CAPÍTULO IV

Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal corno yo quiero, sino como quieres Tú (Mt 26, 39).

 

Orar con Jesús «Vigilate mecum»

l .     En las dos meditaciones anteriores nos hemos detenido, siguiendo a san Mateo (y a san Marcos), en lo que llamábamos el «pórtico» de la oración del huerto: aquella conversación entrañable y conmovedora de Jesús con sus tres discípulos preferidos, que acaba con la invitación apremiante de Jesús a que le acompañaran mientras oraba (Mt 26, 38). Ahora, en este versículo 39, que nos proponemos considerar con vene­ración, comienza propiamente la «oración de Jesús en el huerto», que se prolongará como en tres fases -a las que corresponden otras tantas visitas a los tres discípulos- hasta el versículo 46. El drama de Getsemaní concluye con la narración del prendimiento del Señor.

Con qué respeto y con qué contrición debemos introducirnos en el misterio de la oración de Jesús. Vamos a asistir, vivido dramáticamente por Jesucristo Nuestro Señor, a lo que el Catecismo de la Iglesia católica llama el «combate de la ora­ción».1 La escena del huerto debe estar bien grabada en nuestro corazón. San Lucas, que asume otra disposición en su relato, contempla a los discípulos corno un grupo único a la entrada del huerto y a Jesús que se aleja para orar: se apartó de ellos como a un tiro de piedra, escribe (Lc 22, 41). Mateo y Marcos son los que nos precisan que, al «apartarse», Jesús se llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Son bien coherentes ambos relatos. El «tiro de piedra» de san Lucas implica una cierta distancia, a la que quedaron los ocho discípulos, más lejos de Jesús y de los otros tres. Por eso, san Mateo y san Marcos, que basan su relato en referencia a estos tres, nos añadirán -para situar la oración de Jesús- que Nuestro Señor se separó «un poco» respecto de los tres discípulos, con los que conversaba y en los que buscaba compañía y consuelo, mientras les manifestaba aquella mezcla indecible de tristeza, de espanto y de flaqueza. En medio de la tremen­da agonía de su alma, esperaba algún consuelo, que sólo po­día venir de su Padre-Dios. Por eso exhortó a los discípulos a que se unieran a su oración; y se apartó ese «poco» y se postró en tierra (Marcos), rostro por tierra (Mateo) y comenzó a rezar al Padre personalmente, cara a cara.

No cabe pasar por alto estos detalles preciosos que nos ofrecen los evangelistas: ese separarse, ese adelantarse «un poco» en Getsemaní, para orar, nos habla del carácter personal, personalísimo, de la oración de Jesús, de su diálogo con el Padre. Y aquí, como en todo, Jesús nos puede repetir: exemplum dedi vobis (Jn 13, 15). La oración de Jesús en el huerto es una llamada a la oración personal del cristiano, al compromiso singular en el trato con Dios. La oración de los hijos de Dios hunde su raíz en el acercamiento individual del alma a su Creador, a su Redentor, a su Santificador. Alabemos y demos gracias al Señor porque nos distingue tan particularmente -uno a uno- para que percibamos su atención divina, su providencia con cada alma.

A primera vista podría parecer que rezar todos juntos habría manifestado más ostensiblemente la unión entre el Maes­tro y los que había convocado y hecho partícipes de su único sacerdocio. Aunque nada hubieran añadido los apóstoles con esa participación conjunta a la plegaria de Jesucristo, los discípulos sí se habrían beneficiado por la piedad perfecta del Salvador. Pero no es ésta la cuestión, pues Pedro, Santiago y Juan tenían a Jesús a unos pasos y ellos, que vieron su agonía cuando estaba conversando con los tres, ahora también le contemplaban postrado en oración y oían sus clamores. Des­graciadamente los apóstoles -y nosotros como ellos- eran muy capaces de no escuchar las magnalia Dei que salían de los labios del Maestro, para ensimismarse en sus temores y perplejidades ante la traición que les había anunciado el Señor.

La narración induce a concluir que tanto el ruego - velad conmigo - como el comportamiento del Maestro - separándose un poco de ellos - llaman imperiosamente a una oración de unidad, fundamentada en la fortaleza del esfuerzo personal, para cargar con la bendita responsabilidad de corredimir.

La oración a solas de Cristo guarda el gran tesoro de la universalidad. No podemos desatender esta clara enseñanza: Diosquiere de modo expreso la oración personal de sus dis­cípulos: de cada mujer, de cada hombre. Se aparta el Señor -hasta de cosas buenas- para alejarse de lo que pueda separarle de su diálogo con el Padre, en el Espíritu. Porque no existe verdadera plegaria comunitaria si no está radicada, como necesidad insustituible, en la oración individual de cada alma.

Cautiva este recogimiento del Redentor, y resalta el empe­ño que se ha de poner en la oración. Al comentar este pasaje, san Juan Crisóstomo explica que «estaban los discípulos tan inseparablemente unidos con su Maestro, que tuvo el Señor que decirles: permaneced aquí mientras Yo me retiro para orar. Porque tenía por costumbre orar a solas. Esto lo hacía para enseñarnos a nosotros a que también busquemos para nues­tras oraciones la mayor tranquilidad y soledad».2 El Creador, que se ha gozado en la creación única e irrepetible de las per­sonas, espera esta respuesta de cada uno en singular.

Muchas veces hemos meditado, también porque son de gran consuelo, las palabras dula Sabiduría que expresan netamente que las delicias de Dios son estar con los hijos de los hombres (Prv 8, 31). Con la fuerza luminosa de esta certeza se entiende mejor que también las criaturas enfermas mal trechas, invalidas de cuerpo o de mente, son particularmente amadas por la Santísima Trinidad, pues pueden convertir su limitación física en oración y serán consolados por Dios mismo (cfr. Mt 5, 4). ¡Qué gozo habrá en el Cielo al contem­plar que Jesucristo -perfecta imagen visible del Dios invisible (cfr. Col 1, 15)- atrae a Sí a esos enfermos o incapaci­tados! De todos modos, ante nuestra debilidad o limitación resalta hasta como una exigencia, o como una consecuencia lógica, esa oración a solas de Jesucristo, en el Espíritu San­to, al Padre: lógica porque, aun en el caso de que nuestro diá­logo con Dios Padre fuera perfecto, que no lo es, siempre desentonaría con la íntima e inefable unión entre el Unigénito y su Padre. Apartándose, mientras rogaba a los discípulos que vigilaran, muestra con fuerza tangible a sus criaturas que Él supera esa distancia y le agrada nuestra oración.

Al considerar que la Trinidad Santísima se ha gozado en la creación de cada uno de nosotros, dándonos una existen­cia personal e irrepetible, con nuestro cuerpo y con nuestra alma, se deduce fácilmente que a Dios, por analogía, le inte­resa la oración personal de cada hombre, de cada mujer, tam­bién porque nadie nos puede sustituir -aunque nos empeñáramos- en esta relación de criatura a Creador.

Motivos sobrados tenemos para gloriarnos, pues el Cielo nos oye; e igualmente motivos sobrados tenemos para ahon­dar en la humildad, por la desproporción que media entre el Señor y nosotros, y también porque Él, el Todopoderoso, no cesa de escucharnos.

 

A la vista de los hombres

2.    Se retiró un poco Jesús, pero de modo que no quedara oculto a los suyos. Y allí se concentró en su oración, deseoso de que los demás le acompañaran, sobre todo aquellos más íntimos, tan queridos.

Este Jesús orante era el mismo que provocó con su vida y su ejemplo la petición de los suyos para que les enseñase a rezar. Y les enseñó (cfr. Lc 11, 1). Pero en Getsemaní aquellos que aprendieron del Divino Maestro el arte de la oración le dejarían solo. No supieron estar a las duras, olvidando que la oración áspera y seca, cuando los sentidos y potencias del alma se resisten, puede adquirir más valor que la de un amor subido y pacífico. Pero esa actitud distanciada de los discí­pulos, de la que los evangelistas nos hablarán después, tam­bién después la consideraremos nosotros. Ahora continua­mos atentos a Jesús postrado en oración.

Las acciones de Jesús, Hombre perfecto, que es la Luz (cfr. Jn S, 12), son punto de referencia para una vida cristiana coherente; por eso no ocultó las tentaciones con las que pretendió atacarle el diablo; ni su pobreza de hijo de artesano, que le obligó a moverse en un ambiente humilde; ni su cansancio por caminar largamente tras las almas; ni su hambre física, después de horas sin probar alimento; ni sus lágrimas ante la cerrazón de quienes rechazaban el amor y preferían el mal; ni su ira santa cuando se degradaba el culto debido a Dios; ni su tribulación ante el panorama estremecedor de la Cruz.

No se escondió Jesús en el huerto ni se ocultó a la vista de sus discípulos. Se alejó un poco, a un tiro de piedra, para desahogar más libremente su corazón al Padre, pero no escondió su oración, su diálogo. Tampoco se ocupó de las cosas sólo para dar ejemplo; de hecho, se detenía en su oración mientras sus discípulos dormían.

Hemos de convencernos de que, suceda lo que suceda, en la soledad, en medio de contradicciones, nos atañe la obliga­ción de no eludir el deber. Sólo así cabe exigir derechos. Y sólo así lograremos ayudar o ilustrar a los demás.

