial in persona Christi capitis, otros con el sacerdocio común de los fieles recibido en el Bautismo- estamos con Cristo en la actualización sacramental del Sacrificio del Calvario, en el que Él se entregó por nosotros. Con qué claridad pidió a cada uno que actuase en esa renovación: velad con migo porque sin Él no podemos meternos en esa Vida y entregarla con Él.

Jesús, Señor nuestro, con las palabras que guían ahora nuestra meditación -perseverad aquí y velad conmigo-, buscaba comunicar a sus discípulos no sólo su invitación a acompañarle en la súplica de aquellos durísimos momentos, sino la seguridad de que ahí encontrarían toda la fuerza. Consideremos que la exhortación de Cristo, a la vez que nos colma de ánimo, nos coloca ante la grave responsabilidad de la tarea corredentora. En esos instantes volvía a actuar como Modelo y Maestro, pues manifestaba a los tres su papel de instrumentos y les enseñaba que, para llevar a cabo tal come­tido, necesitaban. ser hombres de oración. Una oración, claro está, según la predicación del Maestro, es decir, basada en la fe. No podían haber olvidado sus palabras -Yo os digo: pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se 1e abrirá (Lc 11, 9-10)- ni la exclamación de gozo ante aquella mujer cananea: ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres (Mt 15, 28). Jesús Todopoderoso recurre confiadamente a la ayuda de la plegaria de sus discípulos, a pesar de que no precisaba de ese auxilio para ser escuchado por el Padre ni para acometer la empresa redentora. Pero ahí nos descubre Jesús el misterio de la Iglesia. Cristo llevaba en Getsemaní y lleva ahora a su Iglesia -a cada uno de nosotros- en su alma, en su corazón, en su voluntad, en su ser; y, con rigor lógico, invitaba a la comunión, que comporta el esfuerzo de emprender sus pasos.

No entró en los planes del Señor, en efecto, que desempeñáramos sólo el papel de espectadores de su obra redentora. Desde los comienzos de la Pascua, cuando entró en lo vivo de la Pasión, decidió asociar a los suyos a sus intenciones y los hizo partícipes de sus sentimientos más íntimos. Ya les había aclarado en la última Cena que les llamaba amigos (cfr. Jn 15, 15) y que esperaba ardientemente que se unieran a su oración, de modo que todo lo suyo fuera de ellos, porque todo lo de aquellos hombres era suyo. Por eso, los instó a que comprendieran que su oración no era solitaria, ajena a los demás, sino que anhelaba -fomentando la responsabilidad personal- el clamor de la oración de la Iglesia. Más aún, transmitió a los apóstoles un mensaje de importancia capital: cada uno debía sentirse parte en la Redención, miembro vivo en su Cuerpo. Por eso, insistió a cada uno en que rezara unido a Él.

Cristo, Cabeza de la Iglesia, cumpliendo la Voluntad divina, quiso que sus discípulos participaran física y espiritualmente de su Pasión, aunque se notaran débiles. No le importó al Redentor que presenciaran su angustia para que aprendieran así que en la Cruz los hombres hemos de dejar hasta lo que más nos cuesta; y, a la vez, que no significa imperfección sentir repulsa ante esas exigencias, que debemos amar y asumir, aunque no concuerden con nuestras sanas y nobles ambiciones.

Les fijó una colaboración muy concreta: que velasen y rezasen. No les indicó nada más, dando también a entender que sus discípulos seríamos eficaces y capaces de participar libremente en la Santa Cruz que el Cielo nos confía si comen­zamos por la oración y la vigilancia con Cristo. La Cruz, por santa, es humilde y exige humildad. A lo largo de los tiempos, el Señor nos reclama esa colaboración escondida de velar y rezar, sin que nos afanemos en grandes acciones que quizá acaban quedándose en meros gestos.

