Cumplió la
voluntad de su Padre Dios
No me aparto de la verdad mas rigurosa, si
os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón. Hemos de
pedirle perdón por nuestra ceguera personal, por nuestra ingratitud Es
Cristo que pasa, 18. Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la
puerta de nuestras almas.
No nos oculta el Señor que esa obediencia
rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor no pide
derechos: quiere servir. El ha recorrido primero el camino. Jesús, ¿cómo
obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis[1][1], hasta la muerte y muerte de la cruz. Hay que salir de
uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios y de las
almas. He aquí que tú querías vivir, y no querías que nada te sucediera;
pero Dios quiso otra cosa. Existen dos voluntades: tu voluntad debe ser
corregida, para identificarse con la
voluntad de Dios; y no la de Dios torcida, para acomodarse a la tuya[2][2].
Yo he visto con gozo a muchas almas que se
han jugado la vida -como tú, Señor, usque ad mortem-, al cumplir lo que
la voluntad de Dios les pedía: han dedicado su afanes y su trabajo profesional
al servicio de
Aprendamos a obedecer, aprendamos a
servir: no hay mejor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a
los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la
soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que
no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad. Así nos
identificaremos con Cristo en
Permitidme que vuelva de nuevo a la
ingenuidad, a la sencillez de la vida de Jesús, que ya os he hecho considerar tantas
veces. Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una
simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública.
Desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen
ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su
vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas
almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo. Obedecer a
la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no
tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias
ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su
profesión, por su situación en la sociedad.
Sueño -y el sueño se ha hecho realidad-
con muchedumbres de hijos de Dios, santificándose en su vida de ciudadanos
corrientes, compartiendo afanes, ilusiones y esfuerzos con las demás criaturas.
Necesito gritarles esta verdad divina: si permanecéis en medio del mundo, no es
porque Dios se haya olvidado de vosotros, no es porque el Señor no os haya
llamado. Os ha invitado a que continuéis en las actividades y en las ansiedades
de la tierra, porque os ha hecho saber que vuestra vocación humana, vuestra
profesión, vuestras cualidades, no sólo no son ajenas a sus designios divinos,
sino que El las ha santificado como ofrenda gratísima al Padre.
Recordar a un cristiano que su vida no
tiene otro sentido que el de obedecer a la voluntad de Dios, no es separarle de
los demás hombres. Al contrario, en muchos casos el mandamiento recibido del
Señor es que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado[3][3], viviendo junto a los demás e igual que los demás,
entregándonos a servir al Señor en el mundo, para dar a conocer mejor a todas
las almas el amor de Dios: para decirles que se han abierto los caminos
divinos de la tierra.
No se ha limitado el Señor a decirnos que
nos amaba, sino que lo ha demostrado con las obras. No nos olvidemos de que
Jesucristo se ha encarnado para enseñar, para que aprendamos a vivir la vida de
los hijos de Dios. Recordad aquel preámbulo del evangelista San Lucas en los
Hechos de los Apóstoles: Primum quidem sermonem feci de omnibus, o
Theophile, quae coepit Iesus facere et docere[4][4], he hablado de todo lo más notable que hizo y predicó
Jesús. Vino a enseñar, pero haciendo; vino a enseñar, pero siendo modelo,
siendo el Maestro y el ejemplo con su conducta.
Ahora, delante de Jesús Niño, podemos
continuar nuestro examen personal: ¿estamos decididos a procurar que nuestra
vida sirva de modelo y de enseñanza a nuestros hermanos, a nuestros iguales,
los hombres? ¿Estamos decididos a ser otros Cristos? No basta decirlo con la
boca. Tú -lo pregunto a cada uno de vosotros y me lo pregunto a mí mismo-, tú,
que por ser cristiano estás llamado a ser otro Cristo, ¿mereces que se repita
de ti que has venido, facere et docere, a hacer las cosas como un hijo
de Dios, atento a la voluntad de su Padre, para que de esta manera puedas
empujar a todas las almas a participar de las cosas buenas, nobles, divinas y
humanas de la redención? ¿Estás viviendo la vida de Cristo, en tu vida
ordinaria en medio del mundo?
Hacer las obras de Dios no es un bonito
juego de palabras, sino una invitación a gastarse por Amor. Hay que morir a uno
mismo, para renacer a una vida nueva. Porque así obedeció Jesús, hasta la
muerte de cruz, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltavit illum[5][5]. Y por esto Dios lo exaltó. Si obedecemos a la voluntad
de Dios,
Y cuando venga la muerte, que vendrá
inexorable, la esperaremos con júbilo como he visto que han sabido esperarla
tantas personas santas, en medio de su existencia ordinaria. Con alegría:
porque, si hemos imitado a Cristo en hacer el bien -en obedecer y en llevar
Jesús, que se hizo niño, meditadlo, venció
a la muerte. Con el anonadamiento, con la sencillez, con la obediencia: con la
divinización de la vida corriente y vulgar de las criaturas, el Hijo de Dios
fue vencedor.
Este ha sido el triunfo de Jesucristo. Así
nos ha elevado a su nivel, al nivel de los hijos de Dios, bajando a nuestro
terreno: al terreno de los hijos de los hombres.