Somos cristianos, hijos de Dios en toda hora y circunstancia. Por el Bautismo se ha impreso en nuestra alma el carác­ter, que sella nuestra pertenencia a Cristo y nos permite trazar nuestra existencia entera con el temple de cristianos: nada escapa a esta rica posibilidad de caminar en un diálogo permanente con la Trinidad Santísima. Adquiere extraordinaria importancia esta actitud en las tareas de mayor categoría, pero no guardan menos riqueza los pequeños pormenores.

El cristiano ha de marcar con esta impronta sus ocupaciones. No perdemos la libertad cuando respondemos que sí a los planes de nuestro Redentor, porque -al ser coherentes con la vocación de hijos de Dios- nos enraizamos más fuertemente en la ley divina, que santifica y, por lo tanto, robustece y perfecciona la personalidad.

Pensemos frecuentemente que este esfuerzo de coheren­cia trasciende el propio comportamiento, también para orien­tar a quienes conviven o están cerca de nosotros. Asumir el cristianismo a fondo enriquece al alma y abre horizontes am­plios y bellos, pues se palpa la Comunión de los Santos, la solidaridad sobrenatural que impulsa a amar, a respetar y cola­borar rectamente con los demás.

Este modo de actuar de Jesucristo, aparte de estimularnos de forma práctica a cumplir fielmente el deber, realza el vencimiento de un obstáculo que quizá puede paralizarnos: los respetos humanos. Cabría calificarlos como infrahuma­nos, pues impiden el desarrollo de la personalidad, que se consolida con el estilo marcadamente cristiano de nuestras actuaciones.

Lo más normal es que las personas no se avergüencen de los suyos. Al contrario, suelen manifestar un orgullo legítimo y un agradecimiento vigoroso a quienes los han traído al mundo y los han educado con su generosidad y su ejemplo. Hablan con naturalidad de ellos y les dirigen su gratitud en los momentos importantes de la existencia. Somos hijos de Dios y herederos del Cielo. Para encontrar acceso a la grandeza de esa condición y sacar rendimiento de tan afortunada riqueza, debemos adecuar nuestra conducta a la identidad cristiana.

Demos gracias al Señor Jesús porque en Getsemaní no quiso ocultarnos su angustia y su trepidación ante la prueba, a la vez que nos revelaba, en medio de aquella agonía, la nece­sidad de recurrir a su Padre, reconociendo que precisamente de ese trato sacaba la fuerza. Aprendamos y ejercitemos la libertad santa de los hijos de Dios y hermanos de Cristo, que ansían la gracia del Espíritu.

Superar con naturalidad los respetos humanos, reñidos con la sinceridad y con la lealtad, dará pie a que muchos se pregunten por el sentido de la coherencia cristiana, y se decidan a reemprender su camino o a buscar al Dios que no co­nocen.

Comprendamos, pues, que la Fortaleza del Redentor hun­dió sus raíces en la unión con su Padre, que no disimuló ni dejó jamás en la penumbra. Él mismo nos asegura que cum­ple siempre las obras del Padre: Yo hago siempre lo que le agra­da (Jn 8, 29).

 

Rezar con esfuerzo

3.   Hemos comentado ya varias veces que nos proponemos no perder ningún gesto del Maestro, porque hasta el más pe­queño comunica un tesoro de enseñanzas. Por eso no nos cansamos de fijarnos en su oración en el huerto. Ha transcu­rrido una jornada intensísima de trabajo y de entrega, en la que amó a los suyos usque ad finem (Jn 13, 1). Al llegar a Getsemaní entró en agonía con una congoja indescriptible mientras conversaba con los discípulos y, a pesar de ese de­terioro, se levantó, se apartó un poco, cayó hincado de rodillas y comenzó de modo expreso su oración. Puso en acto un es fuerzo agotador -hasta inclinarse rostro por tierra, puntualiza san Marcos- para que todos sus sentidos y potencias de Hombre perfecto entraran en el diálogo con el Padre. Y así perseveró durante horas, sin concederse otra pausa que la le acudir a los suyos para despertarlos e instarles de nuevo a que permanecieran en oración con Él.

Se nos aviva en el alma de modo patente el «esfuerzo» de Jesús para recogerse en oración y para superar todo obstácu­lo  corporal o anímico. Ahí queda patente en los relatos evangélicos. Hablando a lo humano, ¡qué tesón intelectual y físi­co el de Jesús en esos momentos! También aquí resuena para nosotros la palabra normativa de Jesús: os he dado ejemplo (Jn 13, 15). Por eso, la sequedad, el cansancio, la tribulación, el dolor nunca deberían constituir una traba para la ora­ción. Podrán, sí, aconsejar o determinar un modo u otro de orar, pero jamás deberán apartar a un discípulo de Cristo del diálogo filial con su Padre Dios. Precisamente la oración de Jesús durante esas horas nos indica a las claras que el itinerario para dar un sentido y una salida a grandes sufrimien­tos y a la «tristeza» existencial que conllevan, se abre precisamente a través de la oración. Terminaron aprendiéndolo los apóstoles, que estaban como ausentes en aquella dramática situación de Jesús. San Josemaría nos lo subraya en un punto de Camino:

«Para poner remedio a tu tristeza me pides un consejo. Voy a darte una receta que viene de buena mano: del apóstol Santiago.

»"Tristatur aliquis vestrum?" (¿Estás triste, hijo mío?) "Oret!" (¡Haz oración!). Prueba a ver.»3

Una oración será a veces la nuestra -en circunstancias personales difíciles-, que descubrirá su modelo exacto en estas horas de Jesús, cuando nos hallemos atribulados y como seca el alma, apenas con la posibilidad de dejarse llevar de la fe desnuda y repetir, como Jesús, una vez y otra, la misma frase. Él repetía al Padre: que no se haga mi voluntad sino la tuya.

También a cualquiera de nosotros, en un determinado momento de tribulación, podría suceder que sólo seamos capaces de musitar e insistir: Jesús... Jesús... Iesu, Fili Dei, miserere mei peccatoris...

Pero de ordinario nuestro esfuerzo irá dirigido a superar la tentación de no dedicar el tiempo previsto a la oración para ocuparnos de otras cosas «más urgentes». Y, una vez rechazada esa equivocación, tratemos de mantener la atención en el Señor y «contarle» nuestras cosas. Aunque aflore el razonamiento falaz de que, al hablar con Dios, lo nuestro tiene escasa importancia, ese poco hay que exponérselo por ente­ro. Si la oración de los cristianos se forjara con esta intensi­dad, ¡cuántos propósitos se cumplirían!

 

Rendido de hinojos

4.    «De rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración. »4 ¡Rendido de hinojos! (cfr. Lc 22, 41). ¡Postrado rostro por tierra! (cfr. Mt 26, 39). ¡Qué expresivo es el Evangelio! Hasta la postura física de Jesús habla del profundo sentido de adoración y de alabanza que es esencial a la relación del hombre con el Creador, y que se expresa de manera eminente en la oración. Cristo, de rodillas ante el Padre, nos habla, en medio de su agonía, del magnífico cometido del cristiano, que debe convertir toda su tarea en una alabanza a la Trinidad, bien decidido a adorarla con todo su ser.

A pesar de la tristeza y de la congoja que embargaban al Maestro, el ánimo de Jesucristo -en lo más profundo de su espíritu- no fue en aquellos instantes distinto del que se expresa, por ejemplo, en la alegría de sus milagros. Servía siem­pre al Padre, en la fuerza del Espíritu, como ejecutor perfecto de la Voluntad divina.

Evidentemente, las acciones de Cristo se alzaron en un continuo loor al Padre. Por eso, y sin miedo a exageraciones o a interpretaciones acomodaticias, hemos de concluir que rezar de rodillas, mortificando el cuerpo, es sumamente agra­dable a Dios.

No quitemos, pues, importancia a los gestos del cuerpo en la relación con Dios: a las inclinaciones de cabeza, a las genuflexiones, a esas circunstancias del culto público o de la oración personal en que nos ponemos de rodillas, a esa pos­tración en tierra de los que van a ser ordenados para el ministerio sacerdotal. Son modos de la tradición y de la liturgia que manifiestan la espontánea unión completa del cuerpo a la oración de reverencia, de piedad y de reconocimiento go­zoso de nuestra condición de criaturas ante el Creador.

Contemplar a Cristo rendido de hinojos impulsa extraordinariamente a la piedad, al recogimiento y, simultáneamente, ratifica el principio de que requisito imprescindible de la eficacia de la oración es dirigirla al Señor desde el convencimiento de la humildad. Explica santo Tomás que, postrándose en tierra, Jesucristo se propuso darnos ejemplo de esta virtud, absolutamente necesaria para rezar, ya que la oración del que se humilla penetra hasta las nubes (Si 35, 21, Vulgata), y también para señalarnos que no hemos de confiar en nuestra virtud, sino especialmente en la misericordia de Dios.5

Los ruegos del Hijo muy amado a su Padre celestial habrían sido igualmente íntimos y plenos si se hubiera quedado de pie. Pero no podemos minusvalorar ninguna de sus acciones, que en este caso invitan a examinar las disposiciones de alma y cuerpo en la celebración de la misa o ante la Presencia real de Jesús en la Eucaristía.

Denota también esa actitud el deseo de acoger y acomodarse a los planes divinos. En ocasiones nos corresponde asumir esa postura externa -la genuflexión, la oración de rodillas-, no sólo por la dimensión de adoración que es inmanente a la oración auténtica, por esa distancia entre la perfección de Dios y nuestra rudeza, sino porque la oración guarda también una dimensión de penitencia y de purificación, como nos enseña la Iglesia en sus rúbricas litúrgicas.