Bien elocuente resultaba en este sentido el ruego del Maestro para que se unieran a su oración. Le interesaba contar con esa adhesión; como ocurrirá siempre con los cristianos, aunque con frecuencia para nosotros -como debía haber ocurrido en Getsemaní- se traducirá en una adhesión activa a la Voluntad divina, sin entender la magnitud y la razón de lo que se nos presenta, o sin comprender en qué po­demos ser útiles. El Señor recalca sin cansancio que no lo abandonemos, aun cuando sea Él quien vaya a realizar la tarea. Estamos ante una forma del gran misterio de la relación del hombre con Dios, porque Jesús no precisaba, ciertamente, de la colaboración de sus discípulos, que se durmieron mientras Él llevaba a cabo con plenitud su entrega al Padre en la oración del huerto. Persuadámonos de que es el hombre quien necesita unirse a la oración de Jesús. Por eso remueve muy de veras apreciar con qué porfiada confianza iba a buscar el consuelo de los suyos. Ahora se repite la escena Jesús quiere almas en vigilia, que superen las tendencias pro­pias de las criaturas hacia el egoísmo.

 

«Yo estaré siempre con vosotros»

10.       Cristo camina con nosotros, nos sigue de cerca, no nos olvida, porque le interesamos de manera absoluta; también con la carga de nuestras miserias, aunque espera que peleemos para rectificarlas. Para esto derrama su gracia sobre nosotros sin interrupción. No deberíamos perder nunca de vista esta verdad, que hemos de proclamar sin cesiones, para que penetre en las almas y adquiera todo su relieve.

Cristo marcha de continuo a nuestro lado y requiere nuestra colaboración, sin ceder al cansancio, aunque las circuns­tancias exteriores justifiquen esa fatiga. Con este caminar del Señor a la vera de cada uno, en las diversas circunstancias y ocupaciones, manifiesta que, al mismo tiempo que no nos deja, anhela vivamente nuestra respuesta positiva. Ahonde­mos con agradecimiento en esta posibilidad -que el Señor nos presenta ininterrumpidamente- de ejercer la libertad, facultad que tanto fascina a la criatura, pero que debe em­plear rectamente, sin ponerla a merced del capricho.

Meditemos siempre más en esta cercanía de Jesús con cada uno. No existe tregua en la divina protección que nos brinda, que nos vuelve capaces de la gran empresa de tender a una santidad, tejida, las más de las veces, de tareas cotidianas, corrientes, menudas, que se convierten, por el amor y la perseverancia, en acciones heroicas.

Al proceder así con nosotros, Jesús nos coloca ante los ojos la profundidad de su Amor. Cuando se ama de verdad -y no hay Amor más entrañable que el de Dios hacia nosotros-, el amante vuelca en la persona querida el interés, el pensamiento y la asistencia que es capaz de prestar. Los que aman viven pensando en los suyos, y ni la separación física logra distraer o disminuir este interés: lo hemos contemplado en tantos padres y madres; y quizá se nos ha hecho más palpable en personas santas.

Nos olvidemos que Cristo prometió que permanecería siempre con sus discípulos (cfr.Mt 28, 20), incluso cuando no somos conscientes de esta cercanía. Camina con nosotros, nos atiende y nos auxilia. Desde luego, cuenta con nuestra atención activa, traducida en obras, y, como buen amante, reclama que renovemos con frecuencia esta determinación enamorada. Porque existe el riesgo de que, al negarle esa colaboración, explícita o implícitamente, rechacemos su ayuda. Y sería verdaderamente penoso que nos cerrásemos a ese favor gratuito de Dios, al que nada añadimos, olvidando que su caridad perfecta le impulsa a entregarnos su felicidad, para que comencemos a gozarla ya aquí, en la tierra, y luego por la eternidad.

 

Protagonistas junto a Jesús

11. Ante tan magnánima apertura del Cielo hacia las criaturas, busquemos percatarnos de la inmensa fortuna que supone la posibilidad de participar en los planes de Dios, que quizá no coinciden con los nuestros y en ocasiones hasta nos parecerán adversos, con contradicciones más o menos acentuadas.

