CAPÍTULO VII

 

Y, dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras (Mt 26, 44).

 

Jesús vencedor en el «combate» de la oración

1.    Con palabras breves y sintéticas, san Mateo termina de narrar lo que es propiamente «la oración de Jesús en el huer­to». Cuando externamente interrumpa Jesús este tiempo de diálogo con el Padre, se dirigirá todavía a sus discípulos, ya para encaminarse con ellos al prendimiento: se acerca el que me ha de entregar.

¿Cómo oró Jesús en estos últimos momentos en Getsemaní? San Mateo, como acabamos de ver, nos dice que se apartó de los tres discípulos, que se adelantó hacia el mismo sitio anterior. Del contenido de esa conversación con el Cielo expone san Mateo que era el mismo; Jesús oró por tercera vez, expresando de nuevo la misma plegaria; en el texto griego del Evangelio, el mismo logos -traducción literal: la misma «palabra»-. No nos quedamos en un dato erudito, sino en un matiz que ayuda nuestra contemplación. Fijémonos: el Logos, el Verbo, la Palabra eterna del Padre, en su humanidad, dirige al Padre su logos, su palabra de amor renovada una vez y otra con los mismos términos.

San Marcos es especialmente lacónico al narrar esta fase última, como ya lo fue al hablar de la segunda. En realidad, nada nos comenta, pues directamente nos refiere el regreso de Jesús a los discípulos: y va la tercera vez y les dice: dormid ya y descansad (Mc 14, 41 ). Pero, en cambio, resulta interesante notar esa frase breve, con la que escribe la segunda parte de su oración: y yéndose de nuevo, oró diciendo la misma oración (logos) (Mc 14, 39). Como notamos, es precisamente lo que ahora nos ha transmitido san Mateo.

Traigamos a la memoria las dos magníficas plegarias de Jesús en el huerto, con las palabras de los propios evangelistas:

La primera, según san Mateo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú.

La primera, según san Marcos: ¡Abba, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.

La primera (y única) según san Lucas: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

La segunda oración, que nos transmite san Mateo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Así rezaba Jesús, desgranando las mismas palabras. San Mateo nos ha facilitado la doble fase en la plegaria de Jesús, con ese profundo desplazamiento de acentos que hemos considerado ya en la meditación anterior y que ahora reconside­ramos.

Jesús había precisado de manera impresionante e íntima, en la última Cena, la plena conciencia de que tenía de entregarse -pensemos en las palabras de la Consagración-, bebiendo el cáliz con soberana libertad, para la Redención del mundo. En el huerto -¡unas horas después!-, esa conciencia parece oscurecerse por la angustia, la agonía, el miedo, el dolor, el ataque del Maligno -la tentación-, abandonado de los hombres. Todo el proceso de la oración de Jesús en Getsemaní nos traza la superación, por la fuerza del Espíritu, de aquella terrible tentación, hasta llegar de nuevo, también en el plano de la conciencia psicológica, a la soberana libertad de la entrega total por la Redención del mundo.

Ésta es, en efecto, la secuencia de la doble plegaria de Getsemaní. El Redentor imploraba del Padre, en medio de su angustia, que pasara el cáliz sin beberlo: El, habiendo ofrecido con gran clamor y lágrimas, (... ) oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, dice la Carta a los Hebreos, que agrega: y fue escuchado por su piedad filial (Hb 5, 7-8). La segunda plegaria de Jesús, según san Mateo, presupone esta palabra del Padre que sale de su silencio y escucha la oración del Hijo: exauditus pro sua reverentia. Fue escuchado totalmente Jesús en el huerto, pero de manera muy dis­tinta de la que podríamos pensar. Porque el Padre no le dio lo que parecía pedir. Suplicaba no beber el cáliz (si fuera po­sible) y el Padre le invita a beberlo porque es el camino de la Redención del mundo. Y Jesús, que se ve así escuchado y amado por el Padre, se dispone a tomarlo hasta las heces, como expresa en su segundo ruego: Padre mío, si no es posi­ble que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu Voluntad.

Así, de esta forma, rezará ya hasta el final, hasta que llegue el traidor. Porque, al señalarnos luego san Mateo que Jesús repetía por tercera vez las mismas palabras, nos está manifestando que reiteraba esta segunda aceptación de los planes divinos. Pascal, que meditó tan profundamente el misterio de la agonía de Cristo, comentaba a este propósito: «Jesús no pide más que una vez que pase el cáliz, y eso con perfecta su­misión, y dos veces que venga si es necesario. »1

Una conclusión inmediata: toda la oración de Jesús en el huerto es idéntica a sí misma; es una única «palabra» -rebosante de contenido nuevo- la que está repitiendo al Padre de manera constante y gustosamente consciente a lo largo de aquellas horas tan densas y angustiosas. Hemos tratado de perdernos en la fuerza riquísima de ese diálogo entre el Hijo y el Padre porque la oración en el huerto es punto culminante de la revelación de la Humanidad de Cristo como Humanidad del Hijo consustancial del Padre. Nos propone la oración de la filiación divina de Jesús: Abba,Padre, Padre mío. Y desde ahí, el combate de la formidable unión a la Voluntad del Padre: la «hora» tremenda que se acerca, el «cáliz» que hay que beber, la angustia y el dolor sin límite que el pecado de los hombres produce en el alma de Jesús, la Voluntad divina amada y aceptada por encima de todo: no como yo quiero sino como tú. Y esto, una y otra vez, hasta el triunfo ante el traidor: calicem quem dedit mihi Pater, non bibam illum?

Estas formas de la oración de Jesús, estas actitudes de su Corazón en Getsemaní, luces claras para nuestra oración y nuestra vida, son las que ahora querríamos considerar.

 

Perseverar en la oración

2. Cada frase de Nuestro Señor encierra una riqueza indescriptible que aquieta y da sosiego al alma, o la remueve con una compunción santa.

En el Huerto de los Olivos fueron continuas las lecciones de Jesús. Él, que es perfectus Deus, manifiesta en Getsemaní sobre todo su condición de perfectus homo. Aquel lugar de la Tierra Santa constituye la más alta revelación de la verdadera humanidad de Cristo, de que Cristo Nuestro Señor era verdadero Hombre, especialmente porque allí aparecen, como en ningún otro punto del Evangelio, los «límites», las «debilidades» connaturales al hombre, que fueron asumidos por el Hijo de Dios. Por eso se le notaba hundido por un peso que excedía con mucho la naturaleza humana más fuerte y más preparada; por eso buscaba el apoyo noble, limpio, del Cielo y de la tierra.

