Cristianismo
descafeinado
Fernando
Pascual
fpa@arcol.org
Se
trata de un peligro real: pensar que uno es cristiano porque fue
bautizado, porque recibió algunas charlas de doctrina, porque se educó
en una escuela católica, porque hizo la primera comunión, tal vez
porque también se confirmó.
En
muchos casos, la formación religiosa se redujo luego a un barniz tenue
y tranquilizante. Lecturas más o menos buenas sobre la fe, sobre la
Iglesia, sobre la moral. Convicciones formadas a partir de experiencias,
sin confrontarlas con el Catecismo de la Iglesia católica o con
la ayuda de algún católico bien formado. Críticas recogidas aquí o
allá, en un programa de radio o televisión, en una novela saturada de
rabia contra la Iglesia, en una conferencia de un ilustre profesor lleno
de títulos, sofismas y medias verdades (que son a veces peores que
medias mentiras)...
Al
final, muchos viven según un coctel confuso de ideas movedizas. Más o
menos se acepta la Trinidad, pero Cristo es visto en algunos casos
simplemente como un gran hombre, o incluso como un extraterrestre.
Muchos no tienen claro si resucitó de veras, si fundó la Iglesia. Más
o menos se recuerdan los mandamientos, pero se dejan de lado a la hora
de controlar la propia sensualidad y soberbia, o cuando hay que vivir la
justicia social y el respeto a la fama del próximo. Más o menos se
sabe que existe la misa dominical y el sacramento de la confesión, pero
quedan reservados para ocasiones especiales: el día de bodas, el
bautizo de los hijos o de un sobrino. No es raro encontrar a alguno que
sólo se confiese en el funeral de sus familiares para, al menos, hacer
la comunión ese día.
Las
dudas de moda entran y ocupan un lugar importante en el propio corazón.
Se empieza a atacar al Papa y a los obispos por las “riquezas” de la
Iglesia, por la falta de adaptación a los tiempos modernos, por el
preocuparse tanto de la moral privada y poco de la justicia social. Se
dice que haría falta dejar el celibato y permitir el sacerdocio
femenino. Se defiende la libertad de opinión respecto a los dogmas para
dejar de lado “ideas medievales” como las que hablan del demonio o
del infierno.
Al
final, uno llega a pensar que sería capaz de mejorar la Iglesia. Cree
que ya sabe más que el Papa y los obispos. Estaría incluso dispuesto a
darles consejos y a dirigir sus pasos para una “buena” modernización
de la Iglesia, más tolerante, más adaptada a los tiempos que corren, más
comprensible para la gente, más benigna con los pecadores (si es que
todavía se acepta que existe algo que se llama “pecado”).
Dicen
que la ignorancia es atrevida. Quizá habría que añadir que sin fe
profunda, sin oración sincera, sin caridad alegre, sin obediencia
redentora, podemos llegar a formas descafeinadas de vivir que son todo
menos verdadero cristianismo.
Hace
falta mucha valentía para romper con un pensamiento confuso que buscan
imponer ciertos grupos de poder. El Evangelio es mucho más fuerte que
mil mentiras. En Roma brilla una luz particular para los corazones
grandes. Quien estudia y acoge la Biblia, las enseñanzas del Papa, los
documentos de los concilios, caminará seguro.
Dios
lleva el timón de su Iglesia. Dentro de la barca, muy unidos al Papa y
a los obispos, podremos vivir un cristianismo verdadero, que viene
directamente del Padre, que fue manifestado por el Hijo, que es
iluminado por el Espíritu Santo, que acoge a María como Madre de todos
los creyentes.
Será
posible, entonces, tomar un compromiso serio por estudiar la propia fe,
por leer los Evangelios, por asimilar el Catecismo, por vivir los
sacramentos.
Habrá
un trabajo serio para hacer realidad el principal mandamiento: la
caridad. Que implica darse a todos, perdonar al enemigo, buscar maneras
de levantar al caído, escuchar y dar afecto al anciano, visitar al
enfermo.
Habrá
un deseo profundo de orar, porque lo pide el Maestro, porque lo necesita
el corazón, tan hambriento de luz y de fuerzas en un mundo que nos
arrastra a una vida fácil y sin sentido.
Habrá
un cristianismo auténtico y verdaderamente católico (universal),
porque la fe será madura y sincera. Porque esa fe no es “una mera
herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que
llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada”
(Benedicto XVI, Valencia 9 de julio de 2006). Porque esa fe iluminará
toda la casa y a todos los hombres que se acerquen a ella (cf. Mt
5,14-16). Porque seremos capaces de participar en la plenitud del Dios
Bueno... (cf. Jn 1,16)
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