Chesterton y los regalos de Navidad

Ignacio María Rubio | analisis@arcol.org

   

A los admiradores de Chesterton les gusta recordar la descripción que de él hace Etienne Gilson cuando lo considera “uno de los pensadores más profundos que alguna vez viviera”.

 

En otra ocasión escribió así a un sacerdote inglés que estaba reuniendo escritos dispersos de Chesterton: “Todo lo que le oí decir era una revelación intelectual”. En el marco de este cuadro de su hondura de pensamiento y espíritu  destaca una muy particular visión de la realidad que nos ha dejado trazada a lo largo y ancho de todos sus escritos.

 

Podríamos describirla como “el principio de la admiración por las cosas”, una especie de maravillarse filosófico que en él se daba de forma natural.

 

Es esta una virtud propia de los niños, en los cuales se conserva hasta que la costumbre, las ideas o los convencionalismos van apagando esa llamarada de sorpresa y admiración por la realidad. Muchos admiran a Chesterton por su estilo paradójico, por su fina ironía o su magistral uso del lenguaje. Algunos otros como polemista o como apologeta. Pero muy probablemente su mayor valor sea el de haber conservado este espíritu de asombro por todo, y el ahondar en esta visión de la realidad hasta el punto en que él lo hizo.

 

Chesterton conservó durante toda su vida esta virtud, esta forma de ver el mundo y los acontecimientos, gracias a una convicción espiritual netamente cristiana que por ser tan evidente la inmensa mayoría de las personas la pasan por alto: la “sacralización” de todas las cosas a partir de la Encarnación. Esta convicción marca a fondo su pensamiento en todos los campos, también en su filosofía social y política. Para él es algo de suma importancia y así lo expresa en su obra biográfica sobre Santo Tomás de Aquino: “la encarnación se ha vuelto la idea central de nuestra civilización” (Thomas Aquinas, Londres 1933).

 

A partir de la Encarnación, como un hecho real e histórico se sucede por lógica la sacralización de la realidad. Dios se hace hombre, entra en nuestro mundo y lo “deífica”. La creación y en especial el hombre quedan redimensionados, y es precisamente cuando este principio sacramental versa sobre la persona humana cuando se alcanza el misterio cristiano central. Chesterton no reverencia al hombre por un sentimiento de filantropía, sino porque lo reconoce como “signo sacramental del Dios encarnado” (expresión usada por Ian Boyd C.S.B.).

 

De aquí se puede dar un salto, en primer lugar a la familia, pero también a las pequeñas comunidades y a la sociedad entera. Chesterton, con base en este principio sacramental, defiende al hombre desde todos los puntos y en todos los campos posibles. Esto explica también el fenómeno de que el paladín de la ortodoxia escribiera relativamente poco sobre temas religiosos y se centrara en aspectos de la vida que la mayoría de la gente mira como profanos.

 

La visión sacramental de la vida y su espiritualidad de la Encarnación conforman el tópico fundamental que subyace en cualquiera de los demás temas que trata, por muy variados que sean: la presencia del Dios encarnado en el ser creado. Esto se manifiesta en su interés por las cosas materiales ordinarias y los seres humanos comunes; para Chesterton cada cosa material es un signo sagrado. Un ejemplo muy preciso y de gran actualidad se nos muestra en un ensayo sobre lo que él llama “la teología de los regalos de Navidad”.

 

En este ensayo Chesterton expone de forma clara y divertida una explicación o defensa de la tradición cristiana en la forma de vivir la Navidad. Esta tradición tiene muchas manifestaciones de tipo material, quizás más que cualquier otra fiesta o solemnidad cristiana. La tradición medieval de la representación del Belén, el árbol de Navidad, los múltiples adornos que cubren las calles y llenan las casas, la cena de Noche buena en familia y sobre todo la tradición de los regalos de Navidad… tienen un sentido profundo que nace de la realidad misma de la Encarnación. Chesterton lo expresa con lucidez y precisión: “La idea de corporizar el afecto, esto es, de ponerlo en un cuerpo, es la enorme y primigenia idea de la encarnación” (“The teology of Christmas presents”).

 

La actualidad de esta “teología de los regalos de Navidad” está precisamente en la claridad que aporta la idea central de la Encarnación a la vivencia de las fiestas navideñas – que hoy en día está marcada por la superficialidad y el materialismo – incluso en la vivencia puramente externa.

 

Toda esta idea y visión sacramental, surge del acontecimiento trascendental de la Encarnación y  redimensiona y da sentido a toda manifestación material. “La nota de los regalos materiales de navidad resuena incluso antes de que Él naciera en los primeros movimientos de los magos y la estrella. Los Tres Reyes llegaron a Belén trayendo oro, incienso y mirra. Si hubieran traído sólo verdad y pureza y amor no habría habido arte cristiano ni civilización cristiana” (ibíd.)  Pone el punto medio entre quien pretende relegar toda manifestación material, terrena o “vulgar” para centrarse en una vivencia solamente espiritual y quien se queda en la materialidad de los regalos y la fiesta sin profundizar para entender su sentido. Condensándolo con Chesterton en pocas palabras: “Un don de Dios que puede ser visto y tocado es tema del credo. Cristo mismo fue un regalo de Navidad” (Ibíd).