Precisa el Evangelio, como hemos observado, que Jesús recomenzó tres veces esa oración intensa,, de valor inefable. Conviene penetrar en los diversos detalles. Fue una oración bien acabada y, al mismo tiempo, su mente estaba transida por el inmenso dolor moral que le producían los pecados de los hombres; especialmente, los que se iban a cometer al rechazar la Misericordia ofrecida. Sin embargo, el Maestro retornó en tres ocasiones a su plegaria, dándonos prueba de lo que entrañan la urgencia y la perseverancia; actitudes que se identifican con el verdadero amor, que no sabe de cansan­cios o de excusas que dispensen de actuar con ardiente cola­boración.

«Perseverar en la oración» expresa, sobre todo a la luz de Getsemaní, un modo muy profundo de amar; no podemos desfallecer cuando el camino parece hacedero, pero en nuestro pobre yo quizá se insinúa la soberbia como si fuéramos protagonistas principales; tampoco, cuando la oración se hace difícil, dura, seca, y hasta el cuerpo se resiste a continuar por ese sendero de exigencia.

A través del drama santo de Getsemaní, la Trinidad nos reclama a los hombres, de manera gráfica, una fidelidad leal en la oración. Jesucristo, para ayudarse en su diálogo con el Padre y secundar los planes divinos hasta terminar la obra que Tú me has encomendado (Jn 17, 4), solicita a los suyos que se unan a su esfuerzo. No los necesitaba para nada -ya lo tenemos claro-; y, sin embargo, les urgía calurosamente a que de su parte pusieran lo que estaba en sus manos. Hasta tres veces tocó el corazón de los discípulos, sin acusar desconfianza ni desanimarse ante la flojera humana. Así nos in­vitaba a comprender, a los que vendríamos a lo largo de los siglos, hasta qué punto aprecia la solidaridad de nuestra po­bre debilidad.

 

Perseverar con lucha y con cansancio

3. Ha quedado esculpido el espléndido ejemplo de perseverancia con el triple alejamiento físico de Jesucristo, aunque la plegaria brotaba árida, triste, sufrida. Recordémoslo, cuando el panorama del trabajo o de la entrega se haga arduo, hasta el punto de que se pueda describir el trato con la Trinidad como un pedir afanoso, o como un ruego porfiado de que nos allane el camino. ¡Cuánto consuela ver al Redentor no desmayar en la oración y mantenerse así, con lucha y con cansancio! Aprendamos a conducirnos en esta línea, sin asustarnos por las limitaciones personales o exteriores, y sin que el ánimo se encoja por mucho que sea lo que el Señor exija. Disponemos, además, de una ayuda segura: dirigirnos a la Santísima Trinidad, en el nombre de Jesús, para ser capaces de abrazar esa carga.

Asombra ese misterio de la piadosa plegaria trabajosa del Redentor, porque en ningún momento hubo, ni pudo haber, en Cristo una contraposición de voluntades. Demos gracias al Señor, pues nos muestra que la libertad humana -Jesús es perfecto Hombre- es un don de raíz divina. Cristo se adhirió con todas sus fuerzas a lo que Dios Padre había dispuesto, y lo cumplió cabalmente. Pero, con esa reiterada súplica, señala que siempre, incluso en las cosas más perfectas, cabe una múltiple posibilidad de elección. En cualquier circuns­tancia, no hemos de quedarnos en lo que consideramos suficiente, sino llegar, como Él, al acto heroico que nos demanda Dios.

 

Recomenzar siempre

4. Junto a la fiel asiduidad, que se manifiesta externamente en aquel ir y venir de Jesús en el huerto, que acaba siempre en el volver a postrarse ante el Padre en oración, el Maestro nos puso de manifiesto, en Getsemaní, otro rasgo de su plegaria que debemos hacer nuestro: se trata de lo que podríamos llamar la perseverancia «interior» en la oración. Con instancia renovada se dirigió Jesucristo a Dios Padre, y en las tres ocasiones insistió con una imploración, en el fondo, idéntica, con la misma plegaria, dicen los evangelistas. Evidentemente, esta reiteración de Jesucristo no era monotonía, sino que manifestaba su concentración en el núcleo mismo de la «hora» que estaba viviendo, porque su diálogo de amor con el Padre se desarrollaba igualmente integérrimo, perfectamente atento. Nos enseñaba así a sus hermanos que la ora­ción ha de cuajarse con esfuerzo también cuando se desarrolla entre la fatiga y la aridez. Precisamente entonces hay que insistir, tornar y retornar a Dios Padre, nuestro Refugio y nuestra Fortaleza (cfr. Sal 46, 2). Comprobamos también en estos pasos cómo su ejemplo coincidía con su predicación. Había repetido, mientras caminaba por Palestina, que se debe rezar con santa tozudez, implorando sin cansarse (cfr. Mt 7, 7-8), o presentando la oración del mismo cansancio. Y nos hace palpar que su consejo no fue teoría, sino enseñanza precisa que confirmó gráficamente con ese levantarse, exhortar a la oración y arrojarse de nuevo en los brazos del Padre con la misma súplica. Entra por los ojos ese recomenzar: ese repetir una y otra vez su ruego definía una muestra clara de confianza para instarnos a actuar con la seguridad de que la constancia de fe abre brecha en la misericordia de Dios. Él no ignoraba que el Padre conocía la angustia de su voluntad humana, mas no por eso titubeó en exteriorizar el agobio de su alma; pues, ¿a quién se abre la propia intimidad sino a quien se ama? Abandonar las necesidades en las manos de Dios jamás ha significado para la ascética cristiana interrumpir el diálogo con Dios Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo.

Al renovar Cristo su oración, al importunar santamente con los mismos términos, anunciaba que el Cielo no se cansa de lo nuestro, no se interpreta como una monotonía, sino como realidad de la confianza con que nos dirigimos al Creador, ciertos de que la Trinidad nos oye y seguros de que su omnipotencia abarca desde lo más grande hasta lo más pequeño.

No desfallezcamos, pues, en ese urgir a Dios. Al contemplar cómo Jesucristo, impulsado por el Espíritu Santo, no cesó de tocar una vez y otra el mismo argumento, descubrimos que ese tesón agrada al Padre, como sucede a los padres de la tierra ante la recurrencia con que los llaman sus hijos. Esa constante imploración revela, además, que reconocemos el poder de Dios y acatamos su providencia.

