De
monjita en monjita
Arturo
Guerra
aguerra@arcol.org
(Oficina,
marzo 1997). Otra vez me encontraba ante mi vieja máquina de escribir.
Cuando ya todos mis colegas usaban majestuosas PC’s, yo seguía
con mi veterana Olivetti. No era que no lo hubiera
intentado ya. En una ocasión, durante toda una semana, me había
propuesto usar una de esas cosas que se llaman computadoras, pero
aquello se convirtió en pesadilla: que si el cable de la
pantalla, que si el interruptor escondido, que si la clave de acceso,
que si cuál programa, que si lo grabé o no lo grabé, que lo grabé
pero quién sabe en cuál de las 453 carpetas existentes... A
punto estuve de tirar todo por la ventana... Una vez más salía
convencido de que –al menos para redactar mi noticia– no había como
la máquina de escribir. ¡Sí, en pleno ocaso del siglo XX!...
La computadora la dejaba sólo para eso de los e-mails, y siempre
con un buen asistente técnico a la mano...
Pensaba
con desgana en las primeras palabras para abrir la noticia sobre el
congreso de los diputados, cuando un compañero de la redacción se
acercó y me dijo que el jefe me llamaba...
Nunca
hubiera imaginado hasta dónde me llevaría aquella interrupción...
De
hecho, me encontraba aburrido, arrutinado en mi trabajo. En los últimos
cuatro meses no había estado haciendo otra cosa que cubrir información
del congreso. La misma historia todos los días: levantarte
temprano, irte para allá, tratar de sacar tres o cuatro palabritas
interesantes... No siempre es fácil salir de ahí con algún
material enjundioso para los periódicos del día siguiente.
Entré
a la oficina del jefe para ponerme a sus órdenes:
–
Buenos días, señor Bonilla, me comentó Goyo que usted quería...
¡Ah!, perdón, no sabía que estaba con una llamada.
Esperé
pacientemente... Por fin, se dirigió a mí:
–
Sí, Chuy, mira, resulta que la monja esta, Teresa de Calcuta, está en
la ciudad para visitar una de esas sus casas, donde se dedican a dar de
comer a los pordioseros y a atender a los enfermos de sida. De
arriba nos piden un pequeño reportaje. Así que será bueno que
mañana te des una vuelta y le hagas alguna pregunta. Llévate la
grabadora. Tú sabes, ella está de moda, y cualquier noticia
sobre esta monja no le vendrá mal a nuestra edición de pasado mañana.
Así que, ¡manos a la obra!, ve preparando la pregunta que le vas a
formular. En cuanto a mañana, no te preocupes del congreso.
Total, por un día que no vayas, no se va a caer la nación.
–
Es cierto, incluso si dejo de ir unos seis meses podría ser hasta
saludable.
–
¡No, hombre, Chuy! Tampoco es para tanto.
Al
día siguiente, temprano, con mi cámara de fotos, mi pluma, mi cuaderno
y mi grabadora, me fui a buscar a la viejecita en cuestión. Yo
que provengo más bien de una tradición que nada tiene que ver con
monaguillos, sacristías ni vinos de misa... Es cierto que mi mamá
me bautizó a pesar de que mi padre se oponía... Pero, bueno, el
caso es que pronto iba a hablar con esta monjita y debía sacarle algo
interesante... (Continuará…).■
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