Carta del Papa sobre
A la diócesis de Roma
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 29 enero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la
carta que ha enviado Benedicto XVI a la diócesis y a la ciudad de Roma sobre la
tarea urgente de la educación.
* * *
Queridos fieles de Roma:
He querido dirigirme a vosotros con esta carta
para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que
están comprometidos los diferentes componentes de nuestra Iglesia: el problema
de la educación. Todos nos preocupamos profundamente por el bien de las
personas que amamos, en particular de nuestros niños, adolescentes y jóvenes.
Sabemos, de hecho, que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Debemos,
por tanto, preocuparnos por la formación de las futuras generaciones, por su
capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, por su salud
no sólo física sino también moral.
Ahora bien, educar nunca ha sido fácil, y hoy
parece ser cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los
maestros, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas
directas. Se habla, por este motivo, de una gran «emergencia educativa»,
confirmada por los fracasos que encuentran con demasiada frecuencia nuestros
esfuerzos por formar persona sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de
dar un sentido a la propia vida. Entonces se echa la culpa espontáneamente a
las nuevas generaciones, como si los niños que hoy nacen fueran diferentes a
los que nacían en el pasado. Se habla, además de una «fractura entre las
generaciones», que ciertamente existe y tiene su peso, pero es más bien el
efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y de valores.
Por tanto, ¿tenemos que echar la culpa a los
adultos de hoy que ya no son capaces de educar? Ciertamente es fuerte la
tentación de renunciar, tanto entre los padres como entre los maestros, y en
general entre los educadores, e incluso se da el riesgo de no comprender ni
siquiera cuál es su papel o incluso la misión que se les ha confiado. En
realidad, no sólo están en causa las responsabilidades personales de los adulos
y de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben esconderse, sino también
un ambiente difundido, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar
del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien,
en última instancia, de la bondad de la vida. Se hace difícil, entonces,
transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de
comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se puede construir la
propia vida.
Queridos hermanos y hermanas de Roma: ante
esta situación quisiera deciros algo muy sencillo: ¡No tengáis miedo! Todas
estas dificultades, de hecho, no son insuperables. Son más bien, por así decir,
la otra cara de la moneda de ese don grande y precioso que es nuestra libertad,
con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en
el campo técnico o económico, en donde los progresos de hoy pueden sumarse a
los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las
personas no se da una posibilidad semejante de acumulación, pues la libertad
del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación tiene
que tomar nueva y personalmente sus decisiones. Incluso los valores más grandes
del pasado no pueden ser simplemente heredados, tienen que ser asumidos y
renovados a través de una opción personal, que con frecuencia cuesta.
Ahora bien, cuando se tambalean los cimientos
y faltan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores se siente de
manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educación que sea
realmente tal. La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados
por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste
experiencia de la degradación de sus escuelas; la pide la sociedad en su
conjunto, que ve cómo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la
piden en su intimidad los mimos muchachos y jóvenes, que no quieren quedar
abandonados ante los desafíos de la vida. Quien cree en Jesucristo tiene,
además, un ulterior y más intenso motivo para no tener miedo: sabe que Dios no
nos abandona, que su amor nos alcanza allí donde estamos y como estamos, con
nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.
Queridos hermanos y hermanas: para hacer más
concretas mis reflexiones puede ser útil encontrar algunos requisitos comunes
para una auténtica educación. Ante todo, necesita esa cercanía y esa confianza
que nacen del amor: pienso en esa primera y fundamental experiencia del amor
que hacen los niños, o que al menos deberían hacer, con sus padres. Pero todo
auténtico educador sabe que para educar tiene que dar algo de sí mismo y que
sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos para poder, a su
vez, ser capaces del auténtico amor.
En un niño pequeño ya se da, además, un gran
deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y
peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería una educación sumamente pobre la
que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran
pregunta sobre la verdad, sobre todo sobre esa verdad que puede ser la guía de
la vida.
El sufrimiento de la verdad también forma
parte de nuestra vida. Por este motivo, al tratar de proteger a los jóvenes de
toda dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de criar, a pesar de
nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas: la capacidad
de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.
De este modo, queridos amigos de Roma,
llegamos al punto que quizá es el más delicado en la obra educativa: encontrar
el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de
comportamiento y de vida, aplicadas día tras día en pequeñas cosas, no se forma
el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el
futuro. La relación educativa es ante todo el encuentro entre dos libertades y
la educación lograda es una formación al uso correcto de la libertad. A medida
en que va creciendo el niño, se convierte en un adolescente y después un joven;
tenemos que aceptar por tanto el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre
atentos a ayudar a los jóvenes a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo
que nunca tenemos que hacer es apoyarle en los errores, fingir que no los
vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del
progreso humano.
La educación no puede prescindir del prestigio
que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Ésta es fruto de experiencia y
competencia, pero se logra sobre todo con la coherencia de la propia vida y con
la involucración personal, expresión del amor auténtico. El educador es, por
tanto, un testigo de la verdad y del bien: ciertamente él también es frágil, y
puede tener fallos, pero tratará de ponerse siempre nuevamente en sintonía con
su misión.
Queridos fieles de Roma, de estas simples
consideraciones se ve cómo en la educación es decisivo el sentido de responsabilidad:
responsabilidad del educador, ciertamente, pero también, en la medida en que va
creciendo con la edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que
entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe dar respuestas a sí
mismo y a los demás. Quien cree busca, además y ante todo responder a Dios, que
le ha amado antes.
La responsabilidad es, en primer lugar,
personal; pero también hay una responsabilidad que compartimos juntos, como
ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la
familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de
Por último quisiera proponeros un pensamiento
que he desarrollado en la reciente carta encíclica «Spe salvi» sobre la esperanza cristiana: sólo una
esperanza fiable puede ser alma de la educación, como de toda la vida. Hoy
nuestra esperanza es acechada por muchas partes y también nosotros corremos el
riesgo, como los antiguos paganos, hombres «sin esperanza y sin Dios en este
mundo»¸ como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso (Efesios
2, 12). De aquí nace precisamente la dificultad quizá aún más profunda
para realizar una auténtica obra educativa: en la raíz de la crisis de la
educación se da, de hecho, una crisis de confianza en la vida.
Por tanto, no puedo terminar esta carta sin
una calurosa invitación a poner en Dios nuestra esperanza. Sólo Él es la
esperanza que resiste a todas las decepciones; sólo su amor no puede ser
destruido por la muerte; sólo la justicia y la misericordia pueden sanar las
injusticias y recompensar los sufrimientos padecidos. La esperanza que se
dirige a Dios no es nunca esperanza sólo para mí, al mismo tiempo es siempre
esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el
bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y el amor.
Os saludo con afecto y os garantizo un
especial recuerdo en la oración, mientras os envío a todos mi bendición.
Vaticano, 21 de enero de 2008
BENEDICTUS PP. XVI