No desertemos de la oración por la falsa idea de que no somos escuchados o porque las cuestiones discurren de modo distinto a como deseamos. Cristo expuso que, en su plegaria, entraba la identificación de amor con el Padre, acatando de antemano el plan de la Trinidad, hasta en los últimos detalles.

Si los hombres y mujeres fuésemos almas de oración tozuda, trasladaríamos a este mundo nuestro -sin respetos humanos- la alegría y la paz de que nos conviene que la Voluntad del Cielo se cumpla en nuestra existencia, esa Voluntad que nos regala sólo bienes, aunque se presente en forma de contradicción.

 

Aunque sean las mismas palabras

5.    Es también la escena del huerto una ocasión de oro para profundizar en el sentido de la oración vocal, que -por su propio concepto- consiste en repetir palabras ante el Señor. Piensan algunos que la oración vocal -el padrenuestro, el avemaría, el rosario, las diversas formas de oración letánica (entre ellas, la llamada «oración de Jesús», tan grata a nues­tros hermanos de las Iglesias de Oriente)- es fuente de monotonía porque... ¡usamos siempre las mismas palabras! Es una objeción «clásica», cabría afirmar, que merece de san Josemaría este comentario: «¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman? ...»2 Nos consta claramente que la conversación con Dios, también la oración vocal, si nos empeñamos, no se repite nunca. El hecho de pronunciar los mismos términos implica una renovación del amor que se dio en un tiempo pasado y que se actualiza gozosamente y sin rutina. Si queremos, jamás será reiterativa, en sentido peyorativo. La oración perfecta de Getsémaní ocupaba la inteligencia y el corazón de Jesucristo, pero es significativo que en el Evangelio se apunte con precisión que rezaba acudiendo a las mismas palabras.

Cierto, si no se afina el espíritu, si no se piensa con quién se habla y quién es el que habla,se entrará en una especie de cumplimiento formalista, alejado del tono propio del alma contemplativa que Dios espera de los cristianos. La vida con­templativa, en efecto, no se queda en un privilegio reservado a algunos: a todos se nos concede la gracia de ser y poder comportarnos como hijos de Dios. Pero ese formalismo desaconsejable no guarda relación con repetir piadosamente, una vez y otra, la misma plegaria.

Decir los mismos vocablos, suplicar las mismas cosas, emplear los mismos gestos, constituye el lenguaje que percibe la persona amada, y que llegaría a echar en falta si no se le dirigieran, porque interpreta esa identidad de comporta miento como entrega y disponibilidad, como el santo y seña de quien tiene derecho a entrar en la fortaleza del alma. Hasta en estos detalles descubrimos cómo Dios, hecho perfecto Hombre, recorre nuestros caminos.

Por eso, ¡con qué ánimo y seguridad de eficacia debemos ir a la oración vocal! Por encima de todo, el padrenuestro, que es precisamente la oración del Maestro. A lo largo de nuestras meditaciones nos hemos ido dando cuenta, de manera creciente, de la profunda relación que existe entre la oración de Jesús en Getsemaní y el padrenuestro, desde la tierna invocación filial con la que comienza hasta el último de sus ruegos. Tres de las peticiones del padrenuestro llenan con­cretamente la oración del Señor que venimos meditando: el «hágase tu Voluntad» y el «no nos dejes caer en la tenta­ción», estrechamente vinculada al «líbranos de todo mal» (cfr. Mt 6, 10 y 13).

 

Siempre con un amor nuevo

6. «"Domine, doce nos orare" -¡Señor, enséñanos a orar! -Y el Señor respondió: cuando os pongáis a orar, habéis de decir: "Pater noster, qui es in cœlis... " -Padre nuestro, que estás en los cielos...

»¡ Cómo no hemos de tener en mucho la oración vocal! »4

Parece que Él, en su bondad infinita, sale al encuentro de cada alma y nos recuerda a los más torpes de inteligencia, a los que nos escudamos en la falta de imaginación, a los que nos vemos pobres de recursos, que lo importante en la oración se centra en la disponibilidad para ponernos ante Dios Padre tal y como somos, con el esfuerzo de recogernos en ese diálogo que tanto interesa al Creador.

No le importan a nuestro Padre del Cielo las frases bonitas, o las ideas brillantes. Espera sencillez y sinceridad de alma. Al moverse en el ámbito de la perfección divina y humana se hallaba al alcance de Jesucristo expresarse con esos términos nuevos y subyugantes que recoge san Juan en el relato de la última Cena. No quiso que fuera así, y nos ofreció -con luces nuevas, dentro de la vida ordinaria- la certeza de que no se encuentra lejos de nosotros; y que cada uno posee la confianza del Cielo para presentarse con su propio bagaje, pequeño o grande. No nos mira como hijos o hermanos indignos, aunque lo somos, sino como coherederos a los que desea hacer partícipes del tesoro de su santidad.

Cristo, Maestro único, confiere ánimo seguro al alma. De su parte todo regala magnanimidad y longanimidad; está dispuesto a que la perfección y lo infinito quepan en la miseria y en la limitación. Ya lo había anunciado a través del pro­feta, puntualizando que no se requiere la riqueza para beber de su agua (cfr. Is 55, 1). Y llegó más lejos aún la predicación de Jesucristo: venid a mí los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré (Mt 11, 28). Lo que, en medio de su fatiga y de su agobio, no encontró en sus amigos que le siguieron en el huerto, eso nos lo ofrece Jesús ahora para nuestros momentos bajos y opresivos: venid a mí. ..

No le importa que nos pongamos en su presencia una y otra vez para confesarle que no sabemos, que no somos ca­paces, que se nos pasa el tiempo sin vivir a lo divino. Él oye nuestras razones y, aunque nos imaginemos que no avanza­mos, cuando le hablamos con sinceridad de nuestra jornada, tan llena de faltas o de omisiones, empezaremos a percibir que podemos ofrecerle el trabajo; y descubrir, en quienes nos rodean, almas a las que servir. Nuestro día adquirirá otro re­lieve, si nos decidimos a repasarlo con Él. Casi sin darnos cuenta estaremos respondiendo a sus llamadas en el huerto y metiéndonos en esa oración vigilante, sacrificada, que constituye nuestra forma de unirnos a Cristo Redentor.

Renovemos la gratitud a Jesús, porque nos enseñó de forma tan gráfica la importancia y el modo de rezar. ¡Qué inmensa la santidad y eficacia de esa larga y perseverante oración en el huerto, cuando Cristo renueva su confianza ya manifestada al Padre! ¡Qué gran elocuencia guarda esa reiteración de gestos y palabras en nuestro Redentor!: porque el amor perfecto de Jesucristo, manifestado a impulsos del Paráclito, se expresa de modo divino -¡y humano!- con las mismas frases. En el lenguaje de los que se aman ¡que bien suena la delicadeza afectuosa con que se repite el nombre del otro!

