CAPÍTULO IX
Finalmente, va junto a sus discípulos y les dice: ya podéis dormir y descansar... Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar (Mt 26, 45-46).
Exultante en el espíritu
1. Finalmente... Con estas palabras concluye la narración de san Mateo sobre la oración del huerto. Desde el versículo 47, el evangelista relata ya el Prendimiento.
Jesús ha terminado su oración y regresa por tercera vez junto a los discípulos que había llevado consigo más de cerca: Pedro, Santiago y Juan. De nuevo se encuentra -y nosotros con Él, al meditar la escena- ante el sueño de los apóstoles, que hemos considerado ya en capítulos anteriores. En la primera ocasión, el Maestro los reprende por su actitud, dirigiéndose de manera muy directa y personal a Pedro: Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? (Mc 14, 37). En la siguiente, refiere el evangelista que aquellos hombres tenían los ojos cargados de sueño y no sabían qué responderle: de esta manera, san Marcos (14, 40) explica la incomprensión intelectual y afectiva de los discípulos, ante el misterio de Cristo que les había sido revelado en aquella angustiosa noche: lo que veían y oían en la oración del Señor no los movió a ellos a orar, sino a esa tristeza (cfr. Lc 22, 45) que los introdujo en el sopor hasta dormirse.
Ahora, en este definitivo regreso, es otro el panorama. Jesús, que se presenta con el rostro ensangrentado por aquel sudor de que nos ha hablado san Lucas (22, 44), está exultante en su espíritu, lleno de fuerza y decisión en sus actos. La angustia del alma por la tentación ha quedado atrás. La victoria ha sido total en su agonía. El combate de la oración ha concluido con un triunfo. En ese diálogo filial y entregado -en medio del sufrimiento y del abandono de los hombres-, la experiencia del amor del Padre, que le ha escuchado -Padre [...] yo sabía que siempre me escuchas (Jn 11, 42)-, y el amor ilimitado a su Voluntad cambian la tristeza y el dolor en serena decisión. Pero mientras Él, entre súplicas y lágrimas (cfr. Hb 5, 7), pasa de la angustia a la victoria, los tres apóstoles se dormían más y más. Él los halla sumergidos en un profundo sopor. Ahora, la reacción del Maestro se nos muestra muy distinta: Ya podéis dormir y descansar, les dice.
No hay aquí ironía en el Señor -nada más impropio en aquel dramático momento-, sino queja delicada hacia sus amigos, e incluso una forma de ternura y de perdón. Como si les comentara: os había pedido que velarais conmigo y me acompañarais en la oración. Apenas lo habéis hecho y habéis permitido que os domine la tristeza y el letargo. Me habéis dejado solo, y cuando yo os necesitaba, dormíais. Pero ahora, que he acabado mi oración al Padre, ya podéis dormir y descansar. Mi alma estaba turbada y le rogaba al Padre que me librara de esta hora. Pero ¡para esto he venido! (cfr. Jn 12, 27). El Padre me ha escuchado y ha glorificado su Nombre. Y cuando Yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). Por eso, yo deseo con toda mi alma, por vosotros y por todos los hombres, beber el cáliz quem dedit mihi Pater (Jn 18, 11). Ya se acerca la hora. Mientras, podéis dormir y descansar.
Afán de expiación
2. El contexto de las palabras de Jesús según san Marcos, que son idénticas a las de san Mateo, dan base para que algunos exegetas las entiendan en forma interrogativa: ¿Aún podéis dormir y descansar? (Mc 14, 41). El sentido es sustancial-mente el que estamos contemplando, pero aquí los vocablos de Nuestro Señor sobre el sueño de los discípulos parecen más directamente en relación con los que aparecen después. Es como si Jesús manifestara: ¿Cómo podéis dormir habiendo llegado ya «la hora», y cuando el traidor está a la puerta? Antes podría explicarse, pero ¿ahora? Queda implícita en san Marcos la victoria en el combate librado en la oración y más manifiesta aún su consecuencia: la decisión -y la pena de abordar a solas «el momento» terrible, que finalmente ha llegado.
Tampoco aquí hay un reproche, sino lamento fraterno y la dolorosa comprobación de que le han abandonado hasta el minuto final. Esta paciencia del Maestro y el cáliz que se dispone a sumir estimula a confiar en su misericordia y a consolarnos también cuando no hemos sabido perseverar a su lado, siempre que a Él volvamos. No se aleja de ninguno, a pesar de la pena que le causa nuestra indiferencia.
Ha escrito san Josemaría Escrivá: «¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey! » El Señor, como buen Pastor, abrió su Corazón, los sentimientos de su alma, también para que nos veamos interpelados, convocados a participar en el camino que Él emprendió y consumó por nosotros. La respuesta ante su insistencia fue -y es todavía ahora- la que con triste realismo transmite el texto evangélico: ¡dormidos!
Al crearnos, el Señor nos sacó de la nada; al recrearnos con la gracia nos sacó de la negación y de la abulia. Y los hombres le ignoramos. La actitud de los apóstoles -que adoptamos nosotros con frecuencia- escondía el miedo al sacrificio. No caben términos medios en el drama de la Redención. Apartarse de Jesús esboza ya una forma de unirse al coro de los que gritan: ¡crucifícale! (cfr. Mc 15, 14). Simón y los otros hicieron un intento violento de defender a Jesús cuando acudió la chusma a prenderle, pero no era ésa la fraternidad y la compañía que Jesús les había solicitado. Podría el Señor haber repetido de nuevo a Pedro: Eres escándalo para mi, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres (Mt 16, 23). No quería Jesús que sus discípulos le apartaran de «la hora» -eso es lo que pretendía el demonio, el tentador: ¡ésa era la tentación!, en la que los discípulos, por no unirse a la oración de Jesús, habían caído-, sino que le asistieran en aquella «hora» para que no fuera tan amargo el cáliz que había de beber.
¡Imposible de expresar la dimensión de su amor cuando abrazó el sufrimiento para sanar a los que somos tan ingratos! Sufrió para presentar a Dios Padre el amor que no logramos ofrecerle y ahí incluyó nuestro pobre afecto. Escogida por su libre voluntad la senda del sufrimiento, y aceptada como voluntad del Padre, la recorrió con entrega total. Los hombres se limitaron a contemplar la tortura. Ninguna ejecución mortal -por cruenta que sea- se asemeja a la Pasión de Cristo, que superó la frontera más lejana que pueda imaginar la mente. No es cuestión de comparar muertes y muertes, suplicios y suplicios que se han verificado en la historia de los hombres. No es tanto la cuantificación física de la tortura -demostrándose tan impresionante- lo que nos da noticia del amor y del dolor de Jesucristo. Nos ayuda a atisbar las dimensiones de aquella agonía la contemplación, desde la fe, de quién era el que sufría y la causa de su sufrimiento. Reconocido el aspecto tan terrible e infame del suplicio de la Cruz, lo que volvía máximo -en expresión de Tomás de Aquino- aquel dolor se centraba concretamente en su motivo, a saber, la mole inmensa de los pecados de los hombres, especialmente la de aquellos que Él había llamado «mis amigos». Con su magnanimidad y misericordia purificó lo que la perversión de la criatura desgraciadamente se empeña en inventar.
