CAPÍTULO VIII
Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, de rodillas, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo (Lc 22, 41-44).
La narración de San Lucas
1. En nuestras meditaciones anteriores hemos contemplado la oración de Jesús en el huerto siguiendo el relato de san Mateo, que hemos tomado como guía y que es tan semejante, en su decurso narrativo, al de san Marcos. A san Lucas, claro está, hemos acudido con frecuencia, según los contextos. Pero en esta octava meditación, el Evangelio de san Lucas será la fuente y la guía de nuestra contemplación del misterio. Nos detenemos ahora en lo que podríamos llamar las «peculiaridades» de san Lucas, es decir, en aquellas noticias sobre la noche de Jesús en el huerto que conocemos sólo gracias al evangelista-médico. Emprendamos con amor este nuevo paso contemplativo, empujados por el deseo -creciente en nuestras almas- de no perder el más mínimo detalle de aquella sublime y misteriosa ocasión.
San Lucas no se para en el grupo de los tres discípulos que acompañan más de cerca a Jesús y, en consecuencia, no nos presenta el desarrollo de la oración del Maestro con las interrogaciones en las visitas a esos tres apóstoles. He aquí los dos polos de su relato: el Señor en la agonía de su oración, de una parte; y, de otra, los once apóstoles, que se quedaron detrás a un tiro de piedra. San Lucas nos describe el diálogo de Jesús con su Padre en una breve narración consecutiva; la que hemos anotado al comenzar este capítulo. El núcleo del misterio de Getsemaní, como no podía ocurrir de otro modo, es idéntico a los otros dos evangelistas, que hemos considerado más concretamente en nuestras meditaciones anteriores: el Maestro suplica al Padre que pase de Él ese terrible «cáliz» y, al mismo tiempo, su entrega total a la voluntad del Padre. Al tercer evangelista debemos la doble expresión «mi voluntad»-«tu voluntad»: no mi voluntad, sino la tuya, que manifiesta el nexo tan conmovedor -hasta en los términos- de la oración de Jesús en el huerto con la que el Señor enseñó a todos sus discípulos: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10).
Pues bien, en el seno mismo de ese diálogo impresionante, san Lucas aporta esas «peculiaridades» que nos disponemos a meditar. Brotaron de su pluma como fruto de la asistencia de lo alto que iluminaba la búsqueda que, personalmente, el evangelista realizó sobre los hechos testificados por la tradición (cfr. Lc l, 1-3). Ahí se recogen, en el texto, esas joyas del Espíritu Santo: la primera, la presencia del ángel que bajó del cielo, mientras oraba Jesús, para confortarle; la segunda, la palabra «agonía», con la que san Lucas califica aquella turbación, angustia y tristeza que embargaba el alma de Jesús en el huerto y que ha pasado a ser la definitoria de todo el evento: la «agonía de Getsemaní»; la tercera, otra palabra, célebre también en la espiritualidad cristiana, con la que sintetiza el combate de la oración de Jesús: prolixius orabat, el Señor en medio de aquella agonía oraba -luchaba- más intensamente; y finalmente, junto a la intensidad de la oración, la intensidad del sufrimiento: el evangelista-médico nos relata que a Jesús, en la agonía, le sobrevino un sudor como de gotas de sangre.
No salimos, pues, de esa oración y nos disponemos a retomar los mismos temas que hemos ya considerado, pero ahora a la luz de estas nuevas palabras inspiradas, cargadas del mensaje de Jesús. Como las meditaciones anteriores, la de ahora será también un ir y venir de Jesús al alma, y del alma a Jesús. Primero, contemplarle, buscar su rostro, mirarle, verle vivir y entrar en agonía, adorarle: a Él y, con Él, al Padre en el Espíritu Santo. Y a continuación sacar enseñanza, penetrar su ejemplo, aplicarlo a nuestra existencia, examinarla para llegar a la compunción, a la conversión, al cambio de conducta que ha de tejerse con propósitos humildes y concretos.
La Trinidad Santísima en el misterio de Getsemaní
2. La narración de san Lucas guarda una especial capacidad para adentrarnos en cómo el misterio de Getsemaní manifiesta y confirma el misterio de la Trinidad, revelado gradualmente desde el comienzo del ministerio de Jesús. El Padre, con la misión del Espíritu Santo durante el bautismo en el Jordán, anuncia al mundo que Jesús de Nazaret es su Hijo amadísimo, en quien tiene puestas todas sus complacencias, su amor y, por tanto, su ser (cfr. Mt 3, 17; 17, 5). Misterio del que Jesús hablará a los discípulos de muchas maneras: les manifestó con toda claridad que Él es una misma cosa con el Padre (cfr. Jn 10, 30), y que les convenía que Él se fuera para que pudiera enviarles el Consolador, el Paráclito (cfr. Jn 16, 7). El Padre y, con Él, el Espíritu Santo muestran la imponente riqueza del amor infinito que los une con la agonía de Cristo en el huerto. Llegó a tal grado esa unión que lo que estaba separado de Dios -con una ruptura insalvable para los hombres- quedó subsanado por el padecimiento y oprobio que, lleno del Espíritu Santo, sufre libremente el Hijo de su Amor y es aceptado por el Padre.
Aunque tropecemos con la dificultad de penetrar a fondo en el misterio de Getsemaní, se vislumbra su contenido a través de una realidad muy humana: las personas que se aman en la tierra acrisolan su unión cuando surge en el horizonte una pena profunda y lacerante. Frecuentemente, en esos tiempos de más acuciante sufrimiento, se siente con vigor la importancia de sostener al amado que padece, y cristaliza así un amor más recio. Acuden entonces a la memoria, también como lenitivo, los momentos más felices de la propia unión, que fortifican la necesidad de afrontar en común las congojas, con la persuasión de que el querer mutuo hace más intensa la participación en la pesadumbre del que sufre, y éste se siente asistido por la inmediatez del amante que no le abandona, ni siquiera en los momentos en los que humanamente no cabe hacer nada.
La Trinidad quiso el dolor de valor infinito de Jesús Hombre para conseguir, con su bienquerer, que se cancelara la tremenda ingratitud del pecado nuestro, en cierto modo infinito por la perfección del Dios ofendido. La Trinidad Santísima -con su acción misericordiosa- nos invita así, en cada capítulo de la Pasión, a que nos adentremos en esa realidad del Cielo, bajada a la tierra para nosotros, porque en ese tiempo dramático se mantuvo con intensidad inefable el diálogo con que eternamente se aman el Padre y el Hijo.
La compañía de los Angeles
3. Jesús hace su oración en el huerto, según san Lucas, de rodillas. Nuestro Señor en Getsemaní ora al Padre postrado y en esa actitud adorante y suplicante se alza su clamor: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Plegaria que, según san Mateo y san Marcos, Jesús repetía perseverantemente, como ya hemos considerado. Fue en medio de esa oración filial y doliente cuando nos relata san Lucas que se le apareció un ángel del Cielo que le confortaba (Lc 22, 43). Un ángel que bajó del cielo y acude al Huerto de los Olivos: eso es lo que quiere decir san Lucas, no simplemente un símbolo de la ayuda del Cielo.
A partir de lo que hemos meditado en los capítulos anteriores, el ángel de que nos habla el evangelista podríamos situarlo en lo que hemos llamado segunda (o tercera) fase de la oración del Redentor. Es entonces cuando, según san Mateo, parece que el Padre ha «escuchado» a su Hijo amadísimo y le confirma que el camino de la Redención de los hombres es el «cáliz»: beber ese «cáliz» tan amargo, entrar de lleno en la «hora» de la tentación para superarla y vencerla. El amor del Padre se manifiesta en escuchar al Hijo, y en enviarle al ángel que le conforta, que le da fuerzas. Desconocemos en qué consistió la «fuerza» prestada por el ángel a Jesucristo. Pero, aunque no lo dice el Santo Evangelio, hemos de entender que son -hablando a lo humano- «fuerzas» a la Humanidad de Cristo, para llevar a cabo esa Voluntad del Padre que es el camino de la Redención. Fuerzas que toman la forma de apoyo, de compañía y consuelo al alma de Cristo, sumida en aquel angustioso dolor. Y del alma de Cristo redunda esa fuerza a su cuerpo.