 

Una oración perfecta

7. Los Padres de la Iglesia -hombres de vida santa y de doc­trina insigne- han meditado y saboreado con hondura las palabras y los gestos de Jesús porque guardan abundancia infinita de Amor aun los más pequeños, incluso los que pudie­ran parecer indiferentes a una mirada superficial. En eso imitan a la Virgen María, que conservaba en su corazón todas las cosas que vivía junto a Jesús, conferens in corde suo, sopesándolas en su oración. En nuestras meditaciones en el Huerto de los Olivos nos empeñamos en hacer nuestra esa tradición de mirar con amor cada frase, cada acción de Jesús.

Él, en su oración, planteó a Dios Padre la posibilidad de que no tuviera que beber aquel cáliz tan amargo: que pase de mí este cáliz. Al mismo tiempo y con idéntica continuidad, durante aquellas largas horas, repetía incansable, en medio de una atroz angustia: pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Ahí ha mostrado cómo debe cuajar nuestra petición: ¡sincera!, poniendo bien al descubierto el yo, suplicando a Dios con insistencia lo que nos apremia, lo que juzgamos que nos conviene, mientras nos abandonamos enteramente en sus manos, porque su Voluntad apunta al verdadero beneficio, aunque se aparte de nuestro esquema.

Al paladear este diálogo entre Jesucristo y su Padre del Cielo debemos romper en acción de gracias, pues revela con inmediatez sorprendente que tenemos un Dios que se acerca a los suyos con una proximidad que jamás pueden imitar los dioses que inventamos los hombres.

Cuando se levante la tempestad en el alma, acudamos confiadamente al Señor para urgirle, sin temor ni fatiga, a que nos libere de esa prueba, pero sepamos sujetarnos a su designio.

El primer ruego de Jesús fue oración perfecta, de valor infinito; exteriorizó cómo el cristiano debe afrontar la entrega: hasta la inmolación del propio yo en su radicalidad, cuando sea necesario. Jesús expuso al Padre lo que experimentaba en su alma, renovando la oblación de su vida, y acomodó su voluntad humana y sus sentimientos de hombre perfecto a los planes divinos.

¡Qué extraordinaria grandeza la de Nuestro Señor! Si no hubiera procedido con esta lógica, que nos ayuda a entender que es normal que la voluntad y el cuerpo se resistan al dolor y al sacrificio, no habríamos ni siquiera percibido que fue absoluta su entrega. Esa resistencia a la Cruz, esa petición al Padre de que aleje el cáliz que ha de beber, constituye una revelación del amor que Dios nos otorga al someterse a la Cruz, de la hondura insondable del pecado, de la exigencia total de la entrega.

 

Identificarse con la voluntad de Dios

8.   Non mea voluntas, sed tua fíat! (Lc 22, 42). Esconde esta súplica mucho más que un acatamiento rendido y generoso. Desde luego, esa conclusión rebosaba el amor de Jesús al Padre en el Espíritu y, además, alcanzó a identificar las dos voluntades con una sintonía plena. Jesús, en su reflexión, concluyó de modo ejemplarmente terminante que sólo cuen­ta la Voluntad del Padre, y así procedió.

No se trataba de una cuestión de, compromiso, como tantas veces nos ocurre a nosotros: ¡no!, la Voluntad del Padre se hizo tan cabalmente suya que luego -durante la Pasión y Muerte- no se retiró ni se resistió a que se consumara en su plenitud. Más aún, cuando alguien pretendió aliviar sus dolores, ofreciéndole un pequeño sorbo de vino mezclado con hiel, Jesús no lo aceptó (cfr. Mt 27, 34).

Importa que nos detengamos en esta impresionante sujeción del entendimiento y de la voluntad de Jesús a la voluntad del Padre, que es el fruto triunfal del combate de la oración de Cristo. Contemplemos de nuevo a Jesús en Getsemaní. Dice la Carta a los Hebreos -como ya hemos citado- que pidió al Padre que le salvara de la muerte... y que fue escuchado. Qué extraña forma de escucharle, podríamos pensar, al mirar a nuestro amado Señor cargado con la Cruz, camino del Calvario. Pero eso indicaría que no habríamos entrado en el misterio y en el mensaje de la oración de Jesús en el huerto. Porque Jesús fue escuchado, ciertamente. Lo observamos en la segunda plegaria que nos transmite san Mateo. El Padre le atendió y le habló. El Maestro, que se veía abandonado en su abatimiento -abandonado de sus amigos, en los que quiso encontrar refugio-; el Maestro, en su soledad y en su agonía, «sintió» dentro de su alma humana el Amor del Padre -Abba- que le oía; del Padre que le consolaba y le estrechaba en sus brazos, a la vez que le manifestaba que era necesario afrontar «la hora», beber «el cáliz», ser entregado a la Pasión y a la Cruz... Se cumplieron de manera impresionante las palabras del salmo: olas de muerte me envolvían, me espantaban las trombas de Belial, los lazos del seol me rodeaban, me aguardaban los cepos de la Muerte. Clamé a Yahvé en mi angustia, a mi Dios invoqué, y escucho mi voz desde su Tem­plo, resonó mi llamada en sus oídos (Sal 18, 5-7).

Buena lección para que asimilemos, ya para siempre, que toda petición que parta de nuestra comprensión de las cosas y de los deseos de nuestra voluntad ha de elevarse a Dios, ciertamente, pero con la persuasión sólida de que el camino de la plenitud y de la felicidad no es «lo que yo imagino, o lo que yo quiero», sino lo que ve y quiere el infinitamente Bueno y Misericordioso. Y cuando en el combate de la oración, por la misericordia de Dios, «concluimos» que su Voluntad se nos muestra otra distinta de lo que pedíamos -como ocurrió al alma humana de Jesús en Getsemaní-; entonces, cuando eso suceda, la nueva luz con la que aparece la Voluntad de Dios nos hará comprender que hemos sido escuchados y que la prueba, como en Jesús, será encontrarnos robustecidos con fuerzas que no teníamos para cumplir aquello que rechazábamos. Nos consta que en Jesús, en me­dio del sufrimiento indecible, su voluntad humana, desde el primer momento de la agonía, como siempre en su vida humana, tomó partido por la Voluntad del Padre. Actitud que nos enseña a cultivar la adhesión a la Voluntad de Dios, desde las cosas más pequeñas, para estar mejor dispuestos cuando aparecen los tragos amargos. «Acto de identificación con la Voluntad de Dios: ¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero! »5