Dirijámonos a Jesús paciente, para que despierte nuestro afán de expiar. Si no, corremos el riesgo de abandonarle. Hemos de pasar por encima de los respetos humanos, índice de comodidad; hemos de superar la compasión por nosotros mismos, porque impide al Espíritu Santo cristificarnos, y no podremos pregonar la riqueza de la Santa Cruz ni anunciar la misericordia divina.
Imploremos a Jesús paciente que nos contagie sus ansias redentoras, sin victimismo, ya que Él es la única Victima. A cada uno corresponde fomentar esos afanes diarios de expiación por el pecado: no lo consideremos ajeno, pues de haber sido más rezadores y más penitentes, habríamos obtenido del Cielo más gracias operativas para nosotros mismos y para las almas; gracias eficaces para desarticular las artimañas tramadas por Satanás.
Confiemos a Jesús paciente que ansiamos que cale en nuestra alma un profundo espíritu de penitencia; lo anhelamos porque nos interesa desarrollar la capacidad de amor que el Señor ha depositado en nosotros. Movidos por la acción del Espíritu Santo, arranquemos toda manifestación de amor propio desordenado, de complacencia en nuestro pobre yo, de inclinación a la comodidad. Tratemos de entender, con san Josemaría, que el dolor es la piedra de toque del amor,2 de un amor que se enraíza en la generosidad de la expiación activa y pasiva.
Una última consideración en este punto. Si tenemos la mirada bien fija en Jesús paciente, los que nos sabemos hermanos de Jesucristo, ante los genocidios -intelectuales, físicos, morales- de la historia de la humanidad, o ante los crímenes terribles que en este mundo «globalizado» se cometen a la vista de nuestros ojos, no nos podemos quedar inactivos ni conformarnos con una palabra de repulsa. Los cristianos descubrimos en esos abusos, de manera muy especial, la Pasión y Muerte del Señor, que provoca en el alma la necesidad de la reparación y del desagravio, y una entrega activa, generosa, a la causa de la paz en el mundo.
Amistad sincera de Jesús
3. Nosotros, sus amigos, le abandonamos y Él -nos dice la Escritura Santa (Hb 2, 11)- non erubescit fratres vocare,no se avergüenza de llamarnos hermanos; también a los que nos vemos como un desecho, como una plétora de fracasos. Cuando sacude la pereza somnolienta de los discípulos, al Señor le mueve su misericordia divina: Yo a cuantos amo reprendo y corrijo (Ap 3, 19). Quiere Jesús mostrarnos de manera diáfana que, con la corrección y la reprensión, no nos excluye o discrimina, aunque hayan sido muy grandes las miserias personales. Con la grandeza de su amor divino, con el arrastre de su amor humano, sale en busca de cada una y de cada uno, como un amigo, un hermano, una madre y un padre. Advirtamos de qué manera tan espléndida pone ante nosotros su amistad sincera; la brinda gratuitamente, porque ni la merecemos ni estamos a la altura de tan preciosa dádiva. Él se abaja para divinizarnos, salvando el barranco de la horrenda caída del pecado y de la naturaleza manchada.
Conmueve, en efecto, la noble pasión de amistad con que se nos acerca, permitiendo que entremos en su intimidad: Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo (Ap 3, 20). Detengámonos, mientras meditamos el drama de Getsemaní, en su decisión de no avergonzarse jamás de llamarnos hermanos y de tratarnos como amigos fraternos.
¡Cuántas manifestaciones en aquel huerto! No escondió ante los apóstoles su flaqueza para beber hasta el borde el cáliz amargo, para asumir la prueba del total anonadamiento (cfr. Flp 2, 7). Con naturalidad, porque respondía al modo humano de ser, buscó afecto o, al menos, la mirada de solidaridad que, horas más tarde, encontrará en la Santísima Virgen. Cuando volvió a ellos esta tercera vez y los encontró dormidos no brotó en Jesús ni un asomo de indignación. Más bien, el Señor -con él perdón y la ternura- envolvió la pasividad de los apóstoles, a los que defendió y pidió que les permitieran marcharse cuando finalmente fue detenido (cfr. Jn 18, 8).
Pero no conviene olvidar que el Maestro deseaba, en medio de su angustia, contar con aquellos tres amigos queridos, sus apóstoles predilectos. La plegaria del Redentor, prolongada y perseverante, teñida por el esfuerzo y por el sufrimiento, con sus idas y venidas hacia los suyos, nos hace comprender de modo visible que, cuando nos afecta el dolor y el esfuerzo, Jesús cuenta con nosotros. Como afirmaba san Josemaría, a través del dolor o de la Cruz en nuestra vida podemos descubrir que «es Cristo que pregunta por nosotros»,3 que nos interpela con su amor redentor para que nos identifiquemos con Él y en Él seamos corredentores.
No debe, pues, extrañarnos que el dolor y el sacrificio se hagan arduos y hasta insoportables, al tiempo que avanzamos en la convicción de que el cáliz que el Padre nos ofrece es fruto de su amor, y estamos en condiciones de beberlo a pesar de su amargura.
Sin falsa autocompasión, mucho menos con victimismo, vivamos un auténtico espíritu de comunión y no ocultemos las pruebas a quien dirige nuestra alma, ni tampoco las disfracemos en el trato con esas personas capaces de entender la responsabilidad fraterna de colaborar en las luchas de los demás. ¡Qué admirable resulta la pedagogía del Maestro en Getsemaní! Sabía muy bien que Él y sólo Él es el Cristo, el Redentor. Pero luchó, yendo y viniendo entre los olivos, para que los apóstoles se unieran a su sacrificio y a su oración: vigilate mecum. Únicamente con esa inserción en Cristo, el hombre recibe la Redención que nadie más que Jesús consigue; por eso, Él, urgiéndolos a aquella comunión en el dolor, anhelaba simultáneamente que aquellos hombres -¡sus amigos!- se enreciaran y percibieran con hondura que, para amar y servir a los demás, será siempre preciso el sacrificio.
Hasta el último momento
4. Jesucristo intentó remover a los suyos hasta el último momento. Acudió con su extraordinaria bondad hasta cuando se oían ya los pasos del traidor. En esos instantes de trágica tensión no perdió el Maestro su admirable paz y su honda comprensión. No había cesado de golpear con amabilidad la conciencia de los discípulos somnolientos. Y ahora, en este definitivo regreso, el dormid y descansad nos muestra en realidad, como hemos considerado ya, una forma de situarlos ante la vigilia imperativa en que se adentraban. Siempre se ocupó Jesús de «despertar» a aquellos hombres; no los tuvo por cosa imposible. Apunta así una enseñanza clara para nosotros: la verdadera virtud no se cansa, se hace más fuerte ante la debilidad propia o ajena.
El Señor manifestó de modo evidente su gran paciencia. Nosotros debemos ejercitarnos también en esta virtud. Desterremos la falsa excusa de que no podemos, de que crece más grande la mole de las miserias personales que la capacidad de reacción. No caigamos en la penosa justificación de que arrastramos mucho tiempo de pelea, que hemos probado todo y, sin embargo, salimos derrotados con increíble facilidad.