Esas posiciones significan respeto o invocación de clemencia. Por eso favorece el crecimiento de la vida interior no olvidar esta faceta, al arrodillarnos para rezar o para adorar al Señor. Contribuye también así a la intimidad de trato con la Santísima Trinidad, sin quedarse en una simple apariencia ritual externa.

Cristo arrodillado desvela la senda que escogió para superar su cansancio físico: evitemos las excusas que arrastran a justificarnos o a dispensarnos en la intensidad del rezo. En cambio, los discípulos se sentaron y los venció lógicamente el sueño. Idéntica podría haber sido la reacción de Jesús, que también acusaba la fatiga física -bien explícitas son las es­cenas del pozo de Sicar (cfr. Jn 4, 6), o el sueño profundo en la barca (cfr. Mt 8, 24)- y necesitaba humanamente ese re­poso. Pero escogió la vigilia.

Al contemplar a Cristo orando sobre la dura piedra aprendemos la lección clara de que la penitencia y la mortificación han de ser externas e internas. Hemos de mortificar los sentidos corporales y los que hunden su raíz en el alma: el pænitemini -¡convertíos!-, tantas veces repetido en el Evangelio (cfr. Mt 3, 1; 4, 17; Mc 1, 15; Lc 3, 8), conduce a liberar el propio yo de ataduras que lo rebajan y atan a lo caduco. La penitencia pone en condiciones de entender con mayor profundidad que el Reino de Dios está en medio de vosotros (Lc 17, 21): el Redentor ha implantado el Reino verdadero, que penetra hasta lo más íntimo de nuestro ser, para que le rindamos el homenaje debido, destruyendo con decisión los ídolos  -grandes y pequeños- que fabrica el yo.

 

Rezar con las potencias y con los sentidos

5.        El desgaste y la fatiga de Jesús, en aquella vela, fueron impresionantes. No sólo por su actividad -incluso había servido físicamente a los discípulos (lavatorio de los pies)-, s i no  o también por la intensidad espiritual de la última Cena, en la que toda su energía divino-humana se concentró en la institución de la Eucaristía (y del sacramento del Orden), con la plenitud de entrega a la humanidad que esos santos misterios encierran. Su agotamiento al pisar el suelo de Getsemaní era tremendo. Y en esa situación le adviene la «agonía » ante la Cruz ya tan próxima. No busca entonces descanso físico, sino compañía, consuelo para el alma. Y cuando se adentra en la oración se postra, se arrodilla ante el Padre.

Jesús reza de rodillas, quizá también para avivar su vigilancia y su oración, como había recomendado a los discípulos. De nuevo, la enseñanza del Maestro evidencia que sus actitudes en la tierra guardan una referencia directa a nuestra vida y a nuestra salvación. Hemos de participar en el diá­logo con el Señor, en alma y cuerpo, con potencias y sentidos . Se entiende perfectamente que personas de intenso trato con Dios aconsejen esquivar todo lo que sea obstáculo para concentrarnos en la oración.

Jesús en Getsemaní quiso orar con ese porte, sin duda para no interrumpir su plegaria ni por un instante, y para que no le arrollara el descanso lógico que le reclamaba el cuerpo. Jesús, de hinojos, es ejemplo de recogimiento y adoración.

Clavemos, pues, nuestra mirada en Jesús, persuadidos  de que, si Él sugiere algo duro, que rechazaríamos por el esfuerzo que implica, concede su auxilio divino para que salgamos vencedores.

A una apreciación superficial puede parecer detalle insig­nificante ese ademán de Jesucristo y, sin embargo, formó parte de aquella oración trascendental que era preludio de la nueva unión del Cielo con la tierra. Supliquemos al Señor que no olvidemos que la oración se trenza con el alma y con el cuerpo, que nos recuerde la urgencia de cuidar los gestos, la «urbanidad» de la piedad, cumpliendo y entrando a fondo en el significado de las indicaciones litúrgicas, aunque es­temos cansados o secos.

 

La oración de Jesús

6.    Hasta ahora, centrados en la primera parte del versículo 39, hemos considerado lo que podríamos calificar de «ac­titudes» de Jesús en la oración de Getsemaní. Ahora pasamos a la segunda parte de este versículo, donde san Mateo nos ilustrará sobre el «tema» de aquella oración.

De nuevo, pues, nuestra mirada y nuestro corazón en el Maestro, hincado de rodillas entre los olivos, con la agonía del dolor en el alma. Escuchemos, porque llega hasta noso­tros su clamor:

Oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como Yo quiero, sino como quieres Tú (Mt 26, 39b).

Rogaba que, a ser posible, se alejase de él aquella hora. Decía: ¡Abba, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú (Mc 14, 35b-36).

Oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42).

Después pasaremos a meditar cómo se proyectan estas palabras sobre nuestra oración. Intentemos ahora profundizar, por un momento, en el «contenido» de ese coloquio filial. Porque el diálogo del Redentor con el Padre es uno de los eventos más intensos de revelación del misterio de Jesucristo: revelación del misterio de su filiación divina -única y personal, trascendente, intratrinitaria-, vivida y manifestada en sus acciones y sentimientos de hombre que percibimos con una fuerza extraordinaria en esta escena. Porque esa tremenda y reiterada invocación al Padre concentra en Cristo un único tema y un único contenido: la angustia que le asalta ante aquel cáliz -que es voluntad del Padre- y que le insta rogar que pase, que esa voluntad sea distinta.

¿Qué contenía el cáliz, que provoca en Cristo una angustia  y una aflicción tan espantosas? Ciertamente, el horror a la muerte que experimenta todo hombre; a una muerte que Jesús veía y vivía anticipadamente con el tremendo sufrimiento físico y psíquico que se acumularía en la Pasión y en la Cruz. Pero esto sólo fue el principio del cáliz, el primer sor­bo. El espanto de aquella agonía se fraguaba, principalmente, a causa de nuestros pecados, a causa del desprecio del hombre a la mano misericordiosa que le tendía el Amor de Dios. Jesús se angustiaba por la ceguera de los hombres ante el Amor. Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise cobijarte... y nos has querido (Mt 23, 37). Jerusalén, no has sabido reconocer  el día en que te visitaba: tempus visitationis tuæ (Lc 19, 14). Y Jesús lloró por la ciudad, por el pueblo: flevit super illam (Lc 19, 41). El tema, ya muy vivo desde la entrada en la Ciudad Santa, se desbordó en el Monte de los Olivos. ¡Padre! Todo le es posible, aparta de mí este cáliz. Pero, a la vez que suplica no beber el cáliz, se adhiere de manera humilde y total a la  voluntad del Padre, sea la que sea: no lo que yo quiero sino lo que quieres Tú, no como Yo quiero sino como quieres Tú, no mi voluntad sino la tuya.

La oración de Jesús se convierte así en uno de los lugares de máxima significación dogmática para abordar el misterio de Jesucristo, es decir, el misterio de la doble naturaleza de Nuestro Señor, la naturaleza divina y la naturaleza humana que subsisten, inconfusas e inseparables, en la unidad de la Persona divina del Hijo de Dios, Segunda de la Trinidad San­tísima, el mismo Dios que el Padre. Getsemaní pone de manifiesto, con una radicalidad sin par en los Evangelios -y con  una perfecta coherencia entre los evangelistas-, cómo una doble naturaleza traía consigo la presencia en Cristo de una doble voluntad: una voluntad divina y una voluntad humana. En la oración del huerto resplandece, en el dolor y en la angustia, la perfección de la naturaleza humana de Cristo, que se expresa en los actos de su voluntad (humana). A Cristo, como hombre, le repugna el sufrimiento y la muerte, y así lo manifiesta al Padre: no los quiere. Pero en cuanto Dios tiene una única voluntad con el Padre. La maravillosa lección de Getsemaní -y, a la vez, la revelación del misterio de Jesús­ es que el Señor, también como hombre, también con su voluntad humana y superando su «natural» -en el sentido estricto de la palabra- repugnancia al dolor y a la muerte, se adhiere plenamente con su voluntad humana, fortalecida en la oración, a la voluntad divina. Y así aparece ante nuestros ojos la doble naturaleza de Nuestro Señor, su misterio adorable, en el que la naturaleza (y la voluntad) humana no está absorbida o aplastada por la divina, sino que subsiste en la Persona del Verbo, del Hijo, con su plena y total -y dramática- realidad. Realidad y perfección de la humanidad de Cristo que la Iglesia ha captado, sencillamente, al contemplarle mientras ora en el huerto y al ver a nuestro Salvador postrado de hinojos y clamando al Padre entre lágrimas. Y después, la misma Iglesia ha leído así el drama de Jesús: no lo que yo quiero (yo, la Persona del Verbo en cuanto hombre), sino lo que quieres Tú (tú, el Padre, y yo, el Hijo, en cuanto Dios); no mi voluntad (humana), sino la tuya (que es la mía, en cuanto Dios).

Esta plegaria de Cristo será lección impresionante con la que el Maestro explique, a los hombres y mujeres de todos los tiempos, que el gran tema de la vida gira alrededor de la tensión entre voluntad del hombre y voluntad de Dios, y que el gran tema de la oración se centra en la adecuación a la vo­luntad de Dios de la voluntad del hombre. Es el combate de la oración desde el ejercicio de la libertad: no lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú. Nuestra meditación, ahora, no puede continuar sino contemplando a Cristo, de hinojos, en este clamor de oración. Poco después, sin salir del huerto, cuando ya el traidor estaba allí con la partida, Jesús cortó todo in­tento de resistir a los que venían a detenerlo con esta terminante aclaración: calicem quem dedit mihi Pater non bibam illum? (Jn 18, 11). ¿Pero acaso voy a dejar de beber el cáliz que me ha dado el Padre? No podía el Evangelio expresar de manera más literal y profunda la perfecta identificación de su voluntad humana con la voluntad divina, la libertad con la que Cristo se encamina a la muerte redentora. El cáliz de la agonía pasa a ser el cáliz amado: non bibam illum?

