De
monjita en monjita VI (Ya empezaba a acostumbrarme…)
Arturo
Guerra
aguerra@arcol.org
…De
Francia pasé a Italia, a Turín, 1883. Llegué, después de mucho
preguntar, a una de las escuelas de Bosco. Toqué la puerta.
Me abrió un niño como de doce años a quien anuncié:
–
Soy un periodista interesado en hablar con Bosco.
–
¡Ah!… Don Bosco. Un momento, voy a avisarle.
Al
cabo de cinco minutos llegó a la puerta un sacerdote de sotana negra y
me saludó amablemente. Me invitó a pasar. Entonces yo le
dije:
–
Señor Bosco, soy un periodista que está realizando una investigación
religiosa y quisiera hacerle alguna pregunta.
–
Adelante, el que no pregunta se come sus propias dudas.
–
Disculpe, eso que ustedes llaman confesión, donde uno va a un sacerdote
para contarle lo malo que uno ha hecho en la vida, ¿no sirve
simplemente para dar razones piadosas que tranquilicen al penitente? ¿No
provoca que no se busquen otras salidas más racionales a los problemas
reales? ¿No es una especie de estrategia para lograr que todos
sigan dentro del sistema?
Sonrió
y me respondió:
–
Mira, amigo, para responderte esta duda yo te invitaría a que
conocieras la vida del Cura de Ars.
–
¿Dónde está Ars?
–
En Francia. Lo que pasa es que este sacerdote murió ya hace
varios años, cuando yo tenía 44.
–
Muchas gracias, señor Bosco. Hasta la vista.
Ya
empezaba a acostumbrarme.
Abrí
el santoral: Ars, Cura de. Se llamaba Juan María Vianney. Un
cura que por poco no es cura debido a lo mal que llevaba los estudios.
Sus superiores no querían ordenarle. Sólo por la insistencia de
uno de ellos que sostenía que, a pesar de sus pocas cualidades, era un
seminarista de buen corazón, al fin recibió el sacramento del
sacerdocio. En un inicio no le concedieron la licencia para
confesar pues no le consideraban apto. Su obispo lo asignó a una
remota parroquia rural: Ars. Una vez que contó con el
permiso, llegó a dedicar más de 15 horas diarias a escuchar
penitentes. ¡Vaya manera de desperdiciar el tiempo! Al cabo
de unos años, venían gentes de los alrededores y de más lejos a
pedirle confesión: campesinos, princesas, niños, cardenales,
monjas, frailes... En el libro se menciona que lo único que poseía
era su sotana y que era capaz de regalar sus zapatos y medias si por la
calle veía a algún necesitado. Y si comprobaba que los
pantalones del pordiosero eran peores que los suyos, se los cambiaba…
(Continuará).■
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