Caprichoso hasta los huesos:

 

Todos, en algún momento de nuestra vida, especialmente, cuando fuimos niños, llegamos a ser muy caprichosos, pues forma parte de nuestra naturaleza humana, sin embargo, muchas veces, lejos de madurar, nos llegamos a convertir en una especie de “caprichosos hasta los huesos”. Conforme vamos creciendo, tenemos que ir viendo cuáles son los aspectos que debemos trabajar, pues las actitudes siempre serán algo que hay que atender en tiempo y forma.

 

El capricho, sobre todo, cuando dejamos de ser niños, se convierte en un problema mucho mayor, pues afecta nuestras relaciones humanas y hasta puede dejarnos sin trabajo. Resulta patético, ver cómo algunos jefes o empleados, en lugar de actuar con madurez en las reuniones, se encierran en sus propios caprichos, sin ceder y darle la razón a quien la tiene, lo cual, más allá de un acto egoísta, cae dentro de los parámetros del capricho.

 

El día que aprendamos, que no siempre se hará lo que se nos dé la gana, habremos superado los efectos del capricho. Hay que saber cuándo ceder y, desde ahí, tomar en cuenta las inquietudes de los demás, pues no vivimos en una isla desierta, sino que estamos en contacto con quienes nos rodean y, por lo mismo, resulta impensable imponer nuestros criterios caprichosos.

 

Es cierto, por otra parte, que algunas veces no podemos ceder, pues tenemos la razón y bases para afirmar lo que decimos, sin embargo, esto ya no caería dentro de los parámetros del capricho, sino de la lógica. Cuando, por ejemplo, un empleado le pide a su jefe un permiso que, de hecho, afectaría la función de la empresa, éste no actuaría caprichosamente al decirle que no.

 

El capricho nos hace personas desagradables y, desde luego, contrarias a los fundamentos más elementales de nuestra fe. Se vale madurar e incluir a los demás, sabiendo que no siempre se hará lo que más nos guste, pues tenemos que mirar más allá de nuestros esquemas e ideas, para actuar con base a lo que Cristo nos ha enseñado.