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Reverendos
y queridos hermanos en el sacerdocio:
En la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, con una mirada
incesante de amor, fijamos los ojos de nuestra mente y de
nuestro corazón en Cristo, único Salvador de nuestra vida y
del mundo. Remitirnos a Cristo significa remitirnos a aquel
Rostro que todo hombre, consciente o inconscientemente, busca
como única respuesta adecuada a su insuprimible sed de
felicidad.
Nosotros ya encontramos este Rostro y, en aquel día, en aquel
instante, su amor hirió de tal manera nuestro corazón, que no
pudimos menos de pedir estar incesantemente en su presencia. «Por
la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi
causa y me quedo aguardando» (Salmo 5).
La sagrada liturgia nos lleva a contemplar una vez más el
misterio de la encarnación del Verbo, origen y realidad íntima
de esta compañía que es la Iglesia: el Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob se revela en Jesucristo. «Nadie habría podido
ver su gloria si antes no hubiera sido curado por la humildad de
la carne. Quedaste cegado por el polvo, y con el polvo has sido
curado: la carne te había cegado, la carne te cura» (San Agustín,
Comentario al Evangelio de san Juan, Homilía 2, 16).
Sólo contemplando de nuevo la perfecta y fascinante humanidad
de Jesucristo, vivo y operante ahora, que se nos ha revelado y
que sigue inclinándose sobre cada uno con el amor de total
predilección que le es propio, se puede dejar que él ilumine y
colme ese abismo de necesidad que es nuestra humanidad, con la
certeza de la esperanza encontrada, y con la seguridad de la
Misericordia que abarca nuestros límites, enseñándonos a
perdonar lo que de nosotros mismos ni siquiera lográbamos
descubrir. «Una sima grita a otra sima con voz de cascadas»
(Salmo 41).
Con
ocasión de la tradicional Jornada de oración por la
santificación de los sacerdotes, que se celebra en la fiesta
del Sacratísimo Corazón de Jesús, quiero recordar la prioridad
de la oración con respecto a la acción, en cuanto que de
ella depende la eficacia del obrar. De la relación personal de
cada uno con el Señor Jesús depende en gran medida la misión
de la Iglesia. Por tanto, la misión debe alimentarse con la
oración: «Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de
la oración ante el activismo y el secularismo» (Benedicto XVI,
Deus caritas est, 37). No nos cansemos de acudir a su
Misericordia, de dejarle mirar y curar las llagas dolorosas de
nuestro pecado para asombrarnos ante el milagro renovado de
nuestra humanidad redimida.
Queridos
hermanos en el sacerdocio, somos los expertos de la Misericordia
de Dios en nosotros y, sólo así, sus instrumentos al abrazar,
de modo siempre nuevo, la humanidad herida. «Cristo no nos
salva de nuestra humanidad, sino a través de ella; no nos salva
del mundo, sino que ha venido al mundo para que el mundo se
salve por medio de él (cf. Jn 3, 17)» (Benedicto XVI, Mensaje
«urbi et orbi», 25 de diciembre de 2006: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 29 de diciembre de 2006, p. 20).
Somos, por último, presbíteros por el sacramento del Orden, el
acto más elevado de la Misericordia de Dios y a la vez de su
predilección.
En
segundo lugar, en la insuprimible y profunda sed de él, la
dimensión más auténtica de nuestro sacerdocio es la mendicidad:
la petición sencilla y continua; se aprende en la oración
silenciosa, que siempre ha caracterizado la vida de los santos;
hay que pedirla con insistencia. Esta conciencia de la relación
con él se ve sometida diariamente a la purificación de la
prueba. Cada día caemos de nuevo en la cuenta de que este drama
también nos afecta a nosotros, ministros que actuamos in
persona Christi capitis. No podemos vivir un solo instante en su
presencia sin el dulce anhelo de reconocerlo, conocerlo y
adherirnos más a él. No cedamos a la tentación de mirar
nuestro ser sacerdotes como una carga inevitable e indelegable,
ya asumida, que se puede cumplir «mecánicamente», tal vez con
un programa pastoral articulado y coherente. El sacerdocio es la
vocación, el camino, el modo a través del cual Cristo nos
salva, con el que nos ha llamado, y nos sigue llamando ahora, a
vivir con él.
