Carta del Prelado (mayo 2010)
El Prelado llama a dejar a los pies de Santa María las inquietudes
de la vida ordinaria, como hizo San Josemaría tantas veces.
04 de mayo de 2010
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Comenzamos este mes dedicado especialmente a la Virgen, dentro del año
mariano que estamos celebrando en la Obra. Y el corazón y el
pensamiento se nos van enseguida a Santa María, Madre de Dios y Madre
nuestra, para agradecerle los innumerables favores que recibimos
constantemente por su intercesión. Algunos los conocemos, de otros no
tenemos conciencia; pero nada más cierto que, para honrar más a su
Madre, Dios quiere otorgarnos los tesoros de su gracia sirviéndose de
la Santísima Virgen, siempre en estrecha unión y dependencia de su
Hijo. «La mediación materna de María no hace sombra a la única y
perfecta mediación de Cristo», explicaba Juan Pablo II comentando
algunos textos del Concilio Vaticano II. Por el contrario, añadía, «lejos
de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María
pone de relieve su fecundidad y su eficacia»[1].
En estos días le agradecemos en concreto —perdonad el inciso— la
ordenación sacerdotal de 32 hermanos vuestros, a quienes administraré
el presbiterado el próximo día 8, en la Basílica de San Eugenio.
Recemos a la Virgen por ellos y por todos los sacerdotes.
La historia de la espiritualidad cristiana está llena de ejemplos que
manifiestan la protección maternal de Nuestra Señora sobre sus hijos,
a los que asiste con gracias especiales. La más antigua oración
mariana, el Sub tuum præsidium, que tanto repitió San Josemaría,
se remonta al siglo III y expresa esta confiada certeza: «Bajo tu
amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que
te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de
todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita»[2].
Todos hemos experimentado en nuestra vida la presencia bienhechora de
Santa María para acercarnos a la intimidad del Señor. Por esta razón,
y porque se lo merece —no hay criatura más digna que la Virgen: más
que Ella sólo Dios—, jamás le agradeceremos suficientemente sus
desvelos por nosotros, ni la alabaremos como sería debido. Así se
expresaba San Josemaría, en continuidad con la tradición cristiana. «La
teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el
amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, nunquam satis,
nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la
que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima»[3].
Estas razones constituyen el fundamento de la piedad mariana, que
florece de modo más evidente por el mundo en estas semanas. En nuestro
caso, se añaden varios motivos específicos, que nos invitan a tratar
con especial cariño a nuestra Madre. Me refiero a dos aniversarios que
se cumplen en este mes: el de la primera romería de nuestro Padre —a
Sonsoles, en 1935— y el de su novena ante la Virgen de Guadalupe, en
1970. El recuerdo agradecido de estos acontecimientos, que pertenecen ya
a la historia del Opus Dei, nos impulsa a considerar que —como señala
Benedicto XVI— «con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad
entró en el tiempo (...). El tiempo ha sido —por decirlo así—
"tocado" por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de Él ha
recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha convertido en tiempo
de salvación y de gracia»[4].
Por eso, concluye el Papa, hemos de «poner las distintas vicisitudes
de nuestra vida —importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables,
alegres o tristes— bajo el signo de la salvación y acoger la llamada
que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá
del tiempo: la eternidad»[5].
Las dos fechas de nuestra historia, a las que deseo referirme,
manifiestan muy claramente esa entrada de Dios en la historia de
los hombres, y concretamente, en la historia de esta porción de la
Iglesia, el Opus Dei.
El 2 de mayo de 1935 —mañana se cumplen 75 años—, San Josemaría
dio comienzo a la costumbre de la Romería de mayo, de la que
tantos frutos espirituales se han derivado. Desde entonces, millones de
personas han aprendido a llevar su cariño filial a la Virgen con sabor
de intimidad. Os sugiero que nos empeñemos más en este mes, para que
muchos amigos nos acompañen en esas visitas marianas. Deseamos dar
gracias a la Virgen por sus desvelos con la Iglesia y con cada uno de
sus hijos.
El trato habitual con Nuestra Señora es prueba clara de que un alma
respira un ambiente cristiano. Habrá quizá fallos en nuestro caminar
—nadie hay perfecto en la tierra—, pero quien reza perseverantemente
a la Virgen, recitando quizá las oraciones que aprendió en la
infancia, sin abandonarlas, demuestra que en su corazón hay un hálito
de aire cristiano y nuestra Madre lo ayudará: ahora y —como rezamos
en el Avemaría— también en la hora de la muerte.
Deseemos contagiar el amor filial a Santa María. La invitación a
nuestros conocidos, amigos, parientes, para que nos acompañen en la
Romería de mayo, les puede ayudar a descubrir el gozo y la paz que
nuestra Madre derrama en el alma de los que se reconocen hijos suyos.