Además, no hemos de olvidar, porque así entra en la economía cristiana de la gracia, que la Voluntad de Dios emerge muchas veces ante nosotros en las circunstancias de la vida ordinaria a través de la conversación con quien sabemos que puede orientar nuestra vida por los caminos de Dios, aparte de que la voluntad de Dios pide siempre como respuesta la obediencia de la fe. Tengámoslo muy en cuenta cuando damos nuestro asentimiento en asuntos que entrañan un pro­blema serio, porque hemos de poner en juego la honra, el prestigio o el futuro; y cuando, aun obedeciendo, volvemos, quizá inconscientemente, a detenernos en razones o motivos para disentir. Incluso cumplimos lo que nos han sugerido, pero cribándolo con nuestro modo de enfocar la cuestión. Entonces, resulta evidente que no es total la obediencia, el sometimiento de la inteligencia y de la voluntad, porque nos falta la disponibilidad de acoger con plenitud y completo desprendimiento las luces de Dios, expresadas por quien nos asiste.

En nuestra plegaria, como aprendemos de la de Cristo, debemos cultivar un positivo y activo interés de amar y de cumplir la Voluntad de Dios, también cuando nuestro yo se resista: fiat voluntas tua! «Esta palabra de la Cabeza es la salvación de todo el cuerpo. Esta palabra ha instruido a todos los fieles, ha inflamado a todos los confesores, ha coronado a todos los mártires. ¿Quién, en efecto, podría superar los odios del mundo, las tempestades de las tentaciones, los terrores de las persecuciones, si Cristo no hubiera dicho a su Padre en todos nosotros y por todos nosotros: cúmplase tu Voluntad? Aprendan, pues, esta palabra todos los hijos de la Iglesia, rescatados a un precio elevado (cfr. 1 Cor 6, 20), justificados gratuitamente (cfr. Rm 3, 24); y cuando irrumpa sobre ellos el asalto de cualquier furiosa tentación, que recurran al auxilio de la oración más poderosa, para que, superando el temblor del miedo, sepan soportar el sufrimiento. »6

Trazó bien a las claras el Maestro con la oración nos vuelve capaces de cargar con el peso y las necesidades propias y de los demás. Gravaba tanto en el alma de Jesucristo el tremendo fardo de las ofensas de las criaturas, que el Hombre-Dios se resistía, pues aquello repugnaba a su santidad. Después se lanzó al acatamiento de lo que señalaba el querer divino, y extendió los brazos con gesto de Sacerdote eterno para abrazar y perdonar a la humanidad. También nosotros, a nuestro modesto nivel, podremos compartir esa experiencia de Jesús apoyados en una oración bien vivida y no hurtaremos el hombro ante el horizonte de la corredención.

 

Oración con el alma y con el cuerpo

9.    Al demonio, como definió el Maestro diáfanamente, se le vence con la oración y el ayuno (cfr. Mt 17, 20), con la plega­ria del alma y con la súplica de la carne.

En Getsemaní vemos realizada esa imprescindible directriz. Era la hora del poder de las tinieblas y -¡no podía ser de otra manera!- se alzó la fuerza de la oración del Dios­Hombre. Aquellas penalidades, enmarcadas en la angustia y en el sudor de sangre, reflejan la profundidad insondable de la súplica del Redentor, que intenta también remover a los discípulos.

Cristo, mientras se dirigía al Padre, penetraba con su intelecto humano, empujado por su omnisciencia divina, en el inconmensurable número de los pecados de la humanidad que había de poner sobre sus espaldas. Pero en su oración no contemplaba sólo de modo general esas ofensas: Él veía y sentía las de cada uno. Se daba en Jesús un capilar acerca­miento a todos por la acción de su omnipotencia infinita, pero al pronunciar su fiat se avecina con su amor a cada alma y asume los insultos, desprecios o indiferencias, purificándolos con su amor. Aun con las limitaciones de nuestra pequeñez, atisbamos que su dolor era inmenso, porque estaba fundamentado en un amor sin límites; y, precisamente por eso, se acrecentaba el peso.

Los protagonistas de la unión mística, tanto en la oración unitiva como en la purgativa, quedan agotados por el esfuerzo; sin embargo, ninguno ha llegado al nivel de Cristo. Y es que el Redentor está en otro orden: en el nivel de la Unión Hipostática, que vuelve inconmensurable el misterio que contemplamos. Demos gracias a este Cristo suplicante que nos invita a considerar que en la oración hay que entregarse sin límites, a pesar de posibles dificultades, por justificadas que parezcan para aliviar el esfuerzo. Nada debe apartarnos de caminar tras el Señor, aunque este derrotero se nos antoje fatigosamente árido; avancemos persuadidos de que, como aseguraba san Josemaría Escrivá, «cuando se ama se reza, y cuando se reza se ama».

 

Ir a la oración para amar la cruz

10. Aquella noche dramática de Getsemaní, pero intensamente amada, venía precedida de jornadas densas de contradicción, provocadas por los que no le entendían o hasta le odiaban; una etapa agotadora, porque Él no había eludido la generosa dedicación a todos, y en particular a los suyos, amándolos hasta el fin, sin límite de servicio. Después de la Cena, vivida con la intensidad que muestran los Evangelios, es de suponer que, incluso pensando humanamente, Jesús padecería un fuerte agotamiento y un gran cansancio, mucho mayores que los de los discípulos, que los hicieron patentes durmiéndose. Cabría pensar que, si quería librarse del complot que le urdían, lo más prudente era esconderse en algún lugar recóndito y tratar de descansar para estar ágil ante los posibles acontecimientos. En cambio, Jesús va al Huerto de los Olivos, como era su costumbre, conocida perfectamente por el traidor, y allí, en medio del cansancio y de la angustia que le sobrevienen, se adentra en la oración más profunda.

