CAPÍTULO VI

 

De nuevo se apartó, por segunda vez, y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. Al volver los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño (Mt 26, 42-43).

 

La oración de Jesús: segunda y tercera fase

1.    Jesús vino a los suyos, y los suyos... estaban dormidos. El intento de Jesús de contar con un poco de compañía humana y de consuelo en medio de la sequedad de su oración, del horizonte duro e inapelable que en esa plegaria se forjaba -beber ese cáliz que le angustiaba hasta el extremo-, había fracasado. Los discípulos dormían en tan dramática hora, circunstancia que le apenó profundamente, pues podían caer en la tentación inminente. Los despertó de nuevo con cariño y los instó otra vez a la vigilancia. En torno a estos pensamientos se movía nuestra meditación anterior.

La oración del huerto, que impresiona por la concentración de Jesús en el Padre, fue todo lo contrario de una oración «tranquila», sin «distracciones externas». Jesús oraba sin interrupción, pero simultáneamente se dirigía a sus amigos -los apóstoles-, hablaba con ellos y se empeñaba en que fueran conscientes del momento que estaban atravesando -era ¡«la hora»!- y, por tanto, que era lógico que también ellos se refugiaran en una oración vigilante. Este cuidado del Maestro lo expresan los Evangelios en el ir y venir de Jesús de la oración a los discípulos y de los discípulos a la oración.

Esas idas y venidas marcan las fases o los «asaltos» -así los hemos llamado antes- de la «agonía» o «combate» de la oración de Jesús en el huerto. Este movimiento de Jesús, sin salir en ningún momento de su diálogo con el Padre, pero con la agitación de aquella agonía, define poderosamente la trama de la oración de Getsemaní. Una trama de Amor, que presenta en primer plano a Cristo Señor Nuestro postrado de hinojos ante el Padre, y como trasfondo unos discípulos pasivos y somnolientos a los que Jesús -porque los ama entrañablemente- trata reiteradamente de implicar en su oración para poder afrontar «la hora».

En el capítulo siguiente completaremos la meditación de la oración de Jesús en el huerto echando mano de un maravilloso complemento que nos ofrece el Evangelio de san Lucas, reservando para el capítulo final la decisión de fijarnos en Jesús que, consumada su oración, vuelve victorioso a los discípulos para salir ya con ellos al encuentro de Judas y de la cohorte. Ahora seguimos leyendo con atención a san Ma­teo y a san Marcos, que nos describen de forma continuada el combate de Jesús.

Son tres las etapas de la oración de Nuestro Señor en el huerto, cada una con estos tres momentos en su secuen­cia: Jesús con los discípulos; Jesús que «se adelanta» para orar; Jesús que regresa a los discípulos. La fase narrada con mayor detalle es la primera, la que hemos considerado en las dos meditaciones anteriores. A partir de aquí nos propone­mos examinar las otras dos. El relato se encuadra en los tres versículos siguientes de san Mateo (con los paralelos de san Marcos). San Mateo nos transmite las palabras que salían de la boca de Jesús en la segunda fase de su oración, que sa­borearemos despacio; y respecto a la tercera fase, llama la atención que el evangelista se limite a consignar que decía la misma oración de nuevo (versículo 44). San Marcos, por su parte, no nos transmite nuevas palabras de Jesús; al referirse a la segunda fase narra lo mismo que san Mateo en la ter­cera: que oró de nuevo diciendo la misma oración (versículo 39); y cuando se detiene en la tercera, nada añade sobre su contenido.

Nosotros nos meteremos del todo en la oración de Jesús, primero, para oír con devoción sus nuevas palabras, sus repe­ticiones, sus silencios, y para contemplarle -vultum tuurn, Domine, requiram (Sal 26, 8)-, haciendo acopio de su mensaje en nuestros corazones. Después miraremos también a los discípulos, que nos representan a nosotros, y seremos bien conscientes de que ambos evangelistas aluden de nuevo, con especial hincapié, al sueño de los apóstoles: y yendo de nuevo los encontró durmiendo, pues sus ojos estaban cargados, anotan con tenor idéntico Mateo y Marcos: sobrecargados, puntualiza este último, que agrega: y no sabían qué responderle. En la siguiente meditación deseamos profundizar en la práctica de la oración a partir de ese repetir y repetir de Jesús al Padre en la agonía de Getsemaní.

 

«Si no es posible ….¡hágase tu voluntad!»

2.   Jesús, después de haber adoctrinado a los discípulos, se encontró solo y volvió al lugar de su oración: se apartó de nuevo y por segunda vez se dio a la oración. Solo. Solo en lo humano, busca de nuevo el camino de la oración. Nosotros le seguimos para escuchar atentamente su diálogo con el Padre.

Leemos las palabras del Señor, tratando de acogerlas y de entenderlas bien, mirándole despacio; después, buscaremos la enseñanza espiritual que contienen y la luz que proyectan sobre nuestra vida. En esta segunda etapa de su esforzada oración, Jesús se expresaba así: Padre mío, si no es posible que pase esto sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. San Marcos escribirá, como sabemos, que esta segunda vez Jesús oró diciendo las mismas palabras (o diciendo la misma oración, como traducen otros). Evidentemente, el fondo y el espíritu es el mismo; el tema y el contenido, idénticos. Pero la forma de oración que nos transmite san Mateo penetra hasta el fondo del alma y nos hace dar un paso más en nuestro apasionado afán de conocer la plegaria de Jesús. Porque esta súplica del Señor sólo se entiende justamente como continuación del diálogo con el Padre que hemos meditado en la fase primera de su combate.