Ojalá muchas mujeres y muchos hombres adquieran la costumbre de rezar
diariamente el Santo Rosario. ¿Superamos decididamente los respetos
humanos para iniciar esas conversaciones? ¿Nos impulsa el amor a María
a querer el bien de la gente?
Otro aniversario muy significativo para nuestra familia se cumple en
este mes: los cuarenta años del viaje de nuestro Padre a México para
rezar ante la Virgen de Guadalupe. Recuerdo la sorpresa y la alegría de
quienes estábamos físicamente a su lado, cuando, el 1 de mayo de 1970,
nos anunció que había decidido emprender ese viaje. Inmediatamente
encargó que se realizaran las gestiones oportunas, y en la madrugada
del 15 de mayo llegó a tierras mexicanas. Movido por su amor a la
Iglesia, al Papa, a las almas, deseaba poner en manos de la Virgen las
intenciones de su corazón. Lo explicaba así: «¿Qué pide el
Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María,
Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la
Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»[6].
Ya durante el vuelo hacia América, se notaba el intenso recogimiento de
nuestro Fundador. Y nada más llegar a la Ciudad de México, aunque eran
las 3.00 de la mañana, manifestó el deseo de acudir inmediatamente a
rezar ante la Virgen de Guadalupe. No fue posible, porque a esas horas
la basílica se hallaba cerrada. Pero apenas le dejaron los médicos y
sus hijos, para que se adaptara a la altitud y al cambio de horario, se
trasladó a la Villa acompañado de varios hijos suyos. Fue la
primera visita que hizo en México D.F. Después de saludar a Jesús
Sacramentado, se arrodilló en el presbiterio y se quedó absorto en
oración durante una hora y media, aproximadamente. En el transcurso de
ese tiempo, la iglesia fue llenándose de hijas e hijos de nuestro
Padre, de cooperadores, de amigos, que deseaban rezar unidos a nuestro
Fundador.
Como aquella oración se prolongaba, don Pedro Casciaro, que era
entonces el Consiliario, advirtió a nuestro Fundador de lo que ocurría.
Y, como nuestro Padre huía de "dar espectáculo", interrumpió
su conversación ante la imagen de Guadalupe y pidió que se buscara el
modo de obviar ese pequeño inconveniente. A partir del día siguiente,
y durante el resto de la novena, utilizó una pequeña tribuna, algo incómoda,
pero que tenía la ventaja de estar situada a media altura, bastante
cerca de la imagen de Nuestra Señora, fuera de la mirada de la gente.
Allí San Josemaría pudo dirigirse a la Virgen de Guadalupe con enorme
confianza, hablando con Ella en voz alta para manifestarle las
necesidades de su corazón. Gracias a Dios, pudimos tomar nota de lo que
dijo en aquellos ratos de conversación con la Virgen, en los que además
invitaba a participar a quienes nos encontrábamos en ese lugar.
Fue una plegaria filial intensísima, de completo abandono en la
Voluntad de Dios, y al mismo tiempo insistente, como la de un niño
pequeño y confiado. El primer día de la novena en la tribuna, el 17 de
mayo, después de entretenerse en unos minutos de meditación personal,
sugirió que rezásemos juntos las tres partes del Rosario, guardando un
rato de silencio después de cada misterio. Al final, leyó algunos
pasajes del Evangelio en los que el Señor insiste en la necesidad de la
oración de petición. Recojo sólo unas palabras de esa oración, que
ya habréis leído y meditado —al menos, en parte— en otras
ocasiones.
«Nos lo dice Jesús: todo lo que pidamos en la oración,
creyendo, se nos concederá. Y la fe no nos falta, porque nos la das Tú,
Señor. Esta promesa, llena de seguridad, no deja nunca de tener valor,
porque sus palabras, las palabras del Señor, no pasan.
»Estamos aquí, en representación de tantos miles de almas, y hemos
venido a pedir, a pedir como un niño pequeño que está persuadido de
que tienen que escucharle. Pedimos como un niño pequeño, como una
familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña
familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te
pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre,
sabiendo que tienes que escucharnos.
»Iterum dico vobis —nos dice San Mateo— quia, si duo ex vobis
consenserint super terram, de omni re quamcumque petierint fiet illis a
Patre meo qui in cælis est (Mt 18, 19). Rezamos en una oración de
petición, unidos al pueblo que está ahora aquí, al sacerdote
que celebra, al culto que se da a tu Madre. Te lo decimos nosotros y te
lo dicen, con muchísima fe, y con la esperanza de que Tú nos oyes, en
todos los caminos de la tierra. Es una oración continua de almas de
todos los estados, de todas las razas, de todas las lenguas. Su oración
es nuestra oración, y a Ti, Señor, por medio de tu Madre, te dirigimos
una petición constante.
»Os doy pie, con estas palabras, para que sintáis la responsabilidad
de seguir urgiendo al Señor, también cuando el alma está seca y
encuentra dificultad para vivir este diálogo con Él. A pesar de
nuestras debilidades, de que no sepamos qué decir, basta que queramos
hablarle para que se haga realidad, y conseguiremos lo que nos hace
falta»[7].