La
única medida adecuada, ante nuestra santa vocación, es la radicalidad.
Esta entrega total, con plena conciencia de nuestra infidelidad,
sólo puede llevarse a cabo como una decisión renovada y orante
que luego Cristo realiza día tras día. Incluso el don del
celibato sacerdotal se ha de acoger y vivir en esta dimensión
de radicalidad y de plena configuración con Cristo. Cualquier
otra postura, con respecto a la realidad de la relación con él,
corre el peligro de ser ideológica.
Incluso la cantidad de trabajo, a veces enorme, que las actuales
condiciones del ministerio nos exigen llevar a cabo, lejos de
desalentarnos, debe impulsarnos a cuidar con mayor atención aún
nuestra identidad sacerdotal, la cual tiene una raíz
ciertamente divina. En este sentido, con una lógica opuesta a
la del mundo, precisamente las condiciones peculiares del
ministerio nos deben impulsar a «elevar el tono» de nuestra
vida espiritual, testimoniando con mayor convicción y eficacia
nuestra pertenencia exclusiva al Señor.
Él, que nos ha amado primero, nos ha educado para la entrega
total. «Salí al encuentro de quien me buscaba. Dije:
"Heme aquí" a quien invocaba mi nombre». El lugar de
la totalidad por excelencia es la Eucaristía, pues «en la
Eucaristía Jesús no da "algo", sino a sí mismo;
ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida,
manifestando la fuente originaria de este amor divino» (Sacramentum
caritatis, 7).
Queridos
hermanos, seamos fieles a la celebración diaria de la santísima
Eucaristía, no sólo para cumplir un compromiso pastoral o
una exigencia de la comunidad que nos ha sido encomendada, sino
por la absoluta necesidad personal que sentimos, como la
respiración, como la luz para nuestra vida, como la única razón
adecuada a una existencia presbiteral plena.
El
Santo Padre, en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum
caritatis (n. 66) nos vuelve a proponer con fuerza la
afirmación de san Agustín: «Nadie come de esta carne sin
antes adorarla (...), pecaríamos si no la adoráramos» (Enarrationes
in Psalmos 98, 9). No podemos vivir, no podemos conocer la
verdad sobre nosotros mismos, sin dejarnos contemplar y
engendrar por Cristo en la adoración eucarística diaria,
y el «Stabat» de María, «Mujer eucarística», bajo la cruz
de su Hijo, es el ejemplo más significativo que se nos ha dado
de la contemplación y de la adoración del Sacrificio divino.
Como la dimensión misionera es intrínseca a la naturaleza
misma de la Iglesia, del mismo modo nuestra misión está ínsita
en la identidad sacerdotal, por lo cual la urgencia misionera es
una cuestión de conciencia de nosotros mismos. Nuestra
identidad sacerdotal está edificada y se renueva día a día en
la «conversación» con nuestro Señor. La relación con él,
siempre alimentada en la oración continua, tiene como
consecuencia inmediata la necesidad de hacer partícipes de ella
a quienes nos rodean. En efecto, la santidad que pedimos a
diario no se puede concebir según una estéril y abstracta
acepción individualista, sino que, necesariamente, es la
santidad de Cristo, la cual es contagiosa para todos: «Estar en
comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser
"para todos", hace que este sea nuestro modo de ser»
(Benedicto XVI, Spe salvi, 28).
Este
«ser para todos» de Cristo se realiza, para nosotros, en los tria
munera de los que somos revestidos por la naturaleza
misma del sacerdocio. Esos tria munera, que constituyen la
totalidad de nuestro ministerio, no son el lugar de la alienación
o, peor aún, de un mero reduccionismo funcionalista de nuestra
persona, sino la expresión más auténtica de nuestro ser de
Cristo; son el lugar de la relación con él. El pueblo que nos
ha sido encomendado para que lo eduquemos, santifiquemos y
gobernemos, no es una realidad que nos distrae de «nuestra vida»,
sino que es el rostro de Cristo que contemplamos diariamente,
como para el esposo es el rostro de su amada, como para Cristo
es la Iglesia, su esposa. El pueblo que nos ha sido
encomendado es el camino imprescindible para nuestra santidad,
es decir, el camino en el que Cristo manifiesta la gloria del
Padre a través de nosotros.
