CAPÍTULO V
Vuelve junto a sus discípulos y los encuentra dormidos; entonces dice a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26, 40-41).
Jesús vela y nosotros dormidos
1. Jesús, en aquella terrible circunstancia, tenía tal necesidad de comunión y de compañía, en lo humano, que se llevó con Él a sus tres discípulos predilectos, a sus tres mejores amigos (a todos los discípulos los había llamado en el Cenáculo «sus amigos»: Jn 15, 15). Pero los amigos se durmieron. Ésta es la desnuda realidad que testifican los Evangelios y que nos disponemos a meditar con detalle; como decía san Josemaría Escrivá: «No se ha de perder una sola palabra de lo que nos dice el Señor. »1
Había transcurrido sin duda un buen espacio de tiempo desde que Jesús «se adelantó un poco» y cayó de hinojos en oración. Los tres discípulos quedaron detrás. Veían a Jesús inmerso en aquella oración perseverante -reiterada hasta en los términos-, filial y dolorosa a la vez. Resulta lógico suponer que los tres amigos intentaron poner en práctica el consejo del Señor y comenzaron a orar. Pero su voluntad se debilitaba, arreciaba el tedio y el cansancio, y terminaron durmiéndose. Al cabo, Jesús volvió junto a sus discípulos, tal vez para comunicarles el ardor de su oración y animarlos a perseverar en la de ellos. Se volvió hacia donde estaban y los encontró dormidos. Esto es lo que san Mateo nos transmite al comenzar el versículo 40 de su narración (san Marcos en el versículo 37 de la suya).
Hay gracia abundante para responder
2. Antes de adentrarnos a considerar el sueño de los apóstoles, detengámonos en algunas palabras sobre la oración que Jesús esperaba que cundiera en sus discípulos. Había sugerido expresamente a Pedro y a los otros dos -vigilate mecum- lo que no requirió a su Madre, aunque Jesús tenía la certeza de que, si se hubiera hallado físicamente en Getsemaní, habría estado muy cerca de Él, con la fe y con el amor. Como contemplaremos luego, Ella no se aleja en circunstancias más difíciles, cuando su Hijo está colgado en la Cruz y parece que el mal ha vencido sobre el bien.
Agradezcamos y aprovechemos las paradojas que relatan los Evangelios; son como el estribillo de las enseñanzas y de las acciones del Redentor: hay que sufrir si se desea gozar; es necesario humillarse si se anhela la luz de Dios; bienaventurados los que lloran, los que padecen; para alcanzar el Reino del Cielo es preciso volverse niños dóciles a la gracia... Y en el Huerto de los Olivos se repite el contraste: en lugar de acudir directamente a la Ancilla Domini, fiel por excelencia, se apoya en unos hombres débiles e inconstantes. No tenemos pues, excusa para no responder, ya que -como a Santa María y a los apóstoles- nos ha mostrado el Señor también a cada uno su confianza. Miremos con ese prisma la insistencia del Maestro al recalcar a los discípulos que, a pesar de los pesares, por encima de las contradicciones y del agotamiento, podemos y debemos acompañarle en su Santa Pasión.
La Virgen consideró como vocacionales -esencia de su vida, estructura de su existencia- las peticiones que le dirigió el Señor. Llegó así a ahondar en el sacerdocio de Jesucristo, asociándose con la plenitud de su ser a la acción redentora. No hubo jamás dejaciones de parte de María. Sin embargo, en esta hora el Maestro habla expresamente a los suyos, que bien conoce que son más débiles. Demos gracias a la Trinidad Santísima porque no nos mantiene a distancia, sino que nos quiere insertados en el misterio de amor que une a Jesús al Padre en el Espíritu Santo.
Reclamó a los once que se recogieran con Él en oración, seguro de que también a ellos, si rezaban, el Cielo los asistiría, los consolaría y les prestaría el auxilio oportuno para mantenerse en vela.
Llenarse de esperanza
3. Por eso, la oración de Jesús en Getsemaní es un aliento a la vida de fe, de esperanza y de amor. A lo largo de esa noche, el Salvador está apostando por nosotros. ¿Cómo no creer firmemente en un Dios que se entrega usque ad mortem (Flp 2, 8) y resucita para ganarnos la verdadera Vida?
Con esa prolongada meditación, Jesucristo colma las inteligencias y los corazones de la más segura esperanza. Tomó sobre sí lo nuestro y se presentó -por nosotros y con nosotros- a Dios Padre, que tiene en Él todas las complacencias (cfr. Mt 3, 17; 17, 5). No obstante nuestra personal indignidad, con Él podemos agregarnos a la Vida divina. Verdaderamente grande es la dignidad del cristiano que nos recuperó Jesús.
Caminemos rebosantes de esperanza: hemos sido salvados por Cristo, que nos rescató del mundo de la muerte para que podamos mirar y hablar con Dios Padre, movidos por el Espíritu Santo, en la riqueza divina de Jesucristo, en Quien se vierte el Padre por entero.
Sólo Dios podía redimirnos, y lo hizo de modo sobreabundante nuestro Jesús. Sí, Jesús nuestro: porque no escatimó nada para limpiarnos a fondo, no nos humilló -y lo merecíamos-, y nos elevó en Él a la condición de hijos. Aunque expiemos contritos nuestras miserias, por muy grandes que sean, es mayor el amor con que nos acogió el Salvador, ofreciéndose como Víctima para remisión de los pecados.
No nos desanimemos aunque el cuadro de nuestra vida presente tonalidades tenebrosas. Jesús rezó por nosotros, ofreciéndonos la posibilidad de llenar esa tela con la frescura el color y la alegría de lo divino.
Pasó el Señor por nuestras vidas con más fuerza y suavidad que las olas yendo y viniendo por encima de la arena, dejándola con una tersura espléndida, empapándola de fecundidad. Tenemos que volver el corazón hacia Getsemaní y escucharemos que también ahí nos llama por nuestro nombre, convocándonos perseverantemente a la amistad con Dios.
Ese grito confidencial del Maestro, non mea voluntas, sed tua fiat! (Lc 22, 42), nos aclara que, con el Padre, quiere la salvación de cada uno, a pesar de los pesares, que han sido tantos y de dimensiones atroces. Hemos de repetirnos y repetir a los hombres: Cristo, el Hijo de Dios Omnipotente, quiere salvarnos si nos dejamos.
Desde Getsemaní, Él -Buen Pastor- sale a la búsqueda de esa oveja perdida que había descrito en la parábola (cfr. Lc 15, 4-7). No le importan las fatigas, la indiferencia, el camino en solitario, el egoísmo de sus hermanos, el mío...: viene en primera persona, tendiéndonos la mano y tirando de cada uno. ¿Cómo no llenarnos de esperanza al descubrir, una y otra vez, que fue Él quien afrontó los sacrificios que debían correr de nuestra cuenta? Pero la esperanza, si es verdadera, se acoge a los medios que se nos conceden para alcanzar el bien.
Esta esperanza en Jesús es renovación de la que el apóstol alaba en Abraham, que actuó in spe contra spem (Rm 4, 18). En el caso de la Redención es todavía más real, pues sólo en el Salvador se hace posible el deseo esperanzado de no perdernos. Se comprende la gallardía, la serenidad, la determinación con que Él, sin desconocer el peso que le aguardaba, va hacia la Cruz con la alegría del Cielo, porque nos obtiene el gran bien para el que hemos sido creados: estar siempre con Dios.
Tristeza y sueño de los discípulos
4. Pero vengamos ya al sueño de los tres apóstoles. Volvió junto a sus discípulos -según el texto de san Mateo- y los encontró dormidos. San Lucas añade algo a este propósito, que debemos considerar: que los encontró dormidos «a causa de la tristeza». No era sin más el cansancio, lógico después de una jornada larga e intensa. ¿Qué tristeza era aquélla? Era, sin duda, la que traían todos desde el cenáculo, donde Jesús les había manifestado la inminencia de la traición y su propio empeño -el de Jesús- en la aceptación de ser entregado en manos de sus enemigos. Pesadumbre que se había intensificado, camino del huerto, cuando Jesús les anunció que todos ellos se escandalizarían de Él esa noche. Pero el desconsuelo, para aquellos tres apóstoles, de que habla san Lucas se acentuó ante lo que comenzaron a contemplar: la agonía de Jesús, aquella impresionante manifestación de pavor y de tristeza que el amado Maestro había padecido delante de ellos (estaban solos Jesús y ellos tres; los otros ocho quedaron sentados -¿dormidos?- atrás) y que nosotros hemos considerado en meditaciones anteriores. Luego, cuando se adelantó un poco para recogerse en oración a solas, ellos le miraron mientras oraba, e incluso oyeron aquella tremenda plegaria que hemos meditado en el capíulo precedente. Muy probablemente, más que el cansancio natural, los rindió aquella tristeza opresora.
No sin misterio, los evangelistas nos transmiten esta situación de Jesús y de los apóstoles porque está repleta de revelación y de enseñanza. Tanto en Jesús como en los discípulos se verifica ese «dolor interior» de que habla santo Tomás para explicar lo que es la tristeza. Por supuesto, -como hemos visto detenidamente- en Jesús: no sólo por su perfecta sensibilidad y grandeza de alma, sino por las causas sobrecogedoras que la provocan (también las hemos meditado con veneración en el cap. II): una tristeza interior que abre cauce a aquella forma terrible de agonía. El «dolor interior» de los discípulos -su temor y su tristeza- provenía, en cambio, de la confusión y el desconcierto de esos anuncios del Señor y ahora de la contemplación de su debilidad y de su agonía. Una tristeza a la que acudiría con su afecto y su cariño el Maestro, en medio de su propia tristeza y de su soledad.