Detengámonos un momento, hijas e hijos míos, para ver si nosotros, en
estos momentos y siempre, prolongamos la plegaria de nuestro Padre, bien
unidos a su oración —que en el Cielo se ha hecho perenne— por la
Iglesia y por la Obra. No importa que a veces nos sintamos áridos, ¡secos!,
porque el corazón no parece acompañar nuestros ratos de meditación o
de oración vocal. Así nos lo hacía notar San Josemaría: «No
os preocupe, insisto, si no hay fervor, si cuesta meterse en la oración.
Estamos como soldados de guardia que cumplen un deber; como soldados,
pero como hijos. Si no sabemos qué decir, pero sabemos que tenemos que
hacer la oración, hacemos la oración, como soldados; pero como hijos,
con fe. Le recordamos ahora, aunque sólo sea con la boca, que cumpla su
palabra, que nosotros pedimos para que Él nos escuche: es una
exigencia, pero una exigencia de hijo, que dirigimos al Padre, sirviéndonos
de la promesa de su Hijo. Y naturalmente nos acogemos a nuestra Madre, a
su intercesión omnipotente: ¡Madre, escúchanos!»[8].
Pienso que cada una y cada uno de nosotros desea rezar o aprender a
rezar así, con la misma plena confianza y abandono en nuestra Madre del
Cielo. En estos tiempos, como tantas veces os he recordado, hemos de
renovar de modo constante la petición por la Iglesia, por el Papa y sus
colaboradores; por los Obispos, por los sacerdotes
y por todo el pueblo de Dios. Tratemos de presentar estas intenciones a
Nuestra Señora, en las romerías de este mes de mayo, con mucha
intensidad. ¿Piensas que, si conocieran tu amor a Santa María, las
personas que tratas se sentirían invitadas a quererla, a refugiarse
bajo su amparo?
Pero hemos de rezar llenos de confianza, con esa fe que es capaz de
mover montañas, como afirmó el Señor. Sigamos escuchando a nuestro
Padre en aquella primera oración en voz alta ante la Virgen de
Guadalupe. «Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia
accipietis, et evenient vobis (Mc 11, 24). Todas las cosas que pidiereis
en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán. ¡Se os
concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha
hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se
necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero,
además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17, 5).
Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños
con nuestras madres, ¡igual! Y aquí, los que estamos ahora, pedimos
para todos y en nombre de todos, también cuando nos encontramos
personalmente en momentos de poco fervor, cuando nos cuesta romper a
hablar, a decirte lo que queremos.
»Omnis enim qui petit accipit, et qui quærit invenit, el pulsanti
aperietur (Lc 11, 10). Es nuevamente Jesucristo
el que habla, según nos ha dejado escrito San Lucas. Nos lo ha dicho así
de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará. Por tanto,
hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza,
exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos,
de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre
nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más»[9].
Me detengo aquí, hijas e hijos míos, aunque la plegaria de nuestro
Padre prosiguió aún por largo rato. Pero no puedo dejar de recordar
que, en la segunda parte del mes, celebraremos sobre todo tres
solemnidades litúrgicas de gran relieve: la Ascensión del Señor, la
Venida del Espíritu Santo en Pentecostés y la Santísima Trinidad. La
Virgen, si a Ella acudimos, nos empujará a prepararnos para aprovechar
mejor esas fiestas, como ya hizo con los primeros discípulos de Jesús.
A mí se me hace claro que, tras su vida escondida y silenciosa, el Señor
quiso que estuviese bien presente en la manifestación de la Iglesia en
el Cenáculo, para que los Apóstoles comprobaran cómo se ama a Jesús,
a la Trinidad.
Los últimos días del mes de mayo deben empujarnos a saborear a fondo
la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Permanezcamos junto a quien es
Madre de la Iglesia y Templo del Espíritu Santo: siempre será el mejor
modo de recibir los dones y los frutos del Paráclito. Y, como siempre,
os ruego que llevéis mis intenciones —ahí estáis todas y todos— a
Santa María, Intercesora y Omnipotencia suplicante, para que nos
metamos más en la intimidad de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu
Santo.
Con todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de mayo de 2010.
[1] Juan Pablo II, Catequesis
mariana en la audiencia general, 1-X-1997.
[2] Liturgia de las Horas,
Antífona mariana al final de las Completas.
[3] San Josemaría, artículo
"La Virgen del Pilar", publicado de modo póstumo en
"Libro de Aragón", Zaragoza, 1976.
[4] Benedicto
XVI, Homilía al finalizar el año, 31-XII-2009.
[5] Ibid.
[6] San Josemaría, octubre
de 1970.
[7] San Josemaría, Apuntes
de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970.
[8] Ibid.
[9] Ibid.
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