Hay un lienzo del Renacimiento italiano que -a mi juicio- ha captado todo esto muy profundamente. Representa a Jesús orando en el huerto y al ángel que le conforta. El ángel no se apoya en el suelo sino que está suspendido en el aire -como descendiendo del cielo-, junto a la cabeza de Jesús, que se halla postrado en tierra con las manos unidas en oración. El ángel, pequeño en contraste con la recia figura del Redentor, nos trae la expresión de la ternura. Tiene su rostro vuelto hacia el de Jesús y su mirada y los gestos de su manos parecen como una intención de ayuda y de confirmarle: ¡Ánimo! ¡Es la Voluntad amorosa del Padre! ¡Es la salvación de la humanidad! Esa criatura que le conforta en aquel momento describe, al mismo tiempo, el símbolo de la potencia de Jesucristo en aquella «hora» en la que todo lo humano se ha vuelto contra Él. Y no mucho después, cuando se presente «el que me ha de entregar» y Simón Pedro (cfr. Jn 18, 10) inicie un intento de resistencia, Jesús, con plena serenidad, le dirá: ¿Piensas que no puedo acudir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? (Mt 26, 53). Acudir a mi Padre... ¿Pidió Jesús al Padre la compañía del ángel ya que se la habían negado los hombres?...
Meditando sobre esta intervención en Getsemaní resulta en efecto inevitable que se escape el pensamiento a los discípulos dormidos. Jesús se dirigió a los tres para encontrar consuelo y cercanía, porque era perfectus homo, y el hombre, por razón de su naturaleza, de ordinario anhela, mientras le aflige el dolor, la compañía de sus semejantes, especialmente de los amigos. Jesús también procedió así y no recibió respuesta. Nos ha golpeado fuertemente esa soledad en las consideraciones anteriores. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). Los suyos no son los ángeles. El Hijo eterno de Dios se hizo hombre, no ángel. Los suyos somos nosotros: los hombres y las mujeres, con los que quiso compartir la naturaleza humana. Y lo que no le ofrecen los hombres, ni siquiera sus amigos, se lo ofrendan estas criaturas celestiales, que se gozan en cantar sin tregua la felicidad de la Santidad divina, en la que conocen la grandiosa razón de su existencia.
Aquel ángel del Cielo debió descubrir en Getsemaní un insospechado horizonte de cómo la Santísima Trinidad ama a sus criaturas. Al ser testigo de tan preciosa entrega de su Creador, resonaría en su inteligencia -con un nuevo esplendor- el clamor angélico: quis sicut Deus?, ¿quién como Dios? Tan indescriptible se reveló la bondad infinita de Dios, que el ángel, que bajó para fortalecer y consolar, tornó al cielo asombrado de la fuerza con que el Redentor amaba al Padre y a la humanidad.
4.¡Qué bondad la del Cielo con nosotros! No éramos aptos para entrar en posesión de la Vida divina, antes de que el Salvador nos abriera las puertas, y los ángeles, ya en el Nacimiento de Jesús, recibieron el encargo de anunciar al pueblo elegido que el Emmanuel había descendido a la tierra. Con esa tarea continúan ahora, aunque olvidamos con frecuencia sus mensajes. El ángel que acompañó a Jesús en el Huerto de los Olivos nos recuerda el papel de estas criaturas celestiales en la economía de la salvación.
Pensemos, ante todo, en el Ángel Custodio de cada uno de nosotros. Si por la flaqueza personal -¡tan acusada!-, nos vemos inhábiles para ir tras el Señor, en los momentos de nuestro Getsemaní individual o de la Santa Cruz que el Cielo quiera confiarnos, dirijámonos a tan buen compañero para que nos asista y nos empuje a la fidelidad. Nos atenderá en esas pruebas con seguridad y pericia, recordándonos oportunamente que Cristo consumió su vida por nosotros, y que con esos requerimientos que tanto nos cuestan nos está invitando a no abandonarle en el huerto y en el camino real de la Cruz.
Con la intervención de los ángeles, que tan hondamente impresa conservan la imagen de Cristo identificado con la Voluntad del Padre, aunque su cuerpo estaba deshecho, también nosotros sabremos poner el corazón, la voluntad y la inteligencia ubi vera sunt gaudia,donde se encuentran los verdaderos goces. Roguemos a estos fieles Custodios que nos mantengan en vela, aunque todo y todos, a nuestro alrededor, se suman en el sueño. No pasemos nunca por alto el auxilio que nos tienden.
Un segundo punto. Los ángeles están siempre en la presencia del Señor y, por eso, guardan una peculiar relación a todos los Sagrarios del mundo, en los que se reserva la Sagrada Eucaristía. Estos Tabernáculos son el centro de cada templo cristiano y constituyen por sí mismos un foco de atracción para todos los creyentes. Desplazarnos físicamente al templo para adorar a Cristo en el Sagrario, cuando nos resulte factible, debería ser algo muy presente y necesario en nuestra vida ordinaria de cristianos, como debería serlo también el hábito de trasladarnos -con la imaginación y con el amor más intenso- al lado de este don infinito que es Cristo presente en la Hostia Santa. Si tratamos a nuestro Ángel Custodio, él nos guiará hasta el Sagrario para orar y adorar.
Nuestro Dios nos ha dejado muy hacedero este dichoso deber, esta honra de ser sus íntimos, y desgraciadamente ¡con qué facilidad lo olvidamos! De nuevo, con vergüenza y con dolor, no nos queda más remedio que admitir que, como los apóstoles, también nosotros -los hombres y las mujeres de hoy- habríamos desertado vilmente en Getsemaní.
Acojamos con profundidad esta lección del Evangelio de san Lucas; aunque el Señor no precisa de nuestro ánimo, reclama ahora que no desaprovechemos la ocasión de manifestarle que no nos evadiremos. Espera la decisión firme de no negarle el consuelo de nuestra compañía, de la afirmación personal de nuestra fe a toda hora. Y el ángel de Getsemaní nos lo recuerda.
Mucho podemos aprender y admirar de estos seres, porque estamos convocados también a convertir nuestra vida corriente en una continua alabanza al Creador y Redentor. Supliquémosles que intercedan por nosotros y que nos alcancen la ventura de asimilar que merece la pena gastar la existencia -sin recortes- en servicio de tan inigualable Dueño. Es misteriosa y, al mismo tiempo, fascinadora la misión de estas criaturas espirituales: dar gloria a la Santísima Trinidad incesantemente y, anclados en esta dicha, colaborar a que los hombres y mujeres gustemos de las cosas divinas y en éstas pongamos nuestro afán.
Getsemaní y la comunión de los Santos
5. Quien se introduzca con ojos de fe en la oración del Huerto de los Olivos, difícilmente dejará de advertir los santos lazos que, con la venida de Jesucristo, unen el mundo con el Cielo. Lo confirman todos los pasos que hemos ido meditando, y ahora esa providencial presencia del ángel que consuela al Redentor. ¿Cabe en este drama imaginar la ausencia de la criatura angélica que, en veneración reverente, alaba sin interrupción a su Creador? En todo caso, el ángel de Getsemaní nos habla de esa realidad fundamental de la economía de la gracia que llamamos «Comunión de los Santos», esa misteriosa comunión de las tres divinas Personas con los ángeles y con los hombres que está en la esencia misma de la Iglesia fundada por Cristo.