Toda la oración de Jesús -siempre, pero de una mane­ra impresionante en el huerto- es la expresión de su filiación divina: de su amor entrañable al Padre -¡Padre mío, Abba!-, del que a su vez se sabe infinitamente querido. Por eso, embargado por aquella tristeza y entre lágrimas, Jesús había comenzado su recogimiento rogando confiadamente al Padre que le librara de aquel trance, que le dispensara de aquel amargo cáliz que le angustiaba: ¡que pase «esto» sin que yo lo beba! Ciertamente, Él adelantaba su amor y su adhesión a la voluntad del Padre: no lo que yo quiero sino lo que Tú. Pero la carga del «primer asalto», en aquella epopeya de Getsemaní, estaba en la súplica humilde pero constante de no tener que beber aquel cáliz: todo te es posible, Padre. Sobre ese implorar -siempre seguido del momento de identificación- recae el peso de aquella primera etapa del orar entregado del Hijo de Dios hecho Hombre. Petición -¡que pase de mí este cáliz!- que formula desde el Amor infinito con el que se sabe amado por el Padre, pero invocando la Omnipotencia divina, en la que se apoya: porque Él -el mismo Dios que el Padre- sabe también que al Padre (y a Él con el Padre y el Espíritu) todo le es posible. En esta profunda, misteriosa, inabarcable tensión entre el «que pase de mí, pero lo que quieras Tú», consumió Jesús aquella terrible parte primera de su plegaria.

¡Qué misterio el del Corazón orante de Jesús! Los discípulos pudieron percibir sus palabras mientras estuvieron despiertos, cuando Jesús las gritaba al Cielo. Pero ellos no oían la palabra del Padre en el Corazón del Hijo. Y por tanto nosotros tampoco. Pero esta segunda fase, que ahora estamos meditando, parece iluminar -como en una retrovisión: flashback- el decurso de aquella primera en la oración del huerto. Porque ahora -en este segundo combate- Jesús manifiesta claramente al Padre que, si no es posible, ¡hágase tu Voluntad! Como si en aquel impresionante diálogo, del Padre y el Hijo hecho Hombre, el Padre hubiera puntualizado ya que no era posible... El Hijo había acogido este designio en su Corazón, pero porfiaba con humildad y amor: todo te es posible..., que pase de mí. Y el Padre, con infinito amor paterno al Hijo y a nosotros en Él, como si le comunicara: sí, todo me es posible, pero es el plan de salvación del mundo y no conviene otra decisión... Con esta vivencia y esta fuerza renovada en la oración, tornó Jesús a los suyos para compartirla con ellos y urgirlos a la oración y a la vigilancia sobre sí mismos para afrontar la «hora» que se avecinaba; ellos estaban dormidos...

Desde esta perspectiva se sitúa mejor la maravillosa y entregada plegaria de Jesús cuando se recoge por segunda vez en la oración: Padre mío, si no es posible que pase esto sin que yo lo beba, hágase tu Voluntad. Está claro, Padre: he de beber ese cáliz para la salvación del mundo, confórtame con tu fuerza y con tu Amor -con tu Espíritu, que es también el mío-, para que lo asuma y lleve a término la obra que me encomendaste. Con una claridad luminosa, descubrimos cómo el «tentador» (que no osó acercarse, después del desierto, «hasta el momento oportuno») está ya siendo definitivamente derrotado; y notamos también cómo Jesús rechaza la tentación y se aferra a la voluntad del Padre, que es la Redención por el camino de la Pasión y de la Cruz.

En efecto, la perfecta identificación de la voluntad humana del Hijo eterno del Padre con la voluntad del Dios Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, aparece en Getsemaní como el fruto del ejemplar «combate» de la oración de Jesús. Un combate con esa victoria total y absoluta que meditaremos en el último capítulo, y que describe san Juan (precisamente el evangelista que no narra la oración del huerto) en el momento del prendimiento: calicem quem dedit mihi Pater non bibam illum? (Jn 18, 11). El cáliz que me ha dado el Padre, ¿acaso no voy a beberlo?

 

Identificación de Jesús con la voluntad de Dios

3. Al aceptar la Pasión -la Voluntad del Padre-, Jesucristo quiso una cosa superlativamente buena, sobrenatural y hu­manamente, porque fue la manifestación de cuánto tiene que purgar la humanidad por su mal comportamiento. El Señor se abrazó apasionadamente al dolor, y lo exteriorizó al Padre con sus palabras, ya que conocía que era la presentación más sublime de un Amor perfecto, del suyo, que compensaría nuestro desamor.

Dios Padre le pidió que restableciera la predilección que el Creador había otorgado gratuitamente a la humanidad y que los hombres habíamos pisoteado. Recordemos los crímenes de la historia, aliñados con nuestros pecados personales, y comprenderemos que se alza un cúmulo de maldad y de ofensa al Señor y a las criaturas de proporciones inconmensurables. Esto es lo que oprimía a Cristo hasta llevarle a la angustia en Getsemaní.

Mirando al Maestro podemos exclamar: Jesús, ¡qué bien se entiende aquella oración tuya de dolor!; nos exhortaste, en primer  lugar, a evitar el pecado; y luego nos invitaste a ser almas  que rezan, para evitar las ofensas propias y, si es posible, las ofensas de los demás.

La Voluntad de Dios, en nuestras vidas, quizá pesa muchas veces, y es necesario luchar duramente, porque experimentamos resistencia dentro de nosotros mismos. Para que no nos impresionemos ante esa lid, la Trinidad, en sus designios salvíficos, dispuso el precioso ejemplo de Cristo en el huerto de los Olivos.