En primer lugar, convenzámonos de que el Señor acude a nuestro encuentro perseverantemente. Si actúa así, sin que le invoquemos, en medio de nuestro «mal sueño», ¿qué no hará, si alzamos la voz como Bartimeo (cfr. Mc 10, 46-47)? Antes de aceptar cobardemente nuestra visión pesimista, preguntémonos si hemos llamado al Maestro con la tenacidad y la fe de aquel ciego. Bartimeo no había presenciado ninguno de los prodigios operados por el Rabí. Le habían contado maravillas, pero él no podía valorarlas. Sin embargo, a pesar de su insignificancia -era un mendigo y le insistían en que se callara- clamó y clamó con perseverancia: Iesu, Fili David, miserere mei. Y Jesús escuchó al mendigo ciego: ¡Llamadle! La ternura de Cristo: ¿qué quieres que te haga? Bartimeo: Señor, que vea. Y Jesús, el que ha venido a servir a todos, le curó: tu fe te ha salvado.
Clamar a Cristo. Clamar más. Luchemos contra las debilidades, expongámoselas con más fe, y el Señor nos oirá y atenderá. Es mucho más grande, inconmensurable, su infinita y amable omnipotencia que nuestra miseria. No nos cansemos en la lucha personal porque, ciertamente, con Él, possumus!, como Juan y Santiago (cfr. Mt 20, 22), aunque los dos no sabían lo que aseguraban; o como Pablo, que lleno de agradecimiento canta la fortaleza que el Señor le prestaba (cfr. Flp 4, 13).
Por otro lado, paciencia con los demás. Esta virtud no debe faltar jamás en un cristiano. Miremos y remiremos este ir y volver del Maestro al Padre y a los suyos. Actuaba así porque le constaba perfectamente que le necesitaban, como nosotros; y no esperó a que le llamaran. Se presento en una y otra ocasión, siempre con gesto acogedor.
Animémonos a obrar de este modo a la luz de esta comprensión del Maestro. La paciencia, que nace del ejercicio de la caridad y de la fortaleza, no asume sus más auténticas características si no nos interesamos por los detalles de las almas. Hemos de ser capaces de apoyar y de formar, no de soportar -como si de un peso extraño se tratara-, hasta gastar como el Maestro la propia vida por los demás.
Un reproche amoroso
5. Ya podéis dormir y descansar... No es una censura del Maestro, comentábamos, y mucho menos una ironía. Cristo, muriendo de amor en la Cruz, dirige a la humanidad un reproche de amor: «Amo tanto a Cristo en la Cruz, que cada crucifijo es como un reproche cariñoso de mi Dios: ... Yo sufriendo, y tú... cobarde. Yo amándote, y tú olvidándome. Yo pidiéndote, y tú... negándome. Yo, aquí, con gesto de Sacerdote Eterno, padeciendo todo lo que cabe por amor tuyo... y tú te quejas ante la menor incomprensión, ante la humillación más pequeña... »4
La oración en Getsemaní anticipa ese reproche amoroso que se extiende por el mundo desde el Calvario. Quiere Él que nos percatemos de que únicamente estaremos en condiciones de llegarnos a la Cruz, y gozar allí de su perdón, si sopesamos nuestra vida en la oración, momento muy apropiado para contemplarla en su dimensión auténtica: sólo se demuestra válida en la medida de su identificación con Cristo paciente.
En aquella noche quedó ya patente el anonadamiento de Cristo, que asumió sobre su ser impecable nuestras equivocaciones. ¡Qué amor tan grande por la humanidad el de la Trinidad Santísima! Sus delicias -aclama la Escritura (Prv 8, 31)- son estar con los hijos de los hombres. Sólo ese amor explica el misterioso decreto divino de Redención del hombre, trazado por el camino de la Encarnación del Hijo: asumió el dolor humano, hasta tal punto que en la oración del huerto atravesará la angustia y el trallazo de una terrible agonía que le hizo probar sobre Sí el peso de nuestras ofensas y pecados. Realmente se saborea lo que se reza en la liturgia: Ave, Rex noster: tu solus nostros es miseratus errores !,5 oh, Rey nuestro, sólo tú te has apiadado de nuestros errores. Ponderemos y agradezcamos este perdón divino y observemos que sólo Él era capaz de descargarnos de la deuda que pesaba sobre cada uno (cfr. Hch 4, 12).
Unámonos a esta oración de Cristo en el huerto -¡lo necesitamos!-, rogándole que nos conceda la dádiva de una sincera y profunda contrición: un dolor por el pecado que nazca del amor al Señor. La oración de Jesucristo en esas horas -meditémoslo con frecuencia- constituye otro reproche amoroso, para que nos ejercitemos diariamente en la expiación y el desagravio.
Amor de toda la Trinidad
6. Deliciæ meæ esse cum filiis hominum (Prv 8, 31), recordamos poco antes para contemplar el amor de la Trinidad a los hombres, que brilla con forma eminente en la Encarnación redentora del Hijo de Dios. Efectivamente, en la oración y en el sufrimiento de Cristo en Getsemaní podemos entrever y ahondar -nunca abarcar- la infinitud del Amor divino. Nuestro pecado requirió una reparación que superaba a las criaturas; y a satisfacer esa necesidad acudió libremente el Hijo, ipse subiecit se! (Is 53, 7) -porque quiso-, encarnándose en el seno purísimo de María, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo.
Media una infinita distancia entre las acciones de la Trinidad y las de los hombres; pero en nuestros actos -cuando están ennoblecidos por la gracia del Espíritu Santo, que Cristo nos ha conseguido del Padre- se cumple una prolongación de la acción divina, del Amor del Dios
Uno y Trino al mundo que salió de sus manos. Esta consideración puede revolucionar nuestra vida interior al descubrir cómo nos ha transformado la Redención del género humano que Cristo ha operado: en Él, nos ha alcanzado la condición de hijos de Dios.
Consecuencia: hemos de gastar generosamente la vida dando gracias al Padre, que nos hizo dignos de participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos arrebató del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados (Col 1, 13-14). Es Cristo que pasa, repetía san Josemaría Escrivá del hombre incorporado a Cristo; y eso entraña que Dios Padre, por la gracia del Espíritu Santo, sigue expresándose en el «Hijo de su Amor». Así debe ser el cristiano: una expresión del amor de la Trinidad al mundo, alter Christus para los demás hombres, ipse Christus, como subrayaba san Josemaría.
Pero este movimiento de amor de la Trinidad a los hombres, a través del cristiano, pide concretamente a ese cristiano -a cada uno de nosotros- un retorno de amor agradecido a la Trinidad Santísima, que provoca una ansia de conocer y amar más a las Personas divinas. De alguna manera aparece esta urgencia en aquella reacción del apóstol Felipe en la última Cena, cuando, oyendo hablar al Maestro de su unión con el Padre -nadie va al Padre si no es a través de mí-,dijo a Jesús: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Felipe -le contestó Jesús-, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ve a mí ve al Padre. Como predicó san León Magno, con expresión audaz y formidable, «en Cristo, el Incomprensible quiso ser comprendido».6
Y así podemos advertir en profundidad que todo -conocimiento, amor y retorno de amor-, todo se centra en Cristo. Si el cristiano puede ser, por la gracia del Espíritu Santo, Cristo para los demás hombres, es decir, expresión del amor trinitario al hombre, eso sólo puede adquirir realidad si esa mujer, ese hombre, miran -contemplan- a Cristo con una fe y un amor que les hace «ver» en el rostro de Jesús el rostro del Padre.