Además, la asistencia a Jesús paciente confirma cómo los bienaventurados se llenan de felicidad por la oblación de los justos. Por eso, los cristianos, que nos sabemos hijos de Dios en Cristo, poseemos una firme y alegre certeza de la intercesión de quienes gozan de la Trinidad -ángeles y hombres-, y de modo más concreto de la de aquellos que nos han amado en la tierra. Aquí gastaron por nosotros al menos parte de su vida; y con más motivo su plena unión con Dios en el Cielo continuará atendiendo o protegiendo a quienes ellas y ellos sirvieron en el mundo.
Se despliega de forma admirable e inagotable el tesoro de esa fuerte unidad de la Comunión de los Santos. Si nos santificamos a través de cuanto realizamos mientras somos viadores, y esa tarea se caracteriza también por el corazón limpio con que queremos a los demás, carecería de lógica que esos amores, requeridos a los cristianos, se truncan cuando las almas pasan de esta tierra al Cielo.
Regocijémonos por el amparo de quienes no estuvieron unidos por lazos de sangre, o de amistad, recemos por su eterno descanso y querámosles en justa correspondencia. Se dilatará así nuestra caridad y ahondaremos en el mandamiento de la Ley de Dios: amar al prójimo como a nosotros mismos. Percibiremos con gratitud la necesidad de los demás que nos apremia siempre, lucharemos para que no nos resulte indiferente ninguno, y no nos negaremos a prestar a los otros la colaboración más desinteresada. Al vislumbrar cómo Jesucristo nos ama y cómo desea que le correspondamos, se presenta con su esplendorosa luz el mandatum novum (Jn 13, 34), y la oración del Unigénito para que estemos unidos en Él, como Él está unido al Padre (cfr. Jn 17, 21-23).
Inunda de consuelo y de esperanza esta unión del Cuerpo Místico de Cristo. Con el auxilio de la gracia, no pondremos los ojos en una afirmación personal, sino en este Dios -Uno y Trino- que nos expone las grandes dimensiones que adquiere nuestro corazón si estamos en Él y con Él vivimos. Mirando al ángel de Getsemaní, criatura del Cielo que atiende con amor a la Humanidad doliente de Jesús, se expresa de otro modo la comunión tan estrecha que trae consigo la gracia. ¡Qué alegría debería brotar en los corazones! Porque, aun siendo cada uno de nosotros tan poca cosa, no nos faltan las condiciones para esta posibilidad de dar consuelo a muchas personas y de sabernos queridos por quienes viven en Dios.
Como todo esto no supone en absoluto conquista nuestra, sino don misericordioso del Señor, alimentemos el santo orgullo de la fe católica y difundamos a nuestro alrededor esta atadura santa que -sin quitarnos la libertad- nos une estrechamente al Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo y a la humanidad de todos los tiempos.
¡Qué hermosa es nuestra fe católica!2 Es la Verdad de Dios, que Dios mismo, por medio de su Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo, ofrece a todos los hombres. Por eso, el Hijo de Dios, al querer que la fe palpite en nuestras almas, se acerca delicadamente por medio de nosotros a las gentes que no le conocen. Nunca ponderaremos suficientemente esta singular confianza de Dios en sus hijos, ni tampoco la gran responsabilidad que entraña; los cristianos somos portadores de una gran riqueza: la caridad y la unidad de Cristo. Podemos descubrir algo de esa grandeza al considerar cómo la caridad llena el alma y cómo al difundirla entre los demás, lejos de disminuirla o de perderla, aumenta en nosotros y en ellos. Cada momento de nuestro día abre espacio a ese ruego de Getsemaní: vigilate!, que refleja lo que Cristo hizo por nosotros.
La agonía de Jesús en el huerto
6. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Jesús está acompañado por el ángel, enviado de lo Alto, que le da apoyo y consuelo; Él, postrado en tierra, dirige su oración al Padre (cfr. Jn 18, 10), que ya le ha escuchado: es la segunda plegaria de la que nos habla san Mateo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. El Redentor está en total obediencia y en la más completa concordia con la Voluntad del Padre: no se haga mi voluntad, sino la tuya. El Padre le ha «escuchado» y aparece, como muestra del amor del Padre, la compañía y el consuelo del ángel. Precisamente en esa situación, san Lucas relata que Jesús entra en agonía.
Agonía -ya lo dijimos- es la expresión de este evangelista para designar el indescriptible sufrimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos y para comunicarnos que ese sufrimiento lo estaba viviendo en medio de un combate: eso significa agonía, la palabra griega original, que ha pasado a nuestra lengua castellana; define la pelea intensa, a fondo, con todas las fuerzas, en medio de una angustia mortal. Así actuó Jesús en Getsemaní. El enemigo con el que luchaba era Satanás, superado y derribado en las tentaciones del desierto, pero que, llegada la «hora» -el «momento oportuno» de que nos había hablado el propio san Lucas (cfr. Lc 4, 13)-, osaba otro ataque a Jesús con la «tentación» definitiva y terrible: de nuevo pretendía apartarle de la Voluntad del Padre, de su misión mesiánica, de la Redención. Nos conviene, sin embargo, considerar que la Voluntad del Padre comportaba, a la vez, para nuestro Redentor ese sufrimiento moral y físico, indescriptible, que le angustiaba, y en el que se apoyaba el tentador para desviar a Jesús. Era un combate «agónico», es decir, hasta el final, hasta la muerte: Tristis est anima mea usque ad mortem (Mt 26, 38). Y el Maestro lo afrontó con una única arma: la oración, una oración filial y totalmente adherida a la Voluntad del Padre, hasta la victoria final y la Redención del Género humano. La agonía de Jesús en Getsemaní fue el combate de la oración. Por eso, san Lucas nos describirá ese carácter «agónico» puntualizando que, en ese diálogo con el Padre, Jesús prolixius orabat: oraba cada vez con más intensidad.
Debemos ahora contemplar el mensaje, la llamada, la enseñanza que este modo de actuar de Nuestro Señor, abatido de manera tan fuerte en el huerto, tiene hoy para nosotros.
La agonía de Cristo y el morír de los cristianos.
7. Jesús entró en agonía y oraba con mayor vehemencia. San Lucas nos presenta la actitud heroica del Redentor como entrega total de amor al Padre y de amor salvador a la humanidad pecadora, mientras se encuentra hostigado por la tentación. En esta misma línea se desarrolla la pelea por la santidad del cristiano consciente de su fe: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. El Redentor traza, bien definidas, las pinceladas que componen el cuadro del comportamiento cristiano (Jn 15, 20). La vida se desenvuelve en una lucha noble por servir a Jesucristo, tal y como se nos revela con el ejemplo de tan buen Maestro en el huerto, con esa manera impresionante, en su dimensión agónica, guerreada hasta la muerte. Hay que repetirlo sin cansancio y sin rutina: los hijos de Dios, siguiendo al Señor, han de entablar sus luchas con filial oración; más aún, transformando la pelea de la propia existencia en combate de oración, con optimismo, con paz.
En esta perspectiva se aprecia qué rara y expresiva profundidad se esconde en nuestro lenguaje ordinario cuando, a esa fase terminal de la enfermedad en la que la persona se encamina a su propia muerte, la calificamos como agonía. Estamos cerca del enfermo, queremos visitarle, y nos comunica un pariente, el médico, una asistente: está muy mal, «ha entrado ya en la agonía».
Cada uno se encamina hacia la muerte. Statutum est hominibus semel mori (Hb 9, 27), todos atravesaremos ese umbral que -con esperanza segura- nos abrirá las puertas del Cielo para recibir el inefable abrazo eterno de la Santísima Trinidad. Allí contemplaremos para siempre la Esencia divina, en una felicidad inigualable que no cesará ya. Pero no olvidemos que el momento de la agonía -como toda existencia- es un combate que necesita apoyo y compañía -oración-, no de unos discípulos dormidos, sino de hombres y mujeres vigilantes que nos transmitan, como el ángel a Jesús, palabras de plena adhesión a la Voluntad de Dios. Con todo, ese instante lo afrontaremos en la más radical soledad, cara a Dios, cara al Padre del Cielo, y ya desde ahora pedimos que entonces sepamos unirnos más a Cristo en su agonía de Getsemaní para sentir así la fuerza del Espíritu Santo. No temamos ese momento porque Él nos sale al encuentro.