 

Confianza filial

7. Abba, Pater! ¡Todo te es posible! (Mc 14, 36). Ponderemos, ante todo, esta ternura con la que Jesús se dirige al Padre en aquella hora dramática. Ya nos lo había revelado al enseñarnos el padrenuestro, pero en aquella larga noche, con su propia oración, nos mostró que nuestra oración ha de ser como la suya: la de un hijo que habla confiadamente con su padre, con su Padre-Dios.

San Mateo nos detalla que le llamó en aquella hora no sólo Padre, como en tantas otras ocasiones habían oído los discí­pulos, sino Padre mío, como subrayando la intimidad de la relación intratrinitaria y exponiendo sentidamente al Padre que era Padre suyo de una manera única, y Él, Hijo de una manera también irrepetible: es tu Hijo, Padre mío, el que te implora. Ni antes ni después del Huerto de los Olivos aparecerá esta invocación en los Evangelios. Exactamente lo mismo hemos de afirmar del Abba, Pater!, de san Marcos, aun­que es lógico suponer que Jesús utilizaría habitualmente esa expresión al dirigirse a Dios Padre. La intimidad, la confian­za y la ternura provienen de ser Abba la palabra aramea, familiar, infantil, con que los niños llaman a su padre, que lo puede todo: Abba, Pater! ¡Todo te es posible! Los evangelistas retuvieron en su lengua originaria, como comprobamos, este modo sorprendente de invocar al Padre, precisamente al relatar lo que salió de la boca y del alma de Jesús en el huerto: ¡Papá! Y pasados los años, cuando la expresión de la cultura cristiana era ya la lengua griega, y después también la latina, la dulzura de esta bendita palabra de Jesús se siguió manteniendo en el original arameo, tal como la pronunció el Maestro. ¿Podremos dudar de que, ya desde los primeros cristianos, la filiación divina en Cristo Jesús es el núcleo mismo de la fe y de la vida nueva?

En su eterno designio, Dios nos ha hecho hijas e hijos del Padre en el Señor Jesucristo por la misión del Paráclito, Amor infinito del Padre y del Hijo. El Salvador, al enseñarnos a invocar con tanta intimidad al Padre, ha grabado a fuego en las almas, con incisión divina, esta confianza filial. Nos ha recordado que el Padre celestial posee la solución adecuada para todas las incógnitas y problemas Abba, Pater! ¡Todo te es posible!-; y nos ha instado a que asimilemos esta realidad... Sin embargo -somos conscientes-, nos hallamos muy distantes todavía.

¡Padre mío!, exclamó Jesús, gozoso de su filiación inigualable, que tocaba a manos llenas la cercanía inseparable de la Primera Persona de la Trinidad Santísima. Ya sólo a través de este modo de expresarse nos iluminaba con nuevos matices la unidad en el amor intratrinitario. La unidad comporta consuelo, fortaleza, entendimiento, identificación, omnipotencia, eternidad, caridad perfecta. También en Getsemaní, como cuando vino a la tierra, dio hechura al plan de su Padre celestial.

Jesucristo acudió, ante el sufrimiento de su Humanidad, al único refugio, a la única fortaleza: a su Padre Dios, que es también nuestro Padre. Apenas se requiere imaginación para advertir el tono cálido, urgente y confiado con que se acogía al Amor del Padre: ¡Todo te es posible! El Unigénito, por ser Dios, tiene la misma esencia del Padre, pero por ser hombre le prestaba honor y reverencia. ¡Con qué vibración escuchó las inspiraciones, que encerraban el sonido del Cielo! El Espíritu Santo -gracia increada- habitaba en plenitud la Humanidad de Cristo y acompañó cada una de las expresiones del Redentor.

En aquella noche de Cielo -de dolor que era Amor-, mientras permanecía la tierra encerrada en sí misma, acudió con el gran Amor, con la fuerza del Espíritu Santo, a la cita de Getsemaní. Sólo una Caridad perfecta, como la suya, era capaz de darse sin imponerse; y de hacerse igual a los demás para que ninguno se sintiera desplazado. Dormía nuevamente la tierra en esas horas, y los hombres brillaron por su ausencia durante momentos irrepetibles del coloquio divino que estamos contemplando. Qué profundidad y belleza encierra y comunica esa exclamación: ¡Padre! ¡Padre mío! La Palabra hecha carne, ha descrito egregiamente el Amor que une a las tres Personas, y ha trazado la estela de salvación para las criaturas, la posibilidad de que el mundo vuelva a rendir gloria al Creador.

Con qué estupenda y sencilla claridad apuntó Cristo, al expresar la filiación divina, que «Padre» equivale a Omnipotencia y que, por tanto, hemos de acudir a la oración confiadamente. Él, en cuanto Hombre, crecía en un amor ejercitado con totalidad, y en aquellos instantes tradujo su unión con el Padre en el Espíritu Santo con estas palabras: Todo te es posible (Mc 14, 36). Concluyamos que es necesario amoldarse a los planes del Cielo con la certeza de que, si nos dejamos atender, nuestro Padre Dios nos conducirá práctica­mente de la mano para afrontar y recorrer felices el camino hacia la plenitud de vida cristiana, que reclama generosidad absoluta.

No lo dudemos jamás: si nos dejamos proteger por la coraza invulnerable de la paternidad divina, nada nos puede vencer; pasaremos por encima de la misma muerte, pues cada uno de los hijos e hijas de Dios en Cristo, de plenitudine eius nos omnes accepimus (Jn 1, 16): vivimos y nos movemos por Cristo, con Cristo y en Cristo. Si aprendemos a rezar con Jesús y como Jesús -es decir, como hijos de Dios que confían en su Padre-, saldremos de la oración poderosamente fortalecidos, y no surgirá prueba alguna que nos haga desfa­llecer, a pesar de que nuestra debilidad personal tal vez se agigante.

Qué agradecimiento debemos manifestar a Jesucristo, perfectus Homo, orante en Getsemaní, por el don y por la ense­ñanza: por el don de la filiación divina y por habernos en­señado cómo, en esas circunstancias tan tremendas, la vivía Él, el Hijo de Dios.

 

Tiempo diario para la oración

8. Hemos, pues, de aumentar nuestra gratitud al Rabí de Nazaret, porque verdaderamente es el Maestro por antonoma­sia, el Amigo, el Hermano, el Médico. Fue desgranando su oración en el Huerto de los Olivos ¡y qué seguridad nos transmitió! Ciertamente, todo su caminar por esta tierra discurría en total unión con el Padre, pero las palabras suyas que aquí han transcrito los evangelistas constituyen un tesoro de valor extraordinario.

En las acciones de Jesús, que es el esplendor de la gloria de Dios (cfr. Hb 1, 3) no podía haber cosas raras, y tampoco las exige de nosotros. También en las horas de Getsemaní, envuelto en su dolor y en aquella agobiante tristeza, Jesús oró con sencillez y naturalidad. Con esta perspectiva se en­tiende mejor ese apartarse un poco que estamos meditando: Él buscaba las condiciones más favorables para conversar con su Padre-Dios.

Las personas, cuando los embarga una preocupación o necesitan desahogar el corazón, acuden a quien les merece confianza, porque los quiere bien. «Empecemos a conducirnos así con Dios, seguros de que Él nos escucha y nos respon­de; y le atenderemos y abriremos nuestra conciencia a una conversación humilde, para referirle confiadamente todo lo que palpita en nuestra cabeza y en nuestro corazón: alegrías, tristezas, esperanzas, sinsabores, éxitos, fracasos y hasta los detalles más pequeños de nuestra jornada. Porque habremos comprobado que todo lo nuestro interesa a nuestro Padre celestial. » 7

Fuerte en amor y en espontaneidad se desarrolló la oración de Nuestro Señor en el huerto. ¿Quién podía consolarle más que su Padre Dios? ¿Quién era capaz de entender mejor sus afanes y su angustia de amor por los hombres? No suelen los evangelistas prodigarse en detalles o referencias marginales, menos aún al relatar estas horas tremendas a las que se orienta toda la misión de Jesús.

No se distanció de los suyos -de los hombres y mujeres de todos los tiempos- ni en su interés ni en su amor. Preci­samente porque apreciaba nuestra vida, que hemos de santi­ficar, actuó de ese modo luminoso y ejemplar. De una parte estableció que sin oración, sin referencia a Dios, no se puede divinizar la existencia; de otra, nos demostró prácticamente que hemos de pelear para recogernos más y mejor cuando hayamos de rezar.

La oración diaria -mental y vocal- es componente esencial de la vida de quien se sabe hijo de Dios. «Este punto de partida será el origen de tu paz, de tu alegría, de tu serenidad y, por tanto, de tu eficacia sobrenatural y humana. »8 No caigamos ingenuamente en el razonamiento falaz de que nos falta tiempo. Cuando surgen circunstancias extraordinarias de fuerte riesgo, ningún cristiano escapa del instinto de invocar a Dios o a su Madre Santísima. Por tanto, debemos centrar este hábito, crear esta disposición en el alma, es decir, aplicar la inteligencia a la realidad de que cada instante y cada suceso pueden convertirse en encuentro con Dios. Él nos abre la posibilidad de descubrir su intervención paterna en las cosas pequeñas o grandes de cada día, y la oportunidad de santificarnos, con su gracia, en las circunstancias ordinarias.

