Carta del Prelado (marzo 2008)
El avance de
06 de marzo de 2008

Queridísimos:
¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Hace
dos semanas, he tenido la alegría de estar cuarenta y ocho horas en Holanda.
Como siempre en estos viajes breves —igual que en otros más largos—, doy muchas
gracias al Señor, pues se palpa la unidad de
Nos hallamos cerca de
Comportémonos del mismo modo que los deportistas. ¿Qué son estas semanas sino
un entrenamiento para arribar bien purificados al Triduo Pascual, que nos
ofrece de nuevo la posibilidad de participar más íntimamente aún en la victoria
de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte? Esta conocida metáfora deportiva,
de connotación paulina[ii],
la han desarrollado ampliamente los Padres de
El mes pasado os sugería que cuidarais especialmente el espíritu de
mortificación y de penitencia. Hoy quisiera detenerme en la práctica de las
obras de misericordia, materiales y espirituales, que
Al acudir en socorro de los necesitados, cumpliendo las condiciones señaladas
por Jesucristo en el Evangelio[vi],
nos identificamos más y más con el Señor, que vino a la tierra para librar a
los hombres de sus miserias, sobre todo del pecado; al mismo tiempo, prestamos
un servicio a Jesús, que ha decidido identificarse con sus hermanos más
pequeños: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber;
era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me
visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme[vii].
A la luz de estas palabras del Señor, percibimos que las obras de caridad, y
concretamente la limosna, trascienden la dimensión puramente material y se
muestran, sobre todo, como una manifestación de la caridad con la que Dios
mismo nos ama: cada vez que, por amor de Dios, compartimos nuestros bienes
con el prójimo necesitado, experimentamos que la plenitud de vida viene del
amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción
interior y de alegría[viii].
Vivamos, pues, cada uno en la medida de sus posibilidades, la práctica de esta
obra de caridad de tanta raigambre evangélica, a la que el Señor mismo ha unido
especiales frutos espirituales para el que la ejercita, pues la caridad
cubre la multitud de los pecados[ix];
y todos estamos muy necesitados del perdón de Dios.
Como es lógico, y así lo ha entendido siempre
Aunque, con el progreso social, se llegaran a satisfacer todas las deficiencias
físicas más perentorias de las personas —alimentación, vestido, vivienda,
atención sanitaria, etc.—, nunca podrán resolverse las
carencias interiores —afecto, comprensión, disculpa, acogida— que experimentan
tantas gentes. Mientras que lo primero admite una programación por parte del
Estado, lo segundo atañe a la esfera íntima de cada uno, en la que la relación
personal resulta insustituible. Aquí tenemos los cristianos un gran campo para
hacer llegar a los demás el consuelo de la caridad de Cristo.
El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más
justa, escribió el Papa en su primera encíclica. No hay orden estatal,
por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta
desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre.
Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad.
Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es
indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que
quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva
en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el
hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención
personal[xi].
Lo descubrimos al leer atentamente el Evangelio. Ciertamente, Jesús se preocupa
de las multitudes que no tienen que comer, de los enfermos que le presentan
para que los sane, de las turbas deseosas de recibir la doctrina salvadora[xii]...
Pero se ocupa igualmente de las personas singulares: atiende al leproso que se
arroja a sus pies pidiendo la salud; charla a solas con Nicodemo, que busca la
verdad; se entretiene largo rato con la mujer samaritana junto al pozo de
Sicar, para convertirla; acoge a la pecadora arrepentida en casa del fariseo,
derramando en su alma el perdón de Dios[xiii]...
De los primeros cristianos se decía, con admiración: ¡mirad cómo se aman![xiv]. Esa alabanza de nuestros primeros
hermanos en la fe, debería resonar también ahora, en cualquier lugar donde se
encuentre un discípulo del Maestro. Resulta de gran actualidad aquella
advertencia de San Josemaría: si percibes que tú, ahora o en tantos detalles
de la jornada, no mereces esa alabanza; que tu corazón no reacciona como
debiera ante los requerimientos divinos, piensa también que te ha llegado el
tiempo de rectificar. Atiende la invitación de San Pablo: hagamos el bien a
todos y especialmente a aquellos que pertenecen, mediante la fe, a la misma
familia que nosotros (Gal 6, 10), al Cuerpo Místico de Cristo[xv].
Por eso, continuaba nuestro Padre, el principal apostolado que los
cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es
contribuir a que dentro de
El próximo 15 de marzo celebraremos litúrgicamente la solemnidad de San José,
anticipada este año porque el 19 es Miércoles Santo. La vida del Patriarca,
completamente dedicada al cuidado de Jesús y de María, nos habla de un amor
llevado hasta el olvido total de sí mismo. Al renovar el día 19 nuestra entrega
a Dios, maravillados ante el ejemplo de este varón justo, meditemos a fondo que
—como señala San Juan— la verdad del amor a Dios se manifiesta en la caridad
concreta con el prójimo. En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su
vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros
hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece
necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios?
Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad[xvii].
En su mensaje para
¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad?
Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para
profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente
se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que
dicta las leyes de la existencia, sino el amor[xviii].
Rezo para que la participación piadosa en los ritos litúrgicos del Triduo Santo
nos impulse, de una parte, a renovar nuestro dolor por los pecados, que han
sido el motivo de la entrega del Señor a
Además de estas fiestas litúrgicas, en el mes de marzo tenemos otras
conmemoraciones. El día 11 es el aniversario del nacimiento del queridísimo don
Álvaro; y el 23, el de su tránsito a la casa del Cielo, hace ahora catorce
años. Durante las jornadas anteriores caminó tras los pasos del Señor por
Tierra Santa, dejándonos un ejemplo estupendo de piedad. Pidamos a Dios que nos
conceda, a todas y a todos, una fidelidad al espíritu de
No puedo pasar por alto que el día 19 se cumplen veinticinco años de la
ejecución de
Hoy he finalizado el curso de retiro espiritual. Os ruego que me apoyéis con
vuestras oraciones, para que también yo me convierta a fondo de nuevo en esta
Cuaresma y llegue a las fiestas pascuales bien purificado,
bien encendido en el amor de Dios, de mis hijas e hijos, y de todas las
almas.
Con todo cariño, os bendice
vuestro
Padre
+
Javier
Roma, 1 de marzo de 2008.