Precisamente por eso debemos prepararnos para ese término -¡que será feliz, si no nos separamos de Dios!- con una conducta cotidiana llena de oración. Cuando se acude a las autoridades de la tierra no se descuida el protocolo: pues... seamos consecuentes con lo que significa la cita sobrenatural a la que estamos convocados. En Getsemaní, Jesucristo repasa sus años terrenos y los mira con una incomparable proyección: dar gloria y satisfacción al Padre, en el amor del Espíritu Santo, ofreciéndose -por nosotros y con nosotros como prenda que repara la caída.
El desgarrón de la muerte, con esa conducta trenzada por la oración, se convierte en un paso -todo dulzura y amistad- para abandonarse en las manos de Dios. El Maestro, en medio de aquella indescriptible tragedia, experimentó el gozo de que su Humanidad Santísima se aprestaba a recibir la plena glorificación celeste que le correspondía como expansión de esa intimidad filial, constitutiva de su Persona, con que gastó sus días en honor del Padre y con la que entonces se disponía a vivir la Pasión y la Muerte.
Su diálogo no era sólo súplica ni mera petición; penetraba totalmente en el designio eterno, volviendo al Padre con el asentimiento más absoluto, que cristalizaba en la conversación de su meditar a solas, Él con el Padre muy amado. Era esa intimidad y ese coloquio la forma con la que Jesús batía al tentador y rechazaba la tentación.
Hagámonos cargo de que toda alma prendada de Dios -ha sucedido a lo largo de la historia y sucederá hasta el final de los tiempos- desea adentrarse activamente, mediante las palabras y los afectos, en la unidad de la Trinidad Santísima, como el Hijo del Hombre en Getsemaní. Con qué anhelo querríamos aprender del abandono de Jesús. Pero erraríamos si lo tradujéramos como pasividad. Aquel abandono fue colaboración responsable en los planes divinos. No soportó estoicamente la carga; Jesucristo quiso y amó positivamente la Pasión y Muerte porque así lo había establecido el Padre celestial. El Redentor actuó con la certeza de que aquel designio era lo único que convenía a la humanidad: ¡cuántas gracias deberíamos dar a diario!
El Salvador acudió a esa cita, para la que venía preparándose desde que abrió sus ojos humanos, con la energía de su entrega cotidiana, que le hizo Hostia pura, santa, inmaculada, aceptable al Cielo.3
Conscientes del ejemplo del Señor, que se apresta al supremo Holocausto, y de que vivir es morir un poco cada jornada,4 no descuidemos la costumbre de ponernos a diario en las manos del Señor, con la disposición de alma con la que nos gustaría combatir esa agonía, cuando llegue ese momento ineludible. Con esta práctica adquiriremos una visión más ecuánime. Porque, al final, el sentido de la vida quedará enmarcado por el tono sobrenatural conferido a lo que nos ocupa en cada instante.
Valoraremos entonces en su dimensión trascendente los diversos pormenores del caminar terreno, y entenderemos que todo tiene importancia para Dios, como nos anunció al manifestarnos que ni un solo cabello de nuestra cabeza cae en tierra sin su consentimiento (cfr. Lc 21, 18). Y ya desde ahora entendemos, con una nueva claridad, que el combate optimista de la existencia debe centrarse en el combate de una oración, que a imitación de la de Jesús, queremos que sea progresivamente más intensa.
Rezar con mas intensidad
8. Detengámonos ahora precisamente en esa intensidad de la oración de Jesús que san Lucas nos describe con la frase tan frecuentemente meditada por los cristianos: prolixius. Jesús prolixius orabat, oraba con mayor intensidad. ¡Qué hermosamente se complementan los evangelistas! Mateo y Marcos refieren que el Maestro repetía en el huerto las mismas palabras. Hemos admirado ahí su constancia y su perseverancia inquebrantable en la oración. Qué necesidad tan grande sentimos de esas virtudes para orar como desea el Espíritu Santo que recemos, sin desanimarnos por la sequedad o el tedio interior que sólo nos permite una palabra o una petición monocorde; pero que, merced a la constancia del Señor en el huerto, imitada por nosotros, se convierte en oración muy grata al Cielo. San Lucas, por su parte, nos describe la perseverancia del Maestro -en el clima de ese esforzado combate como fruto de una manera de orar y de luchar que era cada instante más intensa. Es el mismo Espíritu Santo el que, al inspirar a los escritores sagrados, ha dispuesto que se narraran en el Evangelio estos detalles de la oración del Señor en el huerto. Son parte esencial del mensaje divino que hemos de escudriñar, para que no se repita en nosotros aquel doloroso: in mundo erat (...) et mundus eum non cognovit (Jn 1, 10).
Dios estableció que, a la hora de la prueba, atribuyamos valor primordial a la vida del espíritu, que transmite también vigor al cuerpo y al carácter. Aunque en torno al Salvador se abrió el vacío de sus hermanos, y se palpaba el sufrimiento de la Pasión, Él insistió con más profundidad en la plegaria: fue precisamente ahí donde percibió el consuelo y donde recibió la confirmación de cuál era la Voluntad del Padre.
El orar prolixius muestra con qué entereza gozosa abrazó el querer divino. Su alma es el foco de donde los hombres recibimos la luz que nos orienta para alcanzar la salvación. Demanda Jesús que añadamos a su Sacrificio la purificación personal, abrazándonos a la Santa Cruz, que Él nos ofrece, aunque acogerla nos acarree un esfuerzo titánico y brote del yo una primera reacción de rechazo, que podemos seguir experimentando incluso después de haber aceptado ese encargo y de estar llevándola a plomo.
Jesucristo rezó en la esforzada oración de Getsemartí con asombrosa intensidad, tanto por el tiempo como por la dedicación de sus potencias. No existía otra actitud, porque no hay Cruz santa sin oración, ni oración sin Santa Cruz. Las dos se fundieron en el amor, que impulsó al Redentor, siempre con más fuerza, a conducirse como el Hijo muy amado, que cumplía sin fisuras el designio divino.
Repasemos nuestra conducta personal a la luz de ese prolixius de la plegaria de Cristo en el huerto. Quizá nos toca, por desgracia, reconocer que recurrimos a este trato con Dios sólo a la hora de la urgencia; y entonces, con prisa e impaciencia, emprendemos esa senda con la exclusiva finalidad de alcanzar lo que nos apremia. Pretendemos salir del atolladero para refugiarnos quizá en nuestra comodidad.
No iba en esa dirección el prolixius que testimonia san Lucas. Indica, por el contrario, el esfuerzo por asumir los planes del Cielo. La Pasión que se presenta ante el Señor requiere ese prolixius, porque hay que acatar la prueba con una adhesión que se adentra hasta lo más hondo de las entrañas, para que el alma y el cuerpo amen gustosamente ese Sacrificio.
La voluntad humana de Jesucristo desarrolló su plena capacidad para ejecutar fielmente cuanto el Cielo le reclamaba. Junto a la admiración ante este esfuerzo, llama poderosamente la atención la súplica vehemente y reiterada de su concentración física y espiritual para identificarse con los detalles y cargas de ese plan salvífico.
No lo deberíamos olvidar. Dios sale perseverantemente al encuentro de las criaturas, proponiéndonos con su Providencia las sendas que nos dirigen a Él. Nos invita a comportarnos como protagonistas conscientes en el recorrido hacia la propia santidad, con el gran aliciente de que nuestra generosidad emplazará a otros para asumir -tras una conversión heroica, si es preciso- una postura auténticamente cristiana en su caminar hacia Dios.