Eso deseamos nosotros realizarlo ahora, en Getsemaní, volviendo nuestros ojos, nuestra alma, al rostro ensangrentado y adorable de Jesús, que ha venido a despertarnos por tercera vez de nuestra pasividad e indolencia. ¿Responderemos finalmente? Porque, de lo contrario, podría verificarse lo que se describe en este punto de Camino: «Ese Cristo que tú ves no es Jesús. -Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios... -Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él! »7
La mirada de Jesús
7. Estas consideraciones sobre «ver» y «mirar» a Cristo y al Padre -por la gracia del Espíritu Santo- nos impulsan a detenernos pausadamente en este encuentro final con sus discípulos en Getsemaní, concretamente en la «mirada de Jesús», una mirada que ahora sale de unos ojos amables y de un rostro pacífico ya ensangrentados por el dolor.
¿Cómo sería la mirada de Cristo? San Juan nos habla repetidamente de este modo de mirar a la Virgen Santísima y a los apóstoles; se detiene en la mirada a los dos primeros discípulos, Juan y Andrés, que le seguían (Jesús se volvió, mirándolos; Jn 1, 38); o la dirigida a Simón Pedro cuando conoció a Jesús (Jesús le miró y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa piedra; Jn, 1, 42); o la del encuentro con Natanael, que se acercaba (he aquí un verdadero israelita; Jn 1, 47). Jesús dirigió sus ojos a la Santísima Virgen y a san Juan, los dos al pie de la Cruz (Mujer, ahí tienes a tu hijo, y al discípulo: ahí tienes a tu Madre; Jn 19, 26). Pero son los Evangelios sinópticos los que nos han transmitido tres miradas de Jesús que han pasado a ser célebres en la tradición contemplativa y orante de la Iglesia. Tres gestos que conmovieron a san Josemaría Escrivá, un santo que meditó muy intensamente sobre la mirada de Jesús, «mirada arnabilísima»,8 «ojos de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro» ...9.Una ocurre ante aquella mujer que echó dos moneditas en el gazofilacio del Templo: «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna?»10 (ha echado más que todos... ha echado todo lo que tenía para su sustento; Lc 21, 3-4). La siguiente se recoge en la conversación con el joven rico: Jesús intuitus eum dilexit eum, le miró y le mostró que le amaba (Mc 10, 21), y sin embargo -¡qué contraste la reacción de aquel hombre con la de la viuda del Templo!- rechazó la propuesta del Maestro porque era muy rico. Por último, la mirada de Jesús a Pedro en casa de Caifás: et conversus Dominas respexit Petrum (Lc 22, 61-62): «El Señor convirtió a Pedro -que le había negado tres veces- sin dirigirle ni siquiera un reproche: con una mirada de Amor.»11 Pedro salió fuera y lloró amargamente...
Unas horas antes, Jesús, en el Huerto de los Olivos, en medio de su agonía y de su angustia, también puso sus ojos en Pedro y en los otros apóstoles cuando se acercaba donde ellos estaban: así lo sugieren texto y contexto. La mirada de Jesús era ordinariamente alegre, de amor, pero en Getsemaní su mirada amabilísima estaba repleta de dolor y de pena. Era a la vez implorante. En la mirada, y no sólo en las palabras, se expresaba la necesidad de compañía y de consuelo que tenía Jesús. La mirada de Simón y de los otros -de esto nos hablan precisamente los evangelistas- era, en cambio, somnolienta, la de unos ojos cargados de sueño. Pero esta tercera vez en el huerto volvió a sus discípulos, venía con el alma y el cuerpo rebosantes del amor por la comunión con el Padre en el Espíritu Santo, y su mirada de amor -al despertarlos- era de ánimo y de fuerza ante el momento resolutivo, ante «la hora» que se cumplía: Levantaos. Vamos. Llegó la hora. Estaban latentes en sus expresiones aquellas otras de la última Cena: quien me ve a mí, ve al Padre. En otras palabras: mirar a Jesús y, sobre todo, saber que nos mira. ¡Qué consuelo produce la conciencia real de estar contemplados por Él, con su capacidad de acompañar, de perdonar, de convencer, de exigir! Su mirada convirtió a Pedro en casa de Caifás y la mirada clementísima de Jesús desde la Cruz obtuvo la conversión radical del ladrón que le acompañaba en la crucifixión. Nunca hay motivo para que desesperemos, por profundas que hayan sido las caídas.
Pidamos a Jesús que nuestra mirada no sea tibia, somnolienta, y digámosle con la fe y el amor de san Josemaría: « ¡Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma! »12 ¡Qué distinto será entonces nuestro enfoque y nuestra actitud ante lo que ocurre en nuestro entorno!
Con esa mirada de Cristo aprenderemos a estar pendientes dé los demás, a comprenderlos como nos ha comprendido el Maestro, a disculparlos inmediatamente sin sentirnos postergados ni abrigar nunca una sombra de resentimiento. Si atravesamos alguna circunstancia de marginación o desconfianza, nos ayudará a afrontarla con garbo sobrenatural y humano el pensamiento del amor comprensivo de Jesucristo a sus íntimos, a todos, y brotará del alma la determinación de pagar bien por mal, sin que esta postura evangélica entrañe una renuncia imprudente a proclamar la verdad.
Aquellas idas del Maestro hasta los apóstoles amodorrados evidencian que su amor ignora los raseros de una justicia a secas y discurre por caminos de misericordia. Procede Jesús como los padres o las madres, que acuden cuantas veces sea preciso para «ver», para intuir si los suyos necesitan algo; si pueden aliviarlos en sus dolencias; y siempre actúan con la mayor delicadeza de amor. Cristo puso sus ojos, de mirar amabilísimo, en sus apóstoles, también para despertarlos y animarlos a rezar; y lo hizo con el afecto y la comprensión de una madre, de un padre.
Para ser amigos sinceros
8. Al detenernos en este tercer retorno a los suyos nos quedamos asombrados y agradecidos ante el temple de Jesús y la fuerza de sus palabras. Nos remueve seriamente el corazón su rostro ensangrentado por aquel sudor, aunque con expresión firme, decidida, rebosante de serenidad y de valentía. Cristo, perfectus homo, nos ha ofrecido en Getsemaní una lección completa de virtudes humanas. La mirada de Jesús nos impulsa a ahondar más en su amor y en su amistad: «Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo...»13
¡Gozar de la amistad de Jesús! Causa honda impresión sentir la real cercanía del «Gran Amigo, que nunca traiciona»,14 mientras observamos que se avecina el traidor, a quien en su mansedumbre llamará sinceramente «amigo» (Mt 26, 50). Porque no ha habido ni habrá amigo como Él. Fijémonos ahora en su hacer cuando llega a Simón y a los Zebedeos, y permanece allí, de pie, junto a unos discípulos acurrucados y somnolientos. Se nos viene a la mente todo su caminar por Palestina, desde que los eligió, uno a uno, para que le siguieran: ¡hasta qué extremos se desvivió por los suyos! Y lo mismo por los que iban detrás de Él o le buscaban. Se entregó siempre, para sostener a unos y a otros, y jamás dejó a nadie defraudado.