Nos invita a colaborar en la acción de su Amor -que une Justicia y Misericordia-, de cuya plenitud no podemos dudar, tampoco cuando algunas circunstancias rompen los moldes de nuestro discernimiento.

Tomemos conciencia de que, por la bondad de Dios -aunque no vayamos a figurar en las páginas de la historia-, somos protagonistas del buen gobierno con que la Trinidad con­duce el mundo, y debemos por tanto cooperar en lo que Dios nos señala. A los suyos, mientras se dirigían al huerto, a la vez que anunciaba la soledad y el abandono en que le dejarían al cabo de unas horas, les señalaba cómo la Pasión y la. Cruz que se avecinaban eran el camino para el horizonte de felicidad auténtica que se abriría al mundo con su Resurrección. Él ya estaba pensando en los frutos de la Redención: os precederé en Galilea (Mt 26, 32). Les estaba proponiendo que no perdieran esa «magna ocasión» de secundar la «más grande ocasión» que el Cielo ha concedido a la humanidad caída. Los emplazó, aunque no estaban a la altura -como demostrarían después-, para la fascinante aventura de la corredención. Igual nos ocurre a nosotros.

Interesarnos por las acciones de Dios, tomarnos en serio la vocación de cristianos, entraña la coherencia de ser hombres y mujeres que conceden valor a lo que verdaderamente tiene categoría. Programa válido a toda hora, porque en cada instante -siempre es tiempo de corredención- el Señor nos pide que nos mantengamos en vigilia, cumpliendo el deber.

Así descubriremos -siempre con más profundidad, no con resignación- que la Justicia de Dios jamás está separada del Amor ni de la felicidad infinita que le es inherente.

Todo gesto, toda palabra del Maestro en el Santo Evangelio, posee una inmensa riqueza, aplicable a la vida cotidiana. En la oración del huerto se palpa a manos llenas el Amor que nos llega de la eternidad en el dolor infinito de Jesús; ese Amor que le llevaba a suplicar a los hombres una activa compañía.

No olvidemos esta realidad increíble, pero completamente cierta: en la vida del cristiano, si se está a la escucha de Dios y se cumplen sus mandatos, cada instante -aun a los aparentemente vulgares- alcanza vibración de eternidad.8

 

Con María y con José

12. Jesús, en Getsemaní, pretendió el consuelo y la compañía de sus tres discípulos predilectos, que tan escasamente le correspondieron. Y es que, precisamente por ser perfectus homo, Jesús tenía -y tiene- una sensibilidad aguda para el dolor y un profundo sentido de la intimidad y de la amistad humana. La escena que meditamos nos trae el pensamiento de María y de José, las dos personas, no presentes en Getsemaní, con las que especialmente se consoló Cristo en la tierra. Debió de constituir para Jesús una alegría y un consuelo inefables la realidad de cómo renovaban una respuesta total e incondicionada a los planes divinos, en la vida corriente y en las circunstancias extraordinarias. En tal grado cooperaron, que el Señor dispuso que María, la llena de gracia, fuese señalada por Isabel como la persona en la que, por su excelsa fe, se cumplirían las promesas de Dios (cfr. Lc 1, 45); y que José, el varón justo, fuese agraciado por ministerio de Ángeles, con la custodia del Dios hecho Hombre y de su Ma­dre (cfr. Mt 1, 19-21).

María y José, por la gracia del Espíritu Santo, crecieron en la intensidad de su entrega al cumplimiento de la Voluntad del Padre. Por eso sintieron siempre a una con Jesús, estuvieron absolutamente unidos a Él, le amaron y vibraron con Él. Jesús les manifestó a la edad de doce años que había venido a ocuparse de las cosas de su Padre celestial (cfr. Lc 2, 49), y, aunque al principio no lo entendieron, ponderaron esta advertencia en el fondo de su corazón (cfr.Lc 2, 51) -acogieron el vigilate mecum de Jesús, por decirlo en los términos de Getsemaní-, para incorporarla a su conducta persuadidos de que así ayudaban a Cristo en su tarea redentora.