El reflejo de volvernos a Dios, una y otra vez, adquirirá la debida intensidad en nuestro ser, si el hábito de hacer ora­ción se incorpora a nuestro horario cotidiano. Jesucristo, que vino a la tierra para ser Maestro, Amigo y Médico, nos lo enseñó, ante todo, con su ejemplo, dedicando a la oración tiempos privilegiados, en ocasiones arrebatados al sueño o al descanso. Esta luminosa actuación del Mesías ha de proyectarse sobre la conducta de los hijos de Dios. Nuestro caminar brillará como reflejo de esa luminosidad, si estamos a la escucha del Padre, de esa voz vivificadora y santificadora que habla a la conciencia y nos interpela sin interrupción. Convenzámonos de que no nos falta tiempo, en nuestra jornada, con el fin de encontrar espacios aptos para esa conversación filial con el Señor.

Ese adelantarse un poco, que ya hemos mencionado, es también una manifestación de su recogimiento para la oración. Una invitación a cada uno de nosotros para que al rezar, al ponernos delante de Dios en ese diálogo diario, sepamos retirarnos cuanto sea necesario. Procuremos sincera­mente que nada interrumpa esa conversación, en la que nuestras preocupaciones, trabajos, penas, ambiciones debilidades, queden expuestas a Dios Padre en un trato de sincero amor. Así, nuestras cosas son ya de nuestro Padre Dios; y de Él descenderá el auxilio apropiado. Empeñémonos en «separarnos», como Jesús, incluso de la ocupación que nos parezca más importante, para quedarnos a solas con el Señor: en ese coloquio con el Creador es donde el alma reposa, toma fuerzas y corrige la ruta de su andar, de acuerdo con lo que percibe que es Voluntad de ese Dios, que no ceja en su empeño de que vayamos a la santidad.

Nunca nos abandona el Señor a un destino ciego. Le atañe cada momento de nuestro caminar terreno; no deja nada al azar; nos coloca siempre en condiciones convenientes para que tendamos hacia Él. Pero no descubriremos ese vestigio divino en nuestros pasos si no vigilamos y peleamos para verle y oírle en el interior del alma.

Descubramos ese contraste pedagógico que se verifica en Getsemaní. Los hombres apenas atendieron los ruegos de Jesús. En cambio, Dios Padre le atendió y le confortó. Él siempre nos escucha: pero tenemos que hablarle.

 

Pedir con sencillez

9.    Causa una honda y entrañable admiración la sencillez con que, en medio del temor y de la angustia, Jesús se dirige al Padre con frases impregnadas de extrema naturalidad, como las habría pronunciado uno de nosotros en caso de un sufrimiento de envergadura. No se sirvió de razonamientos, sino que expuso lisamente su petición como hombre, como perfecto Hombre.

Cabían muchos modos razonables de argumentar. Parecía imposible que quien carece de defecto alguno asumiera la carga de los pecados del mundo, que constituía la rebelión más directa contra el mismo Dios. No se concibe el fracaso, aparente, de que quien ha venido a traer la vida se sujetara a la muerte, y a una muerte tremenda, de suplicio. Los planes divinos, una vez más, superan las lógicas humanas y la ima­ginación más atrevida.

Siendo el Señor de condición divina -perfectus Deus-,9  y estando, por tanto, a una distancia infinita de nosotros, ha querido operar ese milagro grandioso de asumir la naturale­za humana. No hay en Él limitación alguna; y, sin embargo, se abajó a las nuestras y habló como nosotros, se alimentó como nosotros, trabajó como nosotros, se cansó como noso­tros, cumplió las leyes civiles como nosotros..., rezó como «deberíamos» rezar nosotros.

Con su vida no señaló metas imposibles. Jesucristo se movió, desde luego, en el nivel de la más sublime perfección, y nos obtuvo la posibilidad de renacer y de crecer constantemente en la gracia: mostró cómo hemos de acudir al Padre celestial. Expuso con claridad meridiana que lo importante es recurrir perseverantemente al auxilio de lo alto, tanto en lo fácil como en lo arduo o lo que parece superarnos, pues el Señor jamás nos negará su gracia.

Con una santa y pedagógica insistencia, Jesucristo pre­dicó que, a toda hora y para cualquier cuestión, nuestro ver­dadero interlocutor es el Padre celestial. Para mantener este diálogo no exigió condiciones de categoría personal o de preparación intelectual, porque no espera nuestro Padre del Cielo frases brillantes o agudas; menos aún estableció una condición social determinada. Venite ad me omnes (Mt 11, 28): venid todos a mí, proclama y desea Jesús, para que con Él y en Él lleguemos a Dios Padre.

Hemos de ponernos al habla con Dios Padre como somos y como estamos; también cuando nos cuesta rezar o cuando estimamos que nuestra situación de ánimo es la más opues­ta al recogimiento. El Espíritu Santo nos moverá. Jesucristo Hombre empezaba a sentir ya en Getsemaní los hierros de los clavos, que no le permitirían moverse ni cambiar de postura para facilitar la respiración o aliviar, aunque fuera sólo un poco, el dolor físico de la Pasión. Y se dirigió al Padre con la naturalidad confiada del Hijo. Expuso y pidió lo que consi­deraba conveniente; y su confianza filial se identificó en el acto con la voluntad paterna, que le había asignado esa obra incomparable de Amor, la Redención de la humanidad.

Exponer lo que llevamos en el alma no significa empecinarnos en nuestros deseos. Debemos presentarnos ante el Señor -valga la comparación- con la confianza con que se consulta al especialista en los males del cuerpo o de la psi­que. No dudamos de que el médico, si está en sus manos, recetará el remedio pertinente. Además, no tiene el Señor los límites de la ciencia humana; posee, en cambio, todas las fa­cultades para resolver las más diversas situaciones. Por eso, Jesucristo nos enseñó a pedir, a ser tozudos en la oración: así alcanzaremos la disposición de ánimo para aceptar rendidamente la Voluntad del Padre. El Salvador conocía que había venido al mundo para padecer y morir; amaba ardientemente ese destino santo, pero no dudó ni un instante en mani­festar, mientras rezaba, su inquietud y zozobra, dejando al Cielo la última palabra.

 

Con desvergüenza de hijos

10.     Hizo oración y dijo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz (Mt 26, 39). ¡Bendita ejemplaridad del Señor y bendita naturalidad del Maestro! San Josemaría, gran aman­te de la Pasión de Jesús, repitió pedagógicamente: «el tema de mi oración es el tema de mi vida».10 Jesucristo, a pesar de la distancia que nos separa de su infinita perfección, es quien más se nos ha acercado en este mundo, más que nuestros pa­dres o las personas que nos han amado. Su vida es un precioso retablo, con todas las escenas de la vida humana, menos las del pecado; y aun éstas las puso sobre sus espaldas, ganándonos su perdón.

Al detenernos en este sufrimiento que precede al de la Cruz, ¿cómo no volver a ese diálogo suyo con el Padre, en el que le ruega que no se diera curso al peso del dolor y le librara de la muerte? Amó el tesoro de la vida como Hombre y, precisamente por esa estima, la parte humana se angustiaba, con la fuerza más real, ante la pérdida de lo que era y es contrario a la bondad de la naturaleza: la vida, y la vida en perfecto, que Él había asumido del todo. Por eso resulta coherente invocar a nuestro Padre Dios para que no nos los asalten, o para que pasen, las aflicciones físicas y morales. Con qué precisión y profundidad evidenció el Maestro que esa reacción de súplica es lógica, y que no debemos en­mudecer los gritos de alma y cuerpo, aunque hemos de acatar en seguida la Voluntad de Dios. También durante esa noche resonaban con vigor -a través de su comportamiento- las palabras: discite a me! (Mt 11, 29), aprended de mí, para dirigiros confiadamente al Creador.

No pudo ser más personal su petición: pase de mí este cáliz. Atrevámonos siempre a acudir a Dios con santa desvergüenza de hijos y con la confianza más segura de predilectos. Estos ruegos caben en la Providencia divina, pues los pone el Señor en los labios y los fomenta en el alma para que sintamos, más que la dependencia gozosa de tan amable Señor, la confianza de que no nos abandona. Esas oraciones son muy útiles, aunque no las atienda el Creador en la forma que pretendemos nosotros. Nadie puede dudar de que la petición de Jesucristo en el huerto careciera de trascendencia: al menos, y no es poco, nos descubre con ese fogonazo qué tremenda fue su Pasión. Estas palabras del Redentor, exhaladas de sus labios con sinceridad, espolean a no cesar de suplicar por cuanto nos apesadumbre, aunque la inteligencia humana achate la visión y consideremos que es un imposible lograr esa gracia.

Si no alcanzamos lo que pedimos expresamente, del Cielo nos vendrá el consuelo y la asistencia para afrontar la prue­ba con entereza, con alegría, más aún, con la persuasión de que es lo más conveniente, también para la Iglesia Santa, para la humanidad y, de modo especial, para quienes conviven con nosotros. Tocaremos así la eficacia de la oración, que nunca queda frustrada, y aprenderemos, con Jesús, a ser amigos de la penitencia y de la expiación. Jesús se mortificó -murió­ por nuestros pecados; imitémosle, purificándonos por nuestras ofensas personales y por las de la humanidad.

