En
el texto podemos leer nada más comenzar que «la crisis económica
que vivimos tiene que ser abordada, principalmente, desde sus
causas y víctimas, y desde un juicio moral que nos permita
encontrar el camino adecuado para su solución». Las causas
de la grave situación en la que nos encontramos tienen su
origen en «la pérdida de valores morales, la falta de
honradez, la codicia, que es la raíz de todos los males, y la
carencia de control de las estructuras financieras, potenciada
por la economía globalizada».
Es
especialmente significativa la incidencia de la crisis en
algunos sectores de la sociedad. En primer lugar en las
familias, sobre todo en las familias numerosas y jóvenes; a
este respecto se denuncia en la Declaración la escasa protección
social de la familia y las políticas antinatalistas que son
perniciosas para la sociedad y que tendrán efectos económicos
perjudiciales para las generaciones futuras. También son víctimas
de esta crisis los pequeños y medianos empresarios, así
como los agricultores y ganaderos, que viven en una
angustiosa situación económica.
Otro
sector es la población emigrante procedente la mayoría
de países empobrecidos, que colaboraron y colaboran, con su
trabajo y con sus servicios, a nuestro desarrollo y bienestar, y
a quienes ahora no podemos abandonar a su suerte. Por último aquellos
que ya vivían antes en la miseria han visto agravada su
situación. Ante este escenario de la sociedad los obispos
formulan una pregunta «¿qué
hombre queremos promover con el estilo social que estamos
procurando?». La respuesta es obvia y estamos sufriendo
las consecuencias en nuestra carne. La Iglesia cree que «el
desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos,
y hombres políticos que vivan fuertemente en su conciencia la
llamada al bien común» (Caritas in Veritate, 71). El espectáculo
cotidiano de millones de seres humanos que sufren debe tocar
nuestro corazón de creyente y nos debe empujar en nuestro
interior a aliviar la miseria y sobre todo sus causas.
Los obispos ven urgente y solicitan una respuesta inmediata en
la que se impulse «un nuevo dinamismo laboral que nos
comprometa a todos a favor de un trabajo decente que sea expresión
de la dignidad esencial de todo hombre o mujer» y, en
particular, se exige «un trato humano y solidario con los
emigrantes, pues la recién aprobada Ley de Extranjería
restringe los derechos que afectan decisivamente a su dignidad
como personas». El texto de la Declaración finaliza
animando a comprometernos. En concreto a luchar por un
desarrollo integral, que requiere una renovación ética de la
vida social y económica que tenga en cuenta el derecho a la
vida puesto que «la apertura a la vida está en el centro del
verdadero desarrollo». Se pide renovar, como Iglesia, el
compromiso con los pobres que en un mundo globalizado sufren la
peor parte de la crisis. En este sentido, la Declaración
explicita la necesidad de tomar conciencia del sufrimiento de
nuestros hermanos más afectados por la crisis, no sólo en
nuestro país sino también en el resto del mundo, y de mostrar
con ellos un compromiso solidario. Se urge a discernir sobre las
decisiones de gasto y a fomentar la responsabilidad hacia el
bien común.
La
Iglesia asume así el compromiso de compartir hasta lo necesario
con el fin de que las víctimas de esta situación puedan salir
de la misma, y solicita que el resto de la sociedad haga lo
mismo.
Autor: Fernando Bógonez-
Fecha: 2010-01-28