Charlie
Rivel
Miguel
Aranguren | miguelaranguren.org
Por
más que nos sorprenda, la Historia se escribe al revés. Es decir, que
no son los triunfos militares ni los económicos los que, al final del
final, darán título a los siglos en los que los hombres hemos habitado
este mundo, sino que los débiles -aquellos a los que no damos voz
porque los despreciamos- escribirán con letras de oro el nombre auténtico
a este misterioso don llamado vida. No se trata de una ensoñación
infantil sino de la seguridad de que es el heroísmo el único artífice
de la grandeza. Pero no un heroísmo peliculero sino el amor abnegado y
silencioso.
Charlie
Rivel, el payaso al que de niño miraba con ojos de envidia a través
del televisor, fue uno de esos héroes. Por entonces yo quería ser
clown, tal vez porque los ojos infantiles no conciban que el arte de
hacer reír sea considerado por los adultos como algo despreciable. Su
calva, sus pelos hirsutos y bermejos, su narizota cuadrada, su sonrisa
de pasta blanca y aquel inolvidable llanto que terminaba como el aullido
de un lobo, llegaban a subyugarme como ahora los hacen los bellos
paisajes.
Rivel
nació en una aldea catalana después de una actuación callejera de sus
padres, que eran titiriteros. El pueblo mantenía la distancia frente a
los cómicos, pero a la madre de Charlie le ofrecieron el sobrado de una
casa para que pariera. Poco después apareció el párroco con una
gallina y cinco pesetas. Aquellos saltimbanquis no se olvidaron de
bautizarlo, ni su abuela de prepararle para la primera comunión.
En
su infancia, el futuro rey de los payasos vio una y otra vez la muerte
bajo las lonas del circo y en el carromato del que tiraba una vieja
yegua alba. En vez de desesperarse, confió en la protección de la
Virgen, a la que veneraba bajo la advocación de Lourdes.
Cuando
se hizo famoso, nada más comprar una casa a las afueras de París, mandó
levantar un templete con esa imagen, a la que pidió la salud de los
suyos (cuando uno de sus hijos recibió un disparo fortuito en la
pierna, cuando estalló la Guerra, cuando llegaron los impagos y hasta
la estafa de algunos socios). ¡Cómo le gustaría a la Madre de Dios la
oración de aquel clown que utilizaba mímica en vez de palabras! ¡Con
qué ternura observaría sus zapatones, la camisola roja, los pantalones
caídos!… La fama no le impedía avanzar hasta la cueva de roca falsa
para colocar, junto a la estatua de yeso, las alegrías y los sinsabores
de la pista.
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