Jesús es el mejor amigo, que nos atiende, es decir, que se pone enteramente a nuestra disposición. Cuando le escuchamos, ¡qué paz se experimenta con Él! No solamente nos colma con su generosidad sin límites, sino que nos muestra hasta qué punto es sincera su amistad, confiando enteramente en nosotros, a pesar de que le paguemos de modo frecuente con un desengaño.
Consideremos hasta dónde se despliega su generosa y espléndida amistad. Quiso que en el misterio de la Redención entráramos en comunión con Él ¡para ser coprotagonistas! ¿Cómo es posible, entonces, Señor, que aquellos discípulos se abandonaran al sueño en tan grave ocasión? Y yo, ¿cómo soy capaz de dormirme, aunque llamas una vez y otra a mi puerta (cfr.Ap 3, 20)? Desgraciadamente me justifico para no acudir, no ya con mis debilidades, sino con aparentes válidas excusas: con mis trabajos (he comprado un campo y tengo necesidad de ir a verlo; Lc 14, 18); con mis ocupaciones familiares (acabo de casarme, y por eso no puedo ir; ibídem 14, 20)... Trabajo y familia, que forman precisamente el ámbito ¡de la llamada de Jesús y de nuestra colaboración en la Redención ya cumplida! No hemos aprendido a ser amigos del mejor Amigo; nos falta ese darnos sin condiciones, como lo hizo Él, anteponiendo las necesidades de los demás a su inmenso dolor.
Ahora, cuando Jesús ha regresado a los discípulos antes de que llegue el traidor, consumado su combate de la oración mientras dormíamos, nos sentimos emplazados a ahondar en aquellas peticiones del mejor Amigo, dirigidas a cada uno, que entonces quedaron incumplidas, pero que ahora resuenan con fuerza renovada para asimilar así la gran vocación de corredentores, de amigos leales y sinceros. Porque sólo si sabemos ser amigos suyos podremos serlo -verdaderamente y en cristiano- de los demás. En la oración del huerto, la insistencia de Jesús a la vigilancia sin desfallecimientos nos habla amable y machaconamente de este servicio a los que nos rodean.
Momentos de gran actualidad
9. El Maestro salió de aquel duro combate de la oración con el alma llena, como siempre, del Espíritu Santo, perfectamente dispuesto para el Supremo Sacrificio de la Cruz. De ese modo, ya visiblemente patentes los signos del «combate», vuelve a sus discípulos. Él se había preparado a través de una intensa oración a la que desde el primer momento les había invitado también, y a la que apenas correspondieron, pues en seguida caían vencidos por el sopor. En cambio, los enemigos de Jesús no se tomaron reposo alguno. Esto es digno de ser considerado, pues es el contrapunto del sueño de los apóstoles.
Judas, el traidor, y el resto de los conjurados también habían tenido una jornada agitada; entre otras cosas, para no llamar la atención sobre sus proyectos mortales mientras se dedicaban intensamente a organizarlos. Y ya, al acercarse «la hora», movidos por despiadado empeño y a pesar de su cansancio, tramaron su plan infame... mientras los apóstoles «descansaban» irresponsablemente desprevenidos. Se cumplió la palabra de Jesús: los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz (Lc 16, 8).
También en este aspecto el tercer retorno de Jesús, con el traidor a la vista, se presenta muy actual: «Nosotros, los que debíamos estar vigilantes para que las cosas buenas puestas por Dios en el mundo se desarrollaran en servicio de la verdad y del bien, los cristianos nos hemos dormido -¡mala cosa ese sueño!-, mientras el enemigo y todos los que le sirven se movían sin cesar. »15
Efectivamente, cuántas veces en la actualidad los cristianos bajan la guardia o no se deciden a marchar contra corriente y buscan compromisos cómodos con «mundo, demonio y carne», o incluso se avergüenzan del Evangelio (cfr. Rm 1, 16). Entretanto, los que se obstinan en vivir sin Cristo, sin esperanza y sin Dios en este mundo (cfr. Ef 2, 12), no descansan y aprovechan la indolencia de los cristianos para asestar sus golpes al limpio patrimonio de los valores humanos y cristianos.
Esa indolencia toma hoy, muy frecuentemente, la forma de cesión en las exigencias de la fe cristiana y manifiesta una variante del sueño con el que los apóstoles abandonaron a Jesús en el huerto. Tomás Moro, un santo enamorado de la Pasión de Jesucristo, ha escrito con acierto al comenzar su libro sobre la agonía de Getsemaní: «Qué poco nos parecemos a Cristo, aunque llevemos su nombre y nos llamemos cristianos. »16 Si nos identificáramos con Él, ¡qué cambio experimentaría este mundo nuestro!
El Maestro, con su oración en Getsemaní, con su Pasión y Muerte, transformó radicalmente esta tierra nuestra y dejó una impronta indeleble que no han podido borrar los que pretendían y pretenden extirparla, aunque hayan trabajado y trabajen con terquedad para conseguirlo.
El Santo Padre Juan Pablo II, sobre todo en su Magisterio más reciente -a medida que este contraste entre acoso e indolencia aparecía con fuerza agresiva en los distintos ámbitos de la cultura-, ha sido y es, de manera muy especial, Vicario de Cristo, de Cristo en el Huerto de los Olivos, de Cristo que se esfuerza en despertar a los cristianos hoy -como entonces a los apóstoles- para que asuman con decisión y valentía las exigencias personales (individuales y sociales) de la vocación humana y cristiana. Antes de asumir la gran carga del pontificado, cuando en 1976 predicó los Ejercicios Espirituales en el Vaticano, a petición del Papa Pablo VI, el cardenal Wojtyla, hablando de la oración en Getsemaní, comentó: «Cristo nos transfiere esa hora de la gran prueba, que no ha dejado nunca de ser al mismo tiempo prueba para sus discípulos y para su Iglesia.» Y poco después añadía: «La oración de Getsemaní perdura todavía. Frente a cualquier prueba del hombre y cualquier prueba de la Iglesia hay que retornar a Getsemaní para aceptar esa participación en la oración de Cristo Señor. »17 Algunos han querido ver -con razón- en estas palabras una anticipación profética de lo que ahora contemplamos: el Papa que reza con el alma entera y con toda la fuerza de la inmensa debilidad física de su cuerpo.18
Hemos de ahondar, a la luz del comportamiento de Cristo en Getsemaní, en el compromiso que deriva de haber recibido nosotros esta tierra como heredad (cfr. Sal 2, 8) para que la vivifiquemos, devolviéndole su enorme capacidad de esplendor; y de anunciar a las gentes que la tarea generosa y fiel que a todos atañe aquí en la tierra es lugar de paso obligado para la vida eterna, ámbito en el que, según la respuesta de cada uno, se decide el propio destino eterno. Con frecuencia ignoramos -al menos en la práctica- aquella enseñanza de nuestra fe que el Concilio Vaticano II ha querido recordar: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (...). Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. »19
Tiempo del amor perfecto al Padre
10. Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Este versículo del Evangelio de san Mateo desentraña ya de manera directa la significación de este tercer retorno de Jesús a los discípulos. Aborda el tema de «la hora» que hemos meditado en diversos contextos y que ahora aparece como el horizonte definitivo de Jesús. «La hora» señala concretamente la hora de la Redención, de la entrega de Jesús en holocausto por la salvación de las almas: la hora de beber el cáliz quem dedit mihi Pater (Jn 18, 11). Se trata, por tanto, del tiempo del amor perfecto al Padre y a la humanidad. Todo esto se desarrolla, se hace efectivo, en la perspectiva del Corazón de Jesucristo y de su libertad entregada por amor: nadie me quita la vida sino que yo la entrego libremente. Pero suena también, según sus propias palabras, vuestra hora -dice a los que se presentan para prenderle- y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53): la hora del demonio y de los enemigos de Dios y de la salvación de las criaturas, que maniobran para atormentar y matar al Redentor, imaginando que, al quitarle la vida, provocan el fracaso en su misión: Éste es el heredero. Venga, lo mataremos y será nuestra la heredad (Mc 12, 8). Desconocían que, cometiendo ese crimen, exaltaban a Cristo a la gloria.