«Si
a quien escandaliza a uno solo y al más pequeño conviene que
se le cuelgue al cuello una piedra de molino y sea arrojado al
mar (...), ¿qué deberán sufrir y recibir como castigo los que
mandan a la perdición (...) a un pueblo entero?» (San Juan
Crisóstomo, De sacerdotio VI, 1.498). Ante la conciencia
de una tarea tan grave y una responsabilidad tan grande para
nuestra vida y salvación, en la que la fidelidad a Cristo
coincide con la «obediencia» a las exigencias dictadas por la
redención de aquellas almas, no queda espacio ni siquiera para
dudar de la gracia recibida. Sólo podemos pedir que se nos
conceda ceder lo más posible a su amor, para que él actúe a
través de nosotros, pues o dejamos que Cristo salve el mundo,
actuando en nosotros, o corremos el riesgo de traicionar la
naturaleza misma de nuestra vocación. La medida de la entrega,
queridos hermanos en el sacerdocio, sigue siendo la totalidad.
«Cinco panes y dos peces» no son mucho; sí, pero son todo. La
gracia de Dios convierte nuestra poquedad en la Comunión que
sacia al pueblo. De esta «entrega total» participan de modo
especial los sacerdotes ancianos o enfermos, los cuales,
diariamente, desempeñan el ministerio divino uniéndose a la
pasión de Cristo y ofreciendo su existencia presbiteral por el
verdadero bien de la Iglesia y la salvación de las almas.
Por
último, el fundamento imprescindible de toda la vida sacerdotal
sigue siendo la santa Madre de Dios. La relación con
ella no puede reducirse a una piadosa práctica de devoción,
sino que debe alimentarse con un continuo abandono de toda
nuestra vida, de todo nuestro ministerio, en los brazos de la
siempre Virgen. También a nosotros María santísima nos lleva
de nuevo, como hizo con san Juan bajo la cruz de su Hijo y Señor
nuestro, a contemplar con ella el Amor infinito de Dios: «Ha
bajado hasta aquí nuestra Vida, la verdadera Vida; ha cargado
con nuestra muerte para matarla con la sobreabundancia de su
Vida» (San Agustín, Confesiones IV, 12).
Dios
Padre escogió como condición para nuestra redención, para el
cumplimiento de nuestra humanidad, para el acontecimiento de la
encarnación del Hijo, la espera del «fiat» de una Virgen ante
el anuncio del ángel. Cristo decidió confiar, por decirlo así,
su vida a la libertad amorosa de su Madre: «Concibiendo a
Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre
en el templo, sufriendo con su Hijo que moría en la cruz,
colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador
por su obediencia, su fe, su esperanza y su amor ardiente, para
restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón
es nuestra madre en el orden de la gracia» (Lumen gentium,
61).
El
Papa san Pío X afirmó: «Toda vocación sacerdotal viene del
corazón de Dios, pero pasa por el corazón de una madre». Eso
es verdad con respecto a la evidente maternidad biológica, pero
también con respecto al «alumbramiento» de toda fidelidad a
la vocación de Cristo. No podemos prescindir de una maternidad
espiritual para nuestra vida sacerdotal: encomendémonos con
confianza a la oración de toda la santa madre Iglesia, a la
maternidad del pueblo, del que somos pastores, pero al que está
encomendada también nuestra custodia y santidad; pidamos este
apoyo fundamental.
Se
plantea, queridos hermanos en el sacerdocio, la urgencia de «un
movimiento de oración, que ponga en el centro la adoración
eucarística continuada, durante las veinticuatro horas, de modo
tal que, de cada rincón de la tierra, se eleve a Dios
incesantemente una oración de adoración, agradecimiento,
alabanza, petición y reparación, con el objetivo principal de
suscitar un número suficiente de santas vocaciones al estado
sacerdotal y, al mismo tiempo, acompañar espiritualmente -al
nivel de Cuerpo místico- con una especie de maternidad
espiritual, a quienes ya han sido llamados al sacerdocio
ministerial y están ontológicamente conformados con el único
sumo y eterno Sacerdote, para que le sirvan cada vez mejor a él
y a los hermanos, como los que, a la vez, están "en"
la Iglesia pero también, "ante" la Iglesia (cf. Juan
Pablo II, Pastores dabo vobis, 16), haciendo las veces de Cristo
y, representándolo, como cabeza, pastor y esposo de la Iglesia»
(Carta de la Congregación para el clero, 8 de diciembre
de 2007).