¡Qué diferencia entre el Maestro y los discípulos! ¡Qué tristeza tan diversa la de Jesús y la de sus tres amigos! Y no sólo por la infinita distancia de calidad entre Jesús y los otros -en última instancia, entre Dios y la criatura-, sino por la distinta manera de afrontarla. Jesús se echa en manos del Padre -de esa manera tan conmovedora que hemos visto y la tristeza que le embarga no rinde su espíritu. Más: explia a sus discípulos la vigilancia que deben tener para que ese pesar no los precipite en la terrible tentación que se cierne sobre ellos. Los apóstoles apenas aguantaron en aquella vigilancia orante que Jesús les había sugerido: pierden la visión sobrenatural, la contradicción se les hace insuperable, descuidan la oración. ¡Abandonan la oración! Ésta es la clave. Después, su desasosiego los domina por completo y se derrumban. En esa situación, el tentador podría subyugarlos por completo -¡caer en la tentación!- si no fuera por la oración entregada de Jesús: «Simón, yo he rogado por ti...» La oración del Señor se prolongaba entre lágrimas y ellos no penetraron en su misterio. La tristeza los iba hundiendo en un sopor paralizante. Y se durmieron. El sueño fue para ellos la salida psicológica a la tristeza, mientras Jesús la superaba permaneciendo en vigilia, orando con perseverancia, clamando al Padre, de rodillas, sin dispensarse del esfuerzo.
Los apóstoles cayeron en el sopor; la gente buena también reposaba; los agentes del mal se revolvían agitados por la droga de la pasión. Y, como siempre, mientras la humanidad va a lo suyo, a sus pecados, a su abstención, Dios vigila y nos salva.
No habituarse a lo divino
5. Jesús está delante de Pedro, Santiago y Juan, que duermen. El mismo Jesús que, años atrás, se cruzó en sus vidas, les encendió con su mirada y con su palabra y con su ejemplo, y les propuso un camino nuevo que jamás habían imaginado. Les había hecho contemplar en el Tabor la gloria de su rostro y escuchar la palabra celestial del Padre: ¡Este es mi Hijo amadísimo! ¡Escuchadle! (cfr. Mt 17, 1-9). Los amaba infinitamente -a aquellos tres y a los otros ocho que dormían junto a la puerta del huerto-, como en el primer encuentro, de modo siempre nuevo. En la última Cena se había volcado con ellos abriéndoles su corazón de par en par. Aquellos hombres rudos habían mejorado, le querían más que en los tiempos iniciales y, sin embargo, no resistieron el peso de las contradicciones y se refugiaron en el sueño.
Jesucristo los había maravillado día a día con milagros portentosos, con sus enseñanzas, con sus cuidados, con su vida de piedad, con su celo por las almas. No ha habido, ni puede haber, un maestro como Él. A pesar de este contacto con lo divino, no perseveraron en la vigilancia orante que les pidió el Redentor, se adormilaron y se durmieron con una profundidad que asombró hasta al mismo Señor. Vivían ya tres años junto al Rabí y se acostumbraron, y tal vez perdieron sensibilidad ante el hecho de que lo divino se manifiesta en lo humano de Jesús.
¡Triste capacidad la nuestra de habituarnos a lo celestial! No acusemos de falta de delicadeza a nadie, pues cada uno conoce en el fondo de su alma con qué acostumbramiento o, peor, quizá con qué zafiedad le tratamos en la Eucaristía, o ignoramos los impulsos de su gracia o nos olvidamos de Getsemaní y del Calvario.
Cristo rezó y padeció por nosotros, nos suplió perfectamente para obtenernos la dignidad de hijos de Dios que habíamos perdido. Sólo Él podía lograrlo. Pero nuestra apatía y falta de correspondencia llaman poderosamente la atención, como si no fuera por medio -en esa entrega del Señor- algo que nos atañe personalmente y requiere una respuesta activa.
Nadie ignora que por nosotros mismos no habríamos logrado nada, aunque hubiesen sido muy grandes los deseos de salvación. Nos encontramos en la más absoluta condición de indigencia, como esos pobres que -aun queriendo- no encuentran posibilidad de trabajar, de mantenerse, de sobrevivir.
En tantos países, también en los de mas alto desarrollo, se alzan las manos de los menesterosos, subrayando su clamor triste y casi desesperado con una mirada que provoca compasión. Quizá el Señor nos puede echar en cara que ni siquiera usamos ese derecho a pedir, ni le miramos. Y somos más indigentes que los más pobres y desvalidos de este mundo.
Lógicamente no deberíamos alzar nuestros ojos y manos sólo cuando asedia de manera más fuerte el dolor, la enfermedad, la contradicción, sino continuamente, porque, sin la gracia de salvación que nos obtuvo Jesucristo, no podemos nada.
Renovemos el propósito de dirigirnos asiduamente a Dios, evitando cualquier solución de continuidad, pues siempre es tiempo apto para rezar. Con esta perseverancia, además de santificarnos en la vida corriente -obligación de los cristianos-, adquiriremos la confianza de trato con Dios: le sentiremos como Padre muy nuestro y le invocaremos con naturalidad sobrenatural, coaccionándole al repetir, con obras, que todo lo nuestro es suyo. Pertenecemos a Cristo, que nos toma tal como somos. Y a Cristo Señor Nuestro, que no quiere desligarse de sus hermanos, el Padre le ama con su amor perfecto e infinito, que se extiende también a nosotros.
El Redentor sufrió en Getsemaní y en la Pasión, porque -como Cabeza de la humanidad- cargaba con nuestro peso. Si esa unión no hubiera sido así, habría afirmado rotundamente: ¿qué me va a mí de todo este lastre? Y de modo idéntico procede en la Cruz: bebe por completo el cáliz del dolor, que le hemos preparado; hasta el borde, para que ninguno se sienta excluido, aunque muy grandes hayan sido nuestras atrocidades.
Estar a la altura de las circunstancias
6. Se durmieron los discípulos... Cuántas veces nos parece que los apóstoles no estuvieron a la altura de las circunstancias. Nos duelen sus deserciones y, en el huerto, la soledad en que dejaron a Cristo. Pero, aun sin excusarlos, su actitud fue mas disculpable que nuestra indiferencia y desinterés ante lo que nos consta como único camino de la salvación.
¡Qué paradójica resulta nuestra debilidad humana! Los apóstoles habían tocado con las manos que cuando Jesús les indicaba algo, si respondían con docilidad, todo salía perfectamente: multiplicaciones de panes y peces, dinero para los impuestos, salud de los enfermos... Si conocían que la palabra de Cristo era Vida y daba Vida, ¿por qué, después de seguirle a Getsemaní, la tristeza y la pesadumbre pudieron más que la fe y el amor, y se ausentaron con ese modo de ausencia que es el sueño? Duele que haya sucedido -más dolor sintieron los apóstoles al recordarlo-, y a la vez debemos dar gracias a Dios porque permitió que ocurriera esa cadena de sucesos para formarnos, para que no nos desanimemos, para que recomencemos una y otra vez la ascensión, aunque nos sorprendan los resbalones y comprobemos que sólo alcanzamos cotas bajas.
Los apóstoles arrastraban muchas limitaciones y les podían sus tendencias de afirmar el propio yo. Al contemplarlos, quizá se nos antoje que humanamente eran más rudos que nosotros -no es así-, y que además nos falta la cercanía física de Jesús. Incluso razonamos que, a pesar de que sus ojos estuvieran nublados, tocaban constantemente la Omnipotencia de Dios y, en cambio, nosotros hemos de acudir a una fe con menos apoyos humanos. Nos olvidamos de que ellos proclamaron su fe ante el pueblo y, más adelante, entregaron su vida para testimoniarla. Sin embargo, de hecho, en Getsemaní desertaron en su papel de protagonistas de los planes divinos, cayeron en la tentación por no estar atentos -¡oración vigilante!- a los requerimientos del Cielo, como Jesús les había suplicado. Los había prevenido el Maestro contra el riesgo de ser homines dormientes, porque el enemigo se aprovecha de cualquier sopor para confundir el buen trigo con la cizaña (cfr. Mt 13, 25). Se durmieron mientras Jesús oraba, y luego se dieron a la fuga cuando prendieron a Jesús. Se comprende que santo Tomás de Aquino dijera, en un texto que hemos citado más arriba, que una de las causas principales que provocaron aquel espantoso «dolor interior» de Jesús -en el huerto- fue el pecado que cometieron los discípulos al escandalizarse de El en la Pasión.
La Trinidad Santísima permitió esa actitud con el fin de que aprendamos -con una necesidad vital- que, para ocuparse de las cosas de Dios, como Jesucristo, se precisa la vigilancia, pasar con determinación por encima del propio yo y tratar de transformar -¡se puede, con la ayuda de la gracia!- nuestra jornada entera en diálogo con Dios.