El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Jesús lo había anunciado en repetidas ocasiones a sus discípulos. La más célebre, en Cesarea de Filipo, después de la confesión de Pedro: Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día (Mt 16, 21). Pero ellos no lo entendían. ¿Cómo es posible ese plan -pensarían- si en Jesús brilla la Omnipotencia de Dios?
Les había hablado antes, durante la Santa Cena, de la traición y del traidor. Juan -el discípulo al que Jesús amaba había podido identificarlo (cfr. Jn 13, 26), pero aun así... todavía no entendían. ¿Cuándo sería esa traición? ¿En el futuro? Quizá podrían evitarla... Y, sobre todo, Jesús la superaría con su poder: le bastaba el movimiento de una mano, una mirada... Ya Simón se lo había sugerido en aquella ocasión de Cesarea de Filipo: ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso (Mt 16, 22). Ni siquiera ahora, en el huerto, se atenían a ese plan divino. Sobre todo porque el «derrumbamiento» de Jesús (cayó por tierra, cfr. Mc 14, 35) -la angustia, la agonía delante de los tres discípulos- debió de provocarle el más completo desconcierto. Perdieron toda visión sobrenatural y se quedaron sólo con sus recursos humanos. Jesús de Nazaret, el Maestro, que caminaba sobre las aguas, al que hasta el viento y el mar le obedecen (Mc 4, 41); el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que expulsa los demonios y resucita los muertos, se les muestra ahora temblando, angustiado, necesitado de compañía y consuelo, postrado por tierra en oración reiterativa y anhelante.
¿Era realidad lo que estaban viendo? No entendían... Jesús les había insistido en que rezasen, pero la plegaria de esos hombres se alzó entonces muy débil y se derrumbaron. No les sucedió como a Jesús, que se «derrumbó» en los brazos del Padre; ellos cayeron en un sopor con el que se excusaban para no mirar y para no sentir aquella terrible y, para ellos, inexplicable realidad. Pretendían no dar crédito a lo que veían, ni oír lo que escuchaban. Jesús se quedó solo con su plegaria, durante horas, ante el Padre: que no se haga mi voluntad sino la tuya. El Padre le escuchó, y Jesús superó el combate de la oración. Ese modo de la Redención respondía a la voluntad divina, se asentó con fuerza invencible en el corazón de Jesucristo. Y lo manifestó triunfante a sus discípulos: Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
Jesús regresa de la oración para afrontar ese trance. Se dirige a los suyos, con el sudor de sangre en su rostro adorable, sereno, porque el Padre le oye. Lo hemos repetido sin sensación de cansancio en nuestra meditación, porque ese rostro y esos ojos de mirar amabilísimo confieren la vida al alma, a nuestra alma. A los apóstoles les confía que ya pueden dormir y descansar. No estaban preparados, por su negligencia, para seguirle de cerca en los sucesos que iban a comenzar. Él morirá por ellos, y por todos los hombres, alcanzándonos el perdón de los pecados. La angustia ha dejado paso en Jesús a una serenidad y a una alegría compatibles con un profundo sufrimiento que aumentará segundo tras segundo hasta que, en la Cruz, entregando su espíritu al Padre, nos entregue su Espíritu.
Judas, el traidor
11. Levantaos, vamos; mirad que llega el que me va a entregar. Con este versículo 46 termina san Mateo su relato de la oración en Getsemaní, y de forma paralela concluye san Marcos (14, 42) en el versículo siguiente -estando él todavía hablando...-; ambos evangelistas comienzan a narrar la acción del traidor y el «prendimiento de Jesús». Muy sugestivas son las siguientes apreciaciones: «Cuando ya Nuestro Señor ha sufrido en su alma todo lo que ha de padecer en el cuerpo, cuando la sangre ha cubierto sus miembros sin que medien látigos, ni lanzas, ni espinas, ni clavos que le sujeten al madero..., viene el beso de Judas, la hora de la Pasión. »20
La súplica de Cristo en el huerto, tan llena de dolor y de angustia, fue una fuente de paz verdadera, porque Él no la perdió. Y también por eso cuidó tan delicadamente de los suyos, y afrontó al traidor y a la chusma con frases de serenidad. Por eso se entregó sin ofrecer resistencia, Él, que podía convocar a legiones de ángeles en su ayuda, y que demostró la debilidad de sus perseguidores derribándolos con la sola fuerza de sus palabras (cfr. Jn 18, 6).
Pero nuestra contemplación, que no quiere salir de la oración del huerto, se encuentra con las últimas frases de Jesús, que expresan el fruto victorioso de su entendimiento con el Padre. Las palabras del Señor indican decisión y vigor: Levantaos, vamos. Cristo, con ese ánimo renovado por el Amor del Padre y la fuerza del Espíritu Santo, dirigió su calor redentor a los discípulos para confortarlos y transmitirles la paz que Él abrigaba. Pero el Maestro se hallaba con el alma atravesada de un dolor indecible y de un amor sin límites cuando, mientras señalaba unas sombras que se adentraban en el huerto, agregó: mirad, ya llega el que me va a entregar. Deseaba preparar a los discípulos para lo que iban a presenciar. Serán testigos de la gran traición. Porque en Getsemaní se consumó la más alta traición de todos los tiempos.
Para seguir profundizando en la oración de Jesús y en la actitud de los apóstoles hemos de detenernos -con el fin de apartarnos decididamente de esa actitud- en la figura del traidor. Describe san Josemaría el drama de Judas con estas escuetas reflexiones: «Entre los que rodean a Jesús hay uno que se encuentra separado espiritualmente de los demás: Judas Iscariote. Ha fallado, sobre todo, en el amor. Si hubiera errado en otra cosa, tendría fácil remedio.»21 Pero no: desde hace tiempo atrás, Judas ha ido languideciendo en su amor al Señor. El discípulo, el amigo, el hombre que ha compartido momentos de gozo y de dolor, el que ha sido enviado por el propio Jesús para atender a la gente y obrar milagros en su nombre, es el que se ocupa de entregar al Maestro. De nuevo conviene resaltar que el hecho de que los suyos le abandonaran y que uno de ellos se prestara a venderle, constituyó una de las espinas más hondas de la agonía de Jesús en el huerto. Aquella terrible puñalada del traidor al corazón de Cristo, al Amigo que nunca traiciona, no surgió de repente, sino que se fraguó en una cadena de infidelidades.
