CUANTO ANTES, MEJOR
 
       El 7 de septiembre de 2007, en su visita a Austria, el Papa Benedicto XVI recordó que el derecho humano fundamental, el presupuesto de todos los otros derechos, es el derecho a la vida desde el momento de la concepción; y que, en consecuencia, el aborto no puede ser un derecho humano, sino que, por el contrario, constituye una profunda herida social. En este sentido, hizo un llamamiento a los líderes políticos para que, en el ordenamiento jurídico, no sea abolida, en la práctica, la calificación de injusticia atribuída al aborto. Habló también de crear nuevamente en nuestros países un clima de alegría y confianza en la vida, en el que los niños no sean considerados una carga, sino un don para todos.
      Las estadísticas sobre el índice de abortos son para echarser las manos a la cabeza. Cuando se escriba la crónica de este período de la historia de la humanidad, muchos se preguntarán cómo se llegó a tolerar esta locura colectiva. Del mismo modo que hoy nos preguntamos cómo se permitió el holocausto judío, o las purgas de Stalin.
      Ese mismo año celebramos el segundo centenario de la abolición de la esclavitud. Uno de los líderes más comprometidos en la causa abolicionista fue el inglés William Wilberforce, al que se atribuyen estas palabras: "Nunca, nunca desistiremos hasta borrar este escándalo, hasta librarnos del peso de la culpabilidad que actualmente nos abruma, y hasta destruir todo vestigio de este sangriento tráfico que nuestra posteridad, cuando mire atrás, hacia la historia de estos tiempos ilustrados, a duras penas podrá comprender que se haya permitido durante tanto tiempo para desgracia y deshonor de nuestro país".
       Con toda probabilidad, un juicio parecido será emitido por los historiadores a los que corresponda valorar el drama actual del aborto.
       Hoy en día, nadie puede negar que el embrión es un ser humano. Tarde o temprano la humanidad tendrá que poner freno a la barbarie del aborto. Cuanto antes, mejor.