El sueño malo de los hombres
7. Continuamos meditando el texto evangélico y pasamos a la segunda parte del versículo. Jesús llega delante de los tres discípulos, que se despiertan ante la presencia del Señor. Entonces dijo a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Jesús se dirige a los tres en la persona de Simón. Pero en la narración de san Marcos -que como es sabido recoge la predicación de san Pedro-, la palabra de Jesús va directa y personal a Pedro:¿ Simón, ¿duermes? No pudiste velar una hora? (Mc 14, 37). ¡Se había dormido Simón!; Simón, al que Jesús había dicho: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18); Simón, el que había asegurado a Jesús: «Aunque todos te abandonen, yo no te dejaré» (Mt 26, 33). En el Evangelio de san Marcos, desde que Jesús cambió el nombre a Simón, siempre le llama por su nuevo nombre: Pedro. Sólo en esta ocasión se sirve del nombre antiguo, como comentándole: has vuelto a ser el de antes... Pudo más en Pedro la destrozada situación en que veía el «reino» que había imaginado -el traidor maquinando y Jesús aplastado por el pavor y la angustia- y se llenó de tristeza y abatimiento, se apoyó en sus solas fuerzas y volvió a ser Simón. No siguió, como Jesús, el camino de la oración confiada, y abandonó al Amigo a cambio de un sueño lleno de tristeza. Y con él y como él, los otros diez.
Ese sueño del hombre que conduce al abandono de Dios presenta formas y causas muy diversas. También de muchos modos había hablado el Maestro de este mal sueño o de aquel otro que es figura de la muerte; prevenía contra ese descanso inútil y dañino, cuando es tiempo de Vela; o acudía tenazmente pala sacar a alguno de ese estado, apuntando que El da la Vida, para felicidad personal, y para servir y ayudar a los otros.
Son rotundas las palabras de Jesús cuando se dirigen a las mujeres o a los hombres que abandonan el deber por el cansancio o por una fatiga que, desde el punto de vista humano, encontraría justificación, pero que se ha de superar si están por medio exigencias insoslayables.
En la parábola de las diez vírgenes señaló claramente que esa cómoda indolencia aparta de la amistad divina; más aún, cierra la puerta, pues se prefiere el yo al trato con Dios. Para una mirada superficial, las vírgenes necias no cometieron ningún mal. Se conservaron limpias, acudieron a la espera, no se apartaron del lugar del encuentro y, sin embargo, no fueron admitidas para recibir al esposo ni pudieron unirse a la alegría del festejo. Cuando llaman a la puerta es tarde ya, y retumba en sus oídos y en su ser aquella dura frase: no os conozco (Mt 25, 12).
En la amistad con Dios no caben respuestas a medias, posturas poco definidas: Él desea que se permanezca a su lado con una presencia activa, total, como su entrega. Tampoco cabe vivir de rentas porque siempre es tiempo de amar, sin permitir que se malgaste. Del mismo modo, la santidad requiere una respuesta personal y activa: no se puede caminar constantemente con la luz de los demás ni basta a la criatura la santidad de otros. Cada uno -tan inconmensurable y grandiosa es la caridad de Dios- ha sido llamado individualmente, por el propio nombre, para que nos abramos generosamente a la gracia. Lo afirmaba contundentemente san Josemaría: «La santidad no es comunitaria. La santidad es fruto del esfuerzo personal de cada uno, con la gracia de Dios. »2
El Maestro tampoco justificaba el reposo de los sembradores. Precisó muy bien en su enseñanza la insuficiencia del mero comenzar: hay que coronar cada obra (cfr. Lc 14, 28-30), pues los hombres recibimos la gracia oportuna para esa tarea. Si el que labra el campo no vigila, no se aprovecha el terreno, la semilla no arraiga con las condiciones requeridas y se corre el riesgo de que la cizaña malogre la cosecha o desoriente al que viene a buscar el producto legítimo (cfr. Mt 13, 26). Constituiría un error importante el olvido de que esa apatía causa luego un trabajo extraordinario que roba tiempo y dedicación a nuevas empresas. «Mal sueño», lo llamaba san Josemaría:3 «Porque, en nuestra vida personal, ¿no es acaso sueño, un mal sueño, el que nos hace desperdiciar la buena semilla de la doctrina y de la vida santa? »4
Mal sueño por muchos motivos. Se brinda ocasión a los sembradores del mal para dedicarse impunemente a sus fechorías. Se provoca escándalo con ese mal ejemplo, o no se saca de la ignorancia a los que vienen a buscar la luz y encuentran indiferencia y comodidad. Se suscita una gran confusión al permitir que la semilla espuria brote a la par que la buena, incluso mimetizada, como si poseyera las características de la autenticidad.
De muy diferentes maneras había adoctrinado Jesús a los apóstoles a propósito de que el mal sueño no concuerda con la responsabilidad del buen amo, del Buen Pastor. Se les habían quedado grabadas a fuego las expresiones del Señor; y, sin embargo, en esa hora cumbre cedieron malamente a la fatiga. No pusieron los medios para evitarlo y permitieron que los hacedores del mal se organizaran y procedieran a su antojo.
La pregunta del Maestro denotaba asombro: «¡Simón!, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? (Mc 14, 37). Nos lo dice también a ti y a mí, que tantas veces hemos asegurado, como Pedro, que estábamos dispuestos a seguirle hasta la muerte y, sin embargo, a menudo le dejamos solo, nos dormimos. Hemos de dolernos por estas deserciones personales, y por las de los otros, y hemos de considerar que abandonamos al Señor, quizá a diario, cuando descuidamos el cumplimiento de nuestro deber profesional, apostólico; cuando nuestra piedad es superficial, ramplona; cuando nos justificamos porque humanamente sentimos el peso y la fatiga; cuando nos falta la divina ilusión para secundar la Voluntad de Dios, aunque se resistan el alma y el cuerpo. »5
No lo dudemos: a la hora de la tentación, del cumplimiento del deber, del sacrificio y la entrega, del rechazo ante el ambiente malsano, el Señor se dirige a sus hijos para preguntarnos: ¿duermes?
Luchar contra las omisiones
8. Pero el sueño de los apóstoles en Getsemaní, mientras el Maestro oraba, siendo una deserción dolorosa para Jesús, se ha transformado en una lección inagotable para los que queremos seguirle. Porque el Señor había sido terminante en su predicación: el que no está conmigo está contra mí (Mt 12, 30); al que me niegue delante de los hombres, también Yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos (Mt 10, 33).
Abyssus abyssum invocat (Sal 42, 8). La deserción había empezado al no atender en serio la petición expresa del Maestro -vigilate mecum- y no meterse a fondo en la oración. En el silencio de la noche, cuando todo callaba, las palabras y gemidos de Jesús rompían la quietud: ofreció con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte (Hb 5, 7); es el clamor que hemos considerado en la meditación anterior. Tan empapadas de dolor estaban sus frases, que algunos santos padres, basados en este pasaje paulino, escriben que se traducían en punzantes alaridos.
Oír gemir al Maestro debió de ser estremecedor porque las manifestaciones de su corazón removían hondamente, como su llanto por Lázaro. Tan reciamente humanas eran aquellas lágrimas, que provocaron en Betania el llanto de los que hasta entonces tenían los ojos secos (cfr. Jn 11, 35-36). Si, en el relato de Getsemaní, ha querido el Espíritu Santo que se recogiera de modo reiterativo esa tristeza del Maestro, significa que su intensidad no podía dejar indiferente a una persona con un mínimo de corazón. No dejó, ciertamente, de conmover a los tres apóstoles: su tristeza se forja ante la tristeza de Jesús. Pero, incapaces de abrir sus sentidos y potencias a los requerimientos claros y exigentes del Señor, no extraña que no distinguieran la impresionante oración que el Maestro expresaba en voz alta, y que no reaccionaron por la flaqueza humana y el temblor que habían observado en El. La tristeza que entonces embargó a los discípulos se asemejaba a la que san Pablo (cfr. 2 Cor 7, 10) llamará tristitia sæculi-en contraste con la que es secundum Deum-, porque fue como un ensimismamiento que los llevó al sopor y al sueño. Y, de hecho, abandonaron a Jesús en su soledad.
Nosotros -hay que reconocerlo con sinceridad- nos quedamos lejos de Jesús y nos sumergimos en un mal sueño en situaciones mucho menos dramáticas. Cuántas veces nuestras deserciones -la deserción es el pecado- se originan en la mera comodidad, en las pequeñas ambiciones, en la sensualidad que dejamos que se desborde. Jesucristo lloró por su amigo Lázaro muerto. ¡Cómo lo haría al contemplar nuestra falta de vida, de vibración cristiana, más penosa que el fallecimiento físico, pues coloca a la criatura radicalmente lejos de Él, de sus latidos de auténtica vida y de auténtico amor! Con razón nos aconseja la Escritura Santa que pidamos al Señor que nos cambie el corazón de piedra por uno humano que sepa amar (cfr. Ez 11, 19), que no navegue en la tristeza del egoísmo y de la indiferencia.