No se llega a cumplir cabalmente su Voluntad cuando no se le somete por entero la nuestra. Jesucristo nos ofreció el testimonio elocuente de cómo se ha de luchar cuando oró en el huerto y padeció la Pasión: de tal manera se identificó con la decisión de la Trinidad, que no hubo ni la menor sombra le fisura en aceptar lo que le reclamaba el Cielo, y así se operó el gran misterio de la Redención. La Trinidad pedía a Jesús una identificación plena que encerraba la expresión más clara del amor, y nos enseñaba a la vez que hemos de decidirnos a superar todo lo que pueda separarnos de Dios.

Jesús, también como hombre, nos ha aleccionado para que amemos siempre la posibilidad de escoger, por encima de cualquier obstáculo, el leal cumplimiento de la Voluntad del Padre, pisoteando la nuestra si es necesario. Pero amar el querer del Padre significa beber hasta el borde el cáliz que El nos presenta, aunque se padezca.

La Redención se podía haber verificado de modos diversos. Jesucristo Hombre se identificó con el camino escogido por la Trinidad, que era sin embargo muy duro. Así hemos de comportarnos los cristianos.

 

Jesús, orando en cada uno de nosotros

4. Resulta manifiesto que, desde un punto de vista humano, las circunstancias externas e internas en que Jesús se encontraba no favorecían la oración, ni el diálogo sereno, en medio de aquella agonía del alma, de aquella inmensa tristeza ante «la hora» que se acercaba. En lo humano todo invitaba a un ensimismamiento desolado. Pero nada detuvo a Jesucristo para mantenerse en trato con su Padre celestial.

Por contraste, se nos viene inevitablemente a nuestra consideración la facilidad con que, ante circunstancias externas o internas, duras o simplemente negativas, nos disculpamos y en la práctica renunciamos a ese trato con Dios que tanto nos beneficia. Jesús no desiste, sino que comienza y recomienza su oración con todo el ardor de su alma, que pregustaba ya la terrible carga que se cernía sobre Él. Con su insistencia en volver al sitio donde se encontraban los apóstoles, venía a remacharnos que ningún obstáculo debía impedir su recogimiento. Sepamos, pues, exigir a la imaginación o a la comodidad la respuesta íntegra de personas que rezan, que no desaprovechan el flujo de la gracia que la Trinidad Santísima envía incesantemente en esos tiempos de dificultad y de ansia.

La oración de Jesús, sobre todo en esta segunda fase de su combate, nos ofrece otro ejemplo: aprovechar precisamente lo que pretende arrancarnos el sosiego, para resolverlo con la asistencia de nuestro Padre Dios. Si presentamos en nuestra conversación filial con el Señor nuestros desconsuelos, hallaremos fortaleza para afrontarlos y superarlos, y amor sincero para comprender que debemos quererlos apasionadamente, y para no rebelarnos, pues nos enraízan más en los planes divinos y nos identifican con la Voluntad del Cielo. Nos identificaremos con Jesús, que ora en nosotros. Pasaremos, con la gracia del Espíritu Santo, del «aparta de mí este cáliz» a esa otra actitud: «si no es posible... hágase tu Voluntad». Vendrá una paz que no es de este mundo sino de Dios.

Se puede, pues, orar, rezar, dialogar con la Trinidad Santísima sobre el propio sufrimiento, tanto para sobrellevarlo mejor o rogar que se termine, corno para amarlo ardientemente, le Forma que sirva para nuestra santificación personal, con la certeza de que, si lo abrazamos con piedad vibrante, uniéndolo a la Cruz de Jesús, cooperamos eficazmente a edificar y fortificar la Iglesia.

Fueron intensas las horas en el huerto. Los minutos transcurrían con lentitud. Cada segundo se unía al latir doliente del Redentor. Le damos gracias por el surco que dejó, sugiriéndonos que nuestra conversación con Dios gire sobre cuanto ocupa nuestra alma. No hubo consolación humana posible para Jesucristo, como cabe que nos ocurra a nosotros -con Fundamento- en determinadas ocasiones. Sabía que, al quedarse solo con el Padre y el Espíritu Santo, caía con fuerza sobre sus espaldas el peso de la Pasión y Muerte, ya veci­nas; no las sintió como una carga obsesiva, sino como una grandiosa epopeya que debía asumir su Humanidad Santísima. Por eso, ahora le escuchamos palabras de plena conformidad: Padre, si no es posible... hágase tu Voluntad. San Josemaría Escrivá tenía una expresión muy gráfica para designar este poder transformador del diálogo con el Señor. «La oración -decía- es indudablemente el "quitapesares" de los que amamos a Jesús. »1 En aquella plegaria, el Redentor toma nuestro peso y nos transmite su paz. La oración no sólo nos alcanza de Dios la gracia capaz de resolver los problemas más agudos, sino que nos consigue la fortaleza para afrontarlos con Él y abrazarnos confiadamente a su Voluntad, aunque cueste.

Las dos peticiones de Jesús -«que pase ese cáliz sin beberlo» y «¡hágase tu Voluntad! »- son plenas y sinceras, y constituyen dos lecciones nítidas para nuestro compor­tamiento. Más aún, comprendemos que si nuestro hablar con Dios discurre por ese cauce, si compartimos con el Señor la preocupación, el mismo desasosiego se irá convirtiendo en plegaria profunda y relajada de aceptación de la Voluntad de Dios.