Por lo tanto, si la vida del cristiano debe componer un tejido bien trenzado de oración, el compromiso de rezar y de marchar al compás de Dios ha de ejercitarse con mayor perseverancia en las ocasiones cruciales. En estas circunstancias, el prolixius sirve de cañamazo para hilar una conducta seria y coherente.
Oración heroica
9. Cristo no podía interrumpir su diálogo con el Padre, en el Espíritu Santo. La vida de Jesús, y la que ha señalado a los suyos, rebosa oración, que se acentúa en los momentos exclusivamente dedicados al trato con Dios Padre. Jesús prolixius orabat. Más larga y profundamente rezaba, en medio del dolor y de la prueba.
Prolixius: pone el Redentor en su plegaria, enteramente, todos sus sentidos y potencias, hasta el extremo de sudar sangre. ¿Aprenderemos de esa intensidad para nuestra oración? ¿Aprenderemos a no desertar cuando cuesta?
Prolixius orabat: si todo lo acabó bien (cfr. Mc 7, 37), si no hubo en Él la mínima falta y todo lo suyo fue del agrado del Padre (cfr. Jn 8, 29), ¡qué ardiente debió de brotar esa plegaria, cuando el evangelista le aplica el adverbio prolixius! El Espíritu Santo lo inspiró al autor sagrado, para que nos decidamos diariamente a atribuir importancia capital a la oración, y a la oración bien hecha, poniendo todas nuestras fuerzas en esa pelea de amor.
Se retiró para orar prolixius, intensamente, sin excusas de ningún género: de modo que el alma, sin anonimato, ni consuelos externos, se enfrentara cara a cara con Dios y siguiera el ritmo trazado por el Padre.
Oró prolixius, intensamente, en súplica por la humanidad. Cristo no podía fracasar, porque era -¡es!- Dios, el Hijo eterno de Dios; tampoco podía fracasar como Hombre, porque secundó cuanto el Cielo había fijado.
Oró prolixius, intensamente, repitámonoslo, por la humanidad: para que cada uno en su oración diaria no se aleje del deber de corredimir, de crecer en ese diálogo, de no conformarse con un rezar simplemente piadoso: tiene que ser heroico. Y aunque a menudo nos asalte el sueño y sintamos serpear en el alma la cobardía, hemos de reaccionar una vez y otra, y seguir de nuevo a Jesús, quizá «de lejos, pero despiertos y orando. Oración... Oración» ...5
Acicate para la esperanza
10. Las horas de Cristo en Getsemaní alumbran como un potente haz de luz para el cristiano. Decía santo Tomás de Aquino que la oración de petición era interpretativa spei.6 La plegaria es efectivamente, en el hombre, la muestra por excelencia de su esperanza de ser escuchado y atendido por Dios. La oración del huerto, con ese acento tan peculiar de san Lucas en el combate agónico y en la intensidad de la oración, ilumina y fortalece la esperanza del cristiano que se expresa en una oración perseverante e intensa, dos rasgos del diálogo filial de Jesús que relucen de manera tan especial en el Huerto de los Olivos.
La perseverancia vigilante del Maestro nos interpela sobre el tono de nuestra meditación, que ha de jalonarse en la virtud de la esperanza durante la jornada. La Trinidad Santísima, como anuncia el Salvador, no se resiste a la petición que se abandona en su cuidado providente. La seguridad de que Dios no nos desampara, y nos brinda los medios necesarios para la santificación -aspecto fundamental de la esperanza-, se traduce en una recia constancia en la oración, que ha de construirse con generoso ahínco, como la de Jesús.
El Maestro no necesitaba ampararse en la esperanza, pues su vida era amor perfecto de unión con el Padre, llena del Espíritu; pero nos abrió el camino para ejercitarnos en esta virtud santa, que alienta a recurrir sin desmayos a Dios. La esperanza motiva al alma para ser asidua en el trato con la Trinidad, convencida de que, ante la imposibilidad o la debilidad, el poder divino es el asidero para afrontar los problemas grandes o pequeños de la existencia. Esperar en el Señor, rezar con esperanza, entraña recurrir confiadamente a su refugio, como causa de salvación: causa salutis æteræ (Hb 5, 9). Este esperar en Él conduce al verdadero abandono, a ponerse gozosamente en sus manos, con la certeza de que su gobierno es la mayor seguridad.
Con una filial oración de esperanza en Dios se hace la luz en la inteligencia y en la voluntad, aunque sólo sea por la confianza en que nada se resiste al Señor, deseoso de escucharnos, pues su misericordia perfecta no se desinteresa jamás de sus hijos indigentes. Lo prometió con una fórmula sugestiva y eficaz, que ya hemos traído a nuestra consideración: ni un cabello de la cabeza cae sin su consentimiento (cfr. Lc 21, 18). Afirmar que la salida más airosa y firme en nuestra lucha radica en ese esperar en la gracia significa apoyarse en la Providencia, que sólo programa el bien para los hombres, aunque esté revestido de Cruz; pero ha de ser una esperanza activa, que busca al Señor con insistencia y no cesa de clamar porque aguarda su auxilio con toda seguridad.
Jesucristo se encarnó precisamente para recorrer nuestros caminos. Nada más revelador en esta línea que ver a Cristo hombre dirigiéndose al Padre para implorar su asistencia. Invoca, pide, ruega como nosotros, y le urge que pase esa angustia y se acabe esa mala hora. Divisamos hasta dónde llega esa confianza, pues en seguida, sin cesar de instar, ama ardorosamente la Voluntad del Padre.
Fomentemos en la vida interior la virtud de la esperanza, que viene a ser otro modo de estar con Dios, como aparece bien claro en la escena del huerto. La esperanza del cristiano nunca será indiferencia, sino recurso al Cielo para realizar con perfección cuanto se nos proponga. Una persona confiada alimenta la paz en sí misma y a su alrededor, aunque se alce grande el problema que deba afrontar, pues cuenta con la sólida base de que no se le escapará la victoria por la gracia divina.
Sudor de sangre
11. La angustia mortal que embargaba el alma de Jesús durante aquellas horas terribles tiene una impresionante expresión en el tercer Evangelio. En medio de aquella intensa oración agónica, a Jesús le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo. Más literalmente, como de coágulos o grumos de sangre. La palabra griega, transliterada a través de la medicina, ha pasado a nuestro lenguaje castellano ordinario: trombos, eso es lo que significa a la letra el texto de san Lucas, que, como bien sabemos, era médico y con frecuencia en sus dos libros -el Evangelio y los Hechos- alude a cuestiones médicas. El sufrimiento de Jesús en Getsemaní fue de tal magnitud y excepcionalidad que provocó este raro fenómeno: sudar sangre. Sangre de Cristo que brota en su rostro y cae sobre la tierra, sangre que es otra -o la idéntica- manifestación del «sí» renovado de Jesús al plan redentor del Padre y que se derrama ya en remisión de nuestros pecados, anticipando la Cruz.
¡Preciosa Sangre del Redentor! Fomentemos el anhelo de ahondar en este santo Sacrificio. Realmente contrista la dureza de corazón cuando no nos hacemos cargo de que nuestra conducta ha supuesto la Muerte ignominiosa de Jesucristo en el Madero.
