Cómo orar
Ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer un
huerto en tierra muy infructuosa, que lleva muy malas hierbas, para que se
deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas, y ha de plantar las
buenas. Pues hagamos cuenta que está ya hecho esto cuando se determina a tener
oración un alma, y lo ha comenzado a usar. Y, con ayuda de Dios, hemos de
procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y tener cuidado de
regarlas, para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de si
gran olor, para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar
muchas veces a este huerta y a holgarse entre estas virtudes (SANTA TERESA, Vida,
11, 2).
En cuanto al lugar, hay que saber que todo lugar es apto
para que haga oración quien bien ora: Ofreced en todo lugar a mi nombre un
sacrificio humeante, dice el Señor; y Quiero que los hombres oren en
todo lugar. Para practicar las devociones con más tranquilidad y menos
expuestos a distracción se puede, si es cómodamente factible, elegir en las
casas particulares un determinado lugar a ello destinado, un recinto por así
decir más santo, y allí hacer la oración (ORÍGENES, Trat. sobre la oración,
30).
Me ha parecido necesario exponer estas cosas al considerar
el lugar de la oración y al establecer que el mejor lugar para ella es el de
las asambleas de los santos que se congregan piadosamente en la iglesia
(ORÍGENES, Trat. sobre la oración, 6).
Dediquemos a esta norma de piedad un tiempo suficiente; a
hora fija, si es posible. Al lado del Sagrario, acompañando al que se quedó por
Amor. Y si no hubiese más remedio, en cualquier parte, porque nuestro Dios está
de modo inefable en nuestra alma en gracia (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos
de Dios, 249).
No son menester fuerzas corporales para ella, sino sólo
amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad si queremos (SANTA
TERESA, Vida, 7, 4).
En la oración, si podemos hablar al Señor, hablémosle,
alabémosle, roguémosle, escuchémosle. Si no podemos hablar con El porque
estamos afónicos, permanezcamos en la estancia y hagámosle reverencia; alli nos
verá, agradecerá nuestra paciencia y recompensará nuestro silencio. Un día en
que nos hallemos desvanecidos, nos dará la mano, platicará con nosotros y dará
en nuestra compañía cien vueltas por las avenidas de su jardín; pero, en tanto
que no lo haga, conformémonos con que nuestro deber sea ir en su busca,
pensando que ya es gracia muy señalada y honor demasiado alto el que nos sufra
en su presencia (SAN FRANCISCO DE SALES, Epistolario, fragm. 149, 1.
c., p. 784).
Será útil el recuerdo de Dios que está presente y que capta
todos los movimientos, aun los más leves, del alma, mientras ésta se dispone a
sí misma para agradar a quien sabe que está presente, y que va y examina el
corazón, y que escruta las entrañas (ORÍGENES, Trat. sobre la oración, 8).
Pensar y entender lo que hablamos y con quién hablamos y quién
somos los que osamos hablar con tan gran Señor; pensar esto y otras cosas
semejantes de lo poco que le habemos servido y lo mucho que estamos obligados a
servir, es oración mental; no penséis que es otra algarabía ni os espante el
nombre (SANTA TERESA, Camino de perfección, 25, 3).
Al principio costará; hay que esforzarse en dirigirse al Señor,
en agradecer su piedad paterna y concreta con nosotros. Poco a poco el amor de
Dios se palpa—aunque no es cosa de sentimientos—, como un zarpazo en el alma.
Es Cristo, que nos persigue amorosamente: He aquí que estoy a tu puerta, y
llamo (Apoc 3, 20) (J. ESCRIVÁ DE BALACUER, Es Cristo que pasa, 8).
Conténtese el hombre con hacer buenamente lo que es de su parte,
que es hallarse presente a lo que el Señor padeció, mirando con una vista
sencilla y sosegada, y con un corazón tierno y compasivo y aparejado para
cualquier sentimiento que el Señor le quisiere dar, lo que por El padeció, más
dispuesto para recibir el efecto que su misericordia le diere, que para
exprimirlo a fuerza de brazos. Y esto hecho, no se acongoje por lo demás,
cuando no le fuere dado (SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Trat. de la oración y
meditación, I, 12, aviso 3°).
Es sumamente provechoso al pretender hacer oración
ponerse—durante toda ella—en actitud de presencia de Dios y hablar con El como
con quien está presente y lo ve (ORÍGENES, Trat sobre la oración, 8).
Que le oigamos dentro de nuestro corazón, que le escuchemos con
aquella atención que pedía Jesús cuando dijo: el que tenga oídos que oiga (SAN
AGUSTÍN, Sermón 25).
Si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a
tener oración sin libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como
si con mucha gente fuera a pelear Con este remedio, que era como una compañía o
escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba
consolada (SANTA TERESA, Vida, 4, 7).
Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a
enamorarse mucho de su sagrada Humanidad, y traerle siempre consigo, y hablar
con El, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse
con El en sus contentos y no olvidarle por ellos; sin usar oraciones
compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad. Es excelente
manera de aprovechar, y muy en breve; y quien trabajare para traer consigo esta
preciosa compañía, y de veras cobrase amor a este Señor a quien tanto debemos,
yo le doy por aprovechado. Para esto no se nos ha de dar nada de no tener
devoción —como tengo dicho—, sino agradecer al Señor que nos deja estar
deseosos de contentarle, aunque sean pocas las obras. Este modo de traer a
Cristo con nosotros aprovecha en todos los estados, y es un medio segurísimo
para ir adelantando. (SANTO TERESA, Vida, 12).
Antes que entremos en la meditación es necesario aparejar
el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para
tañer (SAN PEDRO DE ALCÁNTARA, Trat. de la oración y meditación, 1, 5).
De los que comienzan a tener oración, podemos decir son
los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho, que
han de cansarse en recoger los sentidos, que como están acostumbrados a andar
derramados, es harto trabajo (SANTA TERESA, Vida, 11, 3).
No calles, no guardes silencio en su presencia. Háblale para que
también El te hable (SAN BERNARDO, Hom. en
Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este
glorioso Santo (S. José) por maestro y no errará en el camino (SANTA TERESA, Vida,
6, 3).