Natus est nobis Dominus:11 Cristo nació para nosotros, vivio como nosotros y ha llegado a Gelsemaní para cumplir el divino designio salvador. Pero no se nos aplica la salvación sin nuestra colaboración personal, porque Dios nos ha creado libres; hemos de alcanzarla con el vencimiento del yo, en lo que arrastra de naturaleza caída. Si Jesús invocó el auxilio del Cielo para cargar con la Cruz, ¿qué no debemos hacer nosotros que no contamos ni con su perfección de condiciones, ni ¡desgraciadamente! con una voluntad que se identifique hasta su raíz más profunda con la Voluntad del Padre?

 

Oración humilde

11.     Si es posible, que pase de mí este cáliz. Resulta fácil percibir aquí una característica indispensable de la oración eficaz: la humildad. Jesucristo era sabedor de la Omnipotencia de su Padre Dios, a cuyo gobierno perfecto están sujetas to­das las cosas: por eso el Redentor puso en manos del Padre los planes que le afectaban.

La plegaria del Maestro subió derecha al Cielo, con los requisitos de una súplica perfecta. Meditemos este gran ejemplo de humildad, que hace de Jesucristo el Vencedor de todas las pruebas, porque, con ese ruego, ni lejanamente pretendió que prevaleciera lo que asaltaba su inteligencia y su voluntad. Tenía conciencia de que rezar significa amar enteramente los designios del Cielo: non mea voluntas, sed tua fíat (Lc 22, 42). Es un versículo de la oración que había puesto en boca de quienes buscan ser sus discípulos, o quieren aprender a rezar (cfr. Mt 6, 10).

Y a esta verdadera línea de unión sujetó su voluntad. Expuso sinceramente al Padre lo que experimentaba su alma, totalmente persuadido de que sus palabras llegaban hasta Él y de que el Padre se ocupaba certeramente de disponer lo más oportuno. Cuando falta esta humildad en el cristiano, el alma llega al desaliento o a la queja, que atenazan el desa­rrollo de la vida interior, porque no se reza de hijo a Padre, sino que se intenta imponer el propio punto de vista, caren­te del conocimiento pleno de las circunstancias.

La oración humilde fortalece el alma, y la acompaña hasta comprender y aceptar de buena gana que no se cumpla lo que se ha implorado. A través de esa disposición de recoger­se en diálogo con el Señor, acatando sinceramente que Él co­noce lo que precisamos, se pasa de la necesidad de ayuda a la reciedumbre, de la aspereza al amor a la Santa Cruz. Se entiende entonces que esa purificación es auxilio indispen­sable para adentrarse en la unión del buen hijo con su Padre Dios.

Se requiere la constante práctica de la humildad en la oración, de modo especial para que no nos anquilosemos al topar con la miseria personal ni caigamos en el triste conformismo de pensar que no somos capaces de superarla. En la plegaria humilde se expone llanamente a la mirada de Dios lo que nos aqueja, persuadidos de que nos auxiliará del modo más pertinente, sin que esto signifique que haya de concedernos lo que nos parece solución adecuada.

Incorporemos la advertencia de la Escritura: mis pensamientos no son vuestros pensamientos y vuestros caminos no son mis caminos (Is 55, 8-9). Y como en el Señor, y en su Providencia, se da la ausencia de todo mal, esos caminos de Cruz son caminos divinos.

Vayamos diariamente a recogernos en una oración humilde. Como Jesús en Getsemaní, adquiriremos la certeza de que Dios Padre nos oye. Descubrámoslo de nuevo al contemplar que no había mudado, en aquellas horas durísimas, la estrecha unión entre el Redentor y su Padre celestial; al contrario, hasta se descubre de modo más patente en las palabras de Jesús, también por su decisión serena y espléndida de entrar en la Pasión, tras esa súplica, que renovaba la idéntica acción de gracias que brotaba de su alma y de sus labios al operar los milagros: ¡Gracias, Padre, porque siempre me es­cuchas! (cfr. Jn 11, 41-42).

Efectivamente, la oración en el huerto, en su unidad con la Cruz, estaba ya actuando el gran milagro de nuestra salvación, mucho más grandioso que las curaciones de enfermos y resurrecciones de difuntos. No nos obtuvo solamente la recuperación del flagelo de una existencia sin su gracia, sino el paso de la muerte en el alma a la comunicación con la naturaleza divina, a la vida de unión con el Señor.

A la vez, Jesús, con su diálogo humilde, reveló con otro matiz la recíproca y total unión que existe entre las tres Per­sonas. Aunque no nos ha sido otorgado más que atisbar de lejos y entre sombras la perfección intratrinitaria, percibimos en sus palabras y en sus gestos que en Cristo están el Pa­dre y el Espíritu Santo, y Él está en las otras dos Personas. En esa petición humilde de su oración se expresa de modo admirable la unidad de la Trinidad Santísima.

 

El cáliz de nuestros pecados

12. Que pase de mí este cáliz. Muy dura –indescriptible- fue la prueba de la Pasión y Muerte. Resulta más comprensible -aun sin penetrar su hondura- cuando observamos que la fortaleza del Redentor atravesó esa desolación en forma de temor y angustia.

Ninguno de los potentes de la tierra con los que hubo de relacionarse Jesucristo le produjo el más mínimo sobresalto. Cuando pretendieron prenderle o atemorizarle, chocaron con la seguridad absoluta de Cristo, Dios Hombre. No temió en­frentarse con un jefe, con los príncipes, o con una turba numerosa. Más aún, sin otras armas que las de su santidad, sa­lió reforzado de los ataques o incomprensiones contra Él.

En cambio, ahora no podía ser más grave el clamor de su alma. Tan terrible era el sufrimiento -físico y moral- que le esperaba, que no se limitó a rogar que se atenuase el dolor que le sería inferido, o a refugiarse en la fortaleza del Padre. Pidió de modo neto que pasara ese cáliz.

También en esto se aprecia, por contraste, la calidad del amor perfecto de Jesús y la poca finura del nuestro. ¿Por qué seremos tan duros o inconscientes? Nos falta una reacción de sincera contrición ante nuestros pecados o ante los de la humanidad; además, nos metemos desaprensivamente en los linderos de la ofensa a Dios, grave o leve, y no experimenta­mos dolor por la lejanía en que dejamos al Señor ni por la depauperación de nuestro yo.

¡Cómo nos ama la Trinidad! En aquel diálogo intervinieron las tres Personas, que deseaban ardientemente nuestra salvación y la hicieran posible derramando el Padre y el Hijo su caridad infinita, que es el Espíritu Santo: don supremo, conseguido por Cristo para nosotros al ofrecer al Padre una satisfacción sobreabundante por los pecados de toda la hu­manidad.

Pase de mí este cáliz, cuyo precio era elevadísimo, y no sólo porque la humanidad carecía de medios para satisfacer esa deuda. Se trataba de un sacrificio de envergadura infinita: que el Hijo muy amado, que había tomado carne por nosotros, manifestase su amor al Padre en una obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz (cfr. Flp 2, 8).

Dios, que se gozó inmensamente en formar con sus manos al hombre y a la mujer, como nos dice la Sagrada Escritura (cfr. Gn 1, 27; 2, 7), ¡con qué predilección creó el Cuerpo y el Alma de su Hijo en las entrañas de la Santísima Virgen! De esa perfección del Cielo, de ese amor volcado hacia la hu­manidad, no iba a quedar en la Pasión y Muerte ni parecer ni hermosura (cfr. Is 53, 2). Luego, ciertamente, resucitará en cuerpo glorioso, pero no quiso cancelar las pruebas de los atentados bárbaros que cometemos los hombres y las mujeres, uno a uno, o uniéndonos en la triste solidaridad cobarde de abandonarle, injuriarle, maltratarle y darle muerte, como en Jerusalén.

Se comprende que la amable bondad del Redentor se asombrara ante el precio de reparación que exigía nuestra iniquidad. No cabe otro nombre, porque esa conversio ad creaturas es el sello de nuestra aversio a Deo, que opera en las ofensas al Señor, y que puede llegar a ser incluso odio a Dios.

Ahora, Jesús, agradecidos por tu amor e iluminados nues­tros ojos por el resplandor de la gracia que nos has consegui­do, te manifestamos sinceramente que habríamos preferido que no hubieras tenido que beber ese cáliz. Comprendemos que fue la expresión de tu amor por nosotros; de un amor -en el que nos amabas junto al Padre y al Espíritu Santo- que no hemos merecido ni merecemos; y por eso querríamos que nuestra oración se tradujera en el único odio que manifiesta la auténtica caridad: el odio absoluto al pecado mortal, el rechazo firme del pecado venial deliberado y de toda imperfección.

 

Aprender de Jesús

13. Al quejarse a Dios Padre ante el cáliz que ha de beber, está abriendo de par en par su alma, para que sintamos el derecho de pedir lo que nos parece bueno, aceptando rendidamente, antes y después, la Voluntad de nuestro Padre Dios. De la misma manera que luego no habrá nada en su cuerpo que no haya sufrido, como oblación grata al Cielo, tampoco en esta oración existe fibra del alma de Jesucristo que no padezca. Bene omnia fecit (Mc 7, 37),decía el pueblo de Jesús. Esto se verificó también en las horas tan duras de Getsemaní.