Se delinea, últimamente, una nueva forma de maternidad
espiritual, que en la historia de la Iglesia siempre ha acompañado
silenciosamente el elegido linaje sacerdotal: se trata de la
consagración de nuestro ministerio a un rostro determinado, a
un alma consagrada, que esté llamada por Cristo y, por tanto,
que elija ofrecerse a sí misma, sus sufrimientos necesarios y
sus inevitables pruebas de la vida, para interceder en favor de
nuestra existencia sacerdotal, viviendo de este modo en la dulce
presencia de Cristo.
Esta
maternidad, en la que se encarna el rostro amoroso de María, es
preciso pedirla en la oración, pues sólo Dios puede suscitarla
y sostenerla. No faltan ejemplos admirables en este sentido.
Basta pensar en las benéficas lágrimas de santa Mónica por su
hijo Agustín, por el cual lloró «más de lo que lloran las
madres por la muerte física de sus hijos» (San Agustín, Confesiones
III, 11). Otro ejemplo fascinante es el de Eliza Vaughan, la
cual dio a luz y encomendó al Señor trece hijos; seis de sus
ocho hijos varones se hicieron sacerdotes; y cuatro de sus cinco
hijas fueron religiosas. Dado que no es posible ser
verdaderamente mendicantes ante Cristo, admirablemente oculto en
el misterio eucarístico, sin saber pedir concretamente la ayuda
efectiva y la oración de quien él nos pone al lado, no
tengamos miedo de encomendarnos a las maternidades que,
ciertamente, suscita para nosotros el Espíritu.
Santa Teresa del Niño Jesús, consciente de la necesidad
extrema de oración por todos los sacerdotes, sobre todo por los
tibios, escribe en una carta dirigida a su hermana Celina: «Vivamos
por las almas, seamos apóstoles, salvemos sobre todo las almas
de los sacerdotes (...). Oremos, suframos por ellos, y, en el último
día, Jesús nos lo agradecerá» (Carta 94).
Encomendémonos a la intercesión de la Virgen Santísima, Reina
de los Apóstoles, Madre dulcísima. Contemplemos, con ella, a
Cristo en la continua tensión a ser total y radicalmente suyos.
Esta es nuestra identidad.
Recordemos las palabras del santo cura de Ars, patrono de los párrocos:
«Si yo tuviera ya un pie en el cielo y me vinieran a decir que
volviera a la tierra para trabajar por la conversión de los
pecadores, volvería de buen grado. Y si para ello fuera
necesario que permaneciera en la tierra hasta el fin del mundo,
levantándome siempre a medianoche, y sufriera como sufro, lo
haría de todo corazón» (Frère Athanase, Procès de
l'Ordinaire, p. 883).
El Señor guíe y proteja a todos y cada uno, de modo especial a
los enfermos y a los que sufren, en el constante ofrecimiento de
nuestra vida por amor.
Cardenal
Cláudio Hummes, o.f.m.
Prefecto
Mons.
Mauro Piacenza
Arzobispo
tit. de Vittoriana
Secretario
Oración
de los sacerdotes
Oración
del sacerdote
Señor,
Tu me has llamado al ministerio sacerdotal
en
un momento concreto de la historia en el que,
como
en los primeros tiempos apostólicos,
quieres
que todos los cristianos,
y
en modo especial los sacerdotes,
seamos
testigos de las maravillas de Dios
y
de la fuerza de tu Espíritu.
Haz
que también yo sea testigo de la dignidad de la vida humana,
de
la grandeza del amor
y
del poder del ministerio recibido:
Todo
ello con mi peculiar estilo de vida entregada a Ti
por
amor, sólo por amor y por un amor más grande.