Las cesiones en el servicio a Dios, aun aparentemente pequeñas, nos impiden acompañar al Maestro y nos desarman para cuando el Señor reclama algo más costoso. Conviene no olvidar que la omisión puede constituir ya una falta grave; la tentación no rechazada inmediatamente nubla la vista, y el alejamiento de Dios trae consigo la incoherencia de conducta. ¿Cómo iban los apóstoles a secundarle en los momentos tristes de la Pasión cuando el pueblo clamaba enfurecido contra Jesucristo si no se habían comportado con lealtad enteriza a la hora de mantenerse en oración en el huerto?
El apartamiento del Señor, y con mayor motivo la caída en la tentación, oscurece la visión y entorpece la sensibilidad. De ahí es muy fácil deslizarse a la incongruencia, a decisiones o posturas inconsecuentes. Cuando Jesús los envió a predicar y operar milagros en el nombre del Maestro los apóstoles volvieron rebosantes de gozo y contaron detalladamente lo que habían realizado, impresionados de que hasta los demonios se sujetaran a sus palabras (cfr. Lc 10, 17). Ahora, en Getsemaní, se presentaba la irrepetible oportunidad de aunarse como testigos en el portento inefable de que la Vida puede más que la muerte; sin embargo, por no estar pendientes de Cristo, por no atenerse a lo que les había dicho -vigilate mecum- y ensimismarse en su tristeza, cayeron en un sueño que los empujó a dejarle en la más tremenda soledad.
Oigamos al Señor, luchemos contra cualquier pereza o somnolencia del alma ante las exigencias del Cielo. Recordemos que esa misma invitación, los preceptos que Él ha fijado para su Iglesia, son una fuerza sólida que nos pone en condiciones de vencer. No pidió a los apóstoles que cargaran con la Santa Cruz, que llevará Él; los animó a que estuvieran en vigilia, para poder tomar esa Cruz y extender la Iglesia, cuando Él ascendiera al Cielo.
No desertar sino seguir a Jesús
9. Es la experiencia de cada uno: cuando no se atienden los requerimientos del Señor, se inicia el coloquio con la comodidad, con el egoísmo, con las distintas formas de deserción. Ahora, como entonces, los hombres tendemos a aislarnos de Dios, y somos los únicos perjudicados.
Al no estar pendiente de la Trinidad Santísima, el alma se repliega y se retrae, aunque esté rodeada de un cortejo de aduladores. Basta un traspié en la fortuna o en el poder y esos corifeos se retiran en busca de otro ingenuo para proseguir su existencia parasitaria. Lejos del Señor cabe conseguir un triunfo temporal más o menos largo, pero la criatura se encierra entonces en ese éxito y no rinde como debiera, experimentando -a veces hasta trágicamente- que la vida se le escapa sin haber conseguido ningún consuelo perdurable.
Enreciemos el comportamiento abriendo bien los oídos y los ojos del alma a los planes de Dios, que -lo sabemos bien -no coinciden en ocasiones con los nuestros; ni siquiera a cuando nos movemos buscando la gloria del Creador. El paso terreno de Nuestro Señor Jesucristo, y concretamente estas horas de retiro en la ladera de aquel montículo, constituyen una permanente enseñanza que nos debe colmar de ánimo, de esperanza alegre, aun en medio del dolor.
El Maestro, que tenía que abrir el camino y marcar la pauta del andar cristiano, con su acción en Getsemaní realza el valor del Amor auténtico, que se esparcirá por el mundo desde la Santa Cruz. Al contemplarle, todo invita a apreciar que, para el alma enamorada, no basta amar mucho: es preciso llegar a la respuesta heroica; y esto, también cuando el cuerpo y el corazón atraviesan una grande, prolongada y justificada fatiga.
Jesús escuchó al Padre en la más acongojada soledad de la noche. Más aún, el Maestro acudió a buscarle, con la certeza de que no se toparía con un silencio. Ya había dado a conocer esta intimidad cuando proclamaba: te doy gracias, Padre, porque siempre me escuchas (cfr. Jn 11, 41-42).
Recojamos esta conversación y aprendamos a depositar nuestra confianza en la protección paterna de Dios, aunque a primera vista sus designios nos superen o nos resulten incomprensibles. Esa repetición de las palabras -como hace Jesucristo en el Huerto de los Olivos-, dispone a que el alma asuma más a fondo el convencimiento de que sujetarse por amor a la Voluntad divina es lo único realmente adecuado; de modo semejante a la necesidad de una intervención quirúrgica cruenta para no perder la vida.
En su predicación, el Maestro había señalado, en no pocas ocasiones, la conveniencia de ser santamente tozudos en la petición. Vienen espontáneamente a la cabeza los ejemplos del juez inicuo y la viuda (cfr. Lc 18, 1-8); del amigo que acude a solicitar un préstamo a una hora inoportuna (cfr. Le 11, 5-8); la insistencia de la mujer con la hija enferma (cfr. Mt 15, 21-28)... La oración santa de Jesucristo que precede a la Pasión fue también repetidamente pedigüeña, y la nuestra debe seguir este modelo.
Descubramos a qué conducía esa plegaria confiada al Padre. Al mismo tiempo que exponía sencillamente su ruego, anticipaba que, con idéntica perseverancia, aceptaba la Voluntad del Padre: la que hiera, pues era la mas conveniente.
Cuando el diálogo brota sincero, cuando admitimos que los planes de la Providencia son los más pertinentes, la confianza de nuestras súplicas nos impulsa a amar sentidamente lo que el Creador establezca. No debería faltar jamás en nuestra vida de oración la referencia expresa que sale de los labios de Jesús: no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42). Afrontaremos luego los problemas con la paz y la alegría de quien de veras entiende que todo lo del Padre es enteramente nuestro (cfr. Lc 15, 31), y se operará el prodigio de que las disposiciones del Cielo informen plenamente nuestro comportamiento.
¡ Señor, despiertanos!
10. Una última consideración sobre aquel sopor de los apóstoles mientras Jesús se recogía en oración. Largo y santo fue ese primer recogimiento de Jesucristo. No lo interrumpió cuando se acercó a los tres apóstoles. Con su generosidad sin límites, el Maestro iba entregando su vida por nosotros, segundo a segundo, con un amor inefable al Padre, y con una paciencia incomparable ante la dureza del corazón humano. Encontró dormidos a sus amigos, nos dice el texto de san Mateo que vamos siguiendo, y tuvo que despertarlos. Entonces Él les formula esta pregunta, pero dirigiéndose a Simón Pedro, que le había prometido que permanecería sin interrupción a su lado; ¿ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Es una pregunta y es una queja de amor.
Los invitó a corregirse con una pregunta cordial, en la que les remachaba la orientación que deberían seguir. Como horas más tarde, en el camino del Calvario, saldrá al encuentro de Simón de Cirene, en Getsemaní acude a la búsqueda de los amigos con insistencia incansable y afectuosa.
Ni en esos instantes, ni ahora, habría resultado extraño que los interrogara con claridad y firmeza: ¿es posible que no sepáis dónde está vuestra paz? A Simón y a los otros dos les faltaron hasta las palabras (cfr. Mc 14, 40). Estaban con la cabeza confusa, como quien se despierta de pronto, y sus ojos estaban cargados de sueño. Pero su confusión y su mutismo se nos presentan corno un símbolo de la indiferencia de los hombres, de su indolencia ante algo que los afecta tan directamente. Y llama la atención aún más la clemencia de Dios, que no se cansa de nosotros. Todo en Getsemaní está atravesado del amor sin límites de Jesús a sus amigos.
Hasta cierto punto se explicaría que hubieran exclamado, en medio de su incapacidad real: «¡Si no somos hábiles para nada! »; o más aún, que, acogiéndose a la misericordia de Jesús, le suplicaran: «Tienes que hacerlo Tú, Señor; tienes que compadecerte de nosotros, porque no conseguiríamos nada, incluso poniendo nuestros mejores esfuerzos.» Ni siquiera esto aciertan a manifestar.
Les había rogado que vigilasen, y se lo repite ahora. Se afirma, y es verdad, que se sufre más ante una situación de indiferencia que de odio, porque el interesado, que no cuenta ni una pizca para los demás, comprueba que se le niega hasta el derecho a ser considerado como persona.
Por eso no es aventurado pensar que a Jesús le dolió la pasividad de los suyos más que las bofetadas, los escarnios y las burlas de los soldadotes brutales.6 Con su omnipotencia, nada le impedía detener la afrenta física de los soldados, como anunció poco más tarde al contestar que bastaba una sola palabra para que miríadas de ángeles desarmasen a los que tan penosa y desenfadadamente le atacaban (cfr. Mt 26, 53). En cambio, respecto al don precioso de la libertad, Jesús no cambia por la fuerza la voluntad de los hombres. ¡Qué dolor tan grande el suyo al comprobar que los que le aman no se esmeran en vigilar!
A los pobres soldados que se burlaban de Él y le preguntaban: adivina, ¿quién te ha pegado? (Mt 26, 68), podría haberles respondido con exactitud, silabeando su nombre y sacándolos de su atrevido anonimato. No actuó así, para cumplir el designio del plan redentor y revelarnos a qué grado se eleva su amor. ¿Cómo justificar, hasta humanamente, que a los que eligió por su nombre para que se unieran a su vigilia no colaborasen y no luchasen para dominar la tibieza y el desamor?