Amice, ad quod venisti? (Mt 26, 50), le preguntará el Redentor. Amigo, ¿a qué has venido? Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del lhombre? (Lc 22, 58). Los comentaristas apuntan que, hasta el último instante, Cristo se afanó en recuperar al discípulo. Ahora -¡y siempre!- la postura de aquel desaprensivo resulta inimaginable por los precedentes de su historia: llamado con idéntica predilección que los otros once por el mismo Jesús, y escogido entre otros muchos que le rodeaban; el Maestro rezó expresamente por él y le confió menesteres de verdadera confianza. La distancia del tiempo no ha empequeñecido la extraordinaria miseria de su acción, hasta el punto de que se utiliza su nombre, en muchas lenguas, para apostrofar a la persona que traiciona: ¡un Judas!
Por lo que narran los Evangelios, no es temeridad pensar que el falso amigo procedió arteramente. Poco a poco destronó de su corazón al Maestro, al punto de no rechazar el atrevimiento de juzgar torcidamente las acciones misericordiosas del Salvador, que chocaban -por su generosidad- con el egoísmo y la soberbia de su mísero corazón (cfr. Mt 26, 616). «Nadie atribuya su descarrío -escribió Casiano- a un repentino derrumbamiento sino (...) a haberse apartado de la virtud poco a poco, por una pereza mental prolongada. De este modo comienzan a ganar terreno los malos hábitos, y sobreviene una situación extrema.»22
Carece de la más mínima lógica el comportamiento de un hombre que había admirado y gustado la ciencia y la enseñanza del Maestro, que había experimentado la eficacia de la predicación en las andanzas apostólicas, pero que antes de la Pasión no desdeña criticar y rechazar la doctrina de Jesús. Además, como rasgo típico de soberbia cínica, cayó en la falta de nobleza de no acudir directamente a la persona interesada para informarse y sembró, en cambio, la murmuración, el desasosiego, la sospecha entre las almas, con el intento de justificarse.
En el entramado del Evangelio se describen episodios de la vida de Jesús en los que los apóstoles no entienden las palabras del Mesías, y así se lo manifiestan (cfr. Mt 15, 15). En algunas de esas ocasiones resalta la tristeza de Jesucristo porque los suyos no se esforzaban en superar su torpeza, aunque les agradecía la sinceridad con que le hablaban, y entonces les aclaraba sus dudas o sus quejas, a veces con una reprensión seria.
No actuó así Judas: murmuró, guardó para sí mismo pequeños ídolos de soberbia y de avaricia a espaldas del Señor. Traición tras traición, acabó en la más inicua y despreciable. Volvemos a las palabras de san Josemaría: Judas «ha fallado en el amor; ya no ama al Maestro. Y cuando el amor se apaga, desaparece todo lo demás. Porque las virtudes que hemos de practicar no son sino aspectos y manifestaciones del amor. Sin amor no viven ni son fecundas. El amor, en cambio, todo lo hermosea, todo lo engrandece, todo lo diviniza. Nada de cuanto se hace vale si no se lleva a cabo por amor. Por eso, yo no os quiero sin ambiciones ni sin deseos; alimentadlos, pero que sean ambiciones y deseos por Cristo, por Amor. Que todos nuestros actos y pensamientos sean por Él y sean realizados en Él. Practicad una oración que por amor os una a Cristo en todos los momentos del día: cuando habláis, cuando reís, cuando coméis..., ¡hasta durmiendo! ».23
Los cristianos hemos de mirar la traición de Judas in timore et tremore multo (cfr. 1 Cor 2, 3), con temor y temblor, porque nos descubrimos miserables y capaces de todos los errores y de todos los horrores,24 de tantas formas cotidianas de traición, que anidan en nosotros como consecuencia del fomes peccati. ¡Cuántas pequeñeces diarias nos sirven, en efecto, de excusa para arrancar al Redentor del pobre trono de nuestra alma, y asentar ahí las desviaciones de nuestro comportamiento! Hemos de escarmentar y decidirnos a no ultrajar más al Señor, que nos ha buscado, uno a uno, para colocarnos entre sus íntimos.
Por eso, con humildad y confianza, hemos de cultivar en nuestra relación con Dios un santo horror a caer en las más pequeñas formas de traición. Y para salvar el peso de la malignidad que nos aqueja llenémonos de esperanza porque Jesucristo, que rezó por nosotros en Getsemaní, continúa rezando por nosotros ¡ahora!, con su corazón de hombre, lleno de gloria a la derecha del Padre: Iesus -escribe san Pablo-, qui mortuus est, immo suscitatus est, qui et est ad dexteram Dei, qui etiam interpellat pro nobis (Rm 8, 34). Intercede por nosotros y nos recuerda que el camino que conduce a la gloria de la Resurrección es el que Él señaló: el que quiera ser mi discípulo niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame (cfr. Mt 16, 24). Jesús nos trata como a amigos para que reaccionemos y nos enclavemos valientemente en la Cruz.
El pago de la traición
12. El desamor de Judas le condujo, además, a baratear una vida -¡y qué Vida!- por un precio irrisorio: a esa necedad e iniquidad de razonamiento -son de poco alcance estos sustantivos- llevan la soberbia, la codicia o la pasión desordenada. Ofuscado, no percibió que el único precio de Jesucristo se medía por el de su Amor a sus hermanos: no existía otra tasa. Quizá si hubiera discurrido con maldad, pero con un mínimo de lucidez, habría concluido que valía la pena establecer un precio muy superior por un hombre al que perseguían el rey Herodes, los escribas y los fariseos.
De este triste hecho podemos deducir una enseñanza neta: quien pretende estafar a Dios, tarde o temprano recibe como pago un precio irrisorio, algo caduco que no ofrece consuelo ni seguridad. Los que escogen apartarse de Dios acaban siendo víctimas de la soledad. Aquellas monedas se le caían a Judas de las manos. No tenían gran valor y, sin embargo, constituían un peso insoportable: ¡qué duros son los lazos que atan a la traición!
Aunque parezca que no faltan motivos o justificaciones para descuidar el cumplimiento del deber, sabemos con certeza que Dios nos concede la gracia para ser fieles, y debemos pelear para que nada nos aparte de la lealtad más enteriza. El cristiano, a imitación del Maestro, debe obrar con rectitud y fidelidad, y seguir a Jesús por el camino que Él mismo anduvo.
La lealtad, seriamente cultivada, imprime en el alma un tesón que no permite cesiones, ni tan siquiera en puntos que parecen de menor trascendencia. Una lealtad que impulsa seriamente a asumir día tras día, con responsabilidad, el cuadro de nuestras obligaciones, decididos a erradicar la tendencia a escudarnos en las excepciones, con ánimo firme de entrar siempre en el tiempo de la fidelidad alegre.
Y no olvidemos que, incluso cuando las circunstancias dan pie para admitir una salvedad, hemos de considerar qué consecuencias -para nosotros y para los demás- trae consigo ese sendero. Si vemos que abre espacio a rebajar categoría a la lealtad, o desconcierta a quienes lo observan, seamos honrados, es decir, no seamos hombres o mujeres de manga ancha: hemos de preferir el sacrificio con amor y abnegación a la aparente comodidad de sortear un obstáculo, eludiendo lo que, por exigir abnegación, nos une más a Cristo en la Cruz.