El contraste entre la atrocidad con la que debía enfrentarse el Señor y nuestras contradicciones, nuestros cansancios y nuestras penas no requiere demostración. Reconocerlo no significa que esas circunstancias nuestras no sean con frecuencia claramente duras y objetivas. Pero con que facilidad tomamos un camino inverso al del Maestro ante la contradicción, la tribulación y el cansancio. A Él todo aquello le empujó a esa entrega total a la oración, que venimos meditando. La «hora» y el «cáliz» de Jesús (que provocaban su tristeza y su agonía) se decidían en la oración con el Padre desde la libertad del Hijo basada en el Amor: nadie me quita la vida -había dicho (Jn 10, 18 )-, sino que yo la doy libremente. Nosotros, en cambio, en lugar de asirnos más fuertemente a la plegaria cuando surge la tribulación o el cansancio, lo tomamos -¡con tanta frecuencia!- como excusa, como ate­nuante e incluso como eximente para no emprender el camino de nuestro Redentor. Y dejamos la oración: estoy muy cansado..., tengo una sequedad total, no me sale una palabra... Cedemos a la tentación, a pesar del vigilate mecum, esa exhortación fraternal llena de afecto -¡y de exigencia!- de Cristo, Nuestro Señor.

Es ése el momento de reaccionar. Levantemos la mirada a Cristo que, turbado en la voluntad y en el cuerpo..., ¡ora!, y ¡vuelve a la oración! Roguémosle nosotros no pactar, al tiempo del dolor o de la prueba, con ninguna forma de dejadez o deserción de la piedad.

Decidámonos entonces a recurrir con más fervor a la oración perseverante para amar la Cruz: una Cruz -no lo olvidemos- que tiene siempre como fondo la gloria de la Resurrección. Convenzámonos de que, si queremos ir al Cielo, hay que andar por el camino de Jesús, que ahora nos mira y ayuda enviándonos su Espíritu desde esa gloria que tiene ad dexteram Patris. Por tanto, lo mismo cuando el alma y el cuerpo se sienten más inclinados a llevar ese peso santo, que cuando experimentan resistencia, hemos de responder ¡sí! a los requerimientos de orante vigilia que nos dirige el Maestro. Y allí, en oración, exponer sinceramente nuestra situación a la Trinidad, para estimar más la Santa Cruz, la de cada jornada, y abrazarla con alegría cuando el Señor nos la envíe. Porque el cristiano sabe muy bien que el sentido de la Cruz -lo que lleva a escribir «Cruz» con mayúscula­ brota de la Resurrección gloriosa, que demuestra el infinito amor del Padre a la libertad entregada del Hijo. Lo explicaría el propio Jesús a los discípulos de Emaús: ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria? (Lc 24, 26).

Abandonemos en las manos del Señor esta realidad por la que atravesamos las criaturas; y confiémosle que deseamos amar la Santa Cruz y esperamos que nos dé la gracia de corresponder con alegría y sin componendas a la llamada.

 

Getsemaní, modelo de nuestra oración

11.     La agonía tremenda de Jesús en el huerto da norte y sentido a nuestros desasosiegos, intranquilidades e inquietudes. Son debilidades propias de la naturaleza humana que, en sí, no alejan de Dios, pero que pueden distanciarnos de Él, si no se encauzan debidamente. Por ahí quiso pasar Cristo, que tan cerca está de cada uno. No hay limitación que pese sobre nuestras vidas que Él haya querido soslayar en la suya.

Anhelamos la salvación, la paz, y perseguimos estos bienes ya aquí en la tierra. Si somos consecuentes, hemos de ir a la Fuente de la paz, al Dueño de la felicidad y de la salvación, para entrar en un diálogo que no sea circunstancial, sino reposado y permanente, lleno de confianza, suceda lo que suceda. Así procedió Cristo, que es la Verdad y el Camino.

Si la falta de paz, si la intranquilidad, se convierte en ca­racterística habitual de nuestra vida, puede constituir una señal clara de que no nos refugiamos en Dios, que no le permitimos que entre de verdad en nuestra existencia, siendo así que «cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy..., la paz os dejo..., la paz sea con vosotros..., y esto, en medio de la tribulación».7

La oración de Cristo en el huerto traza un surco diáfano que expresa cómo debe tejerse nuestra conversación con Dios: filial, confiada y colmada de fe, esforzada, perseveran­te. En Getsemaní, la agonía de Cristo va in crescendo porque sabía que era llegada «la hora» y que el Príncipe de este mundo atacaría con su horrible tentación, más fuerte que en el desierto, y que pretendía asestar el golpe definitivo, pues buscaba apartarle de cumplir la Redención del hombre, presentándola como imposible, mostrándole el mundo de todos los siglos terrenos con su inacabable reata de pecados y de maldad. Jesús, como en el desierto, venció al Maligno apo­yándose con más fuerza en la oración: adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás (Lc 4, 8), había dicho a Satanás, y se lo repetiría a Sí mismo, con afirmación de Amor.

Nadie ignora que en esta vida nuestra, también por el amor humano noble y limpio, hay que prescindir de trozos de sen­timientos, de carne, de carácter: lo exige el auténtico querer, que crece unido al sacrificio gustoso, que no por esto pierde su carácter de prueba, de renuncia, en ocasiones seria. Con más motivo se ha de arrostrar ese peso por el amor del Cielo.

 

El dolor de Cristo, vida del cristiano

12.     Grande e ilimitada se revela la misericordia del Señor; absoluto su interés por los hombres; imponente y sumamen­te acogedor su amor hacia las criaturas. Nos ha concedido la oportunidad de contemplar su oración en el huerto y nos quedamos pasmados ante esta tragedia de amor que atrae profundamente al corazón humano. Faltan palabras para explicarla, aunque crece en nosotros la impresión de que el Salvador es un Dios que nos comprende sin reparos, un Dios -¡el único!- que se empeña con infinita potencia en sacarnos del mal y en inundarnos de bien.

Verdaderamente, se alza amable el sufrimiento de Jesucristo: en ese dolor santo queda bien al descubierto su generosidad total con nosotros: sólo busca nuestra felicidad. El drama de Cristo es también nuestro, puesto que lo hemos provocado. Por eso, la meditación atenta y agradecida nos invita a una rectificación de conducta, de manera que, con nuestras obras llenas de fe y de amor, evitemos que le em­bargue tanto oprobio.

Mirando y admirando a Jesús en Getsemaní, no hay más remedio que concluir que el Maestro, como nos dijo, es Vida: Vida eterna en Él, y Vida eterna a la que nos llama. Jesús no sufre para hundirnos o para distanciarnos de Él y de su doctrina, y mucho menos para humillarnos; sufre con amor, mostrándonos que anhela ardientemente nuestra salvación y nuestra paz y felicidad en la tierra. Duele el padecer de Cristo: ¡no cabe alternativa en una conciencia normal!; y a la vez, ¡qué alegría traspasa el alma!, pues Él abre siempre hacia nosotros su misericordiosa comprensión, si luchamos por salir del mal y anclamos en Él nuestra esperanza.