Fe, pues: convencimiento de la eficacia de la súplica que hemos de elevar al Cielo como demanda del necesario auxi­lio. Así, al amparo de aquel comportamiento de Cristo, se ha tejido la tradición cristiana sobre la oración.

¡Qué gran virtud es la fe! Nos exhorta a paladearla el Se­ñor en el Huerto de los Olivos. Ha caído sobre Él ese cúmulo de miserias -¡grandes y pequeñas, despreciables, verdaderamente miserables!- de cada uno de nosotros. Observemos dónde halla el Redentor su refugio: sostenido por el Espíritu, confió en el Padre, le invocó, le expuso el trance durísimo por el que había de pasar, y concluyó con un fiat voluntas tua!, cúmplase tu Voluntad, que nos revela la manifestación del Amor intratrinitario y nos trae la salvación de los hijos de Dios.

 

Dar la vida en cada tarea

5. Esta segunda fase del combate orante de Jesús en el Huerto es decisiva para el recto enfoque de nuestra vida cristiana, o lo que es lo mismo, para una entrega total a la Voluntad de Dios. En Cristo, que -reconfortado por el diálogo con su Padre- se dirige a cargar sobre Sí mismo los pecados de la humanidad, se verifican a la letra las palabras con las que anunciaba cómo se obtiene la salvación: el que entrega su alma, el que sabe inmolar su yo, la encontrará; y el que pierda su vida la volverá a encontrar (cfr. Mt 10, 39). Con la particularidad de que Él la recupera por Sí mismo, con la omnipotencia de su Persona divina.

En Getsemaní, Jesucristo nos invita a morir con Él para recuperar su Vida. Pero no nos pide, de ordinario, un sacrificio cruento, y menos aún como el suyo. Se conforma -y ahí está la santidad- con que le sepamos donar nuestra existencia, acabando las diversas ocupaciones heroicamente. Aunque su santidad infinita no depende para nada de la nuestra, quizá no es acertado decir se conforma: nos ama tanto que permite que nos unamos a Él y desea que no descuidemos esta posibilidad.

En su inmensa e inescrutable bondad, ha hecho asequible para todos el seguimiento de sus huellas para cumplir cada día la Voluntad de Dios, que eso es la santidad. Mostró el culmen de la perfección en la Santa Cruz, con su Sacrificio de valor infinito, que nos franqueó las puertas a la participación en la Vida divina; a la vez, esta santidad está asentada en todo su paso por la Tierra Santa, pues a lo largo de su caminar terreno fue manifestando su santidad -como componiéndola, aunque todo era perfección divina- con una delicada atención a lo que ocupaba a los demás hombres, hasta subir al Gólgota.

No se esconde un amor más fuerte, una más estrecha unión con el Padre en el Espíritu Santo cuando Jesús asciende al patíbulo de la Cruz que cuando consume sus energías en el quehacer cotidiano de Nazaret o en los años de predicación. En todo instante es el mismo y único Hijo muy amado, en quien el Padre ha puesto sus complacencias (cfr. Mt 3, 17).

La heroicidad de su oración en el huerto, que estamos contemplando, está en continuidad necesaria con la heroicidad cotidiana de toda su vida, en el crecimiento en sabiduría y en gracia que se realizó en su alma con el desarrollo de su cuerpo (cfr. Lc 2, 52). Es preciosa para nosotros esta información que debemos a san Lucas porque, al referirnos ese proceso de ir creciendo hasta la madurez, nos traza cómo hemos de cultivar el afán de perfección cristiana desde que adquirimos uso de razón.

Cada alma es responsable de sus actos, pero no está de más apuntar que el Evangelio señala que ese crecimiento de Jesús en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres (cfr. Lc 2, 52) se realizó dentro del ambiente que crearon María y José en la familia y a su alrededor. Todos debemos santificarnos y, simultáneamente, ocuparnos de que en nuestro entorno se despierte el mismo interés por la san­tidad.

La santidad heroica de Cristo, que resplandece en Getsemaní y en la Cruz, brilla en todos los momentos de su vida. ¿Cómo no descubrir que llega a esa entrega ejemplar, tras la donación en lo ordinario, en lo que Él mismo coronó generosamente in pauca fidelis (cfr. Mt 25, 21), hasta en los menores detalles? El Señor reaccionó siempre con la novedad del amor mas entero; nada cayó bajo la mirada alicorta  de la rutina y del acostumbramiento A toda hora es el Hijo ama­do que contracambia con la plenitud que recibe.

Nada de extraño hay en esa repetida búsqueda de la correspondencia de los apóstoles, de la nuestra. En su hacer santo por los suyos -pro eis ego sanctifico meipsum (Jn 17, 19)- no rehuyó el grato deber de que vieran que no interrumpía su unión con ellos. Además, cautiva la certeza de que no consideró abajamiento -lo tomó gustosamente­ ponerse a disposición de los discípulos.

 

Repara por los pecados propios y ajenos

6.    El testimonio de Cristo, que lloró en Getsemaní por los pecados del mundo, debe impulsarnos a fomentar en el alma la necesidad de reparar por los propios pecados y por los de todos. Verdaderamente, la actitud de Jesús desarma: a la ofen­sa respondió con el perdón; expió la pena de nuestros delitos y no cesó de ofrecer su amor incluso a los pecadores que más le odiaban, reafirmándoles -con acciones que confirmaban sus palabras- que gustosamente los acogía siempre que buscaran refugio en Él. Otro criterio inapelable dirigido a los cristianos: para permanecer con Cristo, para entender su obra redentora, no se puede tolerar en el corazón el rencor, el menor resentimiento. Hemos de apenarnos por la ofensa que se comete contra Dios, a la par que ofrecemos nuestras almas y nuestros cuerpos como materia de reparación, también por los que se declaran adversarios del Señor o de nosotros mismos.