Un sacerdote muy de Dios consideraba que los cristianos «hemos de llenarnos de vergüenza, porque también nosotros somos ahora el pueblo escogido por Dios Nuestro Señor, y ¡cómo nos portamos! Desde que recibimos el Bautismo, y el Espíritu Santo se aposentó en nuestras almas, somos -como enseña san Pedro- genus electum, linaje escogido; regale sacerdotium, un sacerdocio real; populus acquisitionis, el pueblo rescatado por la Sangre de Dios, qui aliquando non populus, nunc autem populus Dei (1 Pe 2, 9-10), que antes ni siquiera era un pueblo, y ahora es el pueblo de Dios. Somos los escogidos de Nuestro Señor y, sin embargo, hacemos sufrir a Cristo. En Getsemaní está pensando en la traición de Judas, en la ceguera de los sacerdotes y del pueblo de Israel, sí; ¡pero contempla también tus traiciones y las mías! Es tan grande su dolor, que le sobreviene un sudor como de gotas de sangre que chorrean hasta el suelo. Los médicos afirman que esto puede ocurrir sólo cuando el sufrimiento es inmenso. Jesús suda sangre por amor nuestro, hijos míos. Y todo esto, ¿por qué? ¡Por la enormidad de nuestros pecados!, ¡por la ruindad de nuestras miserias!, ¡por la bajeza de nuestra deslealtad!
»Sin embargo, por grande que sea nuestra vileza, hemos de considerar que una sola gota de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo podía borrar nuestros pecados, y todos los que se han cometido y se cometerán a lo largo de la historia, comprendido el de Judas. Por eso recuerda san Pablo: empti enim estis pretio magno (1 Cor 6, 20), habéis sido comprados a gran precio; habéis costado toda la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, cuando hubiese bastado una sola gota... Si Jesús, previendo su Pasión, permite que la parte afectiva de su alma sufra hasta el extremo de provocar el sudor de sangre, es para mostrarnos la magnitud de nuestros pecados y el exceso de su amor infinito».7
Cualquier persona de bien que observe con objetividad los platillos de la balanza de la salvación personal, ganada por Jesucristo, no puede por menos de asombrarse ante el contenido radicalmente opuesto de ambos. De un lado, las maldades de la humanidad, que no seríamos capaces de exponer, aunque nos dedicáramos a tan triste tarea durante toda la existencia: esta penosa realidad constituye un índice de la gravedad horrible del lastre que hemos echado sobre las espaldas de Cristo. De otro lado, en el platillo que nos redime, apreciamos el peso santo de la misericordia divina, que viene a confirmarnos que el Señor, ante los pecados, se acerca más a cada uno, y nos ama más porque nos ve más necesitados. Como escribió san Agustín, «todos los hombres (...) pudieron venderse a sí mismos, pero no fueron capaces de redimirse. Llegó el Redentor y pagó el precio: derramó su Sangre, y compró con esa Sangre el orbe de la tierra».8
Verdaderamente, apena comprobar que, con un discurso necio y malvado, las criaturas seguimos optando por la ruina personal. Al pecar, al no rechazar decididamente el pecado, escogemos la soledad más amarga, como si no deseáramos la amistad de Dios. Por desgracia, aunque sintamos dolor por las miserias personales, cada una y cada uno tiende a comprenderse, a autojustificarse, aduciendo el peso del ambiente, el cansancio, la debilidad... Bien nos consta que «esos motivos» no pasan de excusas vanas, pues difícilmente nos detienen esos obstáculos cuando nos empeñamos en lograr algo que nos apasiona de veras; y nada debería apasionarnos más que la santidad, el afán de estar siempre con Cristo.
Con igual propiedad, se nos debe aplicar la descripción de Israel que Yahvé pone en boca del profeta: pueblo de dura cerviz (Ex 32, 9). Contemplando a Jesús en Getsemani, que suda de dolor goterones de sangre, ¿qué más cabría pretender de Dios? ¡Nada! Pero nos afecta poco ver que suda sangre; un fenómeno que sólo extraordinariamente se verifica entre las criaturas, motivado por el propio sufrimiento; en cambio, Jesucristo asume un dolor que tiene su origen en causas completamente ajenas. En Él no había espacio para el pesar, ya que era impecable (cfr. Jn 8, 46); tampoco para la pena. Sabemos -basta leer el Evangelio- que vino a servir (cfr. Mt 20, 28) y que todo lo hizo bien (cfr. Mc 7, 37).
A Jesucristo no le corresponde hacer penitencia por algo propio, puesto que pertransiit benefaciendo: nada personal debía purgar y, sin embargo, quiso lavar con su sangre hasta el defecto más minúsculo de sus hermanos de todos los tiempos.
Aunque no faltan reacciones cínicas de malhechores irreductibles, suele ser más normal la figura del hombre destrozado por sus crímenes, una vez descubiertos: aterra a ese delincuente lo que le corresponderá pagar, pierde el orgullo altanero de criminal y le asalta el temor de la sentencia que dictarán contra él. Cristo no temió ni sufrió por la pena en sí -amó la Cruz, aunque le costó-; padeció y sudó sangre porque sobre sus espaldas cayó el pavor de sus hermanos los hombres; sólo al final de los tiempos entenderemos mejor la enorme gravedad de nuestras culpas y la fuerza liberadora de la Santa Cruz.
Gastar la vida por el señor
12. «Jesús, solo y triste, sufría y empapaba la tierra con su sangre. De rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración.»9
¡Qué eficaz y gráfica fue la oración de Jesús en el huerto! Cuando todos le abandonaron, Él rezaba. Y, como para dejar constancia de su amor a los hombres y al mundo, empapó la tierra con su Sangre limpia y santa.
«¡Oh, buen Jesús, benigno Señor! -exclama una alma enamorada al contemplar este paso de la vida de nuestro Señor-. ¿Qué aflicción es ésta tan grande? ¿Qué dolencia es ésa que así os hace sudar gotas de sangre? La dolencia, Señor, es nuestra; mas Vos tomáis el sudor de ella. La dolencia es toda nuestra; mas Vos recibís las medicinas. Vos padecisteis la dieta que nuestra gula merecía, cuando por nosotros ayunasteis. Vos recibisteis la sangría que nuestros males merecían, cuando vuestra preciosa sangre derramasteis. Vos también tomasteis la purga que a nuestros regalos se debía, cuando la hiel y el vinagre bebisteis; y Vos ahora tomáis el sudor, cuando, puesto en esa mortal agonía, sudáis gotas de viva sangre. Pues, ¿qué os daremos, Señor, por esta manera de remedio, tan costoso para el remediador y tan sin costa para el remediado?»10
Pidámosle reciamente que nos enseñe a rezar con esa trascendencia; que comprendamos que hemos de purificar lo que está sucio y hemos de reconducir a Dios las actividades y trabajos de la tierra. Aunque experimentemos el dolor de la incomprensión y de la soledad, perseveremos en la oración, dando nuestra sangre sobrenatural y humana, gastando la vida por Él.
Esto es lo que hicieron, al pie de la letra, los mártires, que entregaron su vida hasta la efusión de la sangre, asociándose plenamente al sacrificio de Cristo. Se realiza así la aseveración de san Agustín cuando escribía que el Señor, «prefigurando, sudó sangre por todo su cuerpo, dando a conocer que en su cuerpo, es decir, en su Iglesia, había de ser derramada la sangre de los mártires. Así como por todo su cuerpo brotó sangre, del mismo modo su Iglesia, que cuenta con mártires, la derramó por todo su cuerpo».11
No es obstáculo la debilidad humana
13. El relato de la oración del huerto, en san Lucas, comienza directamente con la invitación a la oración vigilante dirigida a los once: Orad para no caer en tentación (Lc 22, 40). Tras mirar cómo reza Cristo, y sabiendo que su invitación a que le acompañemos en la oración es siempre actual, se impone a nuestra conciencia el carácter imprescindible que asume este medio, este coloquio con Dios, en la espiritualidad cristiana.
La angustia física, que le cuesta Sangre -que derramará hasta la última gota en la Cruz-, no provoca en el alma de Jesús la dispersión del dolor y mucho menos el alejamiento de su Padre. Como hemos meditado continuamente en estas páginas, el dolor, la angustia, la agonía le echan con más fuerza en los brazos del Padre. Descubrimos así que los posibles dolores físicos o morales que aparezcan en nuestro caminar constituyen en realidad ayudas para orar con Cristo -vigilate mecum- más y mejor.
