La
paciente “revolución” del corazón en Egipto
«Mirábamos
lo que sucedía con entusiasmo y optimismo. Era el inicio de una
nueva etapa, marcada por la fraternidad, la cohesión social, la
desaparición de las barreras y de las discriminaciones
religiosas». Son palabras del cardenal Antonios Naguib,
patriarca católico de Alejandría para los coptos mientras
habla de lo que ha supuesto para su país el testimonio
expresado en la plaza Tahrir, que hizo caer el régimen de Hosni
Mubarak en menos de veinte días. Pero habla en pasado. Ahora
que la plaza vuelve a estar limpia y se preparan las nuevas
elecciones para septiembre, puede que la escena cambie, y eso le
preocupa.
¿Qué ha cambiado de enero a hoy?
Tras dos o tres semanas después de las revueltas, se produjeron
algunos hechos violentos contra los cristianos. En Qena, cerca
de Luxor, un hombre fue agredido y acusado falsamente por
algunos salafistas que le cortaron una oreja. Unos días antes,
en la misma ciudad, dos cristianos fueron procesados según la sharía:
uno fue asesinado y el otro murió al ser arrojado desde un
cuarto piso. Lo hemos sabido gracias al obispo ortodoxo. Algunas
personalidades, que estaban ausentes durante las protestas,
ahora se imponen como protagonistas y líderes del cambio. La
voz de los representantes de los Hermanos Musulmanes se hace oír
cada vez con más fuerza y está ocupando las posiciones de
vanguardia. El elemento religioso ha vuelto a crear distancia,
si no discriminación, entre musulmanes y no musulmanes.
Los periódicos han hablado de una iglesia quemada...
Ante los incidentes del sur de El Cairo, como la iglesia quemada
y demolida, debemos mirar la actitud positiva que ha mostrado el
Consejo supremo de las fuerzas armadas, que inmediatamente
decidió reconstruir el edificio. Pero, al mismo tiempo, no
podemos dejar de tener en cuenta que para convencer a los
musulmanes de que se repare el daño causado y acepten a los
cristianos, ha tenido que intervenir uno de los líderes de los
Hermanos Musulmanes. Es decir, el camino elegido no es el de la
ley ni el respeto a la justicia, sino la voz de un líder
religioso que da directrices e impone las soluciones.
¿Qué es lo que más le preocupa?
Me pregunto quién tendrá la última palabra: la voz
fundamentalista y la imposición de una sociedad religiosa o
–como todos pedíamos y esperábamos– la de un país democrático
y una sociedad con derechos y deberes iguales para todos. Eso es
lo que preocupa a los cristianos, pero también a muchos
intelectuales y musulmanes moderados.
Es el problema más serio: el resultado político, social y
cultural de esta transición. ¿Cuál es la tarea de los
cristianos, ortodoxos y católicos, en este momento tan
delicado?
Tenemos el deber de trabajar juntos para coordinar nuestras
acciones y ayudar a nuestra gente a orientarse, a no perderse
entre la cantidad inmensa de falsa propaganda que existe.
Intentaremos reunirnos de nuevo con los responsables de las
iglesias, no para crear un bloque o un partido, sino para
identificar el camino a seguir. Es lo que hemos hecho ya con la
Comisión que estaba trabajando en la modificación de la
Constitución, de unos cuantos artículos referidos a la
candidatura presidencial y al control electoral.
Pero en el referéndum del pasado 19 de marzo sobre la
modificación total o parcial de la Constitución han quedado en
minoría.
No debemos dejar de apoyar a nuestra gente y tampoco debemos
decepcionarnos por el resultado del referéndum. Aunque todos
los cristianos hubieran votado por el cambio radical de la
Constitución, no habríamos llegado al 10% y el “no” (es
decir, la modificación completa) ha quedado en un 22,2%. Hay más
gente en el país que comparte nuestro punto de vista. Es un
resultado favorable –se lo digo a los fieles y sobre todo a
los jóvenes–, que nos debe animar al compromiso político en
los partidos que existen y en los que se formen en defensa de un
Estado civil y democrático.
Volvamos al deseo de cambio que sacudió el país en enero.
El deseo de cambio fue una sorpresa para el mundo exterior, pero
también para nosotros, los egipcios. Su objetivo, acabar con un
régimen corrupto e injusto, se alcanzó en sólo dieciocho días.