Verdaderamente, podía interpelarlos, como a nosotros: ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he contristado?, ¿por qué a mi confianza sales con tu indiferencia? Aquellas pocas palabras de Cristo habrían bastado para provocar su reacción, porque en esos instantes no se estaban comportando como discípulos ni como amigos. En lugar de atribuir valor a la intimidad que el Maestro les ofrecía, habían transformado ese privilegio en algo usual de ordinaria administración, por lo que no merecía la pena perder el sueño.
Pidamos fervientemente al Señor que no se canse de venir a despertarnos y nos conceda la gracia de vencernos y de corresponder.
«Vigilad y orad»
11. Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación (Mt 26, 41). Leamos el texto atentamente, porque Jesús está ahora explicando a los discípulos, que han despertado, por qué les ruega que no duerman sino que oren. Es unívoca en los tres evangelistas la razón que Jesús les exponía para entregarse a una oración vigilante: hacer frente a la tentación, que venía.
Necesitamos meditar despacio esta palabra de Jesús. Hay en este motivo un contraste con lo que Jesús manifestaba a los tres apóstoles, al entrar en agonía y desvelarles su angustia y su dolor, la tristeza de su alma hasta la muerte. Les precisaba entonces: quedaos aquí y velad conmigo (Mt 26, 38), y de esta forma imploraba compañía, compasión, consuelo en su tristeza. Se diría que estando allí le hacían un favor y que los había llevado consigo para encontrarse arropado. Ahora, cuando después de haber implorado al Padre vuelve a sus amigos y los encuentra dormidos, no les recuerda la compañía reclamada, sino que les hace notar -en aquella noche oscura- el fondo de la cuestión, el drama que los rodea y que tendrían que haber descubierto ya: la oración y la vigilancia, insistentemente aconsejadas, eran ante todo para su propia salvación. La terrible tentación que a Él le azotaría los afectaba también a ellos. Ves era vital -¡a los tres a los once!- despertarse y orar en serio y disponerse al sacrificio. Veinte siglos después, la lección permanece con idéntica y exigente claridad: Cristo y solo Él es el Salvador, que se entrega en completa libertad por nosotros; pero los hombres sólo podemos beneficiarnos plenamente de la salvación que Cristo nos consigue si, libremente, nos unimos a Él con nuestra entrega personal, que se manifiesta en oración vigilante. Es algo que nos afecta a todos, no exclusivamente a aquellos apóstoles, y la prueba es que lo pedimos todos los días en la plegaria enseñada por Jesús: «No nos dejes caer en la tentación» (Mt 6, 13).
Jesús, en aquella «hora» decisiva, no habla de una eventual tentación en la que podrían caer los discípulos si no rezan. Él se está refiriendo a una tentación del Maligno, que ya invade aquel lugar, con toda la potencia para el mal que Dios le ha permitido desplegar en esta «hora», tan temida por el Redentor: Simón, Simón, Satanás os ha reclamado para cribaron como al trigo (Lc 22, 31). Satanás pretendía lograr, ahora de manera definitiva, después del fracaso en las tentaciones del desierto, que Jesús desertase del misterio salvífico de la Pasión, y si los discípulos no rezan -si no se juntan a su oración-, podría el diablo apartarlos de su Maestro y abocarlos a la apostasía. Esta realidad suponía un terrible sufrimiento para Jesús, que conocía que todo pendía del buen uso de la libertad, ayudada por la gracia. La tentación avanzaba: la cuestión era no caer en sus lazos. Y el único camino se abría a través de la oración. Así había sido la oración de Jesús en la última Cena: no pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15).
El Señor preveía la «hora» tremenda que se avecinaba, tan terrible que comenzó a angustiarse y a sentir pavor; y certeramente se refugió en la oración, es decir, en los brazos del Padre, como hemos apreciado en las consideraciones anteriores. Era igualmente consciente de que los discípulos sólo desde la oración podrían superar la gran prueba -la de huir y abandonarle- que iba a cargar sobre ellos en un tiempo ya inminente, cuando el traidor con los suyos se acercara a prenderle. El amor sin límite a sus amigos entrañaba esa ansia santa de remarcarles este fundamental criterio de conducta cristiana, absolutamente esencial en aquellos momentos, e imprescindible para ellos y para la Iglesia -para nosotros- en todo tiempo y lugar.
Orad para que no caigáis en la tentación (Mt 22, 40). San Lucas lo escribe con las mismas palabras que san Mateo; pero en san Marcos (14, 38) encontramos este otro matiz, cargado de fina delicadeza: orad para que no vayáis hacia la tentación. Porque es difícil «meterse» en la tentación y no sucumbir ante su fuerza arrolladora. La doctrina que Jesús nos predica en Getsemaní abarca -lo mismo que la séptima petición del padrenuestro- todas las formas de tentación que nos asaltan. Un doctor de la Iglesia, haciéndose eco de la precedente tradición, comenta así las palabras de Jesús: «No dijo: orad para no ser tentados, pues es imposible que el alma humana no sufra la tentación; sino: para no caer en la tentación; es decir, para que la tentación no sea más fuerte que vosotros.»7 Y concluye san Josemaría: «Luego debemos estar vigilantes. Custos, quid de nocte? (Is 21, 11). ¡Centinela, alerta! Debemos estar en vela, debemos oír el grito de alarma y repetirlo a los demás. No podemos adormecernos, porque si no, en medio de lo bueno vendrá lo malo: vigilad y orad, para no caer en la tentación (Mt 26, 41).»8 Los discípulos descuidaron la oración y se durmieron. Más tarde, llegado el momento, cayeron en la tentación.
Ninguna persona escapa de ser tentada, y esto en sí no implica imperfección. Ya el mismo Maestro, perfectus Homo, quiso que no faltase esa prueba durante su caminar terreno (cfr. Mt 4, 1 ss.). Si Satanás fue tan irreverentemente osado para acercarse a Quien no le afectaba ninguna tendencia o apetito desordenado, con igual desenfreno se aproxima a los hombres. Dios permite la tentación -que nada tiene que ver con ponerse voluntariamente en la ocasión- para que el alma se robustezca, buscando con más ahínco la fortaleza del Cielo. Con claridad lo precisó san Pablo: virtus in in firmitate perficitur (2 Cor 12, 9).
Para estar prevenidos, pensemos en la maldad y el odio que alberga el diablo, basta atreverse al dislate de tentar a Cristo (cfr. MI 4, I -I I ). Arremeterá con tuerza también contra quienes somos amigos de ese Señor que tan claramente le humilló. No temamos pues, ya que la gracia y el auxilio del Cielo son mucho más vigorosos que los embates de Satán. Pero tampoco dialoguemos con el ángel caído, porque nos colocaríamos en su terreno.
A la vez, detengámonos en una circunstancia que el Evangelio señala explícitamente: el tentador se acercó al Hijo de Dios cuando le vio cansado, se diría que hasta débil físicamente (cfr. Mt 4, 2). Sin embargo, el padre de la mentira no advirtió que ese Cristo cansado se había robustecido en la oración y en el ayuno, medios necesarios para mantener lejos a esa bestia portadora de todo desequilibrio.
Ahora, en el momento supremo de Getsemaní, Jesús se ¡la recogido nuevamente en oración; y, además de rezar por los suyos y por todos los hombres, les advirtió que, si no le imitaban, su flojera crecería en profundidad. Cambiaban las circunstancias exteriores, la situación se presentaba más dramática, pero no varió la receta: rezar con el alma y con la penitencia del cuerpo.
Los apóstoles huyeron y abandonaron a Jesús. Cabe afirmar que se trataba de una caída prevista, por no haberse preparado -como Cristo- en un diálogo con el Padre; también para ellos habría sido una oración construida con esfuerzo, por el cansancio y la tristeza. Pero descuidaron ese recogimiento, y Pedro llegó hasta negarle formalmente. Su reacción habría sido muy diversa de haber velado como les instaba el verdadero Amigo.
Evidentemente, no estaba en sus manos impedir los sufrimientos indescriptibles del Maestro; pero, como a Santa María -aunque en otra proporción-, no les faltaba la gracia para ir tras Jesús y adentrarse en el gran misterio de la Cruz, donde se hizo y se hace presente la omnipotencia de la Trinidad Santísima en la salvación.
María, llena del Espíritu Santo, había permanecido siempre atenta a las enseñanzas de Jesús, y no sintió ningún pavor ni alarma. Ciertamente, la situación no se dibujaba fácil.
Unos pocos habían engañado a la turba, que se tornó cruel y agresiva, con la valentía del anonimato. Esa turba que pedía sangre, se reía y martirizaba a Jesús, podía también descargar sus desmanes contra la Madre del que habían condenado por alborotador. Ella no echó cuenta del riesgo. Con la plenitud de su gracia, afrontó las consecuencias, mostrando sin recato alguno su unión total con el reo.
Era tal la compostura de la Virgen, rebosante de firme coherencia y sinceridad, que ninguno de los agresores se atrevió a molestarla, ni con un sarcasmo indirecto. Y consta que estuvo iuxta Crucem (Jn 19, 25), lo que significa que también debió de andar muy próxima a Jesús en el camino hacia el Calvario. Los apóstoles habrían sido valientes de haber rezado como les sugirió el Redentor.