La oración del huerto ocasionó a Jesucristo sudores de sangre. Resulta completamente imposible a la criatura alcanzar la grandeza de un Amor tan extremo. Sólo estamos en condiciones de vislumbrar una partecica si nos adentramos en su Amor, capaz de cargar gustosamente con la escoria de la humanidad, y si meditamos su espléndido ejemplo de donación. Nuestro Maestro, sumido en cuanto hombre en la debilidad de la agonía, es a la vez Dios Todopoderoso, con un poder lleno de equilibrio y de paz.
Cuando una persona recibe un gran revés en su existencia y se ve abandonada de los suyos, que le aíslan y le desprecian, suele comentarse: «todavía no se ha rehecho». Por una soledad mayor pasó Jesucristo, y supo rehacerse, ofreciéndonos su amor y devolviéndonos amistad por desprecio, protección y afecto por abandono.
El Redentor, en la persona de sus apóstoles, invita desde Getsemaní a toda la humanidad a una vigilia de oración: quiere, por el misterio de su amor, hacernos corredentores en el momento mismo en que Él, sólo Él, nos redimía. Desde la piedra de aquel monte en que prolixius orabat busca Jesús a todo hombre que llega a este mundo y espera, de cada uno, una respuesta personal.
En el Huerto de los Olivos le consoló un ángel: señal externa clara de que su Padre Dios le oía; pero aun así no cesó de implorar, pendiente del Cielo: nada para Él, todo -con la fuerza del Espíritu Santo- para el Padre, por las almas. Gracias, Dios mío, porque nos has manifestado de modo diáfano que la debilidad humana, los temores o angustias, jamás constituyen obstáculo para la piedad.
Adentrase mas en la intimidad divina
14. La gratitud al Señor resulta incomparable con la generosidad de su ejemplo: de sobra lo conoce Dios, que no nos lo echa en cara; nos pide únicamente que pongamos cuanto esté de nuestra parte, sin rebajas. Por eso, orando con Jesús en el huerto, se comprende que de ningún problema o pesar -espiritual o físico- que pueda sobrevenir a la criatura se retrajo Él. En las pruebas duras que afrontó, el diablo salió derrotado; pero el Señor no eludió esas cargas: la Trinidad Santísima dispuso que Jesús, que era y es con el Padre y el Espíritu Santo dueño y señor de la vida, completara su triunfo con el paso por la muerte. Cristo, en la agonía de Getsemaní «recapituló», concentrada en el alma, su futura Pasión y Muerte.
Afirmó de nuevo su cercanía con todos, sin alejarse de nosotros en este trance; más todavía, en su afán de que ninguno se considerara marginado, escogió la muerte más ignominiosa. Acertadamente se ha descrito la figura de Jesús en la Pasión como un «retablo de dolores»,12 ya que, a lo largo de la historia, nunca se ha vertido sobre un hombre tanta saña y, a la vez, tanta indiferencia. Su muerte santa supone evidente consuelo para los que, si miran con fe al Crucificado, yacen olvidados en el último camastro de un hospital, o mueren en las más tremendas situaciones de abandono y miseria, carentes de la mínima atención y de afecto. Cristo vuelve, de algún modo, a sufrir en ellos (cfr. Mt 25, 42-43).
Fuera de la Virgen, de las santas mujeres y del adolescente Juan, incapaces de auxiliarle, la muerte del Señor a manos de los hombres fue observada con displicencia por la mayoría de los presentes. Inmenso trauma debió de ser para el Mesías la evidencia de que hasta los sentimientos de bondad que anidan en la criatura humana más cruel no se levantaron para compadecerle durante ese suplicio.
Con penosa fuerza se alzó la prepotencia desordenada del pecado, que degrada el alma y el cuerpo de los que ofenden al Señor. Roguemos a Dios que crezca en cada uno el ansia de contrición. Frente a los males propios o ajenos, alimentemos la urgencia de desagraviar. Si procedemos así -auténtico deber para el cristiano-, alcanzaremos el beneficio de la purificación y del discernimiento de lo que nos aleja de Dios, por poco que sea.
Detalles pequeños asumen una gran categoría cuando se ama con sinceridad. En la oración de Jesús en el huerto no hubo ni un momento de pausa, como subrayan los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo. No se conformó el Paráclito con referirnos que pasó la noche en oración. Puntualizó la intensidad y la perseverancia del Maestro. San Mateo y san Marcos nos hablan de su constancia y de su perseverancia en la oración al decirnos que oraba una vez y otra con las mismas palabras, mientras se tornaba más duro el sufrimiento. San Lucas, por su parte, nos habla de la intensidad con que Jesús afrontó aquellas horas: el prolixius orabatque hemos meditado.
La narración evangélica apunta así el estilo de conducta del cristiano, que se caracteriza como un continuo volver al Padre por medio de la oración. Las peticiones al Dios Uno y Trino, en quien depositamos nuestra confianza, no resultarán nunca tediosas ni reiterativas; al contrario, al perseverar, las luces del Cielo brillan siempre nuevas, estimulan a descubrir la trascendencia de los designios divinos y a sumergirnos más y más -prolixius- en las cosas de Dios.
Entre Jesucristo y el Padre media un Amor infinito, ajeno a los decaimientos. El rico contenido de los gestos y las palabras reiteradas puede escapar a quienes aman de modo superficial. Pero nuestro Redentor, también en cuanto hombre, amaba como deseaba el Padre y respondía al mandato de Dios: con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Mc 12, 30). Por eso, el fracaso de la Cruz fue sólo aparente y se convirtió en el verdadero triunfo histórico de la humanidad, en Cristo, y para la humanidad.
Oración de unión
15. En Getsemaní resplandece -doliente- la Humanidad santísima del Redentor. También por esto cuesta al alma cristiana poner fin a la contemplación de la plegaria de Jesús. La súplica de Nuestro Señor se desgrana insistente. Persevera en medio de su dolor, acogiendo íntegramente la Voluntad divina. La llevaba en su alma, y, como Hombre, la fue asimilando, pues su Vida era un constante fíat! Dice la Carta a los Hebreos que Jesús, aun siendo el Hijo, aprendió por los padecimientos la obediencia (Hb 5, 8). Una obediencia hasta una muerte capaz de satisfacer y de expresar el Amor infinito de Dios por la humanidad. Tanto amó Dios al mundo, canta el apóstol Juan, que le entregó a su Hijo unigénito (Jn 3, 16). Getsemaní fue, en la experiencia de Jesús, la cumbre en la incomprensión humana de la Voluntad divina y una concentración de la Pasión y la Muerte que se le avecinaba. Fue también cumbre de Amor, en la que podemos vislumbrar la infinita predilección que la Trinidad nos dispensa.
Retengamos por un momento esa insistencia de trato con el Padre, a quien Jesús se confía movido por el Espíritu Santo. Aquellas horas «agónicas» -llenas de esfuerzo- fueron perfectamente agradables a Dios Padre. Sudó sangre como anticipación de la entrega que consumará en la Cruz. Así nos redimía y, a la vez, nos explicaba de manera plástica e inolvidable que, si con Él deseamos cumplir el holocausto que nos unirá a la Trinidad, hemos de prepararnos con una oración habitual, intensa, esforzada, aunque el cuerpo y el alma paladeen la sequedad y el hastío.
Y aprendamos nuevamente de la solicitud de Jesucristo por sus hermanos. Apreciaremos así que aquel resistirse, sin negarse, fue experimentado por el Redentor en los instantes más divinos, en la consumación del Sacrificio, para que entendamos un argumento capital. Dios -Padre, Hijo y Espíritu Santo- cuenta con nuestra pobre debilidad, como con las limitaciones de la naturaleza humana que asumió Jesucristo. Esas indigencias no sirven de excusa ni constituyen un atenuante; al contrario, si las ponemos ante un Dios tan solícito por nosotros, nos concederá la asistencia oportuna para superar toda prueba, colocándonos delante de los ojos la figura de Jesús en Getsemaní, que agrada al Padre con su plegaria esforzada y sufrida, porque entrega toda su Humanidad sin rebelarse contra esa carga. ¡Qué contraste con nuestra rebeldía!