De manera constante, Jesucristo aclaró que no se sentía enemigo de nadie, y que de su parte se donaba sin límites para atender y convertir a quienes no le admitían y le maltrataban. Por esta senda deben discurrir nuestras reacciones: al meternos en el amor redentor del Maestro, nos esforzaremos para que esta decisión de servicio y de comprensión de Jesús empape nuestras almas. Además, hemos de pelear para desterrar cualquier rechazo de los otros, cualquier comportamiento hostil, aunque hayamos padecido violencias. No podemos olvidar que el Siervo de Yahvé, el Hijo muy amado de Dios, enjuga con su amor los delitos cometidos contra Él.

Reparar por nuestras ofensas y las de toda la humanidad: he aquí un programa que puede colmar nuestra vida fomentando un ideal profundo de caridad. ¡Qué grande, atractiva y ejemplar es la misericordia de Dios! Se allana libremente a los demás porque desea ofrecerse en holocausto por los hombres -¡aunque le cuesta un esfuerzo titánico aceptar la Cruz que tanto ama!-; por eso su oración y su inmolación son un lenitivo que, si lo aceptamos, cura nuestra enfermedad. Cada instante de la existencia se transforma así en posibilidad de corredimir, de frenar los egoísmos para engarzar la vida con esta fraternidad sin par que Cristo nos deparó con su Muerte. Roguemos al Señor que la auténtica sensibilidad de cristianos, al sabernos involucrados en la aventura inigualable de la Redención, nos empuje a expiar por las culpas de la humanidad, integrándonos en los dolores de la Pasión, que nos han alcanzado unos méritos de valor infinito. La Trinidad nos propone, con ese obrar de Jesús, que ofrezcamos nuestra expiación para que las almas entren por el venturoso camino de la salvación, de la identificación con Dios en Cristo.

 

De nuevo el sueño de los hombres

7. Jesús había regresado a su oración después de haber adoctrinado a los discípulos. ¿Reaccionaron? ¿Lucharon por seguir el requerimiento del querido Maestro y asegurar así su fidelidad? Nada dicen los Evangelios. Hemos de suponer que hubo un nuevo intento de su parte, pues oyeron la plegaria de Jesús en esta segunda fase -la que hemos estado meditando-, pero no tardaron en bajar de nuevo la guardia. Ciertamente, cuando Jesús volvió por segunda vez, los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño. Sobrecargados, apostilla san Marcos.

Habían asistido aquellos tres -y los otros-, rodeando a Jesús, a una Pascua ardiente durante las primeras horas de la noche del jueves, que se había convertido en la primera celebración de la Eucaristía, en la que Jesús mismo anunciaba el sentido redentor de su muerte y les daba a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. En esas horas les habló el Maestro de modo que entendieran más profundamente el sentido de sus caminatas por la tierra, los milagros portentosos que había realizado, su constante interés por las almas, para dar gloria al Padre en el Espíritu Santo. Jesús exultaba en el Espíritu. Todo estaba lleno de la oración sacerdotal, que manifestaba a Cristo como Sumo Sacerdote, que ofrecía su vida ante ellos como servicio profundo y sin discriminaciones, dispuesto gozosamente al holocausto por la redención del mundo; les había descrito su amor ilimitado que abarca a todos. Se había detenido en esta enseñanza como culmen de su entrega, operando el milagro portentoso de la Eucaristía, al paso que les revelaba que podían hacerse una sola cosa con Él. Los animó al ejercicio de la comprensión, aunque sufrieran contradicciones; les permitió atisbar la grandeza y la hondura de la humildad: un Dios que lava los pies a los suyos (cfr. Jn 13, 4 ss.)... Hilvanaba lecciones que conferían más relieve a los tres años que habían transcurrido cerca de Jesús. Esa enseñanza densa y atractiva empapó la oración sacerdotal, que se desgranaba como sermón y conversación, como programa y demostración de hechos redentores: un memorial de lo que había venido a cumplir el Dios Encarnado.

En el Huerto de los Olivos el escenario cambió bruscamente. No cabe olvidar que en la última Cena Jesús les habló también de que entre ellos había un traidor y de que la traición era inminente. Tal anuncio, sin duda, les sobrecogió el ánimo, pero a Cristo le veían fuerte y decidido en lo humano, y exultante su espíritu de Hijo, y gozoso en la amistad y cariño de los suyos, con el horizonte de la Redención. La conversación del camino recayó ciertamente sobre la traición y la desbandada, pero con una palabra firme sobre la Resurrección gloriosa. Llegados al huerto, Cristo pasó de la oración inundada de paz y alegría de la última Cena, a una agonía -patente ante unos discípulos, que se iban desfondando por el cansancio y el desánimo (la tristeza, como escribe san Lucas)- y a una plegaria repleta de dolor y de tristeza, igualmente sacerdotal. En la primera fase, en el cenáculo, sus palabras y sus gestos atraían la atención de los apóstoles y los colmaba de entusiasmo; en la otra, aunque nuevamente se había dirigido a ellos para confortarlos y unirlos a su oración, sus palabras apenas produjeron eco.

