Cuatro
consuelos para un enfermo
Ricardo
Ruvalcaba
riruvalcaba@legionaries.org
El
hombre está llamado a la felicidad, pero experimenta en su vida muchas
formas de dolor. ¿Por qué sufrimos? ¿Para qué sufrimos? ¿El
misterio de la cruz esconde algún significado? ¿El dolor físico o
moral puede ser positivo en una persona? Para los católicos éstos
interrogantes no quedan sin respuesta. El dolor es un misterio que la
razón no alcanza a comprender. Con Jesucristo, que nos espera en el
cielo, el dolor, la enfermedad y los momentos oscuros de la existencia
humana adquieren una dimensión esperanzada. ¡Qué
diferencia entre aquellos que sufren desesperados sin Dios, con los que
ofrecen su dolor con amor y gozo!
1.
La
enfermedad es la expresión más frecuente y más común del sufrir
humano. El sufrimiento se transforma cuando se es consciente de la
cercanía de Dios en esos momentos. Quien sufre generosamente y ofrece
su dolor recibe paz interior y alegría espiritual. El que sufre con
esos sentimientos no es una carga para los demás, sino que contribuye a
la salvación de todos con su sufrimiento. Jesucristo quiso redimirnos
con la moneda del dolor.
2.
El
sufrimiento revela al hombre su propia identidad. “La enfermedad
consigue a veces que el hombre caiga de su pedestal de arrogancia y se
descubra tal y como es: pobre, desvalido, necesitado de la ayuda de
Dios. La enfermedad conduce con frecuencia a cambios radicales en la
vida de relación con Dios de una persona” (Juan Pablo II). Son
muchos los que se acercan a Dios con motivo de su enfermedad.
Probablemente no se acercarían a Cristo si estuvieran sanos. La
enfermedad, cuando se acepta con amor, nos acerca a Jesucristo.
3.
Desde
el lecho del dolor, cuando se ha visto sufrir a un ser querido o en los
momentos duros de la vida, podemos considerarnos olvidados por Dios. ¡Nadie
está solo frente al misterio del sufrimiento! Se está con Cristo, que
da sentido a todos los momentos de la vida incluso el sufrimiento y la
muerte, así como a las alegrías de la vida humana. Si llegara a brotar
la tentación del desaliento recuerden lo que dijo Isaías: “En tiempo
favorable te escucharé, y en día nefasto te asistiré” (Isaías 49,
8). Los enfermos están llamados a unir su dolor a la Pasión de Cristo
y a anunciar el Evangelio de la esperanza en el cielo. Los hombres que
conviven con el sufrimiento pueden convertirse en portadores de paz para
los demás en medio de sus cruces.
4.
“Son
muchos los milagros que el Señor realiza en los cuerpos de los
enfermos, pero son más y más importantes los que realiza en sus almas.
El Evangelio nos ha transmitido numerosos ejemplos del trato de Jesús
con los enfermos: el ciego que pedía junto al camino (cf. Mc 10, 46
ss), la hemorroisa (cf. Lc 8, 40 ss), el hombre que tenía una mano
paralizada (cf. Mt 12, 9 ss), la mujer encorvada (cf. Lc 13, 11 ss), los
leprosos cf. ibíd., 17, 12 ss)” (Juan Pablo II). Los
cristianos creemos que Cristo nos puede sanar, pero, quizá, dudamos que
nos quiera sanar. Cristo puede y quiere curarte como a los enfermos que
sanó en el Evangelio. Quienes
buscan recuperar la salud, pueden ofrecer su enfermedad por la Iglesia,
conscientes del valor salvífico que tiene el sufrimiento humano unido a
la cruz del Señor. Pidamos a Dios la conveniente salud del cuerpo y del
alma.
La
cruz no debe cambiar, lo que debe cambiar es la actitud. La cruz, es
propio de la vida; la diferencia está en clavarse con o sin Cristo. La
cruz tiene dos alas para elevarnos a Dios. “Los bienes sin Cristo son
males, y los males con Cristo son bienes.”■
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