No extraña por eso que encontremos a José, mientras duró su vida en la tierra, plenamente empeñado en dar cumplimiento cabal a la protección de Jesús. Pasó oculto y, a la vez, desempeñó una gran tarea en la Redención, pues Cristo Hombre de él aprendió el oficio de carpintero -¡Cristo trabajó con sus manos!- y creció al amparo de la devoción que le profesaba José. Tanto que el pueblo conocía al Mesías como el hijo de José (cfr. Mt 13, 55). Con mayor relieve entró María en esos planes divinos: ¡es la Madre de Dios! En sus entrañas dispuso la Trinidad Santísima que tomara nuestra naturaleza el Hijo de Dios, de manera que María transmitió su sangre a la única Sangre capaz de lavar la inmundicia de la humanidad y de saciar su sed de Amor.

En otra línea, pero con la misma confianza, y con la certeza de que estaban en condiciones de responder con generosidad enteriza, Jesús rogó a los apóstoles que vigilasen, unidos a su oración. Aquí la miseria humana pudo más que el Amor, como meditaremos detenidamente después.

 

Frutos de la «agonia» de Cristo

13. Terminamos nuestra consideración de la tristeza de Cristo en Getsemaní. No ha existido ni existirá tristeza como la suya y, al presenciarla tan de cerca, se agiganta el misterio. El Hijo de Dios hecho hombre estaba abatido, con una zozo­bra y angustia que le embargaba el ánimo, y se manifestaba al exterior de modo físico y transparente. Su rostro adorable y todo su cuerpo reflejaban de manera impresionante, ante aquellos tres discípulos, el estado de su alma. En esta tierra jamás sabremos explicar cómo Jesucristo, verdadero Dios y Hombre perfecto, que poseía desde lo más hondo de su alma humana la paz y la felicidad, permitió que se ocultaran, para que le embargaran el desasosiego, la aflicción y la congoja. No sería Hombre perfecto si las ofensas de la humanidad, cargadas sobre Sí en el martirio de la Cruz, no le hubieran atribulado con un dolor indecible: un dolor humano que sólo podía soportar Él, por ser Dios mismo hecho Hombre.

Dios mío, Jesús bueno, tu capacidad de amar te condujo a expiar todos los pecados de la humanidad: los graves y también los más leves -;qué poco apropiado resulta este segundo calificativo para un corazón que ama!-; y así lo obraste, Señor, por ese afán tuyo de cancelar hasta la más pequeña barrera que pudiera interponerse al amor que con­tigo nos prodigan el Padre y el Espíritu Santo. Has querido, por amor, cargar con todos nuestros males. Sin llegar a comprender nosotros ni el modo ni la intensidad, entendemos, Dios nuestro, que tu tristeza fuera la más angustiosa y atribulada que se ha producido en el mundo.

Tu tristeza, Jesús, nos impulsa a amar de verdad, a doler­nos sinceramente de nuestras ofensas y de las de la humanidad entera.

 

 

1.    Orígenes, Tratado sobre el Evangélio de San Mateo, in loco

2.   Cfr. san Josemaría, Vía Crucis, VII estación.

3.      Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general, 19-X-1988.

4.     «¡Oh feliz culpa, que mereció tener tal Redentor!» (Misal romano, Pre­gón Pascual).

5.      Juan Pablo II, Carta Apostólica, Salvifici doloris, 11-I1-1984, n. 27.

6.      Cfr. san Josemaría, Camino, n. 208.

 7.     Cfr. san Josemaría, Camino, n. 707.

 8.    Cfr. san Josemaría, Forja, n. 917.