A lo largo de la meditación anterior nos hemos detenido va en este «mal sueño» de los apóstoles y en sus causas. Y sa­carnos la conclusión de que, de hecho, aunque hubiera atenuantes, desertaron, dejaron sólo al Maestro. En esta ocasión subrayan los evangelistas que embargaba a los tres discípulos un sueño muy profundo: porque tenían los ojos cargados (Mateo), sobrecargados (Marcos), como con intención de indicar que su actitud era algo no demasiado lógico o normal. Qué cambio desde la última Cena al huerto. Aunque estuvieran repletos de limitaciones, aquellos momentos cumbres en el cenáculo debieron de entrar a fondo en el alma de los once: formularían sus propósitos y se sentirían santamente orgullosos de la confianza que el Señor les otorgaba. Sin embargo, olvidaron pronto lo que tan de veras los había impresionado y marcado para la eternidad; y el Maestro se queda a solas en su oración. Para que aprendamos que el Señor nos hace partícipes de sus tesoros divinos; aunque sólo lograremos conservarlos si somos rezadores, si los meditamos a fondo, buscando la gloria del Señor, pasando por encima de las dificultades, cumpliendo nuestro deber.

San Josemaría, cuando era sacerdote joven y meditaba el primer misterio doloroso del Santo Rosario, escribió de esta forma: «Orad, para que no entréis en la tentación. -Y se durmió Pedro. -Y los demás apóstoles. -Y te dormiste tú, niño amigo..., y yo fui también otro Pedro dormilón (...).»2 Consíguenos, Señor, que no se repita esa triste situación en los que deseamos amarte cada vez más sinceramente.

 

No cansarse de rezar

8.    El Maestro, lo sabemos bien, no había buscado jamás la gloria humana o el espectáculo; fue siempre expresión diáfa­na de humildad, de sencillez, de sacrificio generoso y escondido. Y esta misma faceta se desplegó  plásticamente en Getsemaní. No se opuso a que los hombres contemplaran que estaba a punto de vivir momentos cumbres de oración, en medio de la más tremenda tentación, después de «las tentaciones del desierto».

Como en otras ocasiones, anhelaba la ayuda de los suyos, confirmándonos que lo sobrenatural es muy humano cuando se refiere a los hombres. Llevó consigo a los tres que, en el Tabor, habían entrevisto la felicidad eterna. También en aquella noche los eligió como testigos de su rezo, tan rebosante de amor como en la Transfiguración; deseaba que pudieran observar cómo el amor a la Voluntad de Dios puede condu­cir hasta aquella agonía que contemplaron. Comenzaron, se llenaron de tristeza..., y desfallecieron.

Tornó Jesucristo a ellos por segunda vez. Durante la primera les había recriminado que no le hubieran acompañado tan siquiera una hora y les había explicado la razón de esa urgencia: rezad para que no entréis en la tentación. Ahora la situación aparece idéntica. San Mateo y san Marcos la refieren con las mismas palabras: los encontró durmiendo.

Había emprendido esos pasos hasta donde se encontra­ban los tres para pedirles de nuevo apoyo y colaboración, y para explicarles cómo se desgranaba su oración, con el afán de que, oyéndole, se mantuvieran en vela. Y, como para que nos entre más por los ojos que hemos de movernos siempre con el pensamiento de agradar sólo a la Trinidad, permitió el Señor que los predilectos no aprovecharan la fuerza de la gracia que se les otorgaba de nuevo en las palabras de Jesús, y se durmieron una y otra vez.

Mientras tanto, Cristo velaba, necesitado en lo humano del apoyo y del consuelo de los suyos. Velaba por todos y es­pecialmente por los que habían de ser sus discípulos, los cristianos. Nos instaba a que, en medio de la incomprensión o la indiferencia de los demás, seamos otro Cristo orante, aunque esto nos exija fuertes sacrificios. Sólo así estaremos en condiciones de despertar el interés, la atención, la dedicación a la Verdad de las almas sumidas en el sopor de la igno­rancia, la debilidad o los pecados.

 

Desechar el sopor y velar con Cristo

9.    A la hora de la sequedad y del hastío, incluso ante lo espiritual; a la hora del agotamiento de la inteligencia; y -sólo por lo que se refiere a nosotros- a la hora de la tibieza volvamos los ojos a Jesucristo orante en el huerto y sabremos sacar partido de esas situaciones, recobrando fuerzas -aunque no desaparezcan los síntomas externos- hasta saltar fuera del sepulcro de la apatía. Después de esta hora impresionante de Getsemaní nuestra perseverancia fiel al dirigirnos al Padre no puede verse privada de frutos, si enlazamos con la plegaria del Salvador. Persigamos con más tozudez sobrenatural y humana el amparo del Maestro: Él jamás se desentiende de su promesa de no dejarnos en la orfandad (cfr. Jn 14, 18), es decir, su oración salvadora asegura que nuestras plegarias, todo lo pobres que se nos antojen, puestas en sus manos, reciben segura acogida de Dios Padre, que le escucha siempre.

Al querer Cristo identificarse con nosotros, y al desear cada uno esa unión, aunque resalten con estridencia nuestras torpezas, la oración que hilvanemos adquirirá un valor incalculable por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que -como en Getsemaní- acude ininterrumpidamente a despertarnos del cansancio y el desánimo. Sine me nihil potestis facere (Jn 15, 5), dijo nuestro Salvador, sin mí no podéis hacer nada. Con ese convencimiento bien dentro, nos convertimos con Él en vencedores.