¡Qué admirable el amor de Nuestro Señor Jesucristo!: su intensidad divina y la capacidad de derrocharlo por sus hermanos. Nunca lograremos hacernos cargo plenamente del mal que hemos cometido los hombres a lo largo de la historia. Jesús, que percibía con toda claridad esa mole de inmundicia arrojada contra Dios, se hunde sobrecogido porque su perfección de inteligencia, de amor, le lleva a penetrar del todo en la degradación que hemos admitido las criaturas. Pero a tanta maldad, que le agota en el alma y en el cuerpo con un padecimiento indescriptible, responde con esa plenitud de amor, tan inmensa, que borra esa catarata de miseria: Hom­bre, tus pecados te son perdonados (Lc 5, 20).

 

Luz y fuerza de la oración

13.     En ese recogimiento duro, costoso, que precisa la asistencia de Dios Padre, Cristo emprende el camino de su triunfo final. Impulsado por el Espíritu Santo, se adhiere completamente a la Voluntad del Padre como única solución -la más perfecta- para salvar a sus hermanos los hombres. En esa plegaria se renovó el tono con que había hablado a los discípulos poco tiempo antes: he deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros (Lc 22, 15); y se reafirmó en aquel habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1).

Cabe preguntarse: si ya había tomado estas resoluciones, ¿por qué esta zozobra angustiosa en el coloquio preparatorio de la Pasión? Ya hemos apuntado, en páginas anteriores, diversas consideraciones sobre el tema. La Trinidad Santísima quiso que Jesús, para revelarnos hasta el límite el Amor de Dios al hombre, llegase también hasta el límite de la debilidad humana, hallándose metido hasta el fondo de la «tentación» en manos del Maligno. Jamás agradeceremos suficientemente al Evangelio que nos haya mostrado al Redentor con esta perplejidad interior en la voluntad humana, que no supuso desentendimiento ni rechazo de los planes divinos; y, sobre todo, esa gratitud porque nos lo haya hecho ver luchando y venciendo la tentación (y animando a sus discípulos a no caer en ese mal).

Por la perseverancia en la súplica, la voluntad humana de Cristo penetró hasta las raíces más hondas de los designios divinos; y lo que antes era motivo para invocar otro sendero, se convirtió en identificación absoluta con los planes de Dios Padre.

La perseverancia en la oración lleva a rogar que se nos concedan luces para descubrir lo que Dios quiere y cómo lo quiere, y fuerza para amarlo, precisamente porque Él lo quiere. Vale la pena seguir en vela, aun cuando el alma esté a oscuras, aunque la voluntad se manifieste reacia y los planes resulten arduos. En esos contrastes de la plegaria personal podemos saborear -no es imaginación- el gran amor con que Dios nos trata, exigiéndonos una correspondencia fiel; y la capacidad de ejercitarnos en la más fina caridad, piso­teando, si es preciso con violencia, la soberbia o la rebeldía que se insinúa en lo más íntimo del yo.

Así comprenderemos que Jesús ha bajado a la tierra para mudar costumbres atávicas, sólidamente arraigadas en la colectividad y en los individuos, para lo que se requiere un esfuerzo serio y continuado, que suele ser rechazado, des­preciado o no tenido en consideración por los que están implicados. Cristo vino, en efecto, para renovar la mentalidad de la humanidad caída, de los hombres y mujeres sujetos a las secuelas del pecado, que no sólo había debilitado nuestra naturaleza sino que nos había engañado, falseando la felicidad y la libertad con las más penosas ataduras. El Maestro fue signo de contradicción para tantos pecadores que observaban cómo aquel Rabí que operaba milagros rechazaba de plano cualquier ofensa de la criatura al Creador; fue signo de contradicción también para los tibios y los « medias tintas», incapaces de entender y de. asimilarlas enseñanzas del Maestro por su egoísmo, por su sensualidad o por su cobardía; fue, en fin, signo de contradicción para aquellos doctores de la ley y fariseos que se implantaban en sus privilegios y exigían a los demás el comino y la menta (cfr. Mt 23, 23).

Con tanta dureza creció el rechazo hacia Él, que provocó el llanto de Jesús ante Jerusalén (cfr. Lc 19, 41). Si un Dios perfecto y perfecto Hombre se asombró ante la cerrazón de la humanidad, los cristianos no podemos extrañarnos si, por servirle, levantamos parecida polvareda y se nos recusa y margina, como si se volviera a rechazar a Cristo. Por eso, con Él y como Él, hemos de ganar desde la oración las batallas de la evangelización y los combates que lleva consigo.

 

Con la carga de toda la humanidad

14.     Jesús, en la oración de Getsemaní, prolongaba la mantenida en la última Cena como Sumo y Eterno Sacerdote. Movido por el Espíritu, dirigió su plegaria al Padre y, en su plena, sacrificada e indiscutida aceptación de la Voluntad del Padre, estuvo rogando por la humanidad, los hombres y mujeres de todos los tiempos. La profundidad de su oración alcanzó divinas honduras.

Por eso hemos de conceder importancia a los más pequeños extravíos de las potencias del alma, a las indiferencias leves, pues Cristo asumió en su plegaria el descuido entero de los hombres, junto con el desamparo en el que le dejaron los apóstoles. Una gota de su sangre habría sido suficiente para la redención; pero prefirió cargar con nuestras faltas para que, lavadas por su dolor, participásemos activamente de la Vida que nos trajo la Redención. Se palpa la importancia de no perder la dimensión trascendente de la conducta humana alimentada por la gracia, porque el Señor está ofreciendo la i impresionante posibilidad de elevar al orden sobrenatural todo lo que nos ocupa -lo pequeño y lo grande-, respetando siempre nuestra libertad.

De la plegaria del Maestro en el huerto, que tratamos de meditar devotamente, se desprenden enseñanzas sin cuento. Adhiriéndose a la Voluntad divina con su voluntad humana, Jesús puso sobre sus hombros nuestra existencia, desde el nacimiento hasta la muerte; y nos tendió su mano en cada instante y para cada acción. Con esta proyección se com­prenden mejor tantas cosas de la vida cotidiana del hombre; por ejemplo, el amor humano limpio, que desciende a los de­talles para servir a la persona amada; el trabajo bien acabado, el interés por las almas, etc.