Levantaos, vamos; mirad que llega el que me va a entregar. Ya avanza el grupo del prendimiento. Allí están junto a Jesús los «doce» apóstoles. Los once que le acompañaban en el huerto... dormidos, y el traidor, que se mantuvo en insidiosa vigilia. Se ha reconstruido el grupo de manera trágica. Ha vuelto el que faltaba. Jesús tiene delante a Judas -unos ex Duodecim!- y a los once. Esos momentos nos presentan dos formas de situarse el hombre ante el misterio de Jesús y de la llamada divina. Todos fallaron por falta de amor, y Jesús se quedó solo y entregado en manos de los pecadores. Unos, ahora despiertos, se habían dormido y le abandonaron cuando los necesitaba. El otro, el traidor, en siniestra jugada, entrega al Amigo a los enemigos...
Omnes peccaverunt (Rm 5, 12). Pero donde abundó el delito sobreabundó la gracia (Rm 5, 20), y, desde su libertad personal, unos correspondieron al don del Espíritu Santo y otros -en este caso, otro- se cerraron al don. Las dos figuras emblemáticas: Simón-Pedro, que se convierte por la mirada de Jesús -Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo (Jn 21, 17)-; y Judas, que desprecia la mirada cariñosa de Jesús -¡Amigo!- y se desespera y se cierra sobre sí mismo.
Los once -empezando por aquel Pedro «dormilón, negador y cobarde»- terminarán siendo las columnas de la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica. Nosotros estamos aquí haciendo oración gracias a una cadena de fidelidad, que se une a la Cabeza a través de ellos.
Pero los once también habían vuelto las espaldas al Señor. Debían de estar horrorizados avistando a Judas, su antiguo hermano, que entregaba a Jesús, al amado Maestro. Entonces, pero sobre todo después, esa conducta les suscitaría en la cabeza la idea de que habían de cuidar la fidelidad cotidiana para no ceder a la más terrible infidelidad. También ellos, de modo indirecto, sin quererlo, habían contribuido a la traición de Judas. Siempre les debió acompañar una profunda contrición mientras recordaban, al extender la Iglesia por el mundo, que se abandonaron al sueño desinteresándose de Jesús cuando el traidor actuaba. Es lo que apunta la tradición de los dos surcos que marcaron las lágrimas en las mejillas de Simón Pedro.
Para nosotros, la conclusión se alza con claridad: cualesquiera que sean nuestras condiciones humanas -aunque nos parecieran ingenuamente superiores a las de aquellos apóstoles-, si no se pone por encima de todo el amor a Dios y al prójimo, se desemboca en el egoísmo y finalmente en la traición. En cambio, «con obras de servicio podemos preparar al Señor un triunfo mayor que el de su entrada en Jerusalén... Porque no se repetirán las escenas de Judas, ni la del Huerto de los Olivos, ni aquella noche cerrada... ¡Lograremos que arda el mundo en las llamas del fuego que vino a traer a la tierra!... Y la luz de la Verdad -nuestro Jesúsiluminará las inteligencias en un día sin fin»25
Jesús, el gran rezador
13. Llora nuestro corazón mientras se llevan a Jesús y retornamos al interior del huerto para rememorar de nuevo la oración de Jesús con unas consideraciones finales. En las páginas de los Evangelios y de las Cartas de los apóstoles abundan los títulos que señalan el ser y la misión de Jesús: el Señor, el Mesías-Cristo, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, el Rey de Israel, el Profeta que había de venir, el Salvador del mundo, etc.
Al filo de nuestras meditaciones, junto a Jesús en el huerto, algo nos impulsa a atribuirle un título que nos conduce a conclusiones operativas personales: Jesús fue el gran Rezador, el Orante sin tregua. Nos admira este aspecto de su personalidad y, a la vez, entendemos que no cabía otra posibilidad, viéndole clamar Abba! en su oración.
Todo en su ser y en su vida se desgranaba en un diálogo de amor con su Padre. En su ser intratrinitario, en su condición de Hijo y Palabra eterna del Padre, su relación a las otras divinas Personas se expresa con un diálogo que es autodonación. Ese diálogo intratrinitario nos notifica de algún modo el modelo y la analogía de toda oración. Porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Dios, un solo Dios en tres Personas sin confusión y sin distancias. En cambio, la oración define el diálogo de la criatura -del ángel, del hombre- con Dios, y de Dios con la criatura. De ahí la maravilla de la Encarnación. Al hacerse hombre y asumir la naturaleza humana, el Hijo de Dios -el mismo Dios que el Padre- empieza a hablar con su Padre como hombre, es decir, empieza a orar, a adorar, a pedir, a suplicar, a ofrecer... Ese único Dios, al que los hombres oran y adoran, por la religación natural que tienen con su Creador, en la oración de Cristo -perfecto hombre- es adorado y suplicado ¡por Dios!, por Dios-hecho hombre. Jesucristo pasa así a ser el Gran Rezador, el Gran Orante; y su oración, garantía y ejemplo único de toda oración de sus hermanos los hombres. Se ora en la medida que nuestra oración se une a la de Cristo.
Interesa vivamente al cristiano la unión vital a Jesús, la unión a su oración, a la oración del Gran Orante, para poder desplegar la capacidad que Él nos enseñó y nos pidió -y ahora infunde en nosotros por la gracia- a fin de ocuparnos de nuestra propia santificación y de la de nuestros hermanos de todo el mundo: es decir, de ocuparnos sinceramente de lo que los afecta, como Él procedió en la tierra.
¡Cómo orienta, también en este sentido, su oración en Getsemaní! Pasan por su alma las necesidades y logros, las alegrías y lamentos de mujeres y hombres, de todos. Pasan, para quedarse, pues no intenta desentenderse en nada de sus hermanos, pobres pecadores. ¡Qué plenamente rezó por nosotros, abriendo nuestras pupilas al sendero de la esperanza!
Compete especialmente al cristiano proclamar en el mundo que -para ser auténticamente humanos- hemos de adentrarnos en la piedad filial con Dios con una oración sin treguas ni defecciones que nos enlace con los demás. Jesús actuó así; y nos incorporó a su Vida divina con una comunión de amor inigualable.
El alma de oración jamás se enroca en su torre de marfil o de piedra berroqueña. Al entrar en contacto sincero con el Creador, necesariamente se abre a sus iguales, con ansias siempre mayores de compartir la aventura de la existencia con los demás. Hemos de afanarnos hoy los cristianos en sacar partido de esta riqueza -la caridad, la fraternidad, la amistad- que Dios nos concede en Cristo al invitarnos a llevar -con Él y como Él- las cargas del prójimo.
Retengamos, al acabar estas páginas, el vigilate mecum de Jesús. Vuestra vida de discípulos -viene a confiarnos el Señor- debéis vivirla conmigo: vuestra oración, vuestros sacrificios, vuestra entrega a la misión apostólica serán una realidad si los afrontáis conmigo, que estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20).
«Tu vida de apóstol vale lo que vale tu oración»,26 escribió san Josemaría. Y para que de nuestra existencia salgan aguas que saltan hasta la vida eterna (cfr. Jn 4, 14) he aquí el camino: rezar con y junto a Jesús, el Gran Rezador. Ésta es una de las más grandes lecciones de Getsemaní.