De
cómo la solidaridad pasó de término marxista a valor cristiano
Jorge Enrique Mújica
jem@arcol.org
El concepto de
solidaridad fue desarrollado inicialmente por P. Lerou en el ámbito del
socialismo originario. Fue concebido como un concepto laico opuesto a la
idea cristiana del amor. En ese contexto, la solidaridad fue pensada
como una nueva respuesta, efectiva y racional, a los problemas sociales.
Karl Marx creyó que
había llegado el momento de dar una solución práctica a la pobreza en
el mundo. Según él, el cristianismo había tenido milenio y medio para
mostrar su eficacia, y no la había logrado. Era hora de recorrer otros
caminos.
Así, el socialismo se
presentó como solidaridad, como una forma del todo original y
a-religiosa por la que la igualdad entre todos los hombres, la paz y el
final de la pobreza, serían logradas. ¿Sucedió efectivamente así?
Hoy conocemos la tristeza y la desolación que una teoría sin Dios y
una praxis atea dejaron en los países que abrazaron o a los que se les
impuso el socialismo.
¿Qué falló? ¿Efectivamente
el cristianismo había sucumbido y se había mostrado ineficaz? No cabe
duda que la intención socialista plasmada en el concepto de solidaridad
era del todo justa. Sin embargo, carecía de una base y de una visión más
amplia del hombre mismo. Marx “indicó cómo lograr el cambio total de
la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después.
Suponía […] que […] con la socialización de los medios de producción,
se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, por fin el hombre y el
mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría
proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a
todos y todos querrían lo mejor unos para otros” (Benedicto XVI, Spe
Salvi n. 21).
El error del marxismo
estribó en el olvido de que “el hombre es siempre hombre. Ha olvidado
al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es
siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada
la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el
materialismo” (Benedicto XVI, Spe Salvi n. 21)
Esa base que le faltaba
al concepto de solidaridad estaba ya en la idea cristiana de amor. Fue
precisamente por este motivo que la solidaridad pudo ser acogida dentro
del catolicismo y mostrarse como una consecuencia de esa caridad que es
médula de toda la fe cristiana. Fue así que la solidaridad fue
bautizada.
El amor o caridad
cristiana, más que ineficacia, había puesto de manifiesto la necesidad
y urgencia de ser comprendida correctamente y asumir con responsabilidad
sus implicaciones. La caridad ya llevaba implícito el efecto de
“dar” sobre el que giraba la solidaridad. Pero el “dar”
cristiano de la caridad no se vinculaba exclusivamente al aspecto
material, lo comprendía pero partía y tendía a otro más necesario y
de acuerdo a la naturaleza del hombre, el espiritual.
Desde el momento en que
la solidaridad entró a formar parte del patrimonio cristiano, su
significación se enriqueció al ampliarse. Ahora, “solidaridad
significa que uno se hace responsable de los otros, el sano del enfermo,
el rico del pobre, los países del norte de los países del sur.
Significa que se es consciente de la responsabilidad mutua y que somos
conscientes de que recibimos en tanto que damos, y que siempre podemos
dar sólo lo que nos ha sido dado y que por eso jamás nos pertenecemos
solamente a nosotros” (en J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo,
Cristiandad, p. 117).
La solidaridad
cristiana es mucho más que un dar materialista pero tampoco permanece
en un acompañar pasivo sin hechos concretos que influyan positivamente
en alguien, de acuerdo a su dignidad de ser humano. La solidaridad
cristiana es acción porque parte de la contemplación; es palabra pero
también es obra. Es compañía, es presencia, pero también es
consecuencia hecha acción que repercute para bien.
La Eucaristía es el
testimonio más grande de solidaridad. Como consecuencia del amor, en
ella se encuentran al unísono el “dar” espiritual y material del único
Dios que se hace presencia y se da como alimento. La Eucaristía es el
acto más grande de solidaridad. No podía ser de otra manera: es Dios
mismo quien acompaña y sacia.
El cristiano, como
imagen y semejanza de Dios, está llamado a vivir esa solidaridad. Es
obvio que no podrá imitarse la actitud divina mientras no hayamos
interiorizado previamente el ejemplo de ese Dios que se hace solidaridad
en la Eucaristía. La meditación de su entrega generosa será la fuente
y el motor que nos lleven a asumir este compromiso y, precisamente así,
podremos vivir auténticamente la caridad-solidaridad cristiana respecto
a nuestros prójimos y a nuestros próximos
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