En su súplica, Jesús comparte todo con su Padre celestial. Sus quejas y su búsqueda de consuelo, dirigidas al Cielo, de­jan bien a las claras que no se rompe su unión sublime e inefable. Sabe que aquel dolor entra en los planes divinos, y que es arduo lo que se le reclama. No se niega, pero manifiesta con sinceridad su estado de ánimo.

A la hora en que Jesús necesita más entereza, quiere la Trinidad que experimente, con la soledad, el cansancio y la turbación. Y para asegurar las fuerzas recurre a la oración, aunque haya de desgranarla a base de sollozos y de fatiga, también espirituales. No le importa tener que recomenzar, e incluso reiterar las mismas expresiones. Desea que advirta­mos su constancia, y que el amor del Padre pide todo. Ante la carencia de asistencia humana, insiste en volver a rezar como primer resorte. La seguridad de estar con Dios Padre, la totalidad de su identificación con la Voluntad divina, otorga a Cristo Hombre todo el auxilio de la Omnipotencia divina para afrontar la prueba y superarla.

Aprendamos a cuidar la oración en momentos de dificultad, rogando por lo que humanamente consideramos adecuado. Este recurso ante los obstáculos, cuando se traduce en una conversación sincera, no aleja de la intimidad con Dios Padre. Al contrario, la reafirma, porque se habla de la personal situación con confianza filial, y el Creador responde a esa sinceridad concediéndonos la gracia para superar las ba­rreras.

Se recoge Jesús en oración para poder ejecutar la Voluntad del Padre, esa epopeya que aterra a la naturaleza humana. La oración es «la única arma, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior».12

¡Qué admirable es el magisterio de Nuestro Señor en el Evangelio! Al filo de nuestra contemplación en el huerto dejemos anotadas, al menos, otras enseñanzas suyas sobre la oración. Primero, la necesidad de rezar a toda hora. Jesús resalta además que, con el ejemplo y con la palabra, hemos de procurar que los demás vayan por caminos de contemplación, también cuando estén cansados, porque ese diálogo es incluso preciso y precioso para descansar. Nos subraya que, con fraternidad ardiente, sin respetos humanos ni indiferencias, hemos de ayudar a que los otros perseveren y crezcan en espíritu de oración, sin admitir la excusa de que quizá somos cargantes o coartamos la libertad ajena. No se cansa el Señor de ser machaconamente insistente en recomendar esa vigilancia.

Explica también el Maestro que hemos de recogernos y aislarnos lo suficiente, para que nada distraiga la conversación con Él. Hay que decidirse a rezar con todas las fuerzas, apartando lo que nos quite esta mira; debemos defender la vida de piedad de los ataques de la personal debilidad o ligereza, y de los agentes externos.

Nuestra fidelidad a Dios queda entretejida por las fideli­dades a estas obligaciones de piedad, porque ¿cómo podremos estar con Dios, vivir de Dios, trabajar para Dios, si le ignoramos o le tratamos desamoradamente en los momentos en que hablamos con Él?

Nos comunica gráficamente, en fin, que hemos de rezar unos por otros, en intensa Comunión de los Santos.

 

Perfecta unión con el Padre

14. No sea como yo quiero, sino como quieras Tú (Mt 26, 39), dijo sencillamente el Maestro. San Lucas transmite el texto con las palabras: no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42). No pueden ser más ilustrativas estas frases sobre la li­bertad, un gran tesoro que no puede faltar en la lógica divina. No existe conflicto entre las dos voluntades de Cristo. No dejemos de considerarlo.

El Redentor cumple la Voluntad del Padre con un querer libérrimo: quæ placita sunt ei, facio semper (Jn 8, 29); también está cumpliendo su Voluntad en la reacción humana del temor, de la tristeza inmensa, del pedir que pase el cáliz. Este modo de actuar no difiere, en su perfección humana, de las reacciones físicas o intelectuales ante el frío, el dolor, la incomprensión, la necesidad de crecer en sabiduría... Constituye una señal más de la realidad misteriosa de la Encar­nación, como anota san Agustín: «Si dijere que no se entristeció, diciendo como dice el Evangelio: triste está mi alma hasta la muerte, entonces, cuando asimismo consigna el Evan­gelio que Jesús durmió, no durmió; y cuando escribe que co­mió, no comió. De este modo se introduciría furtivamente el gusanillo de la carcoma y no dejaría nada sano, de suerte que se diría que su cuerpo no era verdadero cuerpo y que no tuvo verdadera carne. Todo lo que de Él se escribió, herma­nos míos, aconteció y es verdadero.»13

Cristo amó y realizó la Redención a través de esas limitaciones humanas, que asumió plenamente. Si no, carecerían de razón su tristeza, su llanto, su impaciencia ante el vacío en que cae su palabra, ante el alejamiento del pueblo a causa de sus enseñanzas, o ante las miras con que se mueven los hombres, también los suyos más íntimos.

Si debía pasar por esos trances, que evidentemente entraban en los planes de su Padre, ¿por qué se apena?, ¿por qué llora?, ¿por qué se aíra santamente? En esos momentos, verdaderos choques para su inteligencia y voluntad humanas, transmite con elocuencia que hemos de acomodarnos a los designios del Cielo, sin que esto signifique que no experimen­temos las reacciones naturales de la pobre humanidad. De muchas formas ha expuesto la Sagrada Escritura que el alma y el cuerpo se prueban como el metal precioso en el crisol (cfr. Pvr 17, 3; Sb 3, 5-6), pasando por una purificación activa y pasiva, que madura nuestra respuesta como hijos de Dios; Jesucristo lo demostró claramente, aunque no necesitara purificación alguna.

San Jerónimo, que utiliza en sus escritos expresiones duras y hasta rudas cuando responde a otros, se pasma ante estas locuciones de Jesús en Getsemaní. Considera que las palabras «Padre mío», para pedir que pasase el cáliz de la Pasión, fueron una caricia y un ensimismamiento con el Padre. No desplegó su amor, dirigiéndose a la primera Persona, para quitar un ápice a la entrega limpia y total que se le reclamaba; habló tan calurosamente porque todo lo de su Padre era suyo, y todo lo suyo de su Padre, y puso en eviden­cia que no hubo pensamiento o afecto que no se lo confiara abiertamente.

Jesucristo, con un Cuerpo y una Alma como los nuestros, es la imagen visible perfecta del Dios invisible (cfr. Col 1, 15). No podían estar ausentes en el Hijo del hombre las reacciones naturales, buenas, que nos afectan a nosotros; más aún, sir­ven hasta para calificar y definir el carácter y la sensibilidad de una persona. ¿A quién otro podía descubrir su alma, con su dolor, el que es el Hijo muy amado? Así deberíamos regu­lar nuestras acciones, llevándolas desde el principio -libremente, pero como si fuera un instinto, una disposición espontánea de nuestra naturaleza- al Padre que está en los Cielos y es Omnipotente y Misericordioso.

Precisa la Escritura que el Espíritu del Señor, que escru­ta los corazones -scrutans corda (Ap 2, 23)-, llega hasta el último pliegue del corazón humano. Por su identificación con el Padre, esta certeza adquirió su más completa vivencia en Jesucristo y un momento eminente en la oración en Getsemaní.

Sí. Con esa apertura de su alma Jesús nos remacha estos dos puntos: que nuestra unión con el Padre, que todo lo sabe, se fortalece si le hablamos con confianza de lo que nos sucede; y que el alma y el cuerpo reclaman que el primer interlo­cutor de nuestra vida sea siempre nuestro Padre-Dios.

 

Lección de prudencia

15. No como yo quiero..., equivalía a insinuar otros posibles modos de operar la Redención, también buenos: gran lección de prudencia y de docilidad.

Al estar incorporada por el Espíritu Santo a Cristo, y en Cristo al Padre, la existencia humana participa de la Vida trinitaria y puede desarrollarse con valor corredentor. La grati­tud al Señor debería mantenerse vibrante sin interrupción, pues todo lo que nos ocupa -ya comamos, ya bebamos, ya trabajemos, ya durmamos (cfr. 1 Cor 10, 31)- puede ser elevado al orden sobrenatural; con la particularidad de que, en la medida en que demos este relieve a la vida, nos haremos -con el Maestro- más humanos, más hermanos de nuestros hermanos los hombres.

En aquella oración, cuando el Redentor se disponía a traernos del Cielo el perdón que necesitábamos, descubrimos la anchura y la hondura de la fraternidad de Cristo. Realmente, arrastramos un lastre enorme de miseria y debilidad, más ostensible si lo comparamos con la conducta del Redentor desde que nació hasta que salió de este mundo. Por eso, al aceptarnos como somos, para formar ese Cuerpo -la Iglesia- del que Él es la Cabeza, resultaba preciso que Cristo nos asumiera en su amor al Padre, para volvernos dignos de su amor.

Mucho nos queda por aprender del Salvador, gracias a Dios, mientras peregrinamos por esta tierra. Su ejemplo humano es aliento, refugio, seguridad. Desde la situación en la que nos hallemos, cabe siempre alzar los ojos al Maestro, que nos orienta diáfanamente con su acción y con su palabra. Está muy a la mano, sin ningún distanciamiento. Deja sentir suavemente su presencia, para que -cuando perdamos el horizonte- le gritemos como Bartimeo el ciego (cfr. Mc 10, 46-47), aunque otras voces o nuestra propia bajeza no nos permitan mirar, o pretendan acallarnos.

¿No es maravilloso que aquella expansión de las almas que le removió cuando operaba los milagros salga de sus labios, en Getsemaní, para invocar al Padre? Este tiempo de oración en el huerto constituye una demostración palpable de la virtud de la prudencia.