Cristo se detuvo en Getsemaní a meditar la carga de la ofensa de la humanidad, y de cada vida personal, para que nos sepamos enteramente amados. No es imaginación: cada aliento fatigoso fue expirado por mí, puede exclamar a ciencia cierta la criatura; cada palabra la pronunció por mí; cada síntoma de abatimiento y de cansancio fue experimentado por mí; afrontó por mí cada segundo de insistencia en ese diálogo -ardiente, sí, pero extenuante-; ofreció por mí el dolor físico y la incomodidad de rezar arrodillado sobre la rugosa piedra. ¿Por qué nuestra respuesta es tan torpe y tardamos tanto en reaccionar? Fijémonos en nuestra personal miseria, depositada en Cristo, y descubramos que ese fardo no nos alejará más de Él, si nos ofrecemos con Él a Dios Padre a impulso del Espíritu Santo.

A distancia de dos mil años, tocamos la fuerza inmensa de Getsemaní. Si no se hubiese desarrollado ese diálogo de modo tan divino y tan humanamente intenso, la pobre inteligencia humana no habría sido capaz de caer en la cuenta. Importa mucho que, a tono con la petición que dirigió a sus apóstoles, y de modo especial a los tres que le acompañaron más de cerca, incorporemos nuestro ser y quehacer a la plegaria de Cristo.

 

Ahondar en la respuesta humana de Dios

15. Meditando la Pasión del Señor solía decir san Josemaría: «Cuando te miro y te veo más Hombre, Hombre perfecto, te veo más Dios. » No hay persona en el mundo que, ante el panorama tenebroso del pecado, donde impera el egoísmo y el olvido de todo verdadero bien, no se sienta, al menos, desconcertada. Cristo se quedó triste y abatido, con un dolor que abarcó su cuerpo y su alma. Nos amó tanto que acogió sobre sus  espaldas esa mole monstruosa de maldad. «Jesús, ¡qué bueno eres!», insistía también este sacerdote santo, porque nos pone bien cerca de los ojos cuánto le hemos costado, cuánto le costó a Jesús la Santa Cruz, que amó ardientemente.

Desde que pisó el suelo de Getsemaní empezaron a cumplirse las palabras del profeta: no hay dolor como su dolor (cfr. Lm 1, 12). Nos asombra la fortaleza de algunas personas ante penosas tragedias humanas y morales, y comentamos que es encomiable su reciedumbre, mientras comprendemos las rupturas psíquicas y físicas de tantos. Eso mismo, multiplicado por la inconmensurable malicia del pecado, lo ha soportado Cristo, como Hombre, y sólo se explica que no se haya desplomado por el misterio admirable de que la naturaleza humana estaba personal e indisolublemente unida a la Persona divina del Verbo.

Le estamos rendidamente agradecidos porque ha evidenciado cómo le afecta el dolor, el cansancio, la soledad, el des­precio, y cómo, por tener la Vida de Dios, superó tan ingente prueba. Ahondemos en su respuesta humana bien colmada de fatiga, aprisionada por un peso superior a toda capacidad de aguante.

Si no hubiera reaccionado así, no podría ser un modelo del que aprender, ya que no hay quien pueda permanecer indife­rente ante el Sacrificio que se le pidió. En cambio, porque transformó en oración su dolor y su agotamiento, entendemos que, al discípulo fiel, tampoco le faltará la dificultad y el gozo de la Cruz. A veces se nos antojará superior a nuestras posibilidades; pero si la afrontamos con la gracia, con la asistencia que Él nos ha prometido al asegurarnos que no nos dejará jamás solos (cfr. Jn 14, 18), sabremos y podremos expresar nosotros también: non mea voluntas sed tua fíat! (Lc 22, 42).

 

Plegaria a Jesús orante

16. En Getsemaní, Nuestro Señor Jesucristo tuvo en su agonía como una concentración anticipada de todas las ofensas y dolores que iba a recibir, desgranados uno a uno, a lo largo de su Pasión y Muerte. Jesús ha sufrido sin límite alguno; tanto, que no se ha verificado dolor como su dolor en la historia de la humanidad (cfr. Lm 1, 12). Sufrió porque quiso, dando cumplimiento a la decisión trinitaria: ésta fue la Voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nuestro Señor Jesucristo no sólo afrontó la Pasión como acto de su Voluntad divina, sino que la asumió con su voluntad humana y se identificó plenamente con esa decisión, con hambre grandiosa de llevarla a cabo. Su amor coincidía con su querer, capaz de las más inefables acciones, que nos pasman, pero que sólo conocemos en esta tierra muy parcialmente. Y el sufrimiento, que corrió paralelo a su amor, resultaba inabarcable; fue un dolor enorme porque lo acogía ardientemente con su perfección de Dios y de Hombre perfecto.

Jesús nuestro, cámbianos el corazón, la inteligencia y la voluntad para que no permanezcamos insensibles a tu pade­cimiento y vigilemos contigo. Nos proponemos sufrir y amar; penar y darnos; compungirnos y reparar por nuestros peca­dos y por los pecados de todos.

Te contemplamos mientras rezabas en tu vigilia perseverante de oración y sufrimiento; y agradecemos que lo cumplieras por cada alma -una a una- de todos los tiempos. Haz, Jesús nuestro, que entremos en Ti y te permitamos entrar enteramente en nuestro pobre yo para que renueves nuestros sentidos y potencias y poder así entregarnos por completo a los demás.

Nos admira, nos edifica y nos consuela la riqueza de tu dolor, porque entendemos cuánto nos amas, aunque nos resta mucho por profundizar. Nos llena de asombro tu capacidad de darte y que, conociendo nuestra poquedad, sugieras que te imitemos. Nos proponemos hacerlo, Maestro; más aún, deseamos hacerlo, Redentor nuestro. Concédenos gracias operativas para sacrificar el yo, para vigilar contigo. Otórganos también, Jesús, ese interés real -¡tan tuyo!- por cada alma, de modo que nadie nos resulte ajeno ni extraño, y nada de los demás nos sea indiferente. ¡Cuánto camino nos queda por recorrer!

Estamos convencidos, Jesús, de que sólo siguiéndote por el camino que Tú señalaste a tus discípulos -la Cruz de cada día- tendremos experiencia viva -también de manera cotidiana- de la alegría de tu Resurrección.

 

1.    Blaise Pascal, Le Mystére de Jésus, vers. 14 (frag. 919).

2.    San Josemaría, Santo Rosario, prólogo.

3.    Cfr. san Josemaría, Camino, n. 85.

4.    San Josemaría, Camino, n. 84.

5.    San Josemaría, Camino, n. 762.

6.    San León Magno, Homilía 7 en la Pasión del Señor.

7.         San Josemaría, Camino, n. 258.