Sale de toda lógica el acostumbramiento malo de la criatura cuando no valora la posesión del bien. El hombre tiende a no estimar los sacrificios que se esconden tras los dones que se le han entregado; y en lugar de enriquecerse personalmen­te, sacando más rendimiento a ese bien recibido, baja la solicitud o el interés, permitiendo que se deteriore poco a poco ese tesoro por una erosión del cumplimiento del deber o por la huida comodona ante un comportamiento exigente.

Mirando la perseverancia de Jesucristo en Getsemaní, in­corporemos a nuestra conducta esa lucha, esa tozudez santa.

Y, como El, intentemos que muchas otras personas se agreguen a este modo de proceder. Con esa búsqueda del apoyo de los suyos, entendemos que somos nosotros -la salvación de cada mujer, de cada hombre- el tema de su oración; si no, no se habría acercado a los apóstoles: choca la dureza humana, que se desvía con increíble y reiterada apatía de su propia salvación. «Dios quiere ser rogado -insiste san Gregorio Magno-, quiere ser coaccionado, quiere ser vencido por una cierta importunidad (...). Sé, por tanto, diligente en la oración; sé oportuno con las súplicas; procura no dejar nunca de pedir. »2

No debe extrañar que la resistencia brote del yo: pidamos al Redentor que nos saque de esa rémora, que nos despierte a toda hora, viniendo a nuestro encuentro, como en Getsemaní. Recordemos que Él atendió siempre a quienes se lo suplicaban, aunque su conducta hubiera sido muy pecadora, con pocos visos de humana recuperación.

Jesucristo tiene un Corazón comprensivo y misericordio­so, capaz de apiadarse hasta del más infame de los hombres. Buena parte de la angustia y de la agonía de Getsemaní surgía de que el cáliz que había de beber contenía la traición de uno de los suyos y el pecado y el abandono de los que más quería, a los que llamaba sus amigos: vos autem dixi amicos (cfr. Jn 15, 15). También a nosotros no cesa de llamarnos amigos, pues ha bajado del Cielo a la tierra para sembrar su amor infinito. Permitamos a Cristo -que desea vivir en nosotros- que clame por encima de nuestra pasividad, y repitá­mosle que no se hastíe ante nuestra cerrazón y que remueva nuestros corazones para que nos decidamos a responder, pues la vida cristiana entraña tanto la pelea por dar más, como las ansias de aumentar el amor, anhelo de ser coherentes.

 

«Pero tú…¡ mi amigo mi apóstol!»

10.     Estamos meditando el sueño de los apóstoles en esta segunda fase de la oración del huerto y nos preguntamos cómo captar el mensaje que les comunicó el Maestro. Bien claro exponen los evangelistas lo que Jesús manifestó después de aquella dramática primera plegaria. Pero de lo que hablaron en esta segunda ocasión nada nos relatan. Y sin embargo el Señor, después de despertarlos, los interpeló con fuerza y claridad. Lo conocemos por san Marcos, que sigue en su Evan­gelio la predicación del apóstol Pedro y nos precisa que no sabían qué responderle. Puede ayudarnos aquí una palabra del tercer Evangelio. San Lucas, como nos consta, describe la oración del huerto no en tres fases sino como continuada. Sólo relata, por tanto, un regreso de Jesús a sus discípulos. Y en esa ocasión expone que Jesús, al llegar, los encontró dormidos por la tristeza y les dijo: ¿por qué dormís? (Lc 22, 45­46). No es difícil poner en relación esta pregunta del Señor con el no sabían qué responderle de san Marcos. ¿Por qué dormís?, o con el mismo estupor, ¿cómo es posible que, ha­biéndoos pedido tan expresamente vuestra compañía y mostrado la urgencia, para vuestras almas, de la oración vigilan­te, hayáis caído en el sueño?

No hay que apartarse mucho del texto para advertir que Jesús insiste ahora en lo que ya les había explicado en la primera ocasión. Todo en Getsemaní se dice y se repite una vez y otra: Jesús al Padre en su diálogo y Jesús a los discípulos en sus conversaciones. Los discípulos no reaccionan, no sabían qué responder, cuando el Señor les manifestó que esperaba que se unieran a Él: vigilate mecum. No tenía justificación, a pesar del sueño y de la tristeza, su abandono ante tanta generosidad del Maestro, al que oían clamar entre lágrimas al Padre celestial. Pero más inexplicable y doloroso debía resultar para Jesús ese silencio negativo con que oyeron, somnolientos, su exhortación y cómo le dejaron alejarse sin una palabra de consuelo.

Impresiona hondamente, como contraste, el amor y la delicadeza del Maestro, que se avecina a ellos hasta la última frontera de la amistad. Es evidente que, si de parte de los discípulos se hubiera producido una reacción o una palabra significativa, ese gesto aparecería de algún modo en el relato evangélico y a nosotros nos hubiera colmado de consuelo. Sea lo que fuere -egoísmo, vergüenza, debilidad, tristeza-, los discípulos se mostraron capaces de la mas penosa indiferencia. Ésta -junto con la traición de Judas- fue, como ya hemos apuntado repetidamente, una de las causas principales de aquella tristeza que agobió a Jesús en el huerto. En aquel dolor se concentraban todas las traiciones de la historia humana, también las de cada uno de nosotros: «Oye lo que te dice el Espíritu Santo: "Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique" -si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable-. Pero, tú... "tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos" -¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares!-.»4 Pensemos que acababan de asistir a la primera celebración de la Eucaristía en la historia...