Hubo un millar de muertos y más de cinco mil heridos. Un
“precio” considerable, pero el objetivo se consiguió. En
aquellos días, leí la entrevista de un periodista extranjero a
un manifestante. Le preguntaba por qué se manifestaba y él
respondía: «Para vivir dignamente, comer, poder casarme, tener
una casa». El periodista, sorprendido, replicaba que ésos no
eran los objetivos propios de una revolución: pero son derechos
fundamentales.
Se pedía libertad, justicia... Algunos hablaban de
“revolución de fe”. ¿Qué piensa usted?
Esos valores humanos son valores espirituales, que nacen de una
visión del hombre a la luz de la fe, una concepción del hombre
creado por Dios a su imagen y semejanza. Por tanto, con su
inteligencia y su voluntad, que no pueden verse sofocadas o
dominadas. Estos valores espirituales permiten al hombre tener
una relación pacífica con Dios, con sus hermanos y hermanas,
con el otro. Y de estos valores deriva la fraternidad entre
cristianos y musulmanes, una solidaridad que busca los mismos
objetivos.
Recientemente, Wael Farouq, profesor de árabe en la American
University de El Cairo, participó en Roma y en Rímini en
un encuentro titulado “Las fuerzas que cambian la historia son
las mismas que cambian el corazón del hombre”, una frase que
Luigi Giussani dirigió a un chico que acababa de unirse a los
acontecimientos del 68’ italiano...
Exacto. Esas palabras tocan lo esencial... El régimen cayó con
facilidad, pero para cambiar el corazón hace falta tiempo. Hace
falta paciencia e inteligencia. Cuando hoy vemos que se vuelven
a plantear problemas que había antes de las revueltas, nos
damos cuenta de que el problema esencial no es la estructura,
sino la gente que vive en esa estructura. El problema es su
inteligencia y su corazón. Si bien el régimen se puede cambiar
en un instante, el hombre y su corazón no cambian fácilmente.
¿Cuál puede ser su contribución en este cambio?
Como Iglesia y como guía religioso, debemos ayudar a nuestros
fieles a crecer en la fe y en la confianza en Dios presente, que
actúa y que no deja de hacerlo. Esta madurez requerirá tiempo.
Mientras tanto, nuestra tarea debe consistir en el cambio de
nosotros mismos. Lo que tiene que cambiar es nuestro corazón,
nuestras actitudes, nuestras relaciones; debemos vivir lo que
nos ha propuesto el Sínodo: la presencia de los cristianos en
Oriente Medio, como comunión interna y testimonio del amor a
Dios y de Dios. Todo ello en el respeto y en la aceptación,
porque el amor de Dios es un amor paciente.
El pasado mes de octubre se celebró la primera edición del
Meeting Cairo y usted fue testigo de esta extraña y
sorprendente colaboración entre cristianos y musulmanes. A la
luz de todo lo que ha sucedido desde enero hasta hoy, ¿qué
juicio hace usted? ¿Piensa que aquel acontecimiento todavía
tiene valor como ejemplo, como paradigma y como posibilidad real
para poder continuar la construcción de un nuevo Egipto?
Podemos comparar el Meeting Cairo con el movimiento para el
cambio que suscitó la admiración del mundo entero. Tienen la
misma naturaleza. ¿Quién podía esperar aquella participación,
aquella correspondencia y aquel entusiasmo suscitado en el ánimo
de quienes participaron en el Meeting Cairo? Me sorprendió
mucho la cantidad de gente que había y el entusiasmo que
mostraba. No se podía distinguir entre cristianos y musulmanes
y en los encuentros se hablaba el mismo lenguaje: exactamente
como en la plaza Tahrir, cuando estalló el movimiento por el
cambio. Me gusta llamarlo así porque el término “revolución”
lleva implícito algo de violento. Se trata de hechos proféticos
como el Sínodo, porque la gente, no sólo en Egipto sino en
toda la región, está arriesgando su vida por valores
sustanciales y de fe, valores espirituales y humanos que
encuentran su fundamento en la relación con Dios.
Para
leer directamente, pinchar
aquí.
Otra
entrevista interesante:
al Patriarca melquita de Oriente publicada en el blog de Luis
Antequera el 2 de mayo sobre la situación en Siria.
Artículo
sobre los cristianos de Egipto del
9 de febrero, del mismo autor.