Coherencia cristiana
12. Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. En esa vigilia de oración, Jesucristo se preparó para su Pasión y Muerte. ¿Qué hubiera sido de nosotros -pobre humanidad-, sin el sacrificio al que se entregó el Redentor? No cabía la posibilidad de que el Hijo de Dios declinara esa misión que le encargaba el Padre, pues las dos Personas son una sola cosa entre Sí y con el Espíritu Santo, pero podemos imaginar el desamparo y la impotencia en que habríamos caído las criaturas de no mediar ese holocausto del Salvador.
Jesús se entregó y así, además de indicarnos reiteradamente que era necesario vigilar a toda hora, predicó con su acción; más aún cuando incumbía al tiempo de la prueba. Cœpit Iesus facere et docere, comenzó a hacer y a enseñar (cfr. Hch 1, 1): dos facetas de la pedagogía del Maestro que se renovaban constantemente en su caminar entre los hombres. Dejó ver a sus discípulos que el dolor le embargaba el alma, y los orientó una vez más con su ejemplo palmario de Hombre que reza.
Muy aleccionador sería su modo de orar al predicar con los hechos que hemos de ser coherentemente piadosos, sin respetos humanos, sin que nos importe que nos observen.
No procedía así sólo para que le miraran, porque el diálogo con el Padre era tan intenso que no albergaba más inteligencia ni voluntad que para aplicarlas a cuanto del Cielo le pedían. En los benditos intervalos en los que tornaba hacia sus apóstoles para despertarlos, les insistía en que no decayeran ni se excusaran, y en que fueran más espirituales y más desprendidos de su yo.
En otro orden de intervención, las bodas de Caná ofrecen una idea de incapacidad análoga a la nuestra: el Señor puso remedio a una situación crítica a instancias de Santa María, adelantando su tiempo (cfr. Jn 2, 1-11). Si Jesucristo se hubiera abstenido, como aparentemente insinuaba su respuesta -¿qué nos va a ti y a mí, mujer?-, la fiesta habría terminado en drama, y los anfitriones protagonistas habrían sido el hazmerreír de los invitados, si acaso no perdían su amistad.
En aquel banquete, el Señor encontró la colaboración generosa de los criados, que colmaron los recipientes usque ad summum (Jn 2, 7), hasta arriba. ¡Qué alegría la de todos los que habían percibido la dificultad que atravesaba aquella pareja, precisamente porque eran el blanco de la atención de los asistentes! La alegre celebración cobró, por el remedio de Jesús, un acento aún más feliz, y todos disfrutaron de la incomparable calidad del nuevo vino. Porque el milagro no se quedó sólo en la transformación del agua: el ambiente, la felicidad, la amistad, se acrecentaron tras la acción generosa del Maestro.
En Getsemaní, cercano ya el gran festejo de la reconciliación de la criatura con su Creador, el Maestro sugirió a los suyos que intervinieran. En estos momentos ni siquiera les reclamaba el esfuerzo físico de recoger el agua; su prestación se limitaba a la decisión de unirse en oración con Jesucristo. Ante los resultados, si hubiera que calificar esa participación, habría que concluir que no dieron ni usque ad minimum. No le ayudaron absolutamente nada.
Escarmentemos en esa pasividad y procuremos ser buenos acompañantes del Redentor, amigos leales, ya que no es menos actual la invitación del Maestro a cada uno de nosotros. Como de los primeros, de nosotros espera que, con nuestra conducta, con nuestro trabajo honrado, con nuestra intransigencia ante el error y nuestra comprensión y caridad con los que yerran, sepamos mostrar al mundo que estamos con Cristo y deseamos seguir sus pasos, aunque esta determinación nos acarree sufrimientos.
Sí: es preciso que la gente, también los que se proclaman enemigos de Dios, sepan que somos cristianos, y que nos atengamos a las consecuencias. No queremos ni podemos pactar con posturas de abandono al Señor. Si nos ven con firme coherencia, se abrirán nuevos horizontes en conciencias adormecidas o alimentadas por el odio, y será posible desterrar la terquedad.
La actitud del cristiano no es arrogante. El Maestro ha trazado un trayecto lineal: no se impone ni avasalla, pero no cede en la doctrina.9 Con santa transigencia y santa intransigencia,10 va tras los pecadores y tras sus discípulos. Con todos es igualmente comprensivo y exigente, porque la Verdad es idéntica aunque algunos se obstinen en rechazarla.
Robustecer el espíritu
13. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Con estas palabras acaba el versículo que estamos meditando. Nuestro Señor les indicaba así por qué podía avanzar sobre ellos tan avasalladora la fuerza del Maligno y levantarse de modo tan evidente el riesgo de caer en la tentación. La «carne» es aquí nuestro ser humano -alma y cuerpo- dejado a sus propias fuerzas naturales, tan escasas para las cosas de Dios; es el hombre abandonado a su debilidad natural, sazonada por las consecuencias del pecado de origen y los pecados personales. Ese hombre sólo logra responder y ser fiel al Señor con el auxilio de la gracia y activándola de manera constante en la oración. La «carne», en este sentido, necesita que la supere y la trascienda el «espíritu», que está pronto. «Espíritu» adquiere aquí un significado muy próximo a lo que san Pablo llamará el «hombre nuevo», la «nueva criatura».
El «hombre nuevo» se halla pronto y con agilidad cuando le mueve el Espíritu Santo -el Espíritu del Hijo-, que domina al «hombre viejo» a través de la oración, en la que se oyen gemidos inenarrables. Sin este recurso al trato con Dios, se «recae» una vez y otra en la debilidad de la carne y se «cae» en la tentación.
Por eso, el hecho de permitir que los atenazara la tristeza, que los sumergía en el sueño y en la pasividad, era ya para los apóstoles una forma de imperio de la «carne» sobre el «espíritu», un principio de ceder a la tentación. El Maestro comentaba ese contraste duro que experimentamos las criaturas y que sólo puede superarse si el espíritu se robustece por la vida de oración y domina a la carne, a ese «hombre viejo» que alcanza a lo más una débil disposición inoperante.
Aplicando toda esta doctrina a nuestro día tras día, descubrimos cómo nos previene Nuestro Señor contra la ingenuidad de pensar que los buenos deseos, e incluso un cierto buen obrar en el cotidiano batallar, levantan de por sí una suficiente defensa. Lo que nos estamos jugando en nuestro caminar terreno es muy serio y hay que apostar fuerte. Jesús volvía una y otra vez a recordarles que no se fiaran de sí mismos, de sus promesas ardientes de fidelidad, de su entusiasmo. Desde luego, constituyen un punto de partida y un buen entrenamiento, pero hace falta más. Como señala la Escritura y confirma la experiencia, el buen metal se prueba en el crisol (cfr. Sb 3, 6). Del mismo modo, la «nueva criatura» que somos en Cristo se manifiesta cuando deben afrontarse pruebas que atentan contra la coherencia; cuando resulta difícil mantener el comportamiento cristiano.
Esa preparación, activa y pasiva, ha de ejercitarse en cada jornada y sólo es posible robustecerla con un recurso constante y confiado a la oración. Con la alegría del enamorado, o con la novedad de quien está prendado de un ideal, busquemos modos de enreciarnos, tanto con espíritu de expiación y penitencia para negarnos a tantas cosas buenas o indiferentes, como con la determinación de aceptar las incomprensiones, las desatenciones, y hasta el mal trato de otros, siempre que esta tolerancia no suponga un daño para el alma de quien así se conduce.
La tarea de preparar y entrenar al «hombre nuevo», suscitado en nosotros por el Bautismo y la gracia del Espíritu Santo, entraña una forma de correspondencia a esa gracia que queda al alcance de la mano de los jóvenes, de los maduros y de los ancianos; de los enfermos y de los sanos; de los que disponen de medios materiales y de los que carecen de recursos; de las personas cultas y de quienes no han recibido formación. Evidentemente requiere esfuerzo y, sobre todo, el convencimiento de que el alma no ha sido creada para ser esclava de las malas tendencias o de una cobardía denigrante.
Si deseamos que el espíritu tire con fuerza, hacia arriba, de la carne débil, hemos de querer formarnos a fondo. Con esta determinación, adquiriremos el hábito de la prudencia y de la fortaleza, para enfocar las cuestiones y ser consecuentes con los principios, aunque gustemos el dolor moral o físico en toda su crudeza.
Aquí aparece otro punto de la rica enseñanza de la escena de Getsemaní. Crezcamos en gratitud a este Maestro entrañable que ilustró con claridad la necesidad de cultivar la virtud de la fortaleza. Si Jesucristo, revestido de la omnipotencia, ha querido señalar que la capacidad de acoger el sufrimiento exige sacar fuerza de la oración, encomendemos a Dios Padre, con la súplica de su Hijo, que sepamos recurrir a ese diálogo para mirar la Santa Cruz con la lógica divina; es decir, acogiendo la gracia del Espíritu, que propone siempre el itinerario más conveniente.
Ninguna potencia del mal, del sufrimiento, de la contradicción, pudo detener la generosidad del Salvador. Y también nosotros caminaremos gozosamente vencedores si nos cristificamos en la oración. Ahí, en esa asistencia que nos brinda la Trinidad Santísima, el espíritu y la voluntad dominarán la inseguridad que como pobres criaturas nos afecta.