Jesús conocía a fondo el Calvario que le esperaba, y el trabajoso camino que había de recorrer. Ante tamaña empresa, procedió a buscar apoyo en el Padre celestial. La virtud de la prudencia se caracteriza por la ponderación objetiva de los medios para alcanzar el fin. ¿Qué mejor elección que abrir cuanto guarda el alma, sin ocultar nada, al Padre de las luces (St 1, 16)? Contemos a Dios Padre cuanto nos acaece, seguros de su fortaleza, impulsados por el auxilio y el ejemplo de su Hijo, animados por la gracia del Paráclito, que no nos faltará jamás. Hablémosle de nuestra lucha personal, de ese afán cristiano de tomar la Cruz, de acompañar a Cristo hacia el Gólgota, sin apartar nuestros ojos de la meta: la gloriosa Resurrección y el Cielo para siempre. Así venceremos.

Hemos de emprender el camino, o reaccionar ante los su­cesos, acogiéndonos -sin pusilanimidad- a la claridad que facilitan las personas prudentes. La prudencia conduce a la acción apostólica no sólo cuando apremia la necesidad, sino siempre. Es preciso acabar las ocupaciones, hasta en los pe­queños detalles, a lo divino, a la manera de Jesús. El pruden­te sabrá distinguir entre lo ordinario y lo difícil, pero acu­dirá a ambas citas con idéntica serenidad porque contará siempre con la fortaleza de Dios Padre, pues non est abbre­viata manus eius (cfr. Is 59, 1), su poder no se ha empequeñecido y nos sigue enviando, por su Hijo, la gracia del Espí­ritu Santo.

 

Abandono y docilidad

16. No como yo quiero, sino como Tú. La oración verdadera trae consigo el abandono en las manos de Dios. Esto aparece especialmente evidente al contemplar a Cristo en Getsemaní. El cristiano se encuentra con la paz amorosa de Dios, aunque la prueba se revele dura o la felicidad alcance tonos ardientes. Rezar no significa perder personalidad o vivir sin ilusiones; al contrario, conduce al alma a enfocar sus tareas con la intensidad y la objetividad de quien ansía poseer la Verdad a fondo. La plegaria exhorta a afrontar plenamente la existencia humana, descubriendo el auténtico relieve de cada detalle.

Ese abandono en Dios hunde su raíz en el amor y en la confianza, características que quizá cultivamos poco, por estar asidos -aun con buena voluntad- a nuestros puntos de vista. No nos decidimos a pasar dócilmente por los designios de Dios, y a veces protestamos de su Voluntad. Nuestra alma se colma de júbilo por ese testimonio de que Cristo Hombre, al toparse con el peso sobrecogedor de la Pasión, con la amargura del cáliz que excede a sus fuerzas humanas, acude inmediatamente al Omnipotente, que jamás niega su asistencia a quien se abandona en sus brazos y se refugia en su protección. No supone ninguna osadía afirmar que la dimensión salvífica de toda la vida de Cristo funda sus cimientos en la oración, ya que precisamente en ese diálogo se consuma la decisión de hacer propia la Voluntad del Cielo.

El Señor mostró que el fundamento prioritario de cualquier acción apostólica es la oración. Sólo se logra llevar a cabo cuanto Dios exige -con mayor motivo, una empresa de envergadura- si nos acomodamos plenamente a su Voluntad. Y para esto hemos de escucharle: abrir el alma, de modo que penetre la gracia del Señor en lo más íntimo, para responder luego como instrumentos libres y dóciles.

La Trinidad reclamó a Jesucristo un holocausto rendido, hasta el punto de que no hubo potencia de su alma ni senti­do de su cuerpo que no padeciera con intensidad. Si observamos con detenimiento sus horas de recogimiento en el huerto, advertiremos cómo efectivamente dio curso a la oración con todo su ser. Todo se hizo redentor. Tomó así espesor gráfico la expresión profética de que se pueden contar todos sus huesos sin dejar ni uno (cfr. Sal 21 [22], 18); no quedó en Él parecer ni hermosura alguna (cfr. Is 53, 2).

 

Amar la voluntad de Dios

17.     Volvamos a considerarlo, porque es un dato dogmático fundamental: en Cristo hay dos voluntades, la divina y la humana, las dos perfectas. Quizá en ningún otro pasaje evangélico resalte más claramente esta verdad que cuando el Señor exclama: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú. Lo señalaba el Papa san León Magno al comentar estas palabras: «La primera oración manifiesta su debilidad; la segunda, su fortaleza. La primera es un deseo que brota de nuestra condición; la segunda es una elección que procede de su condición propia. El Hijo, igual al Padre, no ignoraba que todo es posible a Dios y que no había descendido a este mundo para tomar la cruz sin haberla querido (...). Mas para manifestar la distinción entre la naturaleza asumida y la que asumía, lo que había del hombre en Él llama al poder divino, y lo que era de Dios mira a las necesidades de los hombres. »14

Precisamente por ser verdadera y perfecta su voluntad humana, Cristo evidenció en el Huerto de los Olivos la repugnancia y el rechazo de la podredumbre de los pecados cometidos por la humanidad, y simultáneamente sintió la lógica resistencia al dolor de la Pasión y de la Cruz. Expuso al Padre lo que experimentaba, y como seguía siendo perfecta su voluntad humana, cumplió ese acto de sumisión sublime que no quita el dolor físico: non mea voluntas, sed tua fíat! (Mt 26, 42). Amó la Voluntad divina de tal modo que sus sentidos y potencias, su Cuerpo y su Sangre, sus vísceras, sus músculos y sus huesos, toda su piel, se hacían una sola cosa con el querer de Dios.

Cristo mostró cómo ha de desgranarse la plegaria. El que es Todopoderoso en obras y en palabras manifestó a Dios Padre lo que embargaba su alma en un diálogo sincero y completo. Pero, inmediatamente, oyó al Padre que le asistía con el Espíritu Santo. Oyó y amó la Voluntad del Cielo. El cuerpo, con el alma, se hundió en el dolor espiritual y físico pero se rindió gozosamente, con totalidad, es decir, asumiendo aquel mandato con la mayor amplitud y haciéndolo enteramente propio, decisión que le supuso un ingente esfuerzo humano.

Así hemos de ir a la oración: descubriendo por entero el alma, sin omitir propósitos e intenciones, para escuchar luego al Señor y atenernos con docilidad a sus exigencias, también cuando son opuestas a lo que deseamos. Hubo la misma intensidad de diálogo y de confianza en Cristo cuando dirigió a su Padre la súplica de que pasara el terrible cáliz que le invitaba a beber, corno cuando advirtió que la Voluntad eter­na del Cielo se concretaba en su holocausto, con el desgarramiento de su naturaleza humana, designio que aceptó amo­rosamente y sin reservas. Este Cristo nuestro acogió y amó con totalidad ese desmoronamiento físico y psíquico de su yo, esa destrucción de su vida, que era demostración de que se debe devolver a Dios Padre todo, sin dejar nada, porque -al ser Padre de cada uno- lo nuestro le pertenece, en lo nuestro se deleita, y a nosotros corresponde ofrecerle ese amor enterizo para estar plenamente en Dios.

Identificarse con los designios divinos, buscar el modo de cumplirlos, quererlos con locura, no significa facilidad, camino expedito, ausencia de dificultades. No existe ni existirá acto de voluntad humana más perfecto que el de Jesucristo; pero observemos que, después de proclamar con todas sus fuerzas: fiat voluntas tua!, sudó sangre, quedó agotado.

Esa oración de Cristo no fue distinta ni más intensa que las que se relatan en otros pasajes del Evangelio: cuando eligió a los apóstoles (cfr. Lc 6, 12-13); antes de resucitar a Lázaro (cfr. Jn 11, 41-42); en la multiplicación de los panes (cfr. Mt 14, 19)... Pero en Getsemaní nos hizo descubrir que la divinidad, perfectamente unida a la humanidad, no impidió el dolor propio de la naturaleza humana; nos descubrió cómo Dios sufre en su Humanidad, y cuán grande fue su dolor por la grandeza de su Amor, que entrañaba la repulsa radical del pecado.

Amar la Voluntad de Dios puede costar, aunque se paladee la intimidad más profunda con la Trinidad. ¡Qué gráficamente lo describe san Josemaría Escrivá de Balaguer!: «Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt 26, 39), Abba, Pater (Mc 14, 36,). Dios es mi Padre aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios siguiendo los pasos del Maestro, podré quejarme si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

»Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater... fiat!»15

 

1.      «El combate espiritual de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración» (Catecismo de la Iglesia católica,n. 2725).

2.       San Juan Crisóstomo, Homilías sobre san Mateo, 83, 1.

3.      San Josemaría, Camino, n. 663.

4.      San Josemaría, Santo Rosario, I misterio doloroso.

5.     Cfr. santo Tomás de Aquino, Lecturas sobre el Evangelio de san Mateo, in loco.

6.          Cfr. san Josemaria, Camino, n. 541.

7  San Josemaría, Amigos de Dios, n. 245.

8.      San Josemaría, Forja, n. 536.

9.      Símbolo Atanasiano, 30.

10.    San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 174.

11.    Misal Romano, Antífona de entrada de la 11 Misa de Navidad (cfr. Is. 9,2).

12.     San Josemaría, Amigos de Dios, n. 242.

13.     San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 93, 19.

14.     San León Magno, Homilía 5 sobre la Pasión del Señor.

15.    San Josemaría, Vía Crucis, I estación, punto 1.