Haz
que mi vida celibataria
sea
la afirmación de un sí, gozoso y alegre,
que
nace de la entrega a Ti
y
de la dedicación total a los demás
al
servicio de tu Iglesia.
Dame
fuerza en mis flaquezas
y
también agradecer mis victorias.
Madre,
que dijiste el sí más grande y maravilloso
de
todos los tiempos,
que
yo sepa convertir mi vida de cada día
en
fuente de generosidad y entrega,
y
junto a Ti,
a
los pies de las grandes cruces del mundo,
me
asocie al dolor redentor de la muerte de tu Hijo
para
gozar con El del triunfo de la resurrección
para
la vida eterna. Amen
Oración
que los sacerdotes pueden rezar cada día
Dios omnipotente, que Tu gracia nos ayude para que nosotros, que
hemos recibido el ministerio sacerdotal, podamos servirte de
modo digno y devoto, con toda pureza y buena conciencia. Y si no
logramos vivir la vida con mucha inocencia, concédenos en todo
caso de llorar dignamente el mal que hemos cometido, y de
servirte fervorosamente en todo con espíritu de humildad y con
el propósito de buena voluntad. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.
Invocación
¡Oh buen Jesús!, haz que yo sea sacerdote según Tu corazón.
Oración
a Jesucristo
Jesús justísimo, tú que con singular benevolencia me has
llamado, entre millares de hombres, a tu secuela y a la
excelente dignidad sacerdotal, concédeme, te pido, tu fuerza
divina para que pueda cumplir en el modo justo mi ministerio. Te
suplico, Señor Jesús de hacer revivir en mí, hoy y siempre,
tu gracia, que me ha sido dada por la imposición de las manos
del obispo. Oh médico potentísimo de las almas, cúrame de
manera tal que no caiga nuevamente en los vicios y escape de
cada pecado y pueda complacerte hasta mi muerte. Amén.
Oración
para suplicar la gracia de custodiar la castidad
Señor Jesucristo, esposo de mi alma, delicia de mi corazón, más
bien corazón mío y alma mía, frente a ti me postro de
rodillas, rogándote y suplicándote con todo mi fervor de
concederme preservar la fe que me has dado de manera solemne.
Por ello, Jesús dulcísimo, que yo rechace cada impiedad, que
sea siempre extraño a los deseos carnales y a las
concupiscencias terrenas, que combaten contra el alma y que, con
tu ayuda, conserve íntegra la castidad.
¡Oh santísima e inmaculada Virgen María!, Virgen de las vírgenes
y Madre nuestra amantísima, purifica cada día mi corazón y mi
alma, pide por mí el temor del Señor y una particular
desconfianza en mis propias fuerzas.
San José, custodio de la virginidad de María, custodia mi alma
de cada pecado.
Todas ustedes Vírgenes santas, que siguen por doquier al
Cordero divino, sean siempre premurosas con respecto a mí
pecador para que no peque en pensamientos, palabras u obras y
nunca me aleje del castísimo corazón de Jesús. Amén
Oración
por los sacerdotes
Señor
Jesús, presente en el Santísimo Sacramento,
que
quisiste perpetuarte entre nosotros
por
medio de tus Sacerdotes,
haz
que sus palabras sean sólo las tuyas,
que
sus gestos sean los tuyos,
que
su vida sea fiel reflejo de la tuya.
Que
ellos sean los hombres que hablen a Dios de los hombres
y
hablen a los hombres de Dios.
Que
non tengan miedo al servicio,
sirviendo
a la Iglesia como Ella quiere ser servida.
Que
sean hombres, testigos del eterno en nuestro tiempo,
caminando
por las sendas de la historia con tu mismo paso
y
haciendo el bien a todos.
Que
sean fieles a sus compromisos,
celosos
de su vocación y de su entrega,
claros
espejos de la propia identidad
y
que vivan con la alegría del don recibido.
Te
lo pido por tu Madre Santa María:
Ella
que estuvo presente en tu vida
estará
siempre presente en la vida de tus sacerdotes. Amen
[Traducción
distribuida por la Congregación para el Clero]
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