El Señor, por el contrario, ha querido que quedara cons­tancia expresa de su misericordia, de ese devolver bien por mal que es como la síntesis de su vida redentora. Él persiguió y persigue la salvación de la humanidad, a pesar de nuestro mal talante y de nuestras deserciones. No les echó nada en cara, ni los reprendió como en otras circunstancias. Se diría que la pena grande ante la ingratitud llevó al Redentor a evidenciar que sólo Él había tomado nuestra cruz para convertirla con su infinita santidad en la Cruz Santa.

Cuando Jesucristo les planteó sus peticiones, no faltó a los discípulos la gracia del Cielo para responder afirmativamente. Nada más lejano de la justicia del Salvador que avan­zar propuestas que la criatura no se halla en condiciones de satisfacer. En este caso dejó bien patente que, a pesar de la impotencia de la criatura para obtener por sí misma la sal­vación, la alcanzaremos si nos conducimos con el interés debido.

La reacción de los íntimos -como la deserción de las gentes que poco antes le habían aclamado- no provocó en el Señor el menor desaliento: su pena, sin embargo, crecía por la dureza de corazón de los hombres, empezando por los más próximos. Se refugió en la atención amorosa de su Padre celestial, que le escuchaba y atendía siempre.

Por la narración del texto evangélico se nos indica de forma clara que no hubo ni un momento ni una palabra de enojo o de incomprensión hacia los once. Era Jesús mitis et humilis corde (Mt 11, 29), manso y humilde de corazón, y abría la riqueza celestial que inunda la humanidad a través de sus heridas: con la plenitud de la energía de su querer, nos invitó a gustar la gratuidad de su salvación.

Esta humildad de Jesús y este amor infinito por encima de negligencias y traiciones pondrá en sus labios aquella invocación tan suya, ya clavado en la Cruz: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). No fue diferente su actitud en Getsemaní: como tampoco entonces los discípulos sabían estar a tono de lo que vivían, derrochó paciencia y añadió con su oración lo que no acertamos o no queremos hacer los hombres. En estos momentos tan duros de la Pasión, aflora con magnificencia la bondad divina y humana de Jesucristo.

 

Comprensión y exigencia

11.       Jesús: el Maestro, el Amigo, el Hermano. Merece esos títulos en grado sumo, también porque no se desalentó ni decayó en su interés cuando los discípulos desertaron. No se desentendió de ellos, ni mucho menos se enrocó en un pre­juicio de rechazo, distanciándose, al comprobar que sus palabras caían en el vacío. Por el contrario, ante esa debilidad se acercó más porfiadamente a sus discípulos; y así procede con nosotros, derramando constantemente su gracia para que nos levantemos. Esta maravillosa comprensión constituye una enseñanza meridiana para nuestro comportamiento habitual con los demás, también en circunstancias extraordinarias. Él, después de comprobar que dormían, no desistió de retornar y de removerlos, con la confianza de que rectificarían; no admitió el Maestro recelos o despego alguno, ni permitió la idea -tan recurrente en nosotros- de que «todo lo tengo que afrontar yo personalmente», porque no me siguen, porque no son capaces, porque no se hacen cargo...

Contemplaba que los había vencido la fatiga, que el esfuerzo de todos ellos por superarla fue mínimo; pero con su insistencia llena de paz los animaba, y con su corrección los exhortaba hacia el bien y la fidelidad. Tenemos que aprender de Jesús para aplicar su ejemplo a las pequeñas situaciones nuestras de cada día. Porque, a la hora de las urgencias que roban la paz, cuando nos invade la inquietud o la desazón grave es preciso comprender a los demás, sostener, ayudar, no desanimarse, si la respuesta de ellos no es la debida o la esperada.

¡Qué duros y tercos somos los hombres! Ni siquiera reaccionamos -lo vemos en la actitud de los once- ante lo que es de vital interés para nosotros. Por eso, roguemos al Señor que nos conceda la finura necesaria para estar en sus cosas, de acuerdo con los planes divinos. Y supliquémosle también que nos otorgue la comprensión necesaria para que sepamos atender con sosiego a los demás. Ocupémonos entonces de que nuestra exigencia, fuerte y clara, vaya empapada de un noble cariño, de una caridad de servicio, dispuestos a cargar gustosamente con lo que correspondería a los otros.

 

La expresión mas alta del amor

12.     Se ha quedado Jesús solo, con su dolor, y vuelve de nuevo a echarse en los brazos del Padre. Nadie de los suyos le sostuvo, ni le ofreció el aliento de su poquedad. Junto a la fuerza de su palabra -siempre persuasiva y clara-, estaba la expresividad de sus gestos, la tristeza humana de su rostro. Estos detalles deberían haber removido a aquellos hombres -¡deberían removernos a nosotros de la deserción del bien!-, pero no encontró apoyo. La bondad y la paz de Cristo le impulsaban a asumir todo el peso; fue tal la intensidad de su oración por nosotros que, a la hora del prendimiento, no saldría de sus labios un reproche hacia los once: y no le faltaban razones para reconvenirlos, pues ¡le habían dejado en el aislamiento más total!

Si los buenos, los que le amaban, los que se habían desprendido de sus cosas, aunque anduvieran aún apegados a ciertas ambicioncillas, no se mostraron capaces de secundarle, ¿qué cabía esperar de los demás, de los indiferentes, de los enfeudados en el mal? Y de ninguno se quejó, oró por lodos: como se confirmó luego en la Cruz, cuando el ladrón se acogió a su misericordia (cfr. Lc 23, 43). Jesús jamás fue indiferente ante las cuestiones de sus hermanos ni llevó la cuenta de si le comprendían o no, de si les importaba más o menos su dolor, de si le habían ofendido...

¡Verdaderamente fue la expresión más alta del amor!