Paz y seguridad: conmoción y angustia
16. Cristo orante transmite paz, seguridad, amabilidad. Y, simultáneamente, conmoción y angustia, por su tristeza y dolor. Paz y seguridad, porque Él nos alcanza del Cielo los bienes que nos traen alegría y plenitud; porque el Salvador se allegó a lo nuestro -lo bueno y lo malo- para enaltecerlo o para sanarlo, y su petición fue escuchada; porque Él rezó por nosotros, y aplicó su Vida entera, cuando hubiera bastado un solo gesto; porque se ocupó de lo que no podemos llevar a cabo nosotros, aunque nos empeñáramos con los mejores esfuerzos; porque confirió nuevo relieve a nuestra vida aun en los aspectos más triviales; porque podemos amar limpiamente, dominando con su gracia las pobres pasiones; porque jamás decaerá su promesa de entrega sin límites a cada uno.
Al mismo tiempo nos afligimos con angustia y conmoción porque nuestros pecados personales le han arrastrado a ese sufrimiento; porque permitimos que nos domine la tentación y volvemos a ofenderle; porque le ignoramos o manifestamos groseramente que no nos importa su dolor; porque despreciamos neciamente su amor y su asistencia; porque nos cansamos de mirarle, de imitarle, de seguirle; porque preferimos el entendimiento con el diablo a su amistad; porque le dejamos solo cuando abandonamos a los que sufren y padecen en la tierra; porque la contrición personal por los propios pecados no es proporcional a la ofensa; porque le maltratamos, le insultamos ¡a Él!, que se ha dedicado a traernos el bien; porque, si de nosotros dependiera, seríamos capaces de preferir la miseria a la gracia, manchando y desvirtuando este don divino.
¡Qué contrastes entre el Maestro y los discípulos! Entre la entrega y el amor de Jesús, y la capacidad de dejarle y de dormirnos que tenemos nosotros. San Lucas nos dice a este propósito una palabra que no podemos pasar por alto. Habían asistido a aquella inolvidable cena pascual, en la que Jesús les confió que ellos eran sus amigos: Vosotros sois -les había manifestado poco antes- los que habéis permanecido junto a mí en mis tribulaciones (Lc 22, 28). Y al entrar en el huerto, les brinda el consejo mejor: orad para no caer en tentación. Están todos juntos: Jesús y los once. Es entonces cuando Jesús se aparta del grupo como a un tiro de piedra para recogerse más profundamente en oración. Pero san Lucas no señala -como Mateo y Marcos- que se apartó, sino que se arrancó de ellos; expresión en la que podemos ver una manifestación de cómo amaba a sus amigos y cómo le costaba -con la angustia que pesaba sobre su alma- apartarse de su compañía. Debe forjarse en nosotros el propósito práctico, expresión de amor al «Amigo que nunca traiciona»: responder diariamente de modo afirmativo al grito del Maestro: vigilate et orate (Mt 26, 41), y cuidar con esfuerzo esa oración cotidiana en diálogo con Jesús: vigilate mecum.
Oración esforzada por amor
17. ¡Qué horas, Señor nuestro, tu noche en Getsemaní! Fueron las tuyas unas horas de oración reciamente ensangrentada, en la que el cuerpo se adhirió a las potencias de tu alma, para que del corazón brotara un diálogo y una entrega total.
Nada, en efecto, distrajo al Maestro en la conversación con el Cielo. Impartió una elocuente lección de cómo concentrarse en la vida de piedad, para acometer luego audazmente las diversas acciones en el nombre de Dios. También aquí escuchamos al Señor, que nos manifiesta, como a la mujer samaritana: si scires donum Dei! (Jn 4, 10). Si supierais quién es el que os dice vigilate mecum... Si los hombres ahondásemos en quién es nuestro Interlocutor, no desdeñaríamos el esfuerzo intelectual y físico, y nos doleríamos profundamente por tanta negligencia cotidiana en este deber de rezar.
Con la imagen de Jesús postrado en Getsemaní se evidencia hasta qué grado han de ejercitarse las facultades del alma y del cuerpo para adaptarse a la Voluntad de Dios; en ese rezo ejemplar, Jesucristo vuelve a predicar haciendo, benefaciendo(cfr. Mc 7, 37), sometiéndose con entereza y por completo a los planes de su Padre celestial.
Exauditus pro sua reverentia, leemos en la Carta a los Hebreos (5, 7), como haciendo memoria del drama de Getsemaní: Él, nuestro Redentor, fue escuchado por su piedad filial. En su plegaria se apoya la nuestra. Si tratamos a Dios sin desmayos, pasando por encima del yo, sacaremos recursos nuevos para superar la indigencia de cualquier tipo que sea, y acometer esas empresas divinas que superan nuestra capacidad humana. Cobra actualidad el estimulante grito del apóstol: si Deus nobiscum, quis contra nos? (cfr. Rm 8, 31). Si Dios está con nosotros, ¿quién y qué nos detendrá? La Escritura Santa y la Historia de la Iglesia muestran cómo se cumplen esos «imposibles» a los ojos de los hombres.
Roguemos continuamente al Salvador que nos introduzca en su escuela de oración, la escuela de Getsemaní, que nos transporta, de manera inmediata, en la práctica de una oración porfiada y confiada. Persuadámonos de que, con el afán de conocer y tratar más a las tres Personas divinas, la fatiga se supera y la criatura se adentra en la identificación con Jesucristo, un don que no admite paralelo con ningún bien de la tierra.
Poder de la oración
18. Nos ha mostrado el Maestro -Él, que no puede mentir- el incomparable poder de la oración. En Getsemaní nos ha hecho patente que es un combate, un combate agónico que cuesta, en ocasiones por la sequedad que lo acompaña, y a veces por las graves resoluciones que nos pide el Señor. Lo ha refrendado con su acción y con la promesa solemne de que nuestro Padre del Cielo escucha la plegaria de los que se reúnen en nombre de Jesucristo y se afanan sinceramente en imitarle (cfr. Mt 18, 19).
Así lo confirman el Antiguo y el Nuevo Testamento al narrar las victorias del pueblo elegido mientras batallaba al compás de las invocaciones a Yahvé; o cuando hombres y mujeres arrancaban con sus ruegos los milagros portentosos del Maestro. También en nuestro tiempo abundan los testimonios de quienes han emprendido epopeyas titánicas con el fundamento de una fe rezada y vivida.
Poder de la oración. La fuerza de la plegaria, efectivamente, además de mover la Voluntad del Cielo, transmite la certeza de contar con la ayuda poderosa de Dios en las luchas por seguir a Cristo y buscar la santidad.
Poder de la oración. Si oramos sin tregua, escuchando a Dios, doblegaremos la resistencia del yo para emprender los pasos de gigante que requiere la tarea de corredentores.
Poder de la oración: ¡recemos! Y la Trinidad Beatísima transformará a cada uno de nosotros en el instrumento, fiel y libre, que tiene pensado desde la eternidad.
1. Misal Romano, Lunes de la V semana de Pascua, Colecta.
2. Cfr. san Josemaría, Camino, n. 582.
3. Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I.
4. Cfr. san Josemaría, Camino, n. 737.
5. San Josemaría, Santo Rosario, I misterio doloroso.
6. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 17, a. 2.
7. A. del Portillo, Notas de la predicación, 9-1V-1977.
8. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 95, 5.
9. San Josemaría, Santo Rosario, I misterio doloroso.
10. Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, cap. 20.
11. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 93, 19.
12. Fray Luis de Granada, Vida de Jesús, cap. 24.