Sin miedo a exagerar en el amor
14. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ya se advierte, por lo que venimos considerando, que, si esa prontitud connatural del «espíritu» -de la nueva criatura en Cristo-no se cultiva en la oración y en la entrega, la «carne» -la debilidad del hombre consecuencia del pecado- puede imponerse :se al «espíritu». El Redentor conoce de sobra que, si no enreciamos el espíritu con perseverancia, la criatura se vuelve esclava de la miseria, incapaz de escoger la victoria que le conviene. Se enrecia el espíritu por el amor vigilante –cor meum vigilat (Ct 5, 2)-, por el cultivo del amor cristiano, por la oración y el espíritu de sacrificio.
Para agradar a Dios, para corresponder al Amor con amor, decidámonos a proceder como dos personas que se quieren sinceramente. Viven con la determinación de sacrificarse el uno por el otro; gastan sus días para robustecer ese amor, pasando por encima del propio yo y acomodándose a lo que agrada al ser que tanto estiman. No se detienen en cálculos de generosidad, ¡aman!
Nada más lejos del cristiano que un comportamiento mediocre, ramplón, que no se esfuerza por adentrarse en la vida de la gracia. Adopta Satanás una táctica muy sagaz con los cristianos: los persuade a no exagerar, quedándose sólo en un cumplimiento mínimo. Va arrancando poco a poco del alma el afán sano y santo de llegar más lejos, de portarse con coherencia en las diversas circunstancias, es decir, como personas que no se conforman con una respuesta a medias. De esa falta de lucha para crecer brotan conductas chatas, ancladas en la comodidad, sin recursos para responder que no a la tentación, proclives a las claudicaciones.
La criatura es más auténticamente humana en la medida en que perfecciona la imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27).En esta determinación encuentran el hombre y la mujer el sentido más hondo y más feliz de su existencia. Tenemos que rechazar la idea, desgraciadamente difundida, de que imitar a Cristo supone un nivel de conducta que nos supera. Nada más lejos de la verdad. Mientras no nos persuadamos de que, con la gracia de Dios, podemos lograr esa identificación, significa que seguimos pactando con la mediocridad, renunciando a la incomparable aventura de tratar a Cristo de cerca, como Amigo, Hermano, Maestro, Médico.
Este empeño, conviene recordarlo, no hace desaparecer los errores. Fijémonos en que a Jesucristo no le extrañó que el cansancio asaltara a los suyos; le dolió que no quisieron reaccionar, porque de la pasividad pasaron a la cobardía, a la desbandada, al desconsuelo.
Cuando se mantiene alerta el espíritu, aunque la debilidad abra una brecha en la respuesta humana, se puede remediar inmediatamente, taponando la herida y recomenzando, porque el Señor no se hastía de salir a nuestro encuentro.
A los cristianos incumbe el deber de apreciar la grandeza con que Dios nos ama y nos asiste. No podemos contestar con un basta, hemos de ir siempre a más -desde la contrición, si es preciso-, con el fin de no desaprovechar el tiempo que se nos concede, en el que nadie puede sustituirnos, y que no se vuelve a presentar.
No es un dato más entre tantos el hecho de que la Biblia sea el libro más vendido en el mundo. Significa que en el corazón y en la inteligencia de la gente late la sed de Dios, de un Dios que, siendo perfecto e incomprehensible, se pone a nuestro alcance y nos repite que podemos recorrer sus pasos y compartir su Vida.
Participar de la intimidad de Jesucristo es vigilar, sin dar cauce al egoísmo, a la comodidad, a la soberbia, a la sensualidad... Con Jesús, nuestra pequeñez se torna instrumento de increíbles proyectos, como aquellos pobres pescadores que se durmieron en Getsemaní pero que, en cuanto vigilaron con Él en oración recia y perseverante, dieron la vuelta al mundo pagano, con la fuerza de Pentecostés, no obstante su tangible debilidad personal y su indigencia de medios.
Cuando la «carne» se impone al «espíritu»
15. Vigilate mecum!, les había confiado el Maestro (Mt 26, 38). Al filo de nuestra consideración sobre la carne y el espíritu, detengámonos de nuevo en esa demanda de Jesús, de mensaje inagotable. Porque el Señor no reclamaba un esfuerzo ilógico; no les proponía que se preparasen para correr su suerte, que sólo Él podía afrontar en plenitud. Los trató como allegados que cuerdamente habrían debido interesarse por los planes de quien tanto los amaba, hasta manifestarles la intensidad del dolor que padecía y del gozo conque buscaba y cumplía la Voluntad del Padre, permitiéndoles ser testigos de horas irrepetibles.
Aquellos hombres, que unas horas antes habían discutido sobre quién iría por delante en los designios del Salvador (cfr. Lc 22, 24-27) y que habían asegurado que entregarían la vida por Jesús (cfr. Mt 26, 35), cuando les rogó expresamente que se colocaran en primera línea se hundieron y cayeron en el sopor y en la pasividad. La «carne» se impuso al «espíritu». Se cerraron a la realidad divina que se abría ante ellos, y habiendo sido llamados para allegarse, en esos momentos, a la auténtica vanguardia, se transformaron -repito o la expresión de santo Tomás- en una de las causas más profundas de la agonía de Jesús en Getsemaní.
También así se confirma que la Iglesia es de Dios, no de los hombres; más aún, cabe afirmar que sale y saldrá siempre adelante, a pesar de nosotros. ¡Qué lecciones más gráficas y profundas habrían admirado de acomodarse a ese consejo santo! Entre otras, la idea clarísima de que la vida de la Iglesia está enraizada en la oración y en la expiación, en la Santa Cruz que cada uno ha de llevar con Él.
Conmueve profundamente que el comienzo de la salvación empiece por el fiat de María, y la ejecución perfecta de ese designio divino pase por este fiat del Redentor. Se entiende, también en este sentido, que san León Magno, al hablar de Jesús, Dios y Hombre, dijese que es consubstantialis Patri et consubstantialis Matri.11 La Virgen habla el mismo lenguaje que emplea Jesucristo al responder a su Padre celestial.
De haber detenido sus ojos en el Maestro, cada discípulo habría entrado por la ciencia de la Cruz -indispensable para conocer y amar a Jesucristo-, de la que tanto habló san Josemaría. Los padecimientos y la angustia del Salvador habrían constituido un punto firme de referencia para afrontar los miedos y zozobras que sobre ellos se cernían.
La ausencia de los discípulos, a la hora de la Muerte y de la Sepultura del Redentor, hunde sus raíces en la falta de vigilancia, en no haber asumido la amable invitación del Maestro. Aquellos hombres podían responder: «Pero yo estuve en Getsemaní.» Mas desgraciadamente deberían añadir: «aunque me dormí: me ausenté más que si me hubiera alejado físicamente». Qué penosa es la actitud del amigo que deserta; y sólo se explica la permanencia de esta amistad por la grandeza de alma de quien es el auténtico Amigo. Cristo espera que los pobrecitos hombres advirtamos que sólo lo que Él nos dice y lo que Él nos pide conduce hacia el mejor final, y por el camino óptimo.
No perdamos de vista que el Señor exhorta a la vigilancia en todas las horas de la existencia del cristiano, porque en esos mismos momentos está concediendo su amor, su gracia para vencer. Porfió una y otra vez en ir hacia los apóstoles, como prueba fehaciente de que no debemos caer jamás en la desesperación, aunque notemos el peso grande de la debilidad: nos encontramos siempre en condiciones de rehacernos, bien abiertos a la asistencia del Señor.
Dificultades de la oración
16. Cuando Jesús despierta a los discípulos dormidos y los exhorta a la oración, venía de experimentar, en la suya propia, las más graves dificultades. No puede Él extrañarse de que a nosotros nos cueste orar. Pero la pelea santa -la agonía de la que habla san Lucas- que el Señor debió afrontar y vencer pone delante de los ojos que no se entra por senderos de verdadera vida interior si no hay verdadera lucha por perseverar en la oración: una lucha que, de un modo o de otro, es la de acomodarnos plenamente a la Voluntad divina.
Impresiona comprobar -y ayuda a no desanimarnos- que Nuestro Señor Jesucristo soportase, además del cansancio físico y psíquico de la oración esforzada, la tentación del rechazo del sufrimiento y del dolor. ¿Qué de particular tiene que nosotros, pobres criaturas, experimentemos ese obstáculo, a veces duro, mientras rezamos? La cabeza se desparrama por nuestras propias aventuras, nos asaltan pensamientos que en nada se refieren a Dios o se alzan contra Él, y no sacamos partido a las luces que se nos conceden ni a las contradicciones que nos purifican.
La reacción de Cristo ante esa situación, todavía más angustiosa para Él pues había bajado a la tierra sólo a cumplir la Voluntad del Padre, se reveló como una lección estupenda. El hastío o el cansancio pueden elevarse como oración gratísima al Cielo; y tenemos que insistir sin impaciencias ni desasosiegos para rectificar perseverantemente y retornar al diálogo con Dios. Si nos ejercitamos con esta determinación, obtendremos del Señor un crecimiento en las tres virtudes teologales, y más fácil ejercicio de las cardinales. La tentación, que en ocasiones puede irrumpir violenta y grosera, ha de estimular a agarrarnos con más ahínco al Señor, llamándole desde nuestra miseria: Abba, ¡Padre!, mira que sólo me interesa cumplir lo que Tú dispongas. Así de nada servirán al maldito Satanás sus intentos de arrancarnos la paz que adquirimos en la oración. Por la escena del Evangelio aparece diáfanamente que no es menos eficaz, para nuestra santificación y para la de los demás, una plegaria trabada a base de lucha contra la tentación y contra la debilidad personal.
