Discreto, sobrio, liberal y
cristiano, Miguel Delibes nunca rehuyó mostrar su fe
abiertamente. Enemigo del dogmatismo, la intolerancia, del escrúpulo
que puede llegar a ser una losa para la fe, de la
injusticia y la explotación del hombre o la naturaleza, Delibes
representa al escritor movido por inquietudes morales y sociales
que, sin embargo, no renuncia su condición creadora y su amor
por la literatura. Convirtió su obra en una defensa de la
dignidad humana y a través de ella luchó contra la reducción
materialista del hombre y su desarraigo cultural. «Mi vida de
escritor no sería como es si no se apoyase en un fondo moral
inalterable. Ética y estética se han dado la mano en todos los
aspectos de mi vida», reconocía.
Su
defensa del no nacido
Ideológicamente, Delibes se caracterizó por un
humanismo cristiano abierto, exigente, comprometido con los
problemas de su tiempo. «Opté por los más débiles», reconocía
en una entrevista. Esta opción queda patente, de modo
significativo, en su encendida defensa del no nacido: «Una cosa
está clara –escribía Delibes–: el óvulo fecundado
es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético
propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si
los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el
proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es
matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de
asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una
persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su
desarrollo por las razones que sea. Lo importante en este dilema
es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de
persona que es, parece natural que alguien tome su defensa,
puesto que es la parte débil del litigio», escribía.
En nombre de esta defensa de los más débiles, Delibes
reiteró sus críticas a la sociedad burguesa, con su
progreso técnico hecho a espaldas del hombre, un progreso que,
según él, lejos de liberar, inventa nuevas formas de
esclavitud. Por eso volvió sus ojos a la gente sencilla, a la
naturaleza, donde encontró reductos no destruidos de dignidad
humana: «El hecho de que yo me incline por el hombre humilde y
por el hombre víctima revela, imagino, mi espíritu democrático,
pero no menos mi espíritu cristiano», reconocía en otra ocasión.
La muerte de su mujer, Ángeles, fue uno de los momentos críticos
del escritor. Se sumió en el dolor, pero supo salir
adelante sin miedo a reconocer quién fue su apoyo más grande:
«Cuando murió mi mujer, Dios me ayudó, sin duda. Tuve esta
sensación durante varios años, hasta que logré salir del
pozo. A veces, Dios ayuda. Ayuda a mucha gente que lo reconoce
así. Los evangelios de Cristo son estimulantes a este respecto»,
explicaba en una entrevista.
La fe de Delibes –tan cercana en ocasiones a la del otro gran
Miguel, Unamuno– no fue una fe heredada ni resignada ,
sino vivida, luchada y plasmada con coherencia en su
literatura: «El tema religioso no lo he rehuido nunca»,
declaraba en cierta ocasión. «Al rabino de “Las
ratas”, por ejemplo, no le entra en la cabeza que un vecino
con una cruz en el pecho haya asesinado a otro. En “Madera de
héroe” hay dos curas que se confiesan mutuamente cuando
estalla la guerra civil... Hay en algunos de mis libros,
elemental o profundamente, una idea religiosa. Me eduqué en un
colegio de hermanos cristianos, hermanos del “babero”, como
les llamábamos. Luego me aparté de la religión como más o
menos nos apartamos todos, pero nunca del todo. Me reconozco
cristiano y católico aunque, desgraciadamente no libre de dudas
que en ocasiones me torturan», reconocía. Y al fondo,
Cristo, esperando al final del camino: «Espero que Cristo
cumpla su palabra y ella nos traiga una paz y una justicia
perdurables a los que tanto las hemos predicado. Para mí eso
podía ser una forma de vida eterna». Que así sea, don
Miguel.
«Una imagen
humana del todopoderoso»
En «Señora de rojo sobre fondo gris», una de sus últimas
novelas y en la que mejor se dibuja la silueta de su esposa,
Ángeles de Castro, Delibes define de manera inmejorable la
necesidad cristiana de un Dios persona, de un Dios hecho
hombre, al que se puede encontrar en la Eucaristía: «Tu
madre –escribe– conservó siempre viva la creencia. Antes
de operarla confesó y comulgó. Su fe era sencilla pero
estable. Nunca la basó en accesos místicos ni se planteó
problemas teológicos. No era una mujer devota, pero sí leal
a los principios: amaba y sabía colocarse en el lugar del
otro. Era cristiana y acataba el misterio. Su imagen de Dios
era Jesucristo.
Necesitaba una imagen humana del Todopoderoso con la que poder
entenderse. [...] Identificó a Dios con Jesús, y ni la vida,
ni las lecturas, modificaron luego su pensamiento. Y el día
que comulgó por primera vez tuvo conciencia de que había
comido a Jesús, no a Dios Padre, ni al Espíritu Santo.
Cristo era el cimiento. En particular el Cristo del sermón de
la montaña. Era la suya una fe simple, ceñida a lo humano;
un cristianismo lineal, sin concesiones», explicaba.