Igualmente importante se revela esa confirmación de la Comunión de los Santos que Cristo anticipó con su recurso al auxilio de los que no se lo deberían negar, porque les había manifestado que confiaba en ellos. No le podían prestar algo que Él no poseyera y, sin embargo, el Señor les sugirió que orasen con Él; la poquedad de los apóstoles, unida a Cristo, habría adquirido valor divino.
Pide el Señor que detengamos nuestra mirada en su Pasión redentora, cumplida por todas las almas. De este modo, por ser oración con Dios, es Comunión de los Santos, de una eficacia ilimitada. Para que la existencia cristiana sea siempre viva y eficaz, hemos de mantenernos en vigilia. La misión de Cristo tiene alcance de salvación y nuestra pobre vida puede integrarse en la de Cristo a todas horas.
¡Qué profundidad presentan estos modos de actuar del Maestro! Sólo Él podía operar la Redención y no quiere –ni siquiera pretende- que los demás nos sintamos desvinculados de esa tarea suya; al contrario, nos propone que tomemos conciencia de que hemos venido al mundo para orar y caminar con Él y así servir a las almas.
Todo puede convertirse en oración
17. Observemos de nuevo a Jesús, pero no con los ojos somnolientos de los discípulos en Getsemaní, sino con la mirada de fe. Le vemos más Dios, ¡y más Hombre!, cuando ha aceptado y asumido plenamente nuestras limitaciones: hambre, sed, fatiga, dolor, tristeza... Le vemos más Dios, ¡y más Hombre!, cuando carga -lleno de amor- con las miserias de la humanidad; también con las aberraciones despreciables que horrorizan al alma más indiferente, egoísta y fría. Le vemos más Dios, ¡y también más Hombre!, cuando se queda en el Sagrario, indefenso y a la vez transmisor de una fortaleza capaz de sostener a todos. 12
La magnitud de su misericordia se desprende de su oración en el huerto, mostrando que las faltas de caridad, la indiferencia de los hombres, provienen de la escasez de oración. Lo predicó en esos momentos con el ejemplo y con la palabra -vigilad y orad-, y le hicieron eco las almas que, a lo largo de la historia, le han seguido de cerca y se han identificado con Él. Pienso en san Josemaría: el recurso a la oración era, en sus labios, como un estribillo, como un resorte de vida que transmitía fuerza a los demás argumentos, sobre el que se apoyaba luego la acción. ¡Reza!, repetía machaconamente, y sólo después actúa. «Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción. »13
La reacción de los apóstoles ante las insistencias de Jesús en el huerto expresa la medida del corazón que no está enteramente transido por el amor. Es seguro que le amaban, pero aún no como debían. ¡Qué diferencia con la Virgen, que hace de su vida un fiat!
Los apóstoles sabían que no había nada ni nadie en este mundo como su Maestro, tampoco humanamente. Tenían la experiencia de lo que Él era capaz de obrar, y conocían que solo Él salva de las hambres, de las tempestades, de los demonios. Y, sin embargo, les reclama fidelidad vigilante en aquella hora y ya queda patente cómo se derrumbaron: de un modo o de otro, vuelve a anteponerse el yo, con mil justificaciones que se les antojarían razonables. Quizá llegaron a pensar que habían vivido con tal tensión la última Cena que se les habían acabado las reservas. Pero Jesús les solicitaba algo que podían entregar, con la gracia de Dios, y no lo entregaron: concretamente el esfuerzo por superar tristeza y cansancio, convirtiéndolo en el combate de la oración. La realidad es que en el huerto Cristo reza y sufre solo: ¡solo!, ¡solo!, ¡solo! Como tantas veces ahora, cuando se maltrata a las personas y a las familias. Y se deja a Cristo solo.
Estaba acostumbrado a la soledad, también porque su alma se movía en otro orden, sin separarse de los hombres. No obstante, ahora se ve más solo que nunca. Y es que el pecado aísla de una manera brutal, conduce al desorden y al ambiente diabólico donde la norma imperante es el odio, la aversión a Dios: nuestra manera de abandonarle.
Pedimos perdón al Señor. Y recurrimos de nuevo a su omnipotencia para que sane nuestros males. Lucharemos para rezar y ser consecuentes.
Le damos gracias por su clara enseñanza. En primer lugar, que hay que rezar. Y gracias porque, siendo muy importante en la Iglesia el rezo en común, no es menos importante el diálogo personal del alma con Dios, cara a cara, para adorar, dar gracias, pedir ayuda y perdón, saber lo que pide a cada uno, y considerar si nuestra vida está de acuerdo con los designios y los mandamientos de Dios. Es más, la oración comunitaria (litúrgica, en familia, etc.) puede y debe ser también oración personal; así como la oración estrictamente personal no es individualista por estar, en Cristo, abierta a la Comunión de los Santos
Sin oración no hay vida cristiana
18. Son estos dos versículos de san Mateo, que confieren cuerpo a la presente meditación, dos textos que se graban fuertemente en el alma. Debemos agradecer a la Trinidad Santísima que, a través del misterio de la salvación, haya revelado su paciente cercanía. Cuanto más se medita la paciencia del Maestro, más se admira. Acude perseverantemente a asistir a los suyos. Sus palabras se confirman por su conducta. Los exhorta a que no se abandonen: vigilad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mc 14, 38). Y fruto de la oración de Jesús es esa vigilancia para que los discípulos no se amodorren, para que se metan en los planes del Cielo.
El mensaje presenta una claridad meridiana: no puede haber vida enteramente cristiana si falta el requisito indispensable de la oración, un medio que sirve de base y que informa toda la conducta. Tenemos obligación de ser hombres o mujeres que rezan con dedicación, con atención. Percibimos cada vez con más claridad la necesidad de cuidar mejor la oración, para apreciar, en sus dimensiones reales, las circunstancias en las que nos desenvolvemos y elevarlas al orden sobrenatural.
Esta obligación de recorrer el camino del diálogo con Dios es exigencia de la naturaleza humana, enaltecida por la gracia y partícipe en Cristo de la filiación divina. No nos pediría el Maestro algo yuxtapuesto, no necesario a la criatura.
La Santa Pasión de Jesús pone en evidencia cómo se ha de enfocar la vida, porque si en las ocasiones duras, en las que humanamente parece lógico volverse hacia uno mismo, nos reclama que cuidemos con particular esmero la oración, deberemos sacar la consecuencia de que sólo así estaremos en condiciones de referirnos a Él, tanto en los triunfos como en el quehacer ordinario, o en los fracasos.
A la vez se entiende que si no somos rezadores cuando el horizonte está despejado, o con la alegría del éxito, tampoco recurriremos a la plegaria con la prontitud y seguridad debidas criando topemos con la dificultad.
Agradezcamos al Maestro su comprensión, tan rica de matices. Insiste en demandarnos la lógica vigilancia. No cede en los principios; nos enseña que la actitud del que no corrige, pudiendo y debiendo hacerlo, nada tiene que ver con la verdadera comprensión.
Roguemos al Señor fervientemente que nos conceda fortaleza y caridad hacia los demás. Si deseamos vivir con esta disposición, debemos luchar para que nuestra conducta sea genuinamente cristiana, sin soluciones de continuidad. Este caminar conscientes de ser hijos de Dios, otros Cristos, nos iluminará para descubrir lo que debemos corregir y, al palpar las desidias y los desamores, advertiremos o amonestaremos a los demás con generosa amabilidad, con comprensión buena. Es decir, tirando de las almas hacia arriba, como hace el Maestro con nosotros al otorgarnos la gracia de descubrir nuestras debilidades, para eliminar las miserias que nos apartan de Él.
Rechacemos el falso respeto humano de que nuestra insistencia nos vuelve cargantes e insoportables. Imitando al Redentor, amemos ardientemente a los demás cada día; considerémoslos como parte de nuestro ser y tratémoslos con la fuerza de la caridad. Evitemos que haya dureza o amargura en nuestras sugerencias o indicaciones, y procuremos que ninguna barrera nos separe de ellos. Tienen que notar, como enseña el apóstol, que nos duelen como algo propio esos puntos que les señalamos (cfr. 2 Cor 11, 29). ¡Qué ejemplar resulta la insistencia amable de la triple corrección de Cristo a los suyos, para que le acompañen en la oración!
1. San Josemaría, Carta 24-111-1931, n. 13.
2. San Josemaría, Apuntes de la predicación, 28-IV-1972.
3. Cfr. san Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 147.
4. San Josemaría, Carta 24-111-1931, n. 13.
5. A. del Portillo, Carta, 1-IV-1987.
6. Cfr. san Josemaría, Santo Rosario, III misterio doloroso.
7. San Beda el Venerable, Comentario al Evangelio de san Marcos, in loco.
8. San Josemaría, Carta 24-111-1931, n. 13.
9. Cfr. san Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 93.
10. Cfr. san Josemaría, Camino, n. 198; Forja, n. 801.
11. Cfr. san León Magno, Epístola 31, 3.
12. Cfr. san Josemaría, Camino, n. 533.
